Sueños y discursos: 102

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Sueño del infierno Francisco de Quevedo



-Lucifer manda que porque tengáis que contar en el otro mundo, que veáis su camarín.
Entré allá; era un aposento curioso y lleno de buenas joyas; tenía cosa de seis o siete mil cornudos y otros tantos alguaciles manidos.
-¿Aquí estáis? -dije yo- ¿Cómo diablos os había de hallar en el infierno si estabais aquí?
Había pipotes de médicos y muchísimos cronistas, lindas piezas, aduladores de molde y con licencia, y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores, y todas las poyatas (que son los estantes) llenas de vírgenes rociadas, doncellas penadas como tazas. Y dijo el demonio:
-Doncellas son que se vinieron al infierno con los virgos fiambres, y por cosa rara se guardan.
Seguíanse luego demandadores haciendo labor, con diferentes sayos, y de las ánimas había muchos, porque piden para sus misas y consumen ellos con vino cuanto les dan (sin ser sacerdotes). Había madres postizas y trastenderas de sus sobrinas, y aun suegras de sus nueras por mascarones alrededor. Estaba en una peaña Sebastián Gertel, general en lo de Alemania contra el emperador, tras haber sido alabardero suyo. No acabara ya de contar lo que vi en el camino si lo hubiera de decir todo. Salime fuera y quedé como espantado, repitiendo conmigo estas cosas. Solo pido a quien las leyere las lea de suerte que el crédito que les diere le sea provechoso para no experimentar ni ver estos lugares. Certificando al lector que no pretendo en ello ningún escándalo ni reprehensión, sino de los vicios por los cuales los hombres se condenan y son condenados; pues decir de los que están en el infierno no puede tocar a los buenos. Acabé este discurso en el Fresno a postrero de abril de 1608, en 28 de mi edad.


Sueños y discursos de Quevedo

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