Sueños y discursos: 173

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



-¡Ah, señora, ah, madre, ah, tía! ¿Quién sois? ¿Queréis algo?
Ella entonces, levantando el abinitio et ante secula de la cara, y parándose, dijo:
-No soy sorda, ni madre ni tía; nombre tengo y trabajos, y vuestras sinrazones me tienen acabada.
-¿Quién creyera que en el otro mundo hubiera presunción de mocedad, y en una cecina como esta? Llegose más cerca, y tenía los ojos haciendo aguas, y en el pico de la nariz columpiándose una moquita, por donde echaba un tufo de cementerio. Díjela que perdonase y preguntele su nombre. Díjome:
-Yo soy dueña Quintañona.
-¿Que dueñas hay entre los muertos? -dije maravillado-. Bien hacen de pedir cada día a Dios misericordia más que requiescant in pace, descansen en paz; porque si hay dueñas meterán en ruido a todos. Yo creí que las mujeres se morían cuando se volvían dueñas, y que las dueñas no tenían de morir, y que el mundo está condenado a dueña perdurable que nunca se acaba; mas ahora que te veo acá, me desengaño, y me he holgado de verte, porque por allá luego decimos: «Miren la dueña Quintañona, daca la dueña Quintañona».


Sueños y discursos de Quevedo

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