Sueños y discursos: 174

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



-Dios os lo pague y el diablo os lleve -dijo-, que tanta memoria tenéis de mí, y sin haberlo yo de menester. Decid, ¿no hay allá dueñas de mayor número que yo? Yo soy Quintañona. ¿No hay dieciochenas y setentonas? ¿Pues por qué no dais tras ellas y me dejáis a mí, que ha más de ochocientos años que vine a fundar dueñas al infierno, y hasta ahora no se han atrevido los diablos a recibirlas, diciendo que andamos ahorrando penas a los condenados y guardando cabos de tizones, como de velas, y que no habrá cosa cierta en el infierno? Y estoy rogando con mi persona al Purgatorio, y todas las almas dicen en viéndome: «¡Dueña, no por mi casa!». Con el cielo no quiero nada, que las dueñas en no habiendo a quien atormentar y un poco de chisme, perecemos. Los muertos también se quejan de que no los dejo ser muertos como lo habían de ser, y todos me han dejado en mi albedrío si quiero ser dueña en el mundo, mas quiero estarme aquí, por servir de fantasma en mi estado toda la vida, y no sentada a la orilla de una tarima guardando doncellas, que son más de trabajo que de guardar, pues en viniendo una visita aquel: «¡Llamen a la dueña!», y a la pobre dueña todo el día le están dando su recaudo todos; en faltando un cabo de vela: «¡Llamen a Álvarez, la dueña le tiene!»; si falta un retacillo de algo: «¡La dueña estaba allí!»; que nos tienen por cigüeñas, tortugas y erizos de las casas, que nos comemos las sabandijas; si algún chisme hay: «¡Alto a la dueña!». Y somos la gente más mal aposentada del mundo, porque en el invierno nos ponen en los sótanos, y los veranos en los zaquizamíes.


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