Sueños y discursos: 189

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



Mi mujer era una picaronaza, y ella me disfamaba, porque dio en decir: «Dios me le guarde al mi Diego Moreno, que nunca me dijo malo ni bueno», y miente la bellaca, que yo dije malo y bueno doscientas veces. Y si está el remedio en eso, a los cabronazos que hay ahora en el mundo decidles que se anden diciendo malo y bueno a sus mujeres, a ver si les desmocharán las testas y si podrán restañar el flujo del hueso. Lo otro, yo dicen que no dije malo ni bueno; y es tan al revés, que en viendo entrar en mi casa poetas decía: «¡Malo!», y en viendo salir genoveses decía: «¡Bueno!»; si veía con mi mujer galancetes decía: «¡Malo!»; si veía mercaderes decía: «¡Bueno!»; si topaba en mi escalera valientes decía: «¡Remalo!»; si encontraba obligados y tratantes decía: «¡Rebuenos!». ¿Pues qué más bueno y malo había de decir? En mi tiempo hacía tanto ruido un marido postizo que se vendía el mundo por uno y no se hallaba; ahora se casan por suficiencia y se ponen a maridos como a sastres y escribientes, y hay platicantes de cornudo y aprendices de maridería, y anda el negocio de suerte que, si volviera al mundo (con ser el propio Diego Moreno) a ser cornudo, me pusiera a platicante y aprendiz delante del acatamiento de los que peinan Medellín y barban de cabrío.


Sueños y discursos de Quevedo

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