Túmulo del General Dulce

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La ilustración española y americana (1870)
Túmulo del General Dulce

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

TUMULO DEL GENERAL DULCE.

Á fines de noviembre llegó á Barcelona el cadáver del general don Domingo Dulce. Pocos momentos despues del arribo del tren-correo de Francia, se adelantó hácia el interior de la estacion un wagon completamente enlutado, que ostentaba una bandera nacional á media asta. En los costados de dicho wagon se destacaban los escudos de armas del finado, y en la testera las iniciales D. D. y una corona de marqués. En el centro de este wagon se veia el féretro, colocado, segun ordenanza, sobre una cureña, y cubierto con un sencillo paño negro galoneado de oro. En los cuatro ángulos del wagon habia otros tantos gastadores del regimiento infanteria de Saboya, número 6.

Túmulo del GENERAL Dulce

A este wagon seguian dos más, uno y otros descubiertos que conducian un piquete del propio cuerpo, é inmediato venia el coche-salon, del cual se apearon el padre político de S. E., los albaceas testamentarios, el general Córdova, algunos amigos íntimos del finado, los jefes del ferro-carril y otras personas distinguidas.

Al llegar el cadáver al estremo del cobertizo, el clero de la Merced cantó un solemne responso, despues del cual se quitó de la cureña el ataud, que era de madera de roble, y mientras los sacerdotes rezaban el «De profundis» y los tambores batian marcha, se colocó en la rica cama mortuoria que se habia dispuesto en el salon de salida de la estacion de Granollers. Hallábase éste completamente enlutado, brillando en letras de oro las iniciales de S. E. con la corona. La cama donde se dejó depositado el cadáver era de gran lujo, con colgaduras de terciopelo negro bordado de oro, de cuyo precioso metal eran tambien las borlas, flecos y demás adornos. En la testera se destacaba la imágen del Señor Crucificado, al pié de la cual se leia esta frase de Job: «No me queda nada mas que el sepulcro.» Cuatro columnas de color oscuro sostenian una especie de cúpula de la cual pendian dos ricas cortinas de terciopelo con adornos de oro. Al rededor del cadáver ardian gruesos blandones que acababan de dar al recinto el triste aspecto que pueden ver los lectores en el grabado que reproducimos, de esta muda y dolorosa escena.