Tarzán de los monos: «De lo más extraordinario»

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XVI: «De lo más extraordinario»


A varios kilómetros al sur de la cabaña, en la franja arenosa de una playa, dos hombres de edad dis­cutían.

Ante ellos se dilataba la inmensidad del Atlántico. A su espalda, el continente negro. Y, casi envol­viéndoles, el sombrío perfil ominoso de la selva impe­netrable.

Rugían y ululaban las fieras salvajes; sobre los oídos de ambos hombres parecían precipitarse los más espan­tosos y extraños ruidos. Desorientados, habían reco­rrido kilómetros y kilómetros, tratando de localizar su campamento, pero sin lograrlo porque siempre avan­zaron en dirección equivocada. Se encontraban irre­misiblemente perdidos, como si de pronto los hubieran trasladado a otro mundo.

La verdad es que, en aquel momento crucial, has­ta la última partícula de sus intelectos, de común acuerdo y combinadamente, debían concentrarse, en la cuestión decisiva, una cuestión de vida o muerte para ellos: encontrar la ruta que les permitiera vol­ver al campamento.

Tenía la palabra Samuel T. Philander:

-Pues, sí, mi querido profesor -argumentaba-, insis­to en que, a no ser por el triunfo en España de Isabel y Fernando sobre los árabes, en el siglo XV, el mun­do se encontraría hoy mil años más adelantado de lo que está. Los árabes eran un pueblo fundamen­talmente tolerante y amplio de miras, un pueblo de agricultores, artesanos y comerciantes, la clase de personas que hacen posible civilizaciones como las que encontramos actualmente en Europa y América, mientras que los españoles...

-¡Bueno, bueno, mi querido señor Philander -le interrumpió el profesor Porter-, precisamente la reli­gión de los árabes eliminaba de raíz las posibilidades que usted sugiere. Los musulmanes eran, son y serán una plaga nefasta para el progreso científico, lo que ha marcado... -¡Dispense, profesor! -le cortó el señor Philander, que había vuelto la cabeza para mirar hacia la sel­va-. Parece que alguien se acerca.

El profesor Archimedes Q. Porter miró en la direc­ción que indicaba su miope interlocutor. -Venga, venga, señor Philander -reconvino-. ¿Cuán­tas veces he de aconsejarle que se esfuerce en con­seguir la concentración absoluta de sus facultades mentales, único medio que le permitirá alcanzar las más altas cotas de potencia intelectual para aplicar­la a los trascendentales problemas con los que, por ley natural, han de enfrentarse las masas encefáli­cas superiores? Y ahora va usted y perpetra una de las más flagrantes descortesías al interrumpir mi ilus­trada alocución para comunicarme la presencia de un simple cuadrúpedo del género Felis. Como iba diciendo, señor...

-¡Por todos los santos, profesor! ¿Un león? -excla­mó el señor Philander, al tiempo que forzaba su mira­da de corto de vista con ánimo de distinguir mejor la borrosa silueta que se recortaba contra la oscura maleza tropical.

-Sí, sí, señor Philander, ya que se empeña en uti­lizar términos vulgares en sus parlamentos. Un «león». Pero, como iba diciendo...

-Perdone, profesor -volvió a interrumpirle el señor Philander-, permítame sugerirle que, indudablemente, los árabes vencidos en el siglo xv continuarán en esa lamentable situación, al menos de momento, inclu­so aunque aplacemos nuestro debate acerca de ese desastre para el mundo hasta haber puesto entre la encantadora visión del Felis camivora y nosotros esa perspectiva saludable que proverbialmente propor­ciona la distancia.

Mientras tanto, el león se les había ido acercando con majestuosa dignidad. Llegó a unos diez pasos de los dos hombres, hizo allí un alto y se los quedó mirando con curiosidad. El resplandor de la luna inundaba la playa y hacía resaltar sobre la arena amarilla el pronunciado relie­ve del grupo.

-Esto es de lo más censurable, de lo más censu­rable -calificó el profesor Porter con cierto matiz irri­tado en la voz-. Nunca, señor Philander, en toda mi vida he visto un solo caso en el que se permitiera a estos animales andar por ahí sueltos, fuera de la jau­la. Desde luego, voy a informar de este ultrajante que­brantamiento de las normas éticas a los directores del jardín zoológico más próximo. ¡Me van a oír! -Faltaría más, profesor -convino el señor Philan­der-, estoy de acuerdo, y cuanto antes lo haga, mejor. Vayamos ahora mismo.

El señor Philander cogió del brazo al profesor y echó a andar en dirección contraria a donde esta­ba el león, a fin de poner la mayor distancia entre ellos y el animal.

No habían recorrido más que un corto trecho cuan­do, al volver la cabeza, el señor Philander comprobó horrorizado que el león les seguía. Apretó con más fuerza el brazo del profesor, sin hacer caso de sus continuas protestas, y aceleró el paso.

-Como iba diciendo, señor Philander... -repitió el profesor Porter.

El señor Philander lanzó otro precipitado vistazo a su espalda. El león también había aumentado su rit­mo de marcha y se mantenía obstinadamente cerca.

-¡Nos sigue! -jadeó el señor Philander, un segun­do antes de echar a correr.

-Bueno, bueno, señor Philander -recriminó el pro­fesor-, este apresuramiento extemporáneo es impropio de un par de hombres cultos. ¿Qué pensarían de nosotros nuestras amistades si anduvieran por la calle y fuesen testigos de nuestro frívolo comporta­miento? Caminenos con más decoro. El señor Philander lanzó otra furtiva mirada por la popa.

Con su flexibilidad felina, el león avanzaba a sal­tos y se encontraba ya apenas a cinco pasos de ellos.

El señor Philander soltó el brazo del profesor y salió disparado en una orgía de velocidad que hubiera pro­vocado la envidia de cualquier equipo universitario de atletismo.

-Como iba diciendo, señor Philander... -gritó el profesor Porter que, metafóricamente hablando, había decidido de pronto «mantener alto su pabe­llón deportivo». También echó una fugaz mirada hacia atrás y había visto las crueles pupilas ama­rillas y las entreabiertas fauces del león, que estaba a una distancia aterradoramente próxima a su per­sona.

Ondulantes los faldones de su levita y reluciente la seda de su sombrero de copa, el profesor Archi­medes Q. Porter galopó bajo la claridad lunar, pisan­do los talones al señor Samuel T. Philander.

Frente a ellos, una avanzada de selva se alargaba hacia un promontorio estrecho y rumbo a tal refugio de arbolado dirigió el señor Samuel T. Philander sus prodigiosos saltos, brincos y zancadas. Y precisa­mente entre las sombras de aquel mismo paraje, dos ojos agudos observaban la carrera con calculado interés.

Tarzán de los Monos contemplaba la escena, deco­rado su semblante por una sonrisa, producto de aque­lla extraña carrera de persecución.

Sabía que los dos ancianos estaban a salvo en lo que se refería a un posible ataque por parte del león. El hecho de que Numa no se preocupase lo más míni­mo de caer sobre aquella presa tan fácil indicaba a Tarzán, conocedor de todo lo relacionado con la vida en la selva, que Numa tenía el estómago lleno.

El león podía seguir acechándolos hasta que el hambre le acosara; pero lo más probable era que, si no provocaban sus iras, el animal se cansara pronto del juego y se retirase a su cubil de la jungla.

En realidad, el único peligro serio estribaba en que uno de los hombres tropezase y fuera a dar con sus huesos en el suelo. Entonces, aquel demonio amarillo se precipitarla automáticamente sobre el caído y la ins­tintiva alegría de matar resultaría demasiado tenta­dora para que el felino la resistiese.

Ello indujo a Tarzán a descender hasta la rama más baja y situarse directamente en la línea por la que llegarían los fugitivos. Y cuando el señor Samuel T. Philander alcanzó aquel punto, entre jadeos y resoplidos, excesivamente agotado para subirse a la salvación de la rama, Tarzán alargó el brazo, cogió al hombre por el cuello de la chaqueta, lo levantó en peso y lo depositó a su lado. Unos segundos después llegaba el profesor al alcan­ce de la amistosa mano de Tarzán, que repitió la ope­ración e izó al anciano hasta la seguridad de la rama, en el instante en que el burlado Numa, con un rugi­do, saltaba en vano para atrapar una presa que ya se había desvanecido en el aire. Durante unos minutos, ambos ancianos perma­necieron aferrados a la rama, mientras trataban de recobrar el aliento, respirando entrecortadamente. Apoyada la espalda en el tronco del árbol, Tarzán los observaba, entre divertido y curioso.

El profesor fue quien rompió el silencio.

-Me atribula profundamente, señor Philander, que haya dado muestras de tal escasez de aplomo y viril valentía en presencia de un ser de orden inferior y que, a causa de su inmensa pusilanimidad, me haya obligado a esforzarme de un modo tan excepcional y desacostumbrado, al objeto de poder reanudar mi exposición verbal. Como iba diciendo, señor Philander, cuando me interrumpió, los árabes...

-Profesor Archimedes Q. Porter -le cortó el señor Philander en tono gélido-, llega un momento en que la paciencia se convierte en crimen y la mutilación se engalana con el manto de la virtud. Me ha acusado de cobardía. Ha insinuado que usted sólo corrió desa­ladamente para alcanzarme y no para escapar a las garras del león. ¡Ándese con ojo, profesor Archimedes Q. Porter! Soy un hombre desesperado. Si se le ator­menta y se le hace sufrir durante demasiado tiempo, hasta al gusano se le agota la paciencia y se revuelve.

-¡Está bien, está bien, señor Philander, tengamos la fiesta en paz! -puso vaselina el profesor Porter-. Repórtese.

-De acuerdo, profesor Archimedes Q. Porter. Pero, créame, señor, estoy a punto de olvidar el extraor­dinario prestigio que ha alcanzado usted en el mun­do de la ciencia e incluso las canas que peina.

El profesor continuó sentado, en silencio, durante unos minutos. Luego, la oscuridad ocultó la torva sonrisa que contrajo su rostro sembrado de arrugas. Al final, dijo:

-Mire, Flaco Philander -articuló en tono pendencie­ro-, si está buscando singular combate, despréndase de la chaqueta y descienda al duro suelo, donde ten­dré la satisfacción de arrearle unos cuantos mampo­rros en la cabeza, como le sacudí hace sesenta años en el callejón de detrás del establo de Porky Evans.

-¡Archy! -jadeó atónito el señor Philander-. ¡Señor, qué bien suena eso! Cuando se comporta como un ser humano, me encanta, Archy; pero me parece que han transcurrido algo así como veinte años que se olvidó de conducirse como un ser humano.

El profesor alargó su delgada y temblorosa mano a través de la oscuridad hasta que encontró el hom­bro de su viejo amigo.

-Perdóneme, Flaco -susurró-. No han llegado a ser veinte años, y Dios sabe lo que me he esforzado en ser «humano», por Jane y también por usted, desde que Él, se me llevó a mi otra Jane. Otra mano envejecida partió del costado del señor Philander, fue a tomar la que descansaba en su hom­bro, y ningún otro mensaje hubiese podido trans­mitir mejor la corriente de afecto que se trasladó de un corazón a otro.

Transcurrieron varios minutos sin que intercam­biaran palabra. Al pie del árbol, el león paseaba ner­viosamente de un lado a otro. El tercer ocupante del árbol quedaba oculto entre las densas sombras pró­ximas al tronco. También permanecía en silencio, inmóvil como una estatua allí esculpida.

-Desde luego, me izó usted justo a tiempo -mani­festó por último el profesor-. Quiero darle las gracias. Me salvó la vida.

-No he sido yo quien le subió aquí, profesor -con­tradijo el señor Philander-. ¡Santo Dios! La excitación ha hecho que me olvide de que a mí también me ele­vó desde el suelo una fuerza ajena... Debe de haber algo o alguien aquí, en el árbol, con nosotros.

¿Cómo? -se extrañó el profesor Porter-. ¿Está com­pletamente seguro de eso, señor Philander? -Absolutamente seguro, profesor -repuso el señor Philander. Añadió-: Y creo que deberíamos dar las gracias a esa parte. Puede que esté sentado junto a usted, profesor.

-¿Eh? ¿Cómo dice? Vaya, vaya, señor Philander, vaya, vaya -articuló el profesor Porter, al tiempo que se desplazaba con disimulo para situarse más cer­ca del señor Philander. En aquel preciso instante Tarzán de los Monos pen­só que Numa llevaba ya demasiado tiempo paseán­dose ociosamente bajo el árbol, así que alzó la joven cabeza hacia las alturas celestes y a los aterrados oídos de los ancianos llegó el espeluznante ululato con que los antropoides anunciaban su desafío.

Acurrucados en la rama sobre la que se aguanta­ban precariamente, los dos temblorosos amigos vie­ron que el león interrumpía de golpe su inquieto paseo al oír aquel alarido que ponía los pelos de punta y helaba la sangre. El felino erizó las orejas, salió dis­parado hacia la selva y se perdió de vista instantá­neamente tragado por la espesura.

-Hasta el león tiembla de miedo -susurró el señor Philander.

-De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario -murmuró a su vez el profesor Porter, y se agarró frenéticamente al señor Philander para reco­brar el equilibrio, que un repentino estremecimiento había puesto en grave riesgo. Por desgracia para ellos, el centro de equilibrio del señor Philander se hallaba en aquel momento sobre el mismísimo filo del vacío, así que sólo faltaba el leve impulso que proporcionó el peso adicional del cuerpo del profesor Porter para que su fiel secretario se vinie­ra abajo.

Durante unos segundos ambos hombres se tam­balearon inseguros y luego, al tiempo que se mez­claban los gritos nada académicos de cada uno de ellos, cayeron de cabeza, frenéticamente abrazados. Permanecieron inmóviles en el suelo, porque ambos tenían la certeza de que cualquier movimiento les iba a informar de que tenía tantas magulladuras y se habían roto tantos huesos que les iba a ser imposi­ble alejarse de allí por su propio pie.

Al final, el profesor Porter probó a desplazar una pierna. Con gran sorpresa, comprobó que respon­día como en épocas tan remotas que ya se le habían olvidado. Dobló entonces la compañera y volvió a estirarla.

-De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario -musitó. -Gracias a Dios, profesor -susurró el señor Philander, fervorosamente-, ¿no se ha muerto, pues? -Vamos, hombre, vamos, señor Philander, venga ya -amonestó el profesor Porter—. De todas formas, no estoy muy seguro aún.

Con infinito cuidado, el profesor Porter agitó el bra­zo derecho... ¡Aleluya! Estaba intacto. Con el alien­to contenido, levantó el brazo izquierdo por encima del postrado cuerpo... ¡lo movía! -De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario -articuló.

-¿Está haciendo señas a alguien, profesor? -inqui­rió el señor Philander con voz que rezumaba excitación. El profesor Porter no se dignó responder a una pre­gunta tan pueril. En vez de contestar levantó despa­cio la cabeza del suelo y la movió arriba y abajo, a un lado y a otro media docena de veces. -De lo más extraordinario -musitó su frase favori­ta-. Sigue intacta.

El señor Philander no se había movido del punto donde cayó; ni siquiera se atrevía a intentarlo. ¿Cómo iba uno a moverse si tenía rotos los brazos, las pier­nas y la columna vertebral?

Tenía un ojo hundido en el lodo, mientras con el otro miraba de soslayo las extrañas maniobras del profesor Porter.

-¡Qué pena! -exclamó el señor Philander a media voz-. La conmoción cerebral conduce a la absoluta abe­rración del intelecto. Verdaderamente, ¡qué pena! ¡Y una persona tan joven todavía! El profesor Porter se dio media vuelta y quedó boca abajo. Arqueó la espalda hasta adoptar una postura semejante a la que adoptaría un gato ante la proximidad de un perro que le ladra. Después se sentó y procedió a tentarse diversas zonas de su anatomía.

-¡Todo está donde debe! -se maravilló-. ¡De lo más extraordinario!

Se levantó, lanzó una mirada crítica a la aún pos­trada figura de don Samuel T. Philander y le afeó: -¡Vamos, vamos, señor Philander! No es el momen­to de entregarse alegremente a la incuria y a la pere­za. Debemos ponernos en pie y en marcha.

El señor Philander levantó el ojo que tenía hundi­do en el fango y dedicó al profesor Porter una mira­da llena de silenciosa cólera. Después intentó incor­porarse; no pudo recibir mayor sorpresa que la de comprobar que sus esfuerzos se veían automática­mente coronados por el éxito más prodigioso.

Sin embargo, continuaba hirviendo de rabia ante la cruel injusticia de la insinuación del profesor Porter, y estaba a punto de soltarle un exabrupto digno del ultraje cuando sus ojos repararon en la curiosa figura erguida a unos pasos de distancia que los escudri­ñaba con absorta atención.

El profesor Porter había recuperado su reluciente chistera de seda que, tras frotarla esmeradamente con la manga de la chaqueta, dejándola tan reluciente como antes, se volvió a encasquetar. Al observar que el señor Philander le indicaba algo situado a su espalda, el pro­fesor Porter se volvió para ver a un gigante casi des­nudo por completo -sólo llevaba un taparrabos y unos cuantos adornos de metal- que permanecía inmóvil ante él.

-¡Buenas noches, señor! -el profesor se quitó el sombrero al saludar.

Por toda contestación, el gigante les indicó median­te una seña que le siguieran y echó a andar playa adelante, en la misma dirección por la que ambos ancianos habían llegado. -Creo que lo más discreto es seguirle -opinó el señor Philander.

-Vaya, vaya, señor Philander -replicó el profesor-. Hace un momento adelantaba usted sus más lógicos argumentos en apoyo de la hipótesis de que el cam­pamento se encontraba en dirección sur. Le mani­festé mi escepticismo al respecto, pero acabó por con­vencereme; de modo y manera que ahora tengo el convencimiento absoluto de que hemos de marchar hacia el sur si queremos encontrar a nuestros ami­gos. En consecuencia, yo continuaré hacia el sur.

-Pero, señor Porter, es muy posible que ese hom­bre conozca el terreno mejor que nosotros. Parece ser natural de esta parte del mundo. Acompañémosle aunque sólo sea un corto trecho.

-Venga, venga, señor Philander -repitió el profe­sor-. Soy hombre difícil de persuadir, pero cuando me he convencido de algo, mi decisión es irrevocable. Seguiré en la dirección oportuna, aunque tenga que dar una vuelta completa al continente africano para llegar a mi destino.

Tarzán interrumpió la discusión. Al ver que aquellos extraños individuos no le seguían, el hombre-mono había vuelto junto a ellos. De nuevo les hizo una seña, pero los dos ancianos hicieron caso omiso.

Así que Tarzán de los Monos perdió la paciencia ante la estúpida ignorancia de la pareja. Agarró por el hom­bro al asustado señor Philander y antes de que el dig­no caballero llegase a alguna conclusión acerca de si iba a matarle o a dejarlo lisiado de por vida, Tarzán había pasado un extremo de su cuerda alrededor del cuello del anciano.

-¡Muy bien, muy bien! -recriminó el profesor Porter-. ¿No le da vergüenza someterse a semejante humillación?

Pero apenas habían salido de su boca tales pala­bras cuando también se vio apresado y con la cuerda alrededor del cuello. Acto seguido, Tarzán se enca­minó hacia el norte, mientras tiraba de los enton­ces asustadísimos profesor Porter y su secretario.

Sumidos en un silencio mortal anduvieron duran­te lo que a los desesperanzados y exhaustos ancia­nos les parecieron varias horas. Pero, por fin, al coronar un cerro, experimentaron la inmensa ale­gría de divisar la cabaña a menos de cien metros de distancia. Allí, Tarzán les quitó el lazo del cuello, señaló la pequeña construcción y se desvaneció en la jungla.

-¡Extraordinario, de lo más extraordinario! -el profesor se quedó boquiabierto-. Reconozca, señor Philander, que yo tenía razón, como de costumbre. A no ser por su obstinación, nos habríamos libra­do de una serie de contratiempos ultrajantes en grado sumo, por no llamarlos peligrosos inciden­tes. En lo sucesivo, procure seguir los consejos de una mente más madura y experta cuando necesite que le guíen sabiamente.

El señor don Samuel T. Philander se sentía dema­siado aliviado ante el feliz desenlace de la aventura para que los crueles sarcasmos del profesor pudie­ran herirle. En vez de darse por ofendido, cogió a su acompañante por un brazo y apretó el paso rumbo a la cabaña.

Enorme fue el regocijo de todos los miembros de la partida, al verse reunidos de nuevo. La aurora los sorprendió refiriéndose unos a otros las diversas aven­turas vividas y especulando acerca de la identidad de aquel extraño custodio y protector que habían encon­trado en aquella costa salvaje. Esmeralda estaba segura de que no podía ser nadie más que el ángel de la guarda, enviado especial del Cielo para cuidarlos.

-Si le hubieras visto engullirse la carne del león, cruda y todo, Esmeralda -rió Clayton-, pensarías que es un ángel demasiado materialista.

-Su voz no tenía nada de celestial, desde luego -confirmó Jane Porter, que se estremeció levemente al recordar el espantoso alarido que lanzó al aire Tarzán después de acabar con la leona.

-Su comportamiento tampoco coincide con mis pre­concebidas ideas acerca de la dignidad propia de los mensajeros divinos -subrayó el profesor Porter-, cuan­do el... ejem... caballero ató por el cuello a dos per­sonas ilustradas, doctas y altamente respetables para tirar de ellas y conducirlas a través de la selva como si fueran un par de vacas.


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