Tarzán de los monos: Combate en la jungla

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo VI: Combate en la jungla


Las idas y venidas de la tribu llevaba con frecuencia a sus miembros a las proximidades de la silente y cerrada cabaña construida cerca de la bahía. Para Tarzán eso representaba siempre un foco de misterio y placeres infinitos.

Solía atisbar por las ventanas encortinadas o, tras subirse al tejado, mirar por la negra boca de la chimenea, en inútil intento de descubrir las incógnitas maravillas que encerraban aquellas robustas paredes.

Su fantasía infantil imaginaba criaturas prodigiosas dentro de la cabaña y la imposibilidad de forzar la entrada multiplicaba por mil su anhelo de lograrlo.

Se pasaba horas y horas paseando por el tejado y estudiando las ventanas, pero no conseguía dar con el modo de acceder al interior de la choza. Lo cierto es que prestó escasa atención a la puerta, porque aparente mente era tan sólida como las paredes.

En el curso de la primera visita a las inmediaciones, después de la aventura con la vieja Sabor, cuan do Tarzán se acercaba a la construcción observó que, vista a cierta distancia, la puerta parecía ser parte independiente de los muros en que estaba encajada y, por primera vez, se le ocurrió que quizás aquella fuese la vía de acceso que tanto tiempo llevaba bus cando infructuosamente.

Estaba solo, como a menudo era el caso cuando visitaba la cabaña, porque los monos no sentían pre­cisamente afecto hacia ella; la historia del palo tonan te que sembraba muerte no había perdido eficacia en el curso de los diez años que llevaban transmitiéndosela unos a otros, y la desierta vivienda del hombre blanco seguía envuelta, para los simios, en una atmósfera aterradora y sobrenatural.

Nadie le había contado a Tarzán su relación directa con la cabaña. El lenguaje de los monos tenía tan pocas voces que, aunque podían decirse cosas, carecían de las palabras adecuadas para describir con exactitud tanto a los moradores de la cho za como sus enseres y pertenencias, de modo que, mucho antes de que Tarzán alcanzara la edad suficiente para comprenderlo, la tribu había olvidado el asunto.

Sólo en cierta manera confusa y ambigua Kala le había explicado que su padre, el padre de Tarzán, fue un extraño mono blanco, pero el muchacho ignoraba que Kala no era su madre.

Aquel día, pues, Tarzán se dirigió a la puerta y dedicó varias horas a examinar y forcejear con los goznes, la cerradura y el pomo. Al final dio con la combinación apropiada y, frente a sus atónitos ojos, la hoja de madera se abrió, chirriante.

Pasaron varios minutos antes de que Tarzán se decidiese a entrar, pero, finalmente, una vez se acos­tumbraron sus ojos a la penumbra del interior, se aventuró a entrar lenta y cautelosamente. En medio del cuarto yacía un esqueleto, del que había desaparecido ya todo residuo de carne pero en torno al cual colgaban los putrefactos y andrajosos restos de lo que tiempo atrás fueron las ropas del muerto. Encima de la cama se encontraba tendida, en similares condiciones, otra espantosa osamenta, aunque de menor tamaño, mientras que en una con tigua se encontraba un tercer esqueleto, mucho más pequeño que los otros.

El joven Tarzán no prestó más que una atención fugaz a todas aquellas pruebas de una terrible tragedia ocurrida bastante tiempo atrás. Durante su vida en la selva virgen había visto los suficientes animales muertos o moribundos como para estar inmunizado y es posible que aunque hubiera sabido que tenía ante sus ojos los restos mortales de sus padres tampoco habría sentido ninguna emoción especial.

Lo que sí despertó su interés fueron los muebles y demás objetos que había en la cabaña. Examinó algunos minuciosamente -armas y herramientas extrañas, libros, papel, prendas de vestir-, los pocos que habían soportado los devastadores efectos del tiempo en aquella húmeda atmósfera de la selva costera.

Abrió armarios y cajones -actos que no resultaban inasequibles a su escasa experiencia-, el contenido de los cuales estaba mejor conservado. Encontró, entre otras cosas, un cuchillo de caza con cuya afilada hoja se hizo inmediatamente un corte en un dedo. Sin que eso le asustase lo más mínimo, continuó con sus experimentos y, al comprobar lo fácil que le resultaba esgrimir un hacha que había encontrado, aprovechó la circunstancia para arrancar unas cuantas astillas a la mesa y a las sillas con su nuevo juguete. Se lo estuvo pasando en grande un buen rato, pero acabó por cansarse de darle al hacha y continuó sus exploraciones. En un armario repleto de libros vio un volumen con imágenes de alegres colores: una cartilla con alfabeto ilustrado:

A, de Arquero: el que dispara flechas con arco. B, de Bebé: se llama Joe.

Las ilustraciones le interesaron extraordinariamente.

Había muchos monos con cara semejante a la suya y al pasar las páginas del libro encontró, en la M, algunos micos como los que veía saltar a diario entre las ramas de los árboles de su selva virgen. Pero en ninguna parte vio imágenes de miembros de su pueblo; en todo el libro no había nadie que se pareciese a Kerchak, a Tublat o a Kala.

Al principio trató de arrancar de las hojas aquellas figuritas, pero no tardó en comprender que no eran reales, aunque ignoraba qué podían ser ni disponía de palabras para describirlas. Barcos y trenes, vacas y caballos carecían de significado para él, pero no le resultaban tan descon­certantes como las extrañas figuritas situadas deba jo de los dibujos de colores. Pensó que podría tratarse de alguna clase de insectos raros, porque muchos de ellos tenían patas, aunque no vio ninguno que tuviese ojos ni boca. Fue aquel su primer encuentro con las letras del alfabeto, y apenas habría rebasado entonces los diez años de edad.

Naturalmente, nunca había visto nada impreso, ni siquiera había hablado con un ser viviente que tuviese la más remota idea acerca de que existiera algo como el lenguaje escrito, ni, desde luego, había visto nunca a nadie entregado a la lectura.

Nada tiene de extraño, pues, que aquel chiquillo se encontrase completamente perdido, incapaz de suponer siquiera el significado de aquellas extrañas figuras.

Hacia la mitad del libro se tropezó con su vieja ene miga, Sabor, la leona, y, un poco más adelante, el cuerpo enrollado de Histah, la serpiente.

¡Ah, aquello era de lo más fascinante! En sus diez años de vida nunca había disfrutado tanto de una cosa. Tan absorto estaba revisando el libro que no se percató de que se aproximaba la oscuridad de la noche, hasta que la tuvo encima y las imágenes empezaron a hacerse borrosas. Volvió a poner el libro en su lugar y cerró la puerta del armario, ya que no deseaba que alguien más encontrara y destruyese aquel tesoro. Al salir, mientras las sombras nocturnas se espesaban, cerró la puerta de la cabaña, dejándola como estaba antes de que él descubriese el modo de abrirla. Antes de abandonar la cabaña, sin embargo, había reparado en el cuchillo de caza, caído en el suelo, y lo recogió para enseñárselo a sus compañeros.

Apenas había dado una docena de pasos en dirección a la selva cuando una ingente forma surgió de entre las negruras que envolvían un arbusto y se irguió ante él. De momento creyó que era alguien de su misma tribu; pero al cabo de unos segundos reconoció a Bolgani, el gigantesco gorila. Estaba tan cerca que no existía la menor posibilidad de huir y el pequeño Tarzán comprendió que no le quedaba más remedio que plantarle cara y luchar en defensa de su vida. Porque aquellas formidables bestias eran enemigos mortales de su tribu y ni unos ni otros daban o pedían nunca cuartel.

De haber sido Tarzán un mono macho adulto de la especie de su tribu, la pelea habría estado más igua­lada, pero al no ser más que un muchachito inglés, aunque de músculos extraordinariamente desarrolla dos, no tenía la menor posibilidad frente a aquel despiadado antagonista. Sin embargo, por las venas del chico circulaba la sangre de lo más excelso de una raza de formidables guerreros y, además, su ánimo se veía respaldado por el adiestramiento que le proporcionó su breve pero intensa existencia entre las fieras de la jungla.

Desconocía el miedo, tal como lo sentimos nosotros. Su corazón aceleró los latidos a causa de la exci­tación y el estímulo de la aventura. Si se le hubiese presentado la oportunidad de escapar, la habría apro­vechado, pero sólo porque la sensatez le decía que no era rival para aquella mole feroz que tenía delante. Pero puesto que la razón le informaba de que no era posible la huida, se aprestó a combatir cara a cara, a hacer frente al gorila, decidida y valerosamente, sin que le temblase un solo músculo, sin mostrar el más leve síntoma de pánico.

Lo cierto es que recibió al simio cuando éste se hallaba a mitad de su asalto; pero el impacto de los golpes asestados por los puños de Tarzán en el corpachón del enorme gorila fue tan poco efectivo como hubieran resultado los intentos de un mosquito que atacara a un elefante. No obstante, aún conservaba Tarzán en una mano el cuchillo encontrado en la cabaña de su padre y cuando la bestia, descargando golpes y arreando mordiscos, se precipitó sobre el muchacho, éste volvió accidentalmente la punta del cuchillo hacia el peludo pecho del gorila. Cuando el arma se hundió profundamente en el cuerpo, el cua­drumano soltó un alarido de rabia y dolor.

Pero en aquellos breves segundos el chico había aprendido a utilizar su afilado y reluciente juguete, de modo que, mientras la bestia sacudía y desgarraba, arrastrándole hasta el suelo, Tarzán hundió repe­tidamente la hoja, hasta la empuñadura, en el pecho del gorila.

El simio empleaba el método de lucha propio de los de su especie: descargaba golpes terribles con la mano abierta y desgarraba con sus poderosos colmillos la carne del pecho y del cuello de Tarzán. Rodaron por el suelo en el violento frenesí del com bate. Aunque cada vez con menos fuerza, el debilitado, rasgado y medio desangrado brazo del mucha cho siguió hundiendo una y otra vez la larga hoja del cuchillo en el cuerpo de su adversario, hasta que, finalmente, la pequeña figura se tensó con un espasmódico estremecimiento y Tarzán, el joven lord Greystoke, cayó inconsciente sobre la seca y pútrida vegetación que alfombraba la selva que era su patria.


A cosa de kilómetro y medio, en el interior de la foresta, la tribu oyó el salvaje grito desafiante del gori la y, tal como tenía por costumbre cuando amenazaba algún peligro, Kerchak reunió a su pueblo, en parte como medida de mutua protección frente a un enemigo común, dado que el gorila lo mismo podía ser integrante de una partida más numerosa, y en parte para cerciorarse de que la totalidad de los miembros de la tribu se hallaban presentes.

No tardó en comprobarse que faltaba Tarzán y Tublat se apresuró a manifestar su enérgica oposición a que se le enviase ayuda. Al propio Kerchak tampoco le caía muy simpático aquella extraña criatura, así que escuchó los alegatos de Tublat y, al final, se encogió de hombros y fue a tenderse sobre el lecho de amontonadas hojas secas que se había preparado.

Pero Kála no era de la misma opinión. En realidad, apenas se enteró de que Tarzán no estaba allí había salido disparada, volando a través de las ramas de los árboles, hacia el punto de donde llegaban los cla­ramente audibles gritos del gorila.

Era ya noche cerrada y la tenue claridad de la luna, recién aparecida en el cielo, proyectaba extrañas y grotescas sombras entre el espeso follaje de la jungla.

Aquí y allá, los rayos más brillantes conseguían filtrarse hasta el suelo, pero en _su mayor parte sólo servían para intensificar la estigia negrura de las profundidades de la selva.

Como un colosal fantasma, Kala surcaba silenciosamente el aire de un árbol a otro; se desplazaba a todo correr a lo largo de una gran rama, saltaba a través del espacio hasta el extremo de otra... sólo para agarrarse a la del árbol siguiente, en su celérico avance rumbo al escenario de la tragedia que su conoci­miento de la jungla le decía estaba representándose a escasa distancia de donde ella se encontraba.

Los clamores del gorila proclamaban que mantenía un combate a muerte con otro habitante de la salvaje foresta. De pronto, los gritos cesaron y un silencio mortal se extendió por la selva. Kala no alcanzaba a entender lo ocurrido, porque la voz de Bolgani se había elevado en el aire satura da de agónicas notas de sufrimiento y muerte, pero luego no se oyó sonido alguno que le permitiese deter minar la naturaleza del adversario del gorila. Sabía que era harto improbable que su pequeño Tarzán pudiese acabar con la vida de un gran gorila macho, por lo que, al aproximarse al lugar de don de procedían los ruidos de la pelea, extremó las pre­cauciones hasta que, con extraordinaria cautela, se llegó a la enramada inferior y, con el corazón en un puño, forzó la vista para atravesar con ella las tinieblas nocturnas y descubrir alguna señal de los com­batientes.


Los localizó de súbito, tendidos en un claro de la jungla, iluminados por la luz brillante de la luna: la figura desgarrada y ensangrentada de Tarzán y, a su lado, el yerto cadáver de un enorme gorila macho.

Al tiempo que profería un grito apagado, Kala descendió junto a Tarzán, cuyo menudo cuerpo cubierto de sangre levantó del suelo y se lo llevó al pecho, mientras intentaba captar algún síntoma de vida. Percibió los casi inaudibles latidos del corazón del niño. Con gran ternura, lo trasladó a través de la oscura selva hasta el punto donde acampaba la tribu y, durante muchos días y noches montó guardia a su lado, cuidándole, llevándole agua y comida, ahuyentando las moscas y los demás insectos que acudían a cebarse en las heridas del muchacho. Aquella pobre simia no sabía nada de medicina y cirugía. Lo único que podía hacer Kala era lamer las llagas, pero así las mantenía limpias para que la natu raleza cumpliese su labor curativa con mayor rapidez.

Al principio, Tarzán no quiso comer nada; no hacía más que revolverse y agitarse impulsado por el delirio de la fiebre. Lo único que estaba dispuesto a tomar era agua, y agua era lo que le proporcionaba Kala, por el único procedimiento que podía emplear, o sea, llevándosela en su propia boca.

Ninguna madre humana hubiera manifestado abnegación más desinteresada y devota que la que aquella simia salvaje mostró hacia el pobrecito huérfano que el destino había puesto bajo su cuidado. Por fin, la fiebre remitió y el chico empezó a mejorar. Aunque el dolor de sus heridas era insufrible, de los apretados labios de Tarzán no brotó ni un solo quejido.


Tenía desgarrada una parte del pecho, abierta la caja torácica hasta el punto de dejar a la vista las cos­tillas, tres de las cuales habían roto los bestiales gol pes del gorila. Los gigantescos colmillos de la fiera casi le habían arrancado un brazo y en el cuello faltaba un buen pedazo de carne, lo que dejaba al des­cubierto la yugular, que de milagro no seccionaron las crueles mandíbulas.

Con el mismo estoicismo de los animales entre los que se había criado, Tarzán soportó en silencio su sufrimiento y prefirió alejarse de los demás, arrastrándose, y permanecer hecho un ovillo oculto entre las altas hierbas, a exponer sus desdichas a la vista de todos. Sólo le alegraba la compañía de Kala, pero Tarzán había mejorado ya tanto que la mona se permitía salir en busca de alimentos y permanecer largos ratos lejos de él; porque mientras el chico estuvo tan grave, el sacrificado animal apenas comió lo suficiente para no morir de inanición y, en consecuencia, había que­dado reducida a una mera sombra de lo que fue.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20 - 21 - 22 - 23 - 24 - 25 - 26 - 27 - 28