Tarzán de los monos: Conclusión

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXVIII: Conclusión


Al ver a Jane, de los labios de todos brotaron gritos de alivio y alborozo y cuando Tarzán detuvo el vehícu­lo junto al otro automóvil, el profesor Porter corrió a abrazar a su hija.

Transcurrieron unos segundos antes de que alguien reparase en Tarzán, que continuó sentado al volan­te, en silencio.

Clayton fue el primero en acordarse de él. Se vol­vió y le tendió la mano.

-¿Cómo podremos agradecérselo? -exclamó-. Nos ha salvado a todos. Me llamó usted por mi nombre en la casa, pero me parece que soy incapaz de recor­dar el suyo, aunque hay algo en su persona que me resulta muy familiar. Es como si le hubiese conoci­do hace mucho tiempo, en otras y distintas circuns­tancias. Tarzán sonrió, al tiempo que estrechaba la mano que se le ofrecía.

-Tiene usted toda la razón, monsieur Clayton -dijo, en francés-. Me perdonará si no le hablo en inglés, pero es que lo estoy aprendiendo ahora y, aunque lo entiendo sin dificultades, lo hablo muy mal.

-¿Pero quién es usted? -insistió Clayton, esta vez en francés también él.

-Tarzán de los Monos.

Clayton dio un respingo hacia atrás a causa de la sorpresa.

-¡Por Júpiter! -cayó Clayton en la cuenta-. Es verdad.

El profesor Porter y el señor Philander se apresura­ron a unir su agradecimiento al de Clayton y a mani­festar su sorpresa y satisfacción al reencontrar a su amigo de la selva tan lejos de su salvaje hogar.

El grupo entró en la modesta hostería del lugar, donde Clayton no tardó en encontrar acomodo y en conseguir que les atendieran.

Estaban sentados en el reducido y mal ventilado salón del hostal cuando atrajeron su atención los reso­plidos mecánicos de un automóvil que se acercaba.

El señor Philander, que ocupaba un asiento jun­to a la ventana, miró al exterior y vio al vehículo apro­ximarse y frenar junto a los otros dos coches.

-¡Dios santol -se le escapó al señor Philander, con un deje de fastidio en la voz-. Ahí está el señor Canler. Había confiado en que... ejem... había pen­sado en... ejem... -acabó a trancas y barrancas- en lo estupendo que hubiera sido... que el fuego le hubiese pescado en medio.

-¡Bueno, bueno, señor Philander! -dijo el profe­sor Porter-. ¡Bueno, bueno! A menudo aconsejo a mis alumnos que cuenten hasta diez antes de hablar. Si yo fuese usted, señor Philander, contaría por lo menos hasta mil y después mantendría un discre­to silencio.

-¡Dios bendito, sí! -se mostró de acuerdo el señor Philander-. ¿Pero quién es el caballero de aspecto eclesiástico que le acompaña?

Jane se quedó blanca como el papel.

Clayton se agitó inquieto en la silla.

El profesor Porter se quitó las gafas nerviosamen­te, echó el aliento sobre los cristales, pero volvió a colocárselas en la nariz sin limpiarlas.

La ubicua Esmeralda dejó oír un gruñido.

El único que no entendía nada era Tarzán.

Robert Canler irrumpió en la estancia.

-¡Gracias a Dios! -exclamó-. Temía lo peor, hasta que vi su automóvil, Clayton. El fuego me cortó el paso en la carretera del sur y tuve que dar media vuel­ta y dirigirme a la ciudad y luego desviarme al este hacia esta carretera. Creí que nunca iba a llegar a la casa.

Nadie manifestó el menor entusiasmo. Tarzán miró a Robert Canler como Sabor miraba a sus presas. Jane captó aquella mirada y carraspeó intranquila.

-Señor Canler -intervino-, le presento a monsieur Tarzán, un viejo amigo.

Canler se volvió hacia él y le tendió la mano. Tarzán se levantó y ejecutó una reverencia como sólo D'Arnot hubiera podido enseñar a ejecutar a un caballero, pero hizo como que no veía la mano de Canler.

Tampoco éste pareció reparar en el feo a que se le sometía.

Jane, le presento al reverendo Tousley -dijo Canler, y se volvió hacia el clérigo, situado a su espalda-. Señor Tousley, la señorita Porter.

El reverendo Tousley se inclinó. Una sonrisa radian­te iluminó su rostro.

Canler lo presentó a los demás.

-Podemos celebrar la ceremonia ahora mismo, Jane -tuteó Canler a la muchacha-. Así tú y yo podremos tomar el tren que pasa por la ciudad a medianoche.

Tarzán comprendió el plan automáticamente. Entrecerrados los párpados, lanzó una ojeada a Jane, pero se mantuvo inmóvil.

La joven vacilaba. Planeó por la estancia un silen­cio tenso, propio de la tirantez que afectaba a los ner­vios de los presentes.

Todos los ojos se posaron en Jane, a la espera de su contestación.

-¿No podríamos esperar unos días? -propuso la joven-. Estoy un poco desquiciada... ¡Me han ocurri­do hoy tantas cosas...!

Canler percibió la hostilidad que emanaba de cada uno de los reunidos.

Se indignó.

-Hemos esperado más de lo que estaba dispuesto a esperar -protestó en tono brusco-. Prometiste casar­te conmigo. No pienso seguir siendo un juguete con el que te diviertas. Tengo la licencia y aquí está el pas­tor. Adelante, reverendo Tousley, vamos, Jane. Hay cantidad de testigos... más de los que se necesitan.

Al tiempo que pronunciaba tales palabras en tono desagradable cogió a Jane Porter por un brazo y echó a andar con ella hacia el pastor.

Pero Canler apenas había dado un paso cuando una mano enérgica se cerró sobre su antebrazo como un grillete de acero.

Otra mano salió disparada hacia su garganta, lo levantó del suelo y lo sacudió en el aire, como un gato pudiera agitar a un ratón.

Con horrorizada sorpresa, Jane se volvió hacia Tarzán.

Al mirarle la cara observó sobre su frente aquella franja carmesí que ya había visto otra vez, en la leja­na África, cuando Tarzán de los Monos se enzarzó en combate a muerte con el gran antropoide, Terkoz.

Comprendió que el deseo de asesinar latía en aquel corazón salvaje y, con un grito de espanto, se preci­pitó hacia el hombre-mono para suplicarle clemen­cia. Pero temía más por Tarzán que por Canler. No ignoraba el riguroso castigo que la justicia imponía al culpable de homicidio.

Sin embargo, antes de que la muchacha llegase a ellos, Clayton ya se había puesto de un salto junto a Tarzán e intentaba liberar a Canler de la presa que lo atenazaba.

Un simple movimiento del poderoso brazo despi­dió al inglés al otro extremo de la sala y, al instan­te, la blanca mano de Jane se posó firmemente en la muñeca de Tarzán y los ojos de la muchacha se cla­varon en los del hombre-mono.

-Hazlo por mí -rogó.

La mano que apretaba el cuello de Canler aflojó la presión. -¿Quieres que esto siga viviendo? -se extrañó Tarzán.

-No quiero que muera a tus manos -respondió ella-. No quiero que te conviertas en un asesino. Tarzán separó la mano de la garganta de Canler.

-¿La libera de su promesa? -preguntó a Canler-. Es el precio de su vida.

Canler asintió con la cabeza, mientras jadeaba en busca de aire.

-¿Se largará y no volverá a molestarla nunca más?

Canler asintió de nuevo con la cabeza, contraído el semblante por el miedo a la muerte que tan de cer­ca había tenido.

Tarzán le soltó y Canler anduvo dando traspiés hacia la puerta. Apenas unos segundos después de que hubiese desaparecido, le fue a la zaga el aterro­rizado pastor.

Tarzán se volvió hacia Jane.

-¿Puedo hablar un momento contigo a solas? -pre­guntó.

La muchacha dijo que sí con la cabeza y se enca­minó a la puerta que daba al pequeño porche de la hostería. Al salir, para esperar fuera a Tarzán, no oyó la conversación ulterior.

-¡Aguarde! -llamó el profesor Porter, cuando Tarzán se disponía a imitar el ejemplo de Jane.

La sorpresa que le causó el precipitado desarro­llo de los acontecimientos había dejado atónito al profesor.

-Antes de que sigamos adelante, señor, me gusta­ría que se me explicase el significado de los sucesos que acaban de sobrevenir. ¿Con qué derecho, señor, se interfiere usted en un asunto que concierne exclu­sivamente a mi hija y al señor Canler? Sepa que había prometido al señor Canler la mano de Jane, caballe­ro, y al margen de nuestras simpatías o antipatías personales, tal promesa ha de cumplirse.

-Me he entrometido, profesor Porter -respondió Tarzán-, porque su hija no quiere al señor Canler... no desea casarse con él. Y eso es cuanto necesito saber para tomar cartas en el asunto. -Pues no sabe lo que ha hecho -dijo el profesor Porter-. Ahora se negará a casarse con ella.

-Eso, seguro -confirmó Tarzán, contundente.

Añadió:

-Es más, a partir de ahora no tendrá usted que preocuparse de lo que pueda sufrir su orgullo, pro­fesor Porter, porque en cuanto llegue usted a casa estará en situación de devolver a ese Canler la can­tidad que le adeuda.

-¡Bueno, bueno, señor! -exclamó el profesor Porter-. ¿Qué insinúa?

-Le notifico que ha aparecido su tesoro -anunció Tarzán.

-¿Qué... qué está diciendo? -preguntó el profesor-. Está loco, hombre. No es posible.

-A pesar de todo, sí es posible. Fui yo quien se lo llevó, sin conocer su valor ni saber a quién perte­necía. Vi cómo lo enterraban los marineros y, lo mismo que hubiera hecho un mono, lo saqué y vol­ví a enterrarlo en otro lugar. Cuando D'Arnot me explicó de qué se trataba y lo que significaba para usted, volví a la jungla y lo recuperé. Ese tesoro había ocasionado ya tantos crímenes, tanto dolor y sufrimiento que D'Arnot opinó que lo mejor sería abstenerse de trasladarlo aquí, como era mi in­tención, de modo que, en vez del cofre, he traído una carta de crédito.

Tarzán se sacó del bolsillo un sobre y se lo tendió al perplejo profesor.

-Aquí lo tiene, profesor Porter: doscientos cuaren­ta y un mil dólares. El tesoro lo tasaron unos exper­tos concienzuda y escrupulosamente pero si su cere­bro alberga alguna duda, el propio D'Arnot lo tiene ahora en custodia, por si prefiere usted recibirlo en vez de la carta de crédito.

-Al enorme cúmulo de obligaciones que tenemos contraídas con usted -articuló el profesor con voz temblorosa- se añade ahora el más formidable de los favores. Me ha proporcionado usted los medios para salvar mi honor.

En la sala volvió a entrar Clayton, que había sali­do en pos de Canler.

-Perdonen -dijo-, creo que lo mejor que podemos hacer es llegarnos a la ciudad antes de que oscu­rezca y coger el primer tren que nos lleve fuera de este bosque. Un vecino que acaba de llegar del norte infor­ma que el incendio avanza en esta dirección.

El anunció puso coto a todas las conversaciones y el grupo salió y se encaminó a los automóviles. Clayton, Jane, el profesor y Esmeralda ocuparon el vehículo del primero, mientras Tarzán acomodó en el suyo al señor Philander.

-¡Dios bendito! -exclamó el hombre cuando el coche arrancó detrás del de Clayton.

-¿A quién se le hubiera ocurrido pensar que esto fuese posible? La última vez que le vi era usted un auténtico salvaje, que se desplazaba entre las ramas de un bosque del África tropical y ahora conduce un automóvil francés por una carretera de Wisconsin. ¡Santo Dios! Esto es de lo más extraordinario.

-Sí -convino Tarzán, para inquirir, tras una pau­sa-: Señor Philander, ¿recuerda usted las circuns­tancias del hallazgo y entierro de los tres esqueletos que había en mi cabaña de la selva africana? -Con todo detalle, señor, y con toda claridad -res­pondió el señor Philander.

-¿Notó algo peculiar en alguno de aquellos esque­letos?

El señor Philander, entornados los ojos, escudriñó el rostro de Tarzán. -¿Por qué lo pregunta?

-Saberlo representa mucho para mí -dijo Tarzán-. Su respuesta puede aclararme un misterio. Y lo peor que puede hacer esa contestación es dejar el miste­rio como está. Desde hace dos meses tengo una teo­ría acerca de esos esqueletos y me gustaría que res­pondiese usted a mi pregunta lo mejor que pueda: los esqueletos que enterraron, ¿correspondían los tres a seres humanos?

-No -repuso el señor Philander-, el más pequeño, el que encontramos en la cuna, era el esqueleto de un mono antropoide.

-Gracias -expresó Tarzán.

En el coche que iba delante, Jane se esforzaba en pensar con la máxima rapidez. Se daba perfec­ta cuenta del motivo que impulsó a Tarzán a pedir­le que charlase con él unos instantes y no ignora­ba que debía estar preparada para darle una contestación en seguida.

Tarzán no era la clase de persona dispuesta a acep­tar excusas ni a que diesen largas y, de cualquier modo, eso era algo que le hacía preguntarse si real­mente aquel hombre no la asustaba. ¿Podría amar a una persona a la que temía?

Comprendía el sortilegio que la hechizó en las pro­fundidades de aquella jungla remota, pero no existía encantamiento alguno ahora en la prosaica Wisconsin.

Ni tampoco el atractivo e inmaculado joven fran­cés influía sobre la mujer primitiva que se albergaba en el fondo de ella como influyó el robusto dios áureo de la selva.

¿Le amaba? En aquel momento no lo sabía.

Lanzó a Clayton una mirada de reojo. ¿No respon­día a sus aspiraciones aquel hombre educado en la mis­ma escuela y ambiente que ella, un hombre culto y de buena posición social, es decir, un hombre que poseía los elementos principales que le había enseñado a con­siderar como básicos de toda relación idónea?

¿No apuntaba su buen juicio hacia aquel aristó­crata inglés, -cuyo amor era precisamente el que anhelaría cualquier dama civilizada, señalándole como el lógico mejor compañero para una muchacha de su condición?

¿Podría amar a Clayton? No se le ocurría razón alguna que se lo impidiera. Jane no era mujer fría y calculadora por naturaleza, pero su educación, el ambiente en que había alternado y sus antecedentes genéticos se combinaron para enseñarle a razonar incluso en cuestiones del corazón. Que en aquella remota selva africana la fortaleza de aquel gigantesco joven la hubiera llevado en volandas, cogida en brazos, y que, de nuevo lo hubie­se repetido aquel mismo día en un bosque de Wis­consin, que todo eso la hubiera seducido sólo le pare­cía atribuible a una momentánea reversión mental: a la atracción psicológica que el hombre primitivo ejercía sobre la mujer primitiva que anidaba en su naturaleza.

Si no volviera a tocarla nunca más, se dijo, no vol­vería a sentirse atraída hacia él. Así pues, no lo había querido. Lo que sintió no fue más que una alucinación pasajera, superinducida por la excitación y el con­tacto personal.

Pero, de casarse con él, la excitación no presidi­ría siempre sus relaciones futuras y, con el paso del tiempo, la familiaridad debilitaría el vigor del contacto personal. Miró de nuevo a Clayton. Era un hombre guapo, apuesto y un caballero de pies a cabeza. Se sentiría orgullosa de un marido así.

Y entonces Clayton tomó la palabra. Un momen­to antes o después habría representado una diferen­cia tremenda para las vidas de tres personas. Pero el azar intervino para indicarle a Clayton el instante oportuno.

-Ahora es usted libre, Jane -señaló-. ¿Por qué no me da el sí? Dedicaría la vida a hacerla feliz, muy feliz.

-Sí -susurró la muchacha.

Aquella misma tarde en la pequeña sala de espera de la estación, Tarzán abordó a Jane en un momen­to en que la encontró sola.

-Ahora eres libre, Jane -dijo-, y yo he venido a tra­vés de los siglos, desde un pasado nebuloso y remo­to, desde la caverna del hombre primitivo, con objeto de reclamarte para mí. Por ti me he convertido en hom­bre civilizado. Por ti he cruzado océanos y continen­tes. Por ti llegaré a ser lo que quieras que sea. Puedo hacerte feliz, Jane, en el mundo y en la vida que mejor conoces y más quieres. ¿Te casarás conmigo?

Por primera vez, Jane comprendió la intensidad y la profundidad del amor de aquel hombre... La enor­me cantidad de cosas que, en tan corto espacio de tiempo, había hecho impulsado por el amor que sentía hacia ella. Jane volvió la cabeza y hundió el rostro entre los brazos.

¿Qué había hecho? Por miedo a sucumbir a las súplicas de aquel gigante había destruido los puen­tes situados a su espalda... Por culpa de sus temo­res ante la posibilidad de cometer un terrible error, había cometido una equivocación más grave.

Y entonces se lo confesó todo. Le contó toda la ver­dad, palabra por palabra, sin buscar excusas ni pedir perdón por su error.

-¿Qué podemos hacer? -preguntó Tarzán-. Reco­noces que me quieres. Sabes que yo te quiero. Pero desconozco las normas éticas que rigen tu sociedad. Dejaré que seas tú quien tome la decisión, ya que eres tú quien mejor sabrá lo que conviene a tu bienestar futuro.

-No puedo decirle una cosa así, Tarzán -se lamen­tó Jane-. Él también me quiere y es un buen hombre. Si no cumpliese la promesa que he dado a Clayton, nunca podría mirarte a la cara, ni a ti ni a ninguna persona decente... Tendré que cumplirla y tú debes ayudarme a llevar esta pesada carga, aunque es muy posible que después de esta noche tú y yo no volva­mos a vernos.

Los demás empezaron a entrar en la sala y Tarzán se puso a mirar por la ventana.

Pero no veía nada hacia fuera. Hacia dentro, en su imaginación, se le ofrecía el cuadro formado por una pequeña pradera de verde césped, rodeada por una masa compacta de maravillosas plantas y flores tro­picales, sobre las que ondulaba el follaje de unos árbo­les gigantescos y, dominándolo todo, en las alturas, la preciosa cúpula azul de un cielo tropical.

El hilo de sus pensamientos se vio interrumpido por la entrada de un empleado ferroviario, que pre­guntó si entre aquellas personas había alguien que se llamara Tarzán.

-Yo soy monsieur Tarzán -dijo el hombre-mono. -Le traigo un mensaje, reexpedido desde Baltimore. Se trata de un cablegrama llegado de París.

Tarzán tomó el sobre y lo abrió. El cablegrama era de DArnot.

Decía:

«Huellas demuestran es usted Greystoke. Enhora­buena. D'Arnot».

En el momento en que acababa de leer el mensa­je, Clayton entró en la sala de espera y se dirigió a él con la mano extendida.

Allí estaba el hombre que usufructuaba el títu­lo que le correspondía a Tarzán, que disfrutaba de los bienes de Tarzán y que iba a casarse con la mujer a la que amaba Tarzán... con la mujer que amaba a Tarzán. Una sola palabra de Tarzán repre­sentaría un giro de ciento ochenta grados para la vida de aquel hombre. Le despojaría del título, de las tierras, de los cas­tillos... y le arrebatarla también a Jane Porter. -¡Vaya, amigo! -exclamó Clayton-. Hasta ahora no he tenido la oportunidad de darle las gracias por cuan­to ha hecho por nosotros. Parece que ha nacido usted con el exclusivo objeto de salvarnos la vida tanto en África como en los Estados Unidos. »Me alegro una barbaridad de que esté usted aquí. Tenemos que conocernos mejor. He pensado mucho en usted, ¿sabe?, y en las extraordinarias circuns­tancias del entorno en que usted vivía.

»Ya sé que no es asunto mío, ¿pero cómo diablos fue usted a parar a aquella puñetera selva?

-Nací allí -manifestó Tarzán calmosamente-. Mi madre fue una mona y, como es lógico, no pudo con­tarme gran cosa acerca del asunto. Nunca llegué a saber quién fue mi padre.

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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