Tarzán de los monos: El dios del bosque

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XV: El dios del bosque


Al oír la detonación del arma de fuego, un marasmo de temores y aprensiones agónicos sacudió el espíri­tu de Clayton. Se daba perfecta cuenta de que el autor del disparo podía ser uno de los marineros, pero el hecho de haber dejado el revólver a Jane, junto con la circunstancia de tener los nervios de punta, le sugi­rió la morbosa certeza de que la muchacha se encon­traba en grave peligro. Era posible, incluso, que estu­viera defendiéndose frente a algún individuo o bestia salvaje.

A Clayton le era imposible adivinar lo que opi­naba aquel hombre extraño que le había captura­do, pero saltaba a la vista que oyó el disparo y que de una u otra manera le afectó, ya que había apre­surado el paso de un modo notable, hasta el pun­to de que Clayton, que avanzaba a ciegas tras él, tropezó una docena de veces mientras se esforza­ba inútilmente en mantener su ritmo de marcha. El joven inglés no tardó en quedar desesperada­mente rezagado.

Temió volver a extraviarse irremediablemente en la selva y, para evitar semejante contingencia, avisó a voces al salvaje que le precedía. Instantes después tuvo la satisfacción de verlo aterrizar a su lado, pro­cedente de las ramas de un árbol.

Tarzán contempló al muchacho durante unos segun­dos, como si no supiera muy bien qué era lo que debía hacerse; al final, se agachó delante de Clayton, le indi­có que le pasara los brazos alrededor del cuello y, con el joven inglés cargado a la espalda, Tarzán dio un sal­to hacia la enramada.

Clayton no olvidaría nunca los minutos siguientes. Por las alturas, entre ramas que se agitaban y cur­vaban, se vio trasladado a una velocidad que a él le parecía increíble, mientras Tarzán se irritaba por la lentitud de su desplazamiento aéreo.

Desde una elevadísima rama, aquel ágil atleta de la selva se lanzó en vertiginoso arco, con Clayton aferrado a su cuerpo, hacia un árbol contiguo, para recorrer a continuación un centenar de metros a pie, sobre un dédalo de ramas entrelazadas, como un equi­librista que anduviera por la cuerda floja sobre las tenebrosas profundidades de un verdor que queda­ba a muchos metros por debajo.

De la inicial sensación de pavor escalofriante Clayton pasó a un sentimiento de acendrada admi­ración y envidia hacia los colosales músculos y el conocimiento absoluto del terreno o el instinto mara­villoso que guiaba a aquel dios del bosque a través de las negruras nocturnas, permitiéndole desplazar­se con la misma soltura y facilidad con que Clayton hubiera deambulado por las calles de Londres a las doce del mediodía.

De vez en cuando, entraban en un trecho donde se aclaraba la densidad del follaje y los brillantes rayos de la luna iluminaban, ante los sorprendidos ojos de Clayton, el extraño camino que recorrían.

En ocasiones, el joven inglés contenía la respira­ción a la vista de los abismos espeluznantemente pro­fundos que se abrían bajo sus pies, porque Tarzán había optado por seguir el trayecto más corto, lo que a menudo les llevaba por atajos situados a más de treinta metros por encima del suelo.

Y, sin embargo, con toda aquella aparente rapidez, Tarzán tenía realmente la impresión de que avanza­ba con relativa lentitud, al verse obligado a selec­cionar ramas lo bastante consistentes como para soportar el peso de los dos cuerpos.

Llegaron al calvero que se extendía frente a la playa. El finísimo oído de Tarzán captó al instante los extra­ños sonidos que producían los esfuerzos de Sabor en su afán de atravesar la reja. A Clayton le pareció que se habían caído desde una altura de treinta metros, tan raudo fue el descenso de Tarzán. A pesar de todo, ape­nas notó sacudida alguna al tomar tierra. En cuanto se soltó de la espalda del hombre-mono, le vio correr como una ardilla hacia el lado opuesto de la cabaña.

El joven inglés dio un salto y se precipitó de inme­diato tras él, justo a tiempo de vislumbrar los cuar­tos traseros de una enorme bestia a punto de desa­parecer por la ventana de la cabaña.

Cuando Jane abrió los ojos para darse cuenta del inminente peligro que la amenazaba, su aguerrido corazón juvenil abandonó todo vestigio de esperan­za. Pero entonces, ante su sorpresa, observó que el enorme animal retrocedía lentamente a través de la ventana como si alguien tirase de él y lo arrastrara. Luego, Jane Porter vio a la luz de la luna la cabeza y los hombros de dos hombres.

Inmediatamente después de doblar la esquina de la cabaña y observar que el animal estaba a punto de desaparecer en su interior, Clayton vio también que el hombre-mono agarraba con ambas manos el lar­go rabo de la leona, apoyaba los pies en el muro de la construcción y aplicaba toda la fuerza de su poderosa musculatura para tirar de la bestia y sacarla del interior de la cabaña.

Clayton se apresuró a echarle una mano, pero el hombre mono le farfulló en tono autoritario y peren­torio algo que Clayton comprendió era una orden, aunque no entendía una sola palabra.

Por último, merced al esfuerzo conjunto de los dos hombres, la mole del felino tuvo que retroceder y reti­rarse de la ventana. Y entonces Clayton empezó a per­catarse de lo temeraria que resultaba la iniciativa de su compañero.

Para Clayton representaba verdaderamente el col­mo del heroísmo el que un hombre desnudo agarra­se por la cola a una fiera rugiente, hambrienta y de afi­ladas zarpas, y tirase de ella hasta arrancarla de una ventana para salvar así a una desconocida muchacha blanca.

En lo que a él, a Clayton, concernía, la cuestión era muy distinta, porque Jane Porter no sólo perte­necía a su misma clase y especie, sino que además era la mujer que amaba.

Aunque sabía que la leona hubiera acabado con ellos en un dos por tres, el joven británico puso todo su empeño y voluntad en tirar de la bestia para apar­tarla de Jane Porter. Recordó entonces el combate que había mantenido aquel hombre con el león de melena negra y que él, Clayton, había presenciado poco antes y empezó a sentir más confianza.

El hombre-mono seguía dando órdenes que él no lograba comprender.

Tarzán decía a aquel estúpido hombre blanco que clavase las flechas envenenadas en los lomos e ijares de Sabor y que procurase alcanzar el salvaje corazón de la fiera con el cuchillo de caza que Tarzán lleva­ba en la vaina de la cintura; pero el hombre blanco no le comprendía y Tarzán no deseaba arriesgarse a soltar a Sabor para hacer lo que indicaba a Clayton. Sabía que aquel alfeñique blanco era incapaz de man­tener a raya, aunque sólo fuera un instante, a la pode­rosa Sabor.

Poco a poco, la leona fue saliendo de la ventana. Por último, las paletillas quedaron fuera. Y Clayton vio entonces algo increíble. Cuando Tarzán se devanaba el cerebro en busca de algún recurso que le permitiera combatir cuerpo a cuer­po con el enfurecido animal, recordó de pronto su combate con Terkoz; y una vez los brazuelos de Sabor estuvieron fuera de la ventana y la leona que­dó con las patas delanteras apoyadas en el alféizar, el hombre-mono soltó repentinamente la cola del felino.

Con la celeridad propia de un crótalo, se lanzó sobre el lomo de Sabor y los fuertes brazos se las arreglaron para pasar por debajo de las patas de la leona y aplicarle una doble Nelson, tal como apren­dió a hacer durante la sangrienta y victoriosa lucha con Terkoz.

Sabor lanzó un rugido y se echó de espaldas con­tra el suelo, cayendo encima de su enemigo, pero no consiguió más que el gigante de pelo negro apre­tara más la presa.

Sabor agitó las patas y se revolvió en el aire, para luego revolcarse rodando por tierra, en un arreba­tado intento para quitarse de encima aquel extra­ño antagonista; pero las férreas cintas de múscu­los obligaban con creciente fuerza a la cabeza de Sabor a descender y oprimirse contra el leonado pecho.

Los antebrazos de acero del hombre mono opri­mieron implacablemente el cuello de la fiera. Los esfuerzos de la leona se fueron debilitando de modo paulatino.

Por último, Clayton vio a la plateada claridad de la luna convertirse en nudos trenzados los enormes músculos de los brazos y hombros de Tarzán. El hom­bre mono efectuó un sostenido esfuerzo supremo... y las vértebras del cuello de Sabor produjeron un agu­do chasquido al quebrarse.

Tarzán se puso en pie instantáneamente y, por segunda vez aquel día, Clayton oyó el salvaje alarido que los simios lanzaban al viento para manifestar su victoria. Luego, el grito angustiado de Jane:

-¡Cecil... Señor Clayton! ¡Oh, ¿qué ocurre? ¿Qué sucede?

Al tiempo que se acercaba corriendo a la cabaña, Clayton respondió que todo iba bien. Al llegar a la puerta, pidió a la muchacha que le abriera. Jane Porter levantó el gran travesaño que atrancaba la hoja de madera, abrió la puerta y casi arrastró a Clayton al interior.

-¿Qué fue ese ruido tan espantoso? -murmuró, mientras se acurrucaba contra él.

-El grito con que anuncia una muerte la gargan­ta de un hombre que acaba de salvarle la vida, seño­rita Porter. Aguarde, le traeré aquí para que pueda darle las gracias.

Por nada del mundo la muchacha se hubiera que­dado sola, así que acompañó a Clayton a la fachada de la cabaña ante la que yacía el cadáver de la leona.

Tarzán de los Monos había desaparecido.

Clayton le llamó unas cuantas veces, pero sin obte­ner respuesta. Al cabo de un momento, la pareja regresó a la seguridad que brindaba el interior de la cabaña.

-¡Qué sonido más horrible! -articuló Jane-. Me dan escalofríos sólo de recordarlo. No me diga que una garganta humana puede modular un alarido tan espe­luznante.

-Pues, así es, señorita Porter -repuso Clayton-. Y si no se trataba de la garganta de un hombre, era la de un dios de la floresta.

Acto seguido le contó su experiencia con aquella extraña criatura: las dos veces que el salvaje le sal­vó la vida, la espléndida fuerza física, agilidad y valor de aquel ser, su piel bronceada y su bien parecido rostro.

-No consigo entenderlo -concluyó-. Al principio pen­sé que podía tratarse de Tarzán de los Monos; pero no habla ni entiende el inglés, de modo que tal conje­tura resulta insostenible.

-Bueno, sea lo que fuere -declaró la muchacha-, le debemos la vida, así que, ¡que Dios le bendiga y le pro­teja en esta jungla salvaje!

-Amén subrayó Clayton fervorosamente.

-¡Por el amor del buen Señor! ¿Verdad que no estoy muerta?

Volvieron la cabeza para ver a Esmeralda sentada en el suelo, con sus enormes y saltones ojos yendo de un lado a otro de la estancia, como si no pudiese creer el testimonio de la pareja en cuanto al lugar en que se hallaba.

La reacción le llegó entonces a Jane Porter: se dejó caer en el banco y prorrumpió en un encadenamien­to de sollozantes risas histéricas.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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