Tarzán de los monos: El fantasma del miedo

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo X: El fantasma del miedo


Tarzán oteó desde una alta rama el villorrio de cho­zas con tejado de paja construidas al otro lado de la plantación.

Observó que la selva tocaba en un punto el recinto de la aldea y hacia allí se dirigió, impulsado por la curiosidad febril de contemplar seres de su misma especie, averiguar más detalles acerca de su forma de vida y echar un vistazo a las curiosas madrigueras que habitaban.

Su selvática existencia entre las fieras de la jungla no dejaba resquicio alguno por el que se filtrara la idea de que aquellos seres no fuesen enemigos. El hecho de que sus formas fuesen similares tampoco le indujo a creer que, caso de que le descubriesen, le acogerían favorablemente aquellas criaturas, las pri­meras que veía de su propia raza.

Tarzán de los Monos no tenía nada de sentimen­tal. La fraternidad de los hombres le era absoluta­mente desconocida. Consideraba enemigos mortales a todos los seres que no perteneciesen a su tribu, sal­vo algunas contadas excepciones, cuyo ejemplo más destacado era Tantor, el elefante.

Todo eso lo tenía asimilado sin odio ni maldad. Matar era la ley imperante en el mundo salvaje en que vivía. Gozaba de escasos placeres, todos primiti­vos, y el principal consistía en cazar y matar, por lo que otorgaba a los demás el que albergasen las mismas intenciones y deseos que él, incluso aunque se convirtiera así en pieza también codiciada por los demás cazadores.

Su singular forma de vida no le convirtió en un ser taciturno ni sanguinario. Que disfrutara matando y que matase con una alegre carcajada en sus bien for­mados labios no significaba que tuviese una crueldad innata. Casi siempre mataba para conseguir alimento, aunque, al pertenecer a la raza humana, también mataba a veces por placer, algo que no hace ningún otro animal; porque el hombre es el único, entre todas las criaturas, que mata de manera insensata y volup­tuosa, por el mero placer de causar sufrimiento y muerte.

Y cuando mataba para cumplir una venganza o en defensa propia lo hacía también sin histerismo, por­que lo consideraba una cuestión muy seria, que no admitía ligerezas.

De modo que entonces, al acercarse cautelosamente a la aldea de Mbonga, iba preparado, dispuesto a matar o a que le matasen, caso de que le descubrie­ran. Se deslizó con extraordinario sigilo, ya que Kulonga le había infundido un gran respeto hacia las delgadas astas de punta afilada que de manera tan rápida e infalible producían la muerte.

Al final llegó a un árbol gigantesco, de espesa enra­mada y exuberantes enredaderas que suspendían sus generosos rizos en el aire. Desde aquella atalaya casi impenetrable, situado encima del poblado, Tarzán obser­vó agazapado las escenas que se desarrollaban a sus pies, sin dejar de maravillarse ante cada rasgo de aque­lla nueva y extraña vida.

Por la calle de la aldea corrían y jugaban unos cuan­tos niños desnudos. Varias mujeres molían llantén seco en toscos morteros de piedra, mientras otras preparaban tortas con la harina. En los campos de cultivo Tarzán vio más mujeres, que cavaban, escar­daban o recolectaban.

Todas llevaban protuberantes ceñidores de hierba seca alrededor de las caderas y muchas se adorna­ban con gran profusión de ajorcas, brazaletes y pul­seras de cobre y latón. Alrededor de muchos de aque­llos cuellos morenos llevaban collares de alambre curiosamente trenzado y varias lucían grandes ani­llos en la nariz.

Tarzán de los Monos contempló con creciente asom­bro aquellas extrañas criaturas. Vio unos cuantos hombres que dormitaban a la sombra y vislumbró también la presencia, en los aledaños de la explana­da, de guerreros armados que, según los indicios, guardaban la aldea y la protegían contra el posible ataque por sorpresa de algún enemigo.

Se percató de que allí sólo trabajaban las mujeres. En ninguna parte se observaba rastro de hombre algu­no que cultivara el campo o llevase a cabo cualquie­ra de las tareas domésticas del poblado.

Por último, los ojos de Tarzán se posaron en una mujer que se encontraba inmediatamente debajo de él.

Tenía delante, al fuego, un pequeño caldero en el que hervía burbujeante una mezcla viscosa, espe­sa y rojiza. A un lado había cierta cantidad de fle­chas de madera, cuyas puntas iba introduciendo la mujer en la borbolleante sustancia. Después, colocaba las flechas en un estrecho soporte de ramas dispuesto al otro lado.

Tarzán de los Monos contempló la escena fascina­do. Allí estaba el secreto del terrible efecto destruc­tor de los minúsculos proyectiles del Arquero. Se percató el extraordinario cuidado que ponía la mujer en evitar que aquella sustancia le tocase las manos y cuando una gota le salpicó un dedo, vio que se apre­suraba a introducirlo en un recipiente de agua y, con un puñado de hojas, se frotó y limpió rápidamente la motita.

Tarzán no sabía nada de venenos, pero su perspi­caz raciocinio le sugirió que lo que producía la rápida muerte era aquella sustancia y no la pequeña saeta, que no pasaba de ser la mensajera encargada de intro­ducir la ponzoña mortal en el cuerpo de la víctima.

¡Lo que le gustaría tener unas cuantas más de aquellas astas portadoras de muerte! Si la mujer abandonara su tarea un instante, él se descolgaría hasta el suelo, cogería un puñado de flechas y esta­ría de vuelta en el árbol antes de que la mujer hubie­se respirado tres veces. Se estrujaba el cerebro para idear algún plan que le permitiese distraer la atención de la mujer cuan­do del otro lado de la explanada llegó un alarido impresionante. Tarzán miró hacia allí: un guerrero negro se encontraba debajo del árbol en el que el hombre mono había ejecutado una hora antes al ase­sino de Kala. El individuo chillaba y agitaba el venablo por enci­ma de su cabeza. De vez en cuando indicaba algo que había en el suelo, ante él.

En cuestión de segundos, la aldea se transformó en un mare magnum. Hombres armados surgieron precipitadamente del interior de muchas de las cho­zas y corrieron enloquecidamente hacia el excitado centinela. Tras ellos, en tropel, fueron los ancianos, las mujeres y los niños, hasta que, al cabo de unos instantes, el poblado estuvo desierto.

Tarzán de los Monos supo que habían descubier­to el cadáver de su víctima, pero eso le interesaba infi­nitamente menos que la circunstancia de que en la aldea no quedaba nadie que le impidiera apoderar­se de una buena provisión de aquellas flechas que tenía a sus pies. Silenciosa y velozmente se descolgó hasta el sue­lo, junto al caldero de veneno. Permaneció inmóvil unos segundos, mientras sus escrutadores ojos reco­rrían celéricamente el interior de la empalizada.

Nadie a la vista. Su mirada tropezó con el hueco de la puerta de una choza, abierta de par en par. Echaría un vistazo adentro, pensó, y se acercó caute­losamente al bajo chamizo con tejado de bálago.

Hizo un alto momentáneo en la entrada, aguzan­do el oído. Al no percibir el más leve rumor, se des­lizó a la semioscuridad interior.

Había armas colgadas en las paredes: largos vena­blos, cuchillos de forma extraña, un par de estrechos escudos. En el centro del cuarto, una marmita y, al fondo, un lecho de hierbas secas con unas esteras encima que, evidentemente, los dueños de la choza utilizaban como cama y cobertores. Diseminados por el suelo, varios cráneos humanos.

Tarzán de los Monos acarició uno por uno todos aquellos objetos, cogió los venablos y los olisqueó, porque su sensible, y altamente agudizado olfato le permitía «ver» muchas cosas. Decidió convertirse en dueño de uno de aquellos palos largos y puntiagu­dos, pero no podía llevárselo en aquella incursión por­que se proponía tomar un cargamento de flechas y eso iba a impedírselo.

Cada artículo que cogía de las paredes lo deposi­taba en el centro de la estancia. Encima del montón formado por las armas colocó el puchero, invertido, y, sobre él, uno de los sonrientes cráneos, que ador­nó con el tocado de plumas del difunto Kulonga.

Retrocedió unos pasos, contempló su obra y una sonrisa decoró su rostro. A Tarzán de los Monos le encantaba gastar bromas.

Pero en aquel instante empezaron a sonar fuera los prolongados lamentos y los gemidos dolientes de muchas voces. Tarzán se sobresaltó. ¿Acaso había permanecido allí demasiado tiempo? Se llegó en dos zancadas a la puerta de la choza y miró a lo largo de la calle, hacia el portón de la aldea.

Los indígenas aún no estaban a la vista, aunque los oyó aproximarse a través de los campos de cul­tivo. Debían de estar muy cerca.

Tarzán atravesó como un rayo el espacio que le separaba del rimero de flechas. Recogió todas las que podía llevar bajo el brazo, volcó de una patada el hir­viente caldero y desapareció entre la espesa enra­mada del árbol que se erguía encima. Lo hizo justo en el preciso instante en que el primer indígena del grupo cruzaba el portón de acceso a la calle de la aldea. El hombre mono se dispuso entonces a pre­senciar lo que sucedía abajo, listo, como cualquier ave de la selva, para despegar de la rama desde la que observaba y remontar el vuelo a la primera señal de peligro.

Los habitantes del poblado avanzaron calle ade­lante; cuatro de ellos llevaban el cadáver de Kulon­ga. Las mujeres iban detrás, entregadas a la dolien­te tarea de saturar el aire de lamentos plañideros, de lloros y gritos extraños. Llegaron a la puerta de la choza de Kulonga, la misma que Tarzán había allanado.

Media docena de guerreros entraron en ella, para salir inmediata y precipitadamente, en confusa alga­rabía. Los demás se arremolinaron apresuradamen­te a su alrededor. Sucedió un frenético guirigay de gesticulaciones y parloteos, al tiempo que los que habían salido de la choza señalaban excitados el inte­rior. Varios guerreros se acercaron a la puerta y escu­driñaron la penumbra del cuarto.

Por último, entró en la choza un anciano con los brazos y las piernas repletos de adornos metálicos y con un collar de manos momificadas colgado del pecho. Era el rey Mbonga, padre de Kulonga.

Reinó un silencio absoluto durante largos segun­dos. Después, Mbonga reapareció en la puerta, con­traído el rostro por una espeluznante expresión de ira mezclada con terror supersticioso. Dirigió unas palabras a los guerreros reunidos allí, que salieron disparados en todas direcciones para registrar a fon­do las chozas y hasta el último rincón del recinto cer­cado por las empalizadas.

No habían hecho más que iniciar la inspección cuan­do repararon en el caldero volcado y, simultáneamen­te, en el robo de las flechas envenenadas. No descu­brieron nada más, lo cual provocó una oleada de pánico entre los indígenas que, en buen número, se apres­taron a buscar consuelo en el rey, apiñándose en tor­no a Mbonga.

Al monarca le era imposible explicar aquellos extraordinarios sucesos. El hallazgo del cadáver aún caliente de Kulonga en la misma linde de sus cam­pos de cultivo y a dos pasos de la aldea, acuchilla­do y desvalijado casi a las puertas del pueblo de su padre, resultaba algo profundamente misterioso en sí mismo, pero los sobrecogedores descubrimientos dentro del poblado, incluso en el interior de la cho­za del propio Kulonga, inundaron sus corazones de desaliento y suscitaron las más pavorosas explica­ciones en los elementales y supersticiosos cerebros de aquellos salvajes.

Permanecieron por allí en pequeños grupos cuchicheantes, sin atreverse a alzar la voz, sin dejar de lan­zar por encima del hombro miradas llenas de miedo, desorbitados los ojos saltones e inquietos.

Tarzán de los Monos los estuvo espiando desde su atalaya en la copa de un árbol gigantesco. Aquellos seres se comportaban de un modo que le resultaban incomprensible, porque su desconocimiento de la superstición era total y del miedo sólo tenía una idea imprecisa, ambigua a todo serlo.

El sol ya se había elevado mucho en el cielo. Tarzán no había desayunado aún y se hallaba a bastantes kilómetros del punto donde escondió los restos de Horta, el jabalí.

Así que dio la espalda a la aldea de Mbonga y se alejó a través de la tupida enramada de la floresta.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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