Tarzán de los monos: El simio blanco

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo V: El simio blanco


Con toda su amorosa ternura, Kala crió al huerfanito, sin dejar de sorprenderse en silencio al observar que no desarrollaba la misma agilidad y fuerza física con que los monos de las otras madres se veían agraciados. Había transcurrido cerca de un año desde que el cachorro cayó en su poder y apenas podía caminar solo, y en cuanto a trepar... ¡qué torpe era, el pobre!

A veces, Kala debatía con las hembras mayores la cuestión, pero ninguna de ellas comprendía cómo era posible que aquel joven tardara tanto en aprender a valerse, a cuidar de sí mismo. Ni siquiera era capaz de encontrar alimentos por sí mismo. Y eso que hacía más de doce lunas que Kala lo encontró.

De haber sabido que el chiquillo tenía ya trece meses cuando ella se apoderó de la criatura, lo hubiera con­siderado un caso absolutamente perdido, sin la menor esperanza, porque los demás pequeños de su tribu estaban tan adelantados a las dos o tres lunas como aquel extraño crío al cabo de veinticinco.

Tublat, el compañero de Kala, se sentía dolidamente humillado y de no ser porque su hembra estaba siem­pre ojo avizor, se hubiera desembarazado del niño.

-Nunca será un gran mono -alegaba-. Siempre ten drás que llevarlo de un lado a otro y protegerlo con­tinuamente. ¿De qué le servirá a la tribu? De nada. Sólo será una carga. »Vale más abandonarlo, dejarlo dormido tranqui lamente entre las hierbas altas. Así podrás tener otros hijos, más fuertes, que nos protejan en la vejez.

-Eso, nunca, Nariz Partida -replicó Kala-. Si he de llevarle a cuestas toda la vida, lo llevaré. Tublat recurrió entonces a Kerchak, al que instó a emplear su autoridad sobre Kala para obligarla a renunciar al enclenque Tarzán, nombre que habían asignado al pequeño lord Greystoke y que signifi caba «Piel Blanca».

Pero cuando Kerchak abordó el asunto con Kala, ésta amenazó con abandonar la tribu si no la deja ban en paz con la criatura; y como ese era uno de los inalienables derechos de los habitantes de la selva que no se sintieran a gusto en su propia tribu, deja ron de molestarla, ya que Kala era una hembra joven, atractiva, bien proporcionada y esbelta, y no deseaban perderla. A medida que Tarzán fue creciendo, sus zanca das aumentaron en rapidez y, al cumplir los diez años, era un trepador excelente. Además, sobre el suelo, sabía hacer una infinidad de maravillas que sus pequeños hermanos eran incapaces de imitar.


Se distinguía de ellos en muchos aspectos y a menudo los dejaba admirados con su astucia, aunque en cuanto a tamaño y fortaleza se encontraba en inferioridad. Porque a los diez años los grandes antropoides habían alcanzado su plenitud física y algunos de ellos medían cerca del metro noventa de estatura, mientras que el pequeño Tarzán era un muchacho a mitad de su desarrollo.

¡Pero menudo muchacho! Desde la más tierna infancia se había valido de las manos para saltar de una rama a otra, a la manera que lo hacía su gigantesca madre, y durante toda la niñez se pasó horas y horas todos los días desplazándose con sus hermanos a toda velocidad por las copas de los árboles.

Podía cubrir de un salto un espacio de siete metros, en las alturas de la selva, sin sentir el menor vértigo, y agarrarse con absoluta precisión y perfecta suavidad a una rama que oscilase impulsada violentamente por los vientos precursores de un inminente huracán. Era capaz de descolgarse y cubrir siete metros de una rama a otra, en veloz descenso hasta el suelo, y coronar con la ligereza de una ardilla la cima más alta del más alto gigante arbóreo de la selva tropical.

Sólo contaba diez años, pero era ya tan fuerte como un hombre normal de treinta y era más ágil que la mayoría de los atletas practicantes. Y, de un día para otro, su fortaleza aumentaba. Su vida entre aquellos feroces simios había sido feliz, ya que no recordaba ninguna otra, ni sabía que exis­tiese en el universo otro mundo que no fuese el reducido bosque que formaba su medio ambiente y los ani­males salvajes con los que se había familiarizado.

Poco antes de cumplir los diez años empezó a dar se cuenta de que entre él y sus compañeros existían grandes diferencias. Su cuerpo menudo, bronceado por la vida al aire libre, le hizo sentir de pronto una aguda vergüenza, sobre todo al comprobar que carecía por completo de pelo, como era el caso de las serpientes o los otros reptiles que se arrastraban por el suelo. Intentó arreglarlo por el procedimiento de cubrir se de barro de los pies a la cabeza, pero, al secarse, el barro se desprendió. Y encima, le resultaba tan incómodo que no tardó en llegar a la conclusión de que era preferible la vergüenza a la incomodidad.

En la altiplanicie que frecuentaba la tribu había una laguna y fue en la tersa superficie de aquellas aguas límpidas donde Tarzán vio su rostro por primera vez. Era un día bochornoso de la estación seca y él y uno de sus primos habían bajado hasta la orilla para beber. Al inclinarse, las plácidas aguas reflejaron sus caras; las facciones realmente espantosas del gorila junto al semblante bien parecido del descendiente de una antigua y aristocrática casa inglesa.

Tarzán se sintió acongojado. Ya era malo carecer completamente de vello, ¡pero tener un rostro como aquel! Le sorprendió que los demás monos se moles taran en mirarle siquiera. ¡Aquella ridiculez de hendidura que tenía por boca y aquella insignificancia de dientecillos blancos! ¡Qué diferencia con los gruesos labios y las poderosas den taduras de sus afortunados hermanos!

Y luego aquella miseria de nariz puntiaguda. Tan delgada que parecía medio muerta de hambre. Enrojeció al compararla con los hermosos y anchos apéndices nasales de su compañero. ¡Qué nariz tan soberbia! ¡Si ocupaba casi la mitad del rostro! El pobrecillo Tarzán pensó que debía resultar maravilloso ser tan guapo.

Pero cuando reparó en sus propios ojos... ¡Ah!, ese fue el golpe definitivo. Un puntito castaño en el centro, un círculo gris alrededor y, luego, vulgar blancura. ¡Qué horror! Ni siquiera las serpientes tenían unos ojos tan repugnantes como los suyos!

Estaba tan absorto en la evaluación personal de sus facciones que no oyó el susurro de las altas hierbas, que se separaron a su espalda para abrir paso a un enorme cuerpo que avanzaba sigilosamente por la selva; tampoco lo percibió su compañero, el otro simio, el cual bebía con tal entusiasmo que los chas­quidos de sus labios y los borboteos de satisfacción ahogaron el casi inaudible rumor del intruso que se acercaba.

A menos de treinta pasos de distancia de Tarzán y de su acompañante, se agazapaba Sabor, la leona, cuya cola sacudía el aire como un látigo. Adelantó cautelosamente una de sus garras y la apoyó en el suelo sin el menor ruido, antes de alzar la otra. Así avanzaba; con el vientre bajo, casi rozando el suelo: un gran felino que se preparaba para saltar sobre su presa. Se encontraba ya a tres metros de los dos compañeros de juego, ajenos al peligro que se cernía sobre ellos. Tensó cuidadosamente los cuartos traseros y los enormes músculos vibraron bajo la preciosa piel.

Se había encogido de tal forma que parecía pega da, aplastada contra el suelo, salvo en el arco vertical que formaba el lustroso lomo, lista para saltar. La cola había dejado de flagelar el aire: ahora estaba inmóvil, estirada hacia el suelo tras el animal.

Hizo una pausa en esa postura, como si se hubiese petrificado de pronto, y luego, con terrible rugido, surcó rauda el aire como impulsada por un resorte.

Sabor, la leona, era una cazadora inteligente. A otra menos sabia le hubiese parecido una estupidez dar la alarma con aquel rugido pavoroso, porque ¿no habría sido más acertado y seguro caer sobre sus víctimas silenciosamente, sin advertirlas mediante aquel grito?

Pero Sabor conocía muy bien la portentosa rapidez de reflejos de los pobladores de la selva y sus poco menos que increíbles facultades auditivas. Para ellos, el súbito rumor de una hoja de hierba al frotarse con­tra otra constituía un aviso tan efectivo como el ulu lato más sonoro, y la leona no ignoraba que le era imposible ejecutar su salto sin producir algún ruido, por leve que fuese. Su salvaje rugido no fue ningún aviso. Lo soltó con el fin de que sobrecogiera a sus víctimas y las dejase paralizadas de terror durante la exigua fracción de segundo que la leona precisaba para que sus poderosas garras se clavaran en la suave carne y la presa no tuviese la más remota posibilidad de escapar.

En lo que se refería al mono, la lógica de Sabor fue correcta. El simio se encogió sobre sí mismo y, duran te un momento, permaneció paralizado y tembloroso. Sólo un momento, pero lo suficientemente largo para que fuese su ruina.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo con Tarzán, el niño humano. La vida entre los peligros de la jungla había aguzado sus reflejos y el muchacho reaccionaba con celeridad y eficacia ante cualquier circunstancia inesperada. Su superior nivel de inteligencia le proporcionaba una agilidad mental que estaba lejos de las posibilidades de los simios.

De forma que el grito de Sabor, la leona, no sólo puso en guardia el cerebro y los músculos del pequeño Tarzán, sino que le impulsó automáticamente a la acción. Ante sí se extendían las aguas profundas del pequeño lago; por detrás, una muerte segura; una muer te cruel, bajo zarpas y colmillos desgarradores.

Tarzán siempre había odiado el agua, salvo como medio para apagar la sed. La aborrecía porque la rela­cionaba con el frío y el fastidio de las lluvias torrenciales y la temía por los truenos y relámpagos que acompañaban a aquellos diluvios. Su selvática madre le había enseñado a evitar las aguas profundas del lago y, por otra parte, ¿no vio pocas semanas antes al pequeño Neeta hundirse bajo la tranquila superficie para no volver nunca más a la tribu?

Pero entre las dos ominosas contingencias, el pres to cerebro de Tarzán optó por la menos mala; se deci­dió mientras la primera nota del rugido de Sabor aún seguía quebrando la quietud de la selva. Antes de que el formidable félido hubiese recorrido la mitad del espacio de su salto las frías aguas del lago cubrían el cuerpo de Tarzán.

No sabía nadar y tampoco hacía pie, pero no perdió un ápice de esa confianza en sus recursos que era el distintivo de su personalidad superior.

Procedió a mover rápidamente las manos y los pies en un intento de impulsarse hacia arriba y, acaso gra­cias a la casualidad más que al propósito, dio con el estilo de braceo que emplean los perros cuando nadan. Al cabo de unos segundos, su nariz emergía por encima de la superficie y comprobó que no sólo podía man tenerse a flote moviendo los brazos como estaba haciendo, sino que incluso le era posible avanzar surcando las aguas.


Descubrir aquella nueva habilidad, que se manifestaba en él de pronto, fue una sorpresa que le encantó, pero tampoco disponía de mucho tiempo para regodearse pensando en ello. Nadaba en paralelo a la orilla y allí vio a la cruel bestia carnívora agachada sobre la inerte figura del mono. Si no hubiese andado listo, él habría corrido la misma suerte que su pequeño compañero de juegos.

La leona observaba atentamente a Tarzán, con la evidente idea de esperar que volviera a la orilla, pero el muchacho no albergaba la menor intención de hacer tal cosa.

Lo que sí hizo, en cambio, fue lanzar al aire el grito pidiendo ayuda propio de la tribu, sin olvidarse de añadir las notas que advertirían a quienes acudieran a rescatarle que debían tomar las precauciones opor­tunas para eludir las garras de Sabor. La respuesta le llegó casi de inmediato, a través de la distancia, mientras cuarenta o cincuenta grandes simios iniciaban su veloz y majestuoso vuelo de árbol en árbol, rumbo al escenario de la tragedia.

A la cabeza de la partida iba Kala, que había reconocido el timbre de voz de su adorado hijo adoptivo y, con ella, la madre del pequeño antropoide que yacía muerto bajo la implacable Sabor. Aunque mucho más poderosa y mejor dotada para la lucha que los simios, la leona no tuvo el menor interés en enfrentarse a aquella patrulla de enfurecidos monos adultos y, tras un gruñido de despechado odio, juzgó conveniente lanzarse de un salto al interior de la maleza y perderse en la espesura.

Tarzán nadó hasta la orilla y salió rápidamente del agua. La sensación de frescura y euforia que el lago le había proporcionado inundaba su ser de agradecida sorpresa y, a partir de entonces, todos los días que le era posible, nunca dejaba de aprovechar la oportunidad de darse un chapuzón en la laguna, en algún riachuelo o en el océano.

A Kala le costó mucho tiempo acostumbrarse a verle realizar aquellas exhibiciones, porque si bien los miembros de su tribu nadaban cuando se veían obligados a ello, a ninguno le hacía gracia meter se en el agua y jamás lo hacían por propia voluntad.

El incidente de la leona procuró a Tarzán un cúmulo de agradables recuerdos, porque tales lances que­brantaban la monotonía de la vida diaria que, en general, era una tediosa rutina consistente en bus car alimento, comer y dormir.

La tribu a la que pertenecía Tarzán deambulaba por una superficie de terreno que se extendía apro­ximadamente a lo largo de cuarenta kilómetros de costa y se adentraba en tierra unos ochenta y tan tos. Recorrían aquel territorio casi constantemente, aunque a veces permanecían varios meses esta cionados en algún punto de la zona. Pero como se desplazaban con gran velocidad a través de los árbo les cubrían toda aquella demarcación en muy pocas jornadas.

Todo ello dependía en buena medida de las existencias de provisiones de boca, de las condiciones meteorológicas o del predominio en determinados parajes de animales de especies más peligrosas; aun­que, con frecuencia, Kerchak los obligaba a efectuar largas marchas sin más motivo que el hecho de que se había cansado de estar en un sitio.

Pernoctaban allí donde les sorprendía la oscuridad, se acostaban en el suelo, algunas veces se cubrían la cabeza, y en raras ocasiones el cuerpo, con grandes hojas de la hierba llamada oreja de ele fante. Si la noche era fría, se acurrucaban en grupos de dos o tres, abrazados, para aprovechar el calor corporal del compañero. Durante todos aquellos años, Tarzán había dormido siempre en brazos de Kala.

Aquella bestia feroz y gigantesca quería a aquel cachorro de otra raza con un cariño inconmensura ble y, por su parte, Tarzán dedicaba a aquel formidable animal peludo todo el afecto que hubiera correspondido a su hermosa y joven madre, caso de que viviese. Cuando Tarzán se mostraba desobediente, Kala no tenía reparo en abofetearle, pero nunca era riguro sa con él y le acariciaba con mucha más frecuencia con que le castigaba. Tublat, la pareja de Kala, nunca dejó de odiar a Tarzán y en más de una ocasión estuvo a punto de poner fin a la joven existencia del chico. A su vez, Tarzán nunca perdía la ocasión de demostrar a su padre adoptivo que correspondía como era debido a sus sentimientos y, siempre que podía jeringarle sin correr riesgo, desde la protectora seguridad de los brazos de Kala o desde las ramas delgadas de las alturas de los árboles, obsequiaba a Tublat con muecas burlonas o gritos insultantes.

Ser más despabilado y más astuto permitía a Tarzán inventar mil tretas diabólicas para llevarle por la vía de la amargura, para añadir más complicaciones a la vida de Tublat.

De pequeñito, Tarzán había aprendido a fabricar cuerdas a base de atar y retorcer tallos de hierba, cuerdas con las que hacía dar traspiés a Tublat o intentaba col garle de alguna rama sobresaliente.

A fuerza de juguetear y de experimentar con las hierbas, aprendió a hacer nudos, cada vez menos toscos, y lazos corredizos, con los que tanto él como sus jóvenes compañeros pasaban buenos ratos. Los otros monos trataban de hacer lo mismo que Tarzán, pero sólo él sabía crear cosas nuevas y sacarles partido.

Un día, mientras jugaban, Tarzán arrojó la cuerda hacia uno de sus compañeros que trataba de alejarse. Sostuvo firmemente agarrado el otro extremo de la soga. Por puro azar, el lazo pasó por la cabeza del mono, descendió hasta el cuello y detuvo en seco al sorprendido animal. «¡Atiza!», pensó Tarzán. Ahí tenía un juego nuevo, un estupendo sistema de caza, le faltó tiempo para repetir la jugada. Y así, mediante la práctica afanosa y continua, aprendió y dominó el arte de echar el lazo.

A partir de entonces, la vida de Tublat fue una constante pesadilla. Durante sus horas de sueño o en ple na marcha, de noche y de día, la posibilidad de que un silencioso nudo corredizo se ciñera alrededor de su cuello y estuviese a punto de estrangularle era una amenaza que en cualquier momento podía concretarse. Y Tublat nunca sabía cuándo.


Kala castigaba a Tarzán. Tublat juraba tomarse cumplida venganza y el viejo Kerchak, al enterarse de la situación, advirtió y amenazó al travieso muchacho. Pero ninguna de tales medidas sirvió de nada.

Tarzán los desafiaba a todos, y el fino y fuerte lazo corredizo siguió cayendo en torno al cuello de Tublat, cuando éste menos lo esperaba. Los demás simios disfrutaban enormemente con los sinsabores de Tublat, ya que Nariz Partida era un sujeto antipático que, de todas formas, no le caía bien a nadie.

En el esclarecido cerebro de Tarzán se agitaban siempre infinidad de ideas, detrás de las cuales, en el fondo, bullía su admirable capacidad de raciocinio.

Si era capaz de prender a sus compañeros simios con el largo brazo hecho de hierbas trenzadas, ¿por qué no podía atrapar a Sabor, la leona?

Fue el germen de un proyecto que, sin embargo, estuvo destinado a dar un sinnúmero de vueltas en el consciente y subconsciente de Tarzán antes de que se convirtiese en una proeza magnífica. Pero eso sucedió años después.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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