Tarzán de los monos: El tesoro perdido

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Tarzán de los monos
Capitulo XXIV: El tesoro perdido

de Edgar Rice Burroughs



Cuando la patrulla regresó, tras el fallido intento de salvar a D'Arnot, el capitán Dufranne manifestó su deseo de hacerse a la mar lo antes posible y todos se mostraron de acuerdo, salvo Jane.

-No -se resistió la muchacha resueltamente-. Yo no me iré, ni ustedes tampoco, porque en esa selva hay dos amigos que tarde o temprano saldrán de ella, convencidos de que nosotros les estaremos esperan­do. Su oficial, capitán Dufranne, es uno de ellos; el otro es el hombre de la jungla que ha salvado la vida a todos los miembros de la expedición de mi padre.

»Hace dos días, ese hombre me dejó en el lindero de la selva para acudir presuroso en ayuda de mi padre y del señor Clayton, tal como suponía, y pue­de usted estar seguro de que se ha quedado en la jun­gla para rescatar al teniente DArnot.

»Si hubiera llegado tarde para salvarle, ya se habría presentado aquí... el hecho de que no haya vuelto es prueba suficiente para mí de que se ha retrasado por­que el teniente está herido o porque se ha visto obli­gado a perseguir a los que le capturaron hasta algún punto más allá de la aldea que asaltaron sus marinos.

-Pero en la aldea encontramos el uniforme y todas las pertenencias del pobre D'Arnot, señorita Porter -alegó el capitán- y los indígenas se excitaron enor­memente cuando se les interrogó acerca del destino del hombre blanco.

-Sí, capitán, pero no confesaron que hubiese muer­to y, en cuanto a que sus prendas y efectos estuvie­ran en posesión de los indígenas... pues, bueno, hemos visto a pueblos más civilizados que esos pobres negros salvajes despojar a sus prisioneros de cuan­to artículo de valor llevaban encima, tanto si tenían intención de matarlos como si no.

»Incluso en mi país, los soldados del Sur saqueaban no sólo a los vivos, sino también a los muertos. Lo que usted presenta son pruebas circunstanciales de gran peso, lo reconozco, pero no son pruebas definitivas.

-Es muy posible que a su hombre de los bosques también lo hayan capturado o matado los salvajes -su­girió el capitán Dufi anee.

La joven se echó a reír.

-Usted no lo conoce -replicó. Un leve hormigueo de orgullo hizo vibrar sus nervios al darse cuenta de que hablaba por propia iniciativa.

-Reconozco que merecería la pena esperar a ese superhombre suyo, es digno de ello -ironizó el capitán-. Desde luego, le garantizo que me encantaría conocerlo.

-Entonces espérelo usted también, mi querido capitán -instó la muchacha-, porque yo pienso hacerlo. El marino francés se hubiera sorprendido aún más de comprender el auténtico significado de las pala­bras de Jane Porter.

Mantuvieron esa conversación mientras camina­ban desde la playa hacia la cabaña. Se reunieron con el reducido grupo de personas sentadas en tabure­tes de campaña a la sombra de un gran árbol, cerca de la construcción.

Allí estaban el profesor Porter, los señores Philander y Clayton, con el teniente Charpentier y dos compa­ñeros de armas, en tanto Esmeralda zangoloteaba en segundo plano, metiendo baza de vez en cuando, brin­dando sus opiniones o comentarios con esa imper­tinente libertad que confieren a una doncella de edad los muchos años al servicio de la familia.

Al acercarse su superior, los oficiales se pusieron en pie y saludaron. Clayton cedió su asiento de cam­paña a Jane.

-Estábamos tratando de la suerte que haya podido correr el pobre Paul -informó el capitán Dufranne-. La señorita Porter insiste en que no tenemos absoluta­mente ninguna prueba definitiva de que haya muerto... lo cual es cierto. Por otra parte, sostiene que la pro­longada ausencia de su omnipotente y selvático amigo significa que D'Arnot continúa necesitando su ayuda, bien porque se encuentre herido, bien porque los indí­genas lo tengan prisionero en alguna aldea lejana.

—Se ha sugerido -aventuró el teniente Charpentier­que cabe la posibilidad de que ese salvaje sea miem­bro de la tribu de guerreros negros que atacó a nues­tra patrulla..., que se apresuró a ir en ayuda de los indígenas... los suyos.

Jane lanzó una rápida mirada a Clayton.

-Eso parece enormemente más razonable -opinó el profesor Porter.

-No comparto su criterio -le llevó la contraria el señor Philander-. Ha dispuesto de infinidad de opor­tunidades para perjudicarnos por sí mismo o para lanzar sobre nosotros a su presunto pueblo. En cam­bio, durante nuestra prolongada residencia aquí, ese hombre ha desempeñado regular e ininterrumpida­mente un papel de protector y proveedor.

-Eso es verdad -intervino Clayton-, pero no debe­mos pasar por alto la circunstancia de que, a excep­ción de él, todos los seres humanos existentes en muchos kilómetros a la redonda son salvajes antro­pófagos. Él iba armado lo mismo que ellos, lo que indica que ha mantenido alguna clase de relaciones con esa tribu; y el hecho de que es un hombre solo frente a millares sugiere que tales relaciones no han podido ser más que amistosas.

-Sí, parece improbable que no esté relacionado con ellos -subrayó el capitán-; puede que sea miembro de esa tribu.

-Por otra parte añadió uno de los oficiales, ha teni­do que vivir largo tiempo, el suficiente al menos, entre los habitantes salvajes de la selva, hombres o fieras, para haber alcanzado un conocimiento profundo de los bosques, de las costumbres y del empleo de las armas africanas.

-Le están juzgando según sus propias normas, caba­lleros -argumentó Jane-. Un hombre blanco corriente, como cualquiera de ustedes... perdonen, me he expre­sado mal, es decir, un hombre blanco por encima del nivel medio en cuanto a capacidad física e intelectual jamás podría, lo reconozco, sobrevivir un año, solo y desnudo, en esta selva tropical. Pero ese hombre no sólo rebasa el nivel medio del hombre blanco en fortaleza y agilidad, sino que supera ampliamente a nuestros atle­tas mejor entrenados y fuertes, del mismo modo que éstos superan a un niño recién nacido. Y su valor y fie­reza en el combate son los de un animal salvaje.

-No cabe duda de que ha conseguido un leal pala­dín, señorita Porter -rió el capitán Dufranne-. Estoy seguro de que ninguno de los aquí presentes duda­ría en afrontar de muy buena gana la muerte cien veces, en las formas más aterradoras, con tal de mere­cer el homenaje de esos elogios por parte de alguien que fuese la mitad de fiel... o de hermosa.

-No le extrañaría que lo defendiera -declaró la muchacha- si lo hubiese visto como le vi yo, luchan­do por mí con aquel gigantesco y peludo gorila.

»Si le hubiese visto lanzarse contra aquel mons­truo como un toro atacaría a un oso pardo -sin el menor asomo de miedo o vacilación-, entonces cree­ría usted que se trata de un ser sobrehumano. »Si hubiese visto aquellos poderosos músculos hin­chándose, resaltando bajo la bronceada piel; si hubie­se visto cómo obligaba a echarse hacia atrás los espe­luznantes colmillos... Entonces también usted habría creído que es invencible.

»Y si hubiera sido testigo del trato caballeroso que concedió a una muchacha desconocida, perteneciente a una casta extraña para él, entonces también con­fiaría usted en él tan absoluta y completamente como confío yo.

-¡Ha ganado usted el juicio, mi preciosa abogada defensora! -exclamó el capitán-. Este tribunal decla­ra inocente al acusado y el crucero aplazará su par­tida unos días más, al objeto de que ese hombre dis­ponga de la oportunidad de volver y dar las gracias a la divina Porcia. -¡Por el amor de Dios, tesoro! -protestó Esmeralda-. No irá a decirme que prefiere quedarse aquí, en esta tierra de animales carnívoros, cuando tenemos la opor­tunidad de marcharnos en ese buque. No me diga eso, tesoro mío.

-¡Esmeralda, por Dios! Deberías avergonzarte -recri­minó Jane-. ¿Así demuestras tu agradecimiento al hombre que nos salvó dos veces la vida?

-Bueno, señorita Jane, ese es su punto de vista; pero estoy segura de que ese hombre de la selva no nos salvó para que nos quedásemos aquí. Lo hizo para que pudiéramos marcharnos lejos de aquí. Supongo que podría enfadarse lo suyo cuando com­probara que fuimos tan insensatas como para seguir aquí después de que nos proporcionase la oportu­nidad de irnos.

»Esperaba no tener que dormir otra noche en este jardín geológico y escuchar esos ruidos de soledad que salen de esa maraña después de oscurecido.

-No te lo reprocho ni tanto así, Esmeralda -dijo Clayton- y desde luego diste en el clavo al llamarlos ruidos «de soledad». Nunca se me habría ocurrido un término tan apropiado para ellos, pero ese es perfec­to, ¿sabes?, son realmente ruidos de soledad.

-Lo mejor que pueden hacer, Esmeralda y usted, es irse a vivir al crucero -aconsejó Jane, con fino des­dén en la voz-. ¿Qué le parecería si tuviese que pasar­se toda la vida en la selva como ha hecho nuestro hombre de los bosques?

-Me temo que como salvaje sería un fracaso abo­minable -rió Clayton tristemente-. Esos ruidos noc­turnos me ponen los pelos de punta. Supongo que reconocerlo debería avergonzarme, pero es la verdad. -Pues, no sé que decir -terció el teniente Char­pentier-. No me he detenido a pensar mucho en el miedo y todo eso... Nunca me ha dado por determi­nar si he sido cobarde o valiente, pero lo cierto es que la otra noche, cuando estábamos en la selva, después de que capturaran al pobre D'Arnot, y esos ruidos empezaron a sonar a nuestro alrededor empecé a pen­sar que sí, que tal vez era un cobarde. Lo que me ponía los nervios de punta no eran los rugidos o los gruñidos de las grandes fieras salvajes, sino los rui­dos sigilosos (esos rumores furtivos que uno oye cer­ca y cuando aguza el oído para percibirlos no se repi­ten), esos ruidos indefinibles como de un gran cuer­po que se desliza casi en silencio total, mientras uno tiene conciencia de que ignora a qué distancia está o si se va acercando después de que uno ha dejado de oírlo. Eran esos ruidos... y los ojos.

»¡Mon Dieu! Los veré siempre en la oscuridad, los ojos que uno ve y los que no ve, pero siente... ¡Ah, esos son los peores!

Permanecieron en silencio unos instantes. Luego, Jane tomó la palabra.

-Y él está ahí -musitó, en tono que parecía ahoga­do por el miedo-. Esos ojos le fulminarán con su mira­da esta noche, lo mismo que a su compañero el tenien­te D'Arnot. Caballeros, ¿pueden ustedes dejarlos abandonados sin prestarles siquiera el auxilio pasivo que representa permanecer aquí unos cuantos días más, auxilio pasivo que acaso signifique su salvación?

-Bueno, bueno, chiquilla -dijo el profesor Porter-. El capitán Dufranne desea quedarse y, por lo que a mí respecta, también estoy perfectamente dispuesto, perfectamente dispuesto, como lo he estado siempre, a satisfacer tus caprichos infantiles.

-Podemos dedicar el día de mañana a la recupe­ración del cofre, profesor -sugirió el señor Philander.

-Buena idea, buena idea, señor Philander. Casi me había olvidado del tesoro -manifestó el profesor Porter-. Tal vez el capitán Dufranne pueda prestar­nos unos cuantos hombres que nos ayuden y nos deje también a uno de los prisioneros para que nos indi­que el lugar donde está escondido el arcón. -No faltaba más, mi querido profesor, estamos todos a su disposición -se brindó el capitán.

Se acordó que a la mañana siguiente, el teniente Charpentier, con un destacamento de diez hombres y uno de los amotinados del Arrow para guiarles, irían a desenterrar el tesoro. También se convino que el crucero permanecería una semana completa fondeado en la bahía. Al final de ese periodo se daría por supuesto que D'Arnot había fallecido y que el hom­bre de la selva no aparecería por allí mientras estu­viesen ellos. Entonces, los dos buques zarparían con todo el personal.

El profesor Porter no acompañó al día siguiente a los que fueron a buscar el tesoro, pero cuando los vio regresar con las manos vacías, hacia el mediodía, se apresuró a salir a su encuentro. Su acostumbrada indi­ferencia meditativa se había volatilizado totalmente, sustituida por un comportamiento nervioso y excitado.

-¿Dónde está el tesoro? -preguntó a gritos a Clay­ton, cuando aún le separaban de la partida unos trein­ta metros.

Clayton meneó la cabeza negativamente.

-Desapareció -dijo, al acercarse al profesor.

-¡Desapareció! No es posible. ¿Quién ha podido lle­várselo? -exclamó el profesor Porter. -Sólo Dios lo sabe, profesor -repuso Clayton-. Pudimos pensar que el individuo que nos guió men­tía respecto al punto donde estaba enterrado, pero su sorpresa y consternación al no encontrar cofre alguno debajo del cadáver del asesinado Snipes fue­ron demasiado reales para que estuviese fingiendo. Y nuestras palas nos indicaron que algo estuvo sepul­tado debajo del cadáver, porque allí hubo un hoyo que rellenaron con tierra suelta.

-¿Pero quién puede habérselo llevado? -repitió el profesor Porter.

-La sospechas podrían recaer sobre los hombres del crucero, naturalmente -comentó el teniente Char­pentier-, pero el alférez Janviers, aquí presente, me asegura que ninguno ha desembarcado, que nadie ha bajado a tierra desde que anclamos ahí, salvo los que lo hicieron a las órdenes de algún oficial. Sé que no recelarían de ellos, pero me alegro de que no exis­ta la más remota posibilidad que les de pie para sos­pechar de ninguno -concluyó.

-Ni por asomo se me hubiera ocurrido nunca sos­pechar de unas personas a las que tanto debemos -repli­có el profesor Porter cortésmente-. Antes sospecharía de mi querido amigo Clayton o del señor Philander.

Los franceses sonrieron, tanto oficiales como mari­nos rasos. Evidentemente, se les había quitado un peso de encima.

-El tesoro se lo llevaron de allí hace cierto tiempo -prosiguió Clayton-. La verdad es que el cadáver se desmenuzó al levantarlo, lo que indica que quienquie­ra que se llevase el tesoro lo hizo mientras el cuerpo estaba recién fallecido, ya que se encontraba intacto cuando lo desenterramos. -Los ladrones debieron de ser varios -sugirió Jane, que se había unido al grupo-. Recuerden que se nece­sitaban cuatro hombres para trasladar el cofre.

-¡Por Júpiter! -exclamó Clayton-. ¡Es verdad! Sin duda se lo llevaron una partida de negros. Lo más pro­bable es que alguno de ellos viera a los marineros del Arrow enterrar el cofre y volvió luego con unos cuan­tos de los suyos y se lo llevaron.

-Las cábalas no sirven de nada -dijo el profesor Porter melancólicamente-. El cofre ha desaparecido. No vol­veremos a verlo, ni tampoco al tesoro que contenía.

Sólo Jane sabía lo que significaba para su padre aquella pérdida, y tampoco sabía nadie lo que sig­nificaba para ella.

Seis días después, el capitán Dufranne anunció que se harían a la vela a primera hora de la maña­na siguiente.

Jane le hubiera rogado un nuevo aplazamiento, pero también ella empezaba a creer que su galán de la selva no volvería más.

Muy a pesar suyo, las dudas y los temores fueron tomando cuerpo en su ánimo. Los razonables argu­mentos de los ecuánimes oficiales franceses empe­zaron a convencerla, incluso en contra de su vo­luntad.

No estaba dispuesta a creer que aquel hombre fue­se caníbal, pero sí que le parecía posible ya que fuese un miembro adoptado por alguna tribu salvaje.

No iba a reconocer que hubiese muerto. Resultaba imposible creer que en aquel cuerpo perfecto, tan ple­tórico de gloriosa vida, pudiera apagarse la llama vital que alimentaba su interior... Se convencería antes de que la inmortalidad era polvo.

Pero mientras Jane se permitía albergar tales ideas, otras igualmente odiosas se abrían paso a la fuerza hacia el fondo de su imaginación.

Si aquel hombre pertenecía a alguna tribu salva­je, sin duda tendría una esposa salvaje -quizás una docena-, así como una caterva de hijos también sal­vajes y mestizos. La muchacha se estremeció. Y cuan­do le comunicaron que el crucero se haría a la mar a la mañana siguiente, casi se alegró. Sin embargo, fue ella quien propuso que se deja­ran en la cabaña armas, municiones, vituallas y algu­nos útiles de cocina y demás, destinados ostensible­mente a aquella intangible personalidad que se firmaba Tarzán de los Monos y a D'Arnot, por si aún vivía. En realidad, Jane esperaba que más bien fue­sen para su dios de la selva, incluso aunque al final resultase que era un ídolo con pies de barro.

En el último instante, la muchacha dejó una car­ta para él, un mensaje que le transmitiría Tarzán de los Monos.

Fue la última en abandonar la cabaña, a la que vol­vió con una excusa trivial mientras los otros se diri­gían ya al bote.

Se arrodilló junto a la cama en la que tantas noches había descansado y rezó una oración rogando por la seguridad del hombre primitivo. Se llevó el guar­dapelo a los labios y musitó: -Te quiero, y porque te quiero creo en ti. Pero aun­que no creyese en ti, seguiría queriéndote. Si hubie­ses venido a buscarme y no hubiera habido otra sali­da, me habría ido contigo a la selva... para siempre.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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