Tarzán de los monos: Entierros

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XVII: Entierros


Como quiera que ya había amanecido del todo, el gru­po, ninguno de cuyos integrantes había probado boca­do ni dormido en absoluto desde la mañana anterior, se dispuso a preparar algo que comer.

Los amotinados del Arrow habían desembarcado en la playa una reducida cantidad de provisiones: cecina, salazones, latas de sopa y legumbres, galle­tas, harina, té y café. Todo ello destinado a los cinco pasajeros que dejaron abandonados allí, los cuales se aprestaban en aquellos instantes a satisfacer sin perder más tiempo el voraz apetito que tanto tiempo llevaban reprimiendo.

La tarea siguiente consistió en hacer habitable la cabaña, lo que comportaba, como primera providen­cia, el desalojo inmediato de las macabras reliquias que había dejado allí una tragedia ocurrida mucho tiempo atrás.

El profesor Porter y el señor Philander manifestaron un profundo interés en examinar los esqueletos. Determinaron que las dos osamentas de mayor tama­ño pertenecieron a sendas personas, varón y hem­bra, de una de las sociedades más civilizadas de la raza blanca.

Al esqueleto más pequeño apenas le dedicaron una atención fugaz, dando por supuesto que, al encon­trarse en la cuna, se trataba indudablemente del vás­tago de aquella desdichada pareja.

Mientras disponían el esqueleto del varón para pro­ceder a darle sepultura, Clayton descubrió un grue­so anillo que, por supuesto, debía de adornar el dedo del hombre en el instante de su muerte, dado que uno de los frágiles huesos de la mano aún estaba rodeado por la sortija de oro.

Clayton tomó el anillo y, al examinarlo, emitió un grito de asombro, porque el aro llevaba el timbre de la casa de Greystoke.

Simultáneamente, Jane descubrió los libros del armario y, al hojear uno de ellos vio el nombre: «John Clayton. Londres». En el segundo volumen que se apresuró a coger y revisar encontró un solo nombre: Greystoke.

-¡Mire, señor Clayton! -exclamó-. ¿Qué significa esto? En estos libros figuran nombres de personas pertenecientes a su familia.

-Y aquí -repuso Clayton en tono grave- está el ani­llo de la casa de Greystoke, perdido desde que mi tío, John Clayton, el anterior lord Greystoke, desapare­ció, presumiblemente en el mar. -¿Pero cómo se explica que estos objetos aparez­can aquí, en esta jungla salvaje de África? -pregun­tó la joven.

-Sólo tiene una explicación, señorita Porter -res­pondió Clayton-. El difunto lord Greystoke no se aho­gó en ningún naufragio. Murió aquí, en esta cabaña, lo que hay ahí en el suelo son sus pobres restos mor­tales.

-En tal caso, ese debe de ser el esqueleto de lady Greystoke -dedujo Jane, reverente, al tiempo que indi­caba el rimero de huesos que ocupaba el camastro.

-La hermosa lady Alice -comentó Clayton-, de cuyas abundantes virtudes y notables encantos personales tanto oí hacerse lenguas a mis padres. Pobre mujer -murmuró, impregnada de tristeza la voz.

Con gran respeto y solemnidad se enterraron jun­to a su pequeña cabaña de la costa africana los cadá­veres de los difuntos lord y lady Greystoke, y, entre uno y otro, se dispusieron a ubicar el diminuto esque­leto del hijo de Kala, la mona.

Cuando el señor Philander colocaba los frágiles huesos de la criatura en un trozo de vela, examinó el cráneo con cierta minuciosidad. Después llamó al profesor Porter y ambos se pasaron varios minutos conferenciando.

-De lo más extraordinario, de lo más extraordi­nario -manifestó el profesor Porter. -¡Santo Dios! -dijo el señor Philander-. Debemos comunicar inmediatamente al señor Clayton nuestro descubrimiento.

-¡Vamos, vamos, señor Philander, vamos, vamos! -protestó el profesor Archimedes Q. Porter-. Dejemos que el difunto pasado entierre a sus muertos.

Y el anciano de pelo canoso repitió el servicio fune­rario ante aquella extraña tumba, mientras sus cuatro acompañantes asistían al acto destocados, inclinada la cabeza.

Desde la arboleda, Tarzán de los Monos presen­ciaba la solemne ceremonia; pero en realidad apenas tenía ojos más que para el dulce semblante y la esbel­ta figura de Jane Porter.

En su pecho salvaje y nada instruido se agitaban emociones hasta entonces desconocidas para él. Se preguntó por qué le interesarían tanto aquellas per­sonas... y por qué se había tomado tantas molestias y tantos esfuerzos para salvar la vida a aquellos tres hombres. Pero no se preguntó por qué había retirado a Sabor de las tiernas carnes de aquella singular joven.

No cabía la menor duda de que los hombres eran necios, ridículos y cobardes. Hasta Manu, el mico, era más inteligente que ellos. Si aquellas criatu­ras eran seres típicos de su especie, Tarzán se dijo que posiblemente no tuviera motivos para enorgu­llecerse de la sangre humana de su pasado. Pero la muchacha, ¡ah!... eso era otra cosa. Ahí no cabían razonamientos. Sabía que la habían creado para que la protegiesen, y que a él le habían creado para pro­tegerla.

Le extrañó que hubiesen excavado una fosa tan grande simplemente para sepultar allí unos huesos resecos. Era absurdo, nadie iba a tener interés algu­no en robar huesos resecos.

Lo hubiera entendido si tuvieran carne, porque sólo así se explicaría que pudieran ocultarla y protegerla de Dango, la hiena, y otros ladrones carroñeros de la jungla.

Cuando la tierra volvió a cubrir la sepultura, el gru­po emprendió el regreso a la cabaña.
Esmeralda, que seguía llorando a raudales por dos personas cuya existencia había ignorado hasta aquel mismo día y que llevaban veinte años muertas, tuvo la ocurren­cia de lanzar una ojeada en dirección a la bahía. Sus lágrimas cesaron automáticamente.

-¡Miren esa basura blanca de allá abajo! -chilló, estridente, al tiempo que señalaba hacia el Arrow-. Se ríen de nosotros, en esa infame isla blanca.

Y, desde luego, la tripulación del Arrow conducía la nave hacia mar abierto, lentamente, a través de la boca de la bahía.

-Prometieron dejarnos armas y municiones -dijo Clayton-. ¡Bestias despiadadas!

-Estoy segura de que es cosa de ese sujeto al que llaman Snipes -aventuró Jane-. King era un canalla, pero al menos tenía cierto sentido humanitario. Sé que si no le hubiesen suprimido se habría encarga­do de que nos aprovisionaran debidamente antes de dejamos abandonados a nuestra suerte.

-Lamento que no nos visitaran antes de zarpar -intervino el profesor Porter-. Tenía intención de pedir­les que dejaran el tesoro con nosotros, porque, si se pierde, seré un hombre arruinado. Jane miró a su padre tristemente.

-No importa, cariño -dijo-. Tampoco nos habría servido de gran cosa; ten en cuenta que por culpa de ese tesoro mataron a sus oficiales y nos han desem­barcado y abandonado en esta horrible costa. -Bueno, bueno, nena, está bien -repuso el profe­sor Porter-. Eres una buena chica, pero inexperta en cuestiones prácticas.

El profesor Porter dio media vuelta y se alejó des­pacio en dirección a la selva, con las manos entre­lazadas a la espalda, bajo los faldones de la levita, y los ojos fijos en el suelo. Su hija le observó, con una sonrisa patética en los labios. Luego miró al señor Philander y le susurró:

-Por favor, no le deje que se adentre en la selva como hizo ayer. Confiamos en usted, ya sabe, para vigilarle. No le pierda de vista.

-Cada día cuesta más trabajo manejarle -explicó el señor Philander; dejó escapar un suspiro y meneó la cabeza-. Me da en la nariz que ahora pretende ir a informar a los directores del jardín zoológico de que anoche se les escapó un león y que la fiera anda suel­ta por ahí. ¡Ah, señorita Jane, no sabe con quién he de entendérmelas!

-Sí, lo sé muy bien, señor Philander; pero aunque todos le queremos, usted es el único que sabe cómo hay que tratarle, porque respeta sus vastos conoci­mientos y, consecuentemente, tiene una enorme con­fianza en su buen juicio. El pobre no sabe diferenciar entre erudición y sensatez.

Con expresión ligeramente perpleja en el rostro, el señor Philander dio media vuelta y se dispuso a seguir al profesor Porter, mientras le daba vueltas en la cabe­za a la duda de si debía sentirse halagado u ofendi­do por el equívoco cumplido de la señorita Porter.

Tarzán había observado la consternación que refle­jaron los rostros de los miembros del pequeño grupo al ver la partida del Arrow; y como quiera que el buque constituía para él una maravillosa novedad, decidió salir corriendo hacia la punta de tierra de la parte norte de la cala, a fin de echar un vistazo más de cer­ca a la nave, así como para enterarse, si ello le era posible, del rumbo, de la dirección en que se alejaba.

Saltando de un árbol a otro con toda la rapidez de que fue capaz, alcanzó el extremo de la línea de tie­rra segundos después de que el barco hubiera abando­nado la bahía, lo que disfrutó de una excelente vista de las maravillas de aquella extraña casa flotante.

Una veintena de hombres corrían de aquí para allá por la cubierta o tiraban y recogían maromas. Soplaba una brisa ligera y el buque había pasado por la boca del puerto natural con poco trapo, pero una vez dejó atrás la punta, se desplegaron todas las velas con el fin de llegar a alta mar cuanto antes.

Tarzán observó la gracia de los movimientos de la nave y, en un arrebato de admiración, anheló encon­trarse a bordo. Su aguda mirada percibió en aquel momento un tenue asomo de humo en la remota línea del horizonte, por el norte, y se preguntó cuál sería la causa de aquel extraño conato de nube en medio de la inmensidad del agua.

Casi de modo simultáneo, el vigía del Arrow debió de avistar el mismo fenómeno, porque al cabo de unos minutos Tarzán observó que disminuían el paño y cambiaban el rumbo. El barco viró en redon­do y el hombre mono comprobó que regresaba hacia tierra.

En la proa, un marinero hundía e izaba una cuerda que llevaba un pequeño artilugio ligado en el extre­mo. Tarzán se preguntó qué objetivo tendría aquella operación. Por último, el buque tomó el viento directamente; luego se echó el ancla y se arriaron las velas. Un gran movimiento se desencadenó en cubierta.

Bajaron un bote y cargaron en él un enorme cofre. Acto seguido, una docena de marineros se aplica­ron a los remos y la barca se deslizó rápidamente hacia la punta donde Tarzán permanecía agazapado entre las ramas de un árbol.

Al acercarse la barca, Tarzán distinguió en su popa al individuo de cara de rata.

Escasos minutos después, el bote llegaba a la pla­ya. Los marineros saltaron a tierra y descargaron el cofre sobre la arena. Se encontraban en el lado norte de la punta, por lo que su presencia quedaba ocul­ta a los ojos de quienes estaban en la cabaña.

Los hombres discutieron airadamente durante un momento. Luego, el sujeto de semblante ratonil, acom­pañado de varios de sus esbirros, ascendió a lo alto del montículo en el que crecía el árbol ocupado por el escondido Tarzán. Dedicaron varios minutos a estu­diar los alrededores. -Ahí tenemos un buen sitio -determinó el marine­ro de cara de rata. Señalaba un punto situado tras el árbol de Tarzán.

-Tan bueno como otro cualquiera -comentó uno de sus compañeros-. De todas formas, si nos pescan con el tesoro a bordo, nos lo confiscarán. Lo mejor que podemos hacer es enterrarlo ahí, y si alguno de nosotros tiene la suerte de escapar a la horca, podrá volver más adelante y disfrutarlo. El tipo de cara de rata llamó a los que se habían quedado en la barca, los cuales se acercaron des­pacio, con picos y palas al hombro.

-¡Daos prisa! -conminó Snipes.

-¡No te impongas! -replicó uno de los marineros en tono hosco-. No eres ningún almirante, maldito rena­cuajo.

-Pero aquí soy el capitán, métetelo en la cala­baza, desgraciado -se jactó Snipes, y acompañó la aclaración con un diluvio de tremebundos jura­mentos.

-¡Tranquilos, chicos! -aconsejó apaciguadoramen­te uno de los hombres que no había hablado aún. No llegaremos a ninguna parte si nos peleamos entre nosotros.

-Eso es verdad -aceptó el marinero al que le había molestado el tono autoritario de Snipes; aunque lo hizo con reservas-. Pero tampoco es cosa de permi­tir que a alguien se le suban los humos y se crea el amo del cotarro.

-Vosotros cavad aquí -Snipes señaló el punto elegi­do, al pie del árbol-. Y mientras caváis, Peter trazará un plano o mapa del lugar para que podamos encon­trarlo luego. Vosotros dos, Tom y Bifi, que os ayuden un par más y traéis el cofre.

-¿Y tú qué vas a hacer? -preguntó el protestón de antes-. ¿Dar órdenes y nada más? -Tú, manos a la obra -rezongó Snipes-. No preten­derás que tu jefe se ponga a darle a la pala, ¿verdad?

Todos los demás marineros alzaron la cabeza irri­tados. A ninguno de ellos le caía bien Snipes y todo aquel despotismo que llevaba manifestando desde que asesinó a King, el auténtico cabecilla de los amo­tinados, no había hecho más que añadir más leña al fuego de su aversión.

-¿Quieres decir que no vas a coger una pala y echarnos una mano? Tampoco me parece que sea tan grave lo del hombro -dijo Tarrant, el marinero que había hablado antes.

-¡Ni por lo más remoto! -replicó Snipes, al tiempo que acariciaba nerviosamente la culata de su revólver.

-Entonces -insistió Tarrant-, si no coges una pala, ¡cogerás un pico, por los clavos de Cristo! Y al tiempo que pronunciaba la amenaza, levantó el pico que empuñaba y, con un rápido y violento vol­teo, hundió la punta en la cabeza de Snipes.

Los hombres permanecieron inmóviles y silen­ciosos, fija la vista en las consecuencias del sinies­tro humor de su compañero. Al final, uno de ellos declaró:

-Esa sabandija se lo merecía.

Otro empezó a trabajar con el pico. Era un terreno blando, así que el hombre prescindió del pico y aga­rró una pala; los demás se le unieron en seguida. No hubo comentario ulterior ninguno acerca del homici­dio, pero los marineros trabajaban de mejor talante y con más ganas que cuando Snipes tenía el mando.

Una vez tuvieron excavado un hoyo de las propor­ciones suficientes para que cupiera el cofre, a Tarrant se le ocurrió que podían profundizar un poco más para poner el cadáver de Snipes encima del arcón y enterrarlo todo junto.

-Eso puede tener la ventaja de que si alguien exca­va por aquí tal vez se lleve a engaño -declaró. Los demás comprendieron la astucia de la suge­rencia, así que ampliaron la fosa para acomodar el cuerpo y profundizaron un poco más en el centro, para hundir el cofre. Envolvieron éste en un trozo de lona de vela y lo depositaron en su sitio, treinta centímetros por debajo del nivel de la fosa. Echaron las necesarias paletadas de tierra y lo apisonaron, de manera que el fondo de la tumba parecía liso y uniforme.

Dos marineros hicieron rodar el cadáver de Snipes y lo arrojaron sin contemplaciones dentro de la fosa, no sin antes haberle despojado de sus armas y demás pertenencias, que algunos miembros de la partida deseaban para sí.

Después llenaron la sepultura y apisonaron la tie­rra hasta que ya no cabía más.

El resto lo esparcieron por allí y después cubrie­ron la tumba con maleza seca, de forma que presen­tase el aspecto más natural posible, sin que se apre­ciara el menor rastro de que se había removido el suelo.

Cumplida su tarea, los marineros regresaron al bote y remaron apresuradamente en dirección al Arrow.

El viento había aumentado su velocidad de modo considerable. El humo que se elevaba en el horizon­te había adquirido un volumen que permitía distin­guirlo con toda claridad y los amotinados no per­dieron tiempo en desplegar todas las velas y poner rumbo al suroeste.

Espectador interesadísimo en todos aquellos acon­tecimientos, Tarzán reflexionaba y hacía cábalas acerca del extraño comportamiento de aquellas sin­gulares criaturas. ¡Realmente, los hombres eran más-estúpidos y crue­les que las fieras de la selva! ¡Qué afortunado era él, que vivía en la paz y la seguridad de la gran flo­resta!

Se preguntó qué contendría el cofre que acababan de enterrar. Si no lo querían, ¿por qué no se limita­ron a arrojarlo al agua? Eso les hubiera resultado mucho más cómodo. Ah, se dijo, sin duda sí que lo querían. Lo escon­dieron allí porque tenían intención de volver a bus­carlo más adelante.

Tarzán saltó al suelo y procedió a examinar el sue­lo alrededor de la tumba. Miraba a ver si aquellos extraños seres dejaron por allí algo que a él le hiciera gracia poseer. No tardó en encontrar una pala ocul­ta entre la maleza que los amotinados habían puesto encima de la sepultura. La cogió y probó a utilizarla tal como había visto hacer a los marineros. Era un trabajo bastante pesado y lastimaba sus descalzos pies, pero continuó dán­dole a la herramienta hasta desenterrar parcialmente el cadáver. Lo sacó a rastras de la tumba y lo puso a un lado.

Después continuó excavando hasta desenterrar el cofre. También tiró de él y lo dejó junto al cadá­ver. A continuación rellenó el hoyo más pequeño del fondo de la tumba, volvió a colocar el cuerpo de Sniper donde estaba antes, le echó encima la tierra que había extraído, puso de nuevo la maleza sobre la sepultura y dedicó su atención al cofre.

Cuatro marineros sudorosos se las habían visto y deseado para trasladar aquel peso... Tarzán de los Monos lo levantó como si se tratara de una caja de embalaje vacía y, con la pala colgada al hombro por una cuerda que le había atado, se llevó el cofre a las profundidades más tupidas de la jungla.

No le era posible trasladarse por las ramas de los árboles cargado con aquel embarazoso arcón, sino que avanzó por los senderos, sin retrasarse demasiado.

Caminó durante varias horas en dirección nores­te, hasta llegar a un impenetrable muro de vegeta­ción enmarañada. Allí saltó a una de las ramas infe­riores y continuó a través de los árboles. Al cabo de otros quince minutos desembocó en el anfiteatro don­de los monos se reunían en consejo o para celebrar las ceremonias del Dum-Dum.

Empezó a excavar en el centro del claro, no lejos del tambor o altar. Costaba más trabajo ahondar allí que en la tierra recién removida de la tumba, pero Tarzán de los Monos era tesonero y no paró hasta tener un hoyo lo bastante hondo como para albergar el cofre y ocultarlo adecuada y eficazmente a la vista.

¿Por qué se había tomado tanto trabajo sin cono­cer el valor de lo que contenía el cofre? Tarzán de los Monos tenía figura e inteligencia humanas, pero el ambiente en que se había criado y la formación que recibió fueron de simio. Su cere­bro le dijo que el contenido del arcón era valioso por­que, si no, los hombres no lo habrían escondido. Su educación le había imbuido la idea de imitar todo lo nuevo e insólito, por lo que, ahora, su curiosidad natural, algo tan común entre los hombres como entre los simios, le apremiaba a abrir el cofre y examinar lo que contenía. Pero la sólida cerradura y los robustos flejes de hie­rro fueron más efectivos que las mañas y la enorme fuerza de Tarzán, lo que le obligó a enterrar el cofre sin haber satisfecho su curiosidad. Para cuando el hombre-mono hubo recorrido el camino de regreso a las proximidades de la cabaña, alimentándose al paso, había oscurecido del todo.

Dentro de la pequeña construcción relucía una gran claridad, porque Clayton había encontrado una lata de petróleo que llevaba allí veinte años intacta, sin abrir. Era parte de los artículos que Michael el Negro dejó a los Clayton. Las lámparas también se encontraban en condiciones de funcionamiento, de modo que al asom­brado Tarzán le pareció que el interior de la cabaña tenía tanta luz como si reinase allí el pleno día.

Se había preguntado muchas veces para qué ser­virían exactamente aquellas lámparas. Las palabras escritas y las ilustraciones le indicaron el nombre de aquellos aparatos y de lo que eran, pero Tarzán igno­raba el procedimiento para hacerles producir la mara­villosa luz solar que proyectaban, según las ilustra­ciones, sobre las cosas que estaban a su alrededor.

Al acercarse a la ventana más próxima a la puer­ta observó que el interior de la cabaña estaba ahora dividido en dos compartimentos, separados por un tosco tabique de ramas y lona.

En el delantero se encontraban los tres hombres; los dos ancianos enzarzados en una discusión, mien­tras el joven, sentado en una improvisada banqueta y con la espalda apoyada en la pared, aparecía enfras­cado profundamente en la lectura de uno de los libros de Tarzán.

Como no tenía ningún interés especial en aquellos hombres, Tarzán se trasladó a la otra ventana. Allí estaba la muchacha. ¡Qué cara tan bonita! ¡Qué deli­cada y blanca su piel!

Escribía, sentada a la mesa de Tarzán, bajo la ven­tana: Acostada encima de un montón de hierba, en el fondo del cuarto, dormía la mujer negra.

Tarzán estuvo una hora recreándose feliz en la con­templación de la joven, que no dejaba de escribir. ¡Cómo anhelaba dirigirle la palabra!

Pero no se atrevió a hacerlo, convencido de que, lo mismo que había ocurrido con el joven, ella no le enten­dería. Y, por otra parte, también temía asustarla.

Al final, la muchacha se puso en pie. Dejó el manuscrito sobre la mesa y se encaminó a la cama, encima de la cual había echado unas cuantas hier­bas frescas. Volvió a disponerlas a su gusto.

Después se soltó la masa de suaves cabellos dora­dos que coronaba su cabeza. La melena cayó en torno al precioso óvalo de su rostro, como una rutilante catarata de bruñido metal acariciado por el sol ponien­te. La espléndida cabellera descendió en líneas ondu­lantes hasta más abajo de la cintura.

Tarzán estaba fascinado. Jane Porter apagó la lám­para y la más absoluta y densa oscuridad envolvió el interior de la cabaña.

Tarzán continuó vigilando. Acurrucado bajo la ven­tana, permaneció allí media hora, expectante, atento el oído. Por último, su espera se vio recompensada al percibir el rumor de esa respiración uniforme reve­ladora del sueño.

Con la máxima precaución, Tarzán fue introdu­ciendo la mano entre los barrotes de la ventana has­ta tener todo el brazo dentro de la cabaña. Tanteó cuidadosamente la superficie de la mesa. Tropezó por último con el manuscrito que Jane Porter había esta­do escribiendo y, sin abandonar las precauciones, retiró el brazo y la mano con el preciado tesoro entre los dedos.

Tarzán dobló las hojas y formó un diminuto bulto de papel que guardó en el carcaj de las flechas. Luego se fundió entre las sombras de la jungla y se alejó tan sosegada y silenciosamente como había llegado.


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