Tarzán de los monos: Expedición de rescate

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXII: Expedición de rescate


Cuando el alba proyectó su luminosidad sobre el pequeño campamento de los marineros franceses, sus claridades cayeron también sobre un grupo aba­tido y descorazonado.

Tan pronto hubo luz suficiente para explorar los alrededores, el teniente Charpentier destacó patru­llas de tres hombres en distintas direcciones para que localizasen el sendero. Dieron con él al cabo de diez minutos y la expedición se apresuró a emprender el regreso hacia la playa.

Fue una marcha lenta, porque transportaban los cadáveres de seis hombres, habían muerto dos más durante la noche, y varios de los heridos necesitaban que les ayudasen, lo cual retrasaba a toda la partida.

Charpentier había decidido volver al campamen­to en busca de refuerzos y después intentar descu­brir el rastro de los indígenas, seguirlo y rescatar a D'Arnot.

Los exhaustos hombres llegaron al claro próximo a la playa muy entrada la tarde, pero el regreso sig­nificó para dos de ellos tal alegría que desaparecie­ron de su memoria instantáneamente todos las pena­lidades y desazones sufridas.

Cuando la pequeña partida emergió de la selva, la primera persona a la que vieron el profesor Porter y Cecil Clayton fue a Jane, que se encontraba de pie junto a la puerta de la cabaña. La muchacha lanzó un grito de alegría y salió corriendo hacia ellos para darles la bienvenida, echó los brazos al cuello de su padre y estalló en lágrimas por primera vez desde que los desembarcaron en aquella horrible y azarosa ribera.

El profesor Porter se esforzó varonilmente por con­tener sus emociones, pero la tensión a que estaban sometidos sus nervios y el debilitamiento de su vita­lidad fueron factores demasiado negativos; al final, se vino abajo, enterró el rostro en el hombro de su hija y estalló en sosegados sollozos, como un niño rendido de cansancio.

Jane le condujo a la cabaña y los franceses se diri­gieron a la playa, de la que ya se habían destacado varios compañeros suyos que acudían a su encuentro.

Como deseaba dejar solos a padre e hija, Clayton se reunió con los marineros y estuvo conversando con los oficiales hasta que subieron a una lancha y se alejaron rumbo al crucero, donde el teniente Charpentier tendría que informar del funesto desen­lace de su aventura.

Clayton dio entonces media vuelta y regresó en dirección a la cabaña. El corazón le rebosaba de feli­cidad. La mujer- de sus sueños estaba sana y salva.

Se preguntó qué clase de milagro lo había permi­tido. Volver a verla viva le resultaba casi increíble.

En aquel momento, la muchacha salía de la caba­ña. Al verle, echó a correr hacia él. -¡Jane! -exclamó Clayton-. Dios ha sido muy bue­no con nosotros. Cuéntame cómo pudiste escapar... Cómo se las arregló la Providencia para salvarte... para nosotros.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, que la tuteaba. Cuarenta y ocho horas antes oírlo en labios de Clayton hubiera saturado a Jane de suave placer... ahora la aterraba. -Señor Clayton -dijo sosegadamente, al tiempo que le tendía la mano-, en primer lugar, permítame agra­decerle la caballerosa lealtad que ha derrochado hacia mi padre. Ya me ha contado lo noble y abnegada­mente que se ha portado usted. ¿Cómo podremos pagárselo?

Clayton advirtió que la muchacha no correspondía a la familiaridad con que el la había saludado, pero no se lo tomó a mal. La joven había pasado por unas pruebas terribles. El joven comprendió en seguida que no podía imponerle su cariño.

-Ya me siento pagado con creces -dijo. Dejó de tutearla-. Me basta con verles a usted y al profesor Porter juntos, sanos y salvos. No creo que me hubie­ra sido posible soportar durante mucho más tiempo el patetismo de su dolor silencioso y sin lamentos.

»Ha sido la experiencia más deplorable de mi vida, señorita Porter y, además, se sumaba mi propio dolor... el más grave que haya padecido jamás. Claro que el de él era tan desesperado... era tan desolador. Me ha demostrado que no hay cariño, ni siquiera el de un hombre hacia su esposa, tan profundo, tan terrible y tan desinteresado como el de un padre hacia su hija.

La muchacha inclinó la cabeza. Había una pre­gunta que deseaba formular, pero le pareció poco menos que sacrílega ante el cariño de aquellos dos hombres y el terrible sufrimiento que habían sopor­tado mientras ella reía feliz junto a una especie de divinidad de la selva, saboreaba deliciosos frutos y hundía sus ojos cargados de amor en unas pupilas que le respondían con idéntica ternura. Pero el amor es un extraño patrón y la naturaleza humana todavía es más extraña, por lo que Jane for­muló la pregunta.

-¿Dónde está el hombre de la jungla que les res­cató? ¿Por qué no ha vuelto? -No entiendo -repuso Clayton-. ¿A quién se refiere? -Al que nos salvó a todos... el que me rescató del gorila.

-¡Ah! -exclamó Clayton, sorprendido-. ¿También fue él quién la rescató?

No me ha contado nada de su aventura, ¿sabe?

-En cuanto al hombre de la selva -apremió la muchacha-. ¿No le han visto? Cuando oímos los dis­paros en la selva, apagados por la distancia, se fue, desapareció. Acabábamos de llegar al claro y se ale­jó en dirección al lugar donde se desarrollaba la con­tienda. Me consta que acudió a ayudarles.

Lo dijo en tono casi suplicante... tensa a causa del esfuerzo que le costaba contener la emoción. Clayton no tuvo más remedio que darse cuenta de ello, lo que le hizo preguntarse, de un modo más o menos ambi­guo, a qué se debía tal agitación interna, por qué tenía tanto interés en conocer el paradero de aquella extra­ña criatura.

Le asaltó el temor aprensivo de que algo no fun­cionaba como debiera y en su corazón se implantó, incluso sin que él lo supiera, el germen de la sospe­cha y los celos hacia el hombre-mono, precisamen­te al que debía la vida.

-No lo hemos visto -respondió calmosamente-. No llegó a reunirse con nosotros. -Añadió, tras una pau­sa que dedicó a la reflexión- Es posible que con quien se haya reunido sea con los miembros de su propia tribu... los hombres que nos atacaron.

Ignoraba qué le impulsó a decir una cosa así, por­que distaba mucho de creerlo. La joven le observó un momento, muy abiertos, desorbitados los ojos.

-¡No! -exclamó con vehemencia, con demasiada vehemencia, pensó Clayton-. No puede ser. Eran salvajes.

Clayton puso cara de desconcierto.

-Es un ser extraño, una semisalvaje criatura de la selva, señorita Porter. No sabemos nada de esa per­sona. No habla ni entiende ninguna lengua europea... y las armas y los adornos que lleva son los propios de los hombres selváticos de la costa occidental.

Clayton hablaba precipitadamente.

-En un radio de centenares de kilómetros no hay más seres humanos que los salvajes, señorita Porter. Sin duda pertenece a la tribu que nos atacó, o a algu­na otra tan salvaje como ella... Incluso puede que sea caníbal.

Jane Porter palideció.

-Eso sí que no me lo creo -medio susurró Jane-. No es cierto. Ya verá -se dirigió a Clayton, ya en voz alta-, como vuelve a aparecer y le demuestra que está usted equivocado. No le conoce como le conozco yo. Le aseguro que es un caballero.

Clayton era hombre noble y generoso, pero el tono apasionado que empleó la muchacha para defender al hombre de la selva despertó en el inglés unos celos irracionales y, durante unos segundos, olvidó cuan­to debía al semidiós de la jungla.

-Es posible que tenga razón, señorita Porter -dijo, matizada de sarcasmo la voz-, pero no creo que ten­gamos que preocuparnos de nuestro amigo devora­dor de carroña. Lo más probable es que ese pelagatos medio loco se olvide en seguida de nosotros, aunque no antes de que nosotros nos hayamos olvidado de él. Sólo es una bestia de la selva, señorita Porter.

La muchacha no dijo nada, pero se le encogió el corazón.

Sabía que Clayton sólo expresaba lo que sentía y, por primera vez empezó a analizar la estructura de su recién nacido amor y a someterlo a un examen crítico.

Despacio, dio media vuelta y regresó a la cabaña. Trató de imaginarse a su dios de la jungla alternan­do con ella en el comedor de un transatlántico. Le vio comer con las manos, hincarle el diente y desgarrar la carne como un animal de presa y luego limpiarse los grasientos dedos en los muslos. Se estremeció.

Contempló mentalmente la escena en el acto de presentar a sus amistades aquel hombre tosco, anal­fabeto, un auténtico patán. Hizo una mueca, sobre­saltada.

Ya había llegado al interior de la cabaña y se sentó en el borde de la cama de helechos y hojas, con una mano apoyada en el pecho. Éste se agitaba al ritmo de la entrecortada respiración y los dedos tropezaron con la dureza del canto del guardapelo del hombre.

Se puso el medallón en la palma de la mano y durante un momento sus ojos enturbiados por las lágrimas se posaron en él. Después se lo llevó a los labios, lo apretó contra ellos y, sollozando, hundió la cara entre las hierbas que constituían el colchón.

-¿Una bestia de la selva? -murmuró-. Entonces que Dios me convierta también en lo mismo; porque, hombre o bestia, soy suya.

Aquel día no volvió a ver a Clayton. Esmeralda le sirvió la cena en la cabaña y Jane encargó a la mujer que dijese al profesor Porter que la reacción subsi­guiente a la aventura la había indispuesto.

A la mañana siguiente, Clayton se integró en la patrulla que partió a primera hora con la misión de rescatar a D'Arnot. La formaban esa vez doscientos hombres armados, con diez oficiales, dos médicos y víveres para una semana.

Llevaban lechos de campaña y camillas, estas últi­mas para trasladar a los posibles enfermos y heridos.

Era un destacamento resuelto y furioso, una expe­dición de castigo tanto como de socorro. Poco des­pués del mediodía llegaron al escenario de la esca­ramuza del día anterior, ya que avanzaban por terreno conocido y no perdían tiempo explorando la ruta.

Desde allí siguieron la senda de elefantes, que con­ducía directamente a la aldea de Mbonga. Apenas eran las dos de la tarde cuando la cabeza de la colum­na se detuvo en el borde de la explanada.

El teniente Charpentier, que iba al mando dé las tropas, destacó inmediatamente una parte de las fuer­zas para que se dirigiesen, dando un rodeo a través de la jungla, al otro lado de la aldea. Se despachó otro pelotón a la entrada del poblado, mientras el tenien­te Charpentier se situaba en el ala sur de la aldea, con el resto de la tropa.

Se determinó que la partida destinada a tomar posi­ción en el norte, y que sería la última en ocupar su puesto, iniciaría el combate. Su primera descarga constituiría la señal para un ataque combinado des­de todos los puntos, cuyo objetivo consistía en tomar la aldea por asalto mediante la primera carga.

Los hombres que quedaron con el teniente Char­pentier permanecieron media hora agazapados en la densa espesura de la selva, a la espera de la señal. Treinta minutos que les parecieron horas. Veían a los indígenas que cultivaban los campos y a otros que entraban y salían por el portón del poblado.

Por fin sonó la señal: una áspera andanada de fusi­lería y, al unísono, las distintas patrullas lanzaron al aire la respuesta de sendas descargas que destroza­ron el silencio de la jungla por el oeste y por el sur.

Los negros de los campos de cultivo soltaron las herramientas y se precipitaron como locos hacia la empalizada. Los proyectiles franceses los barrieron y los marineros se lanzaron a la carga, saltando por encima de los cadáveres, rumbo al portón de la aldea.

El asalto se había desencadenado tan repentina e inesperadamente que los blancos alcanzaron las puer­tas antes de que los aterrorizados indígenas pudie­ran ofrecer resistencia e impedírselo y, un minuto después, la calle del poblado estaba llena de hombres armados que luchaban cuerpo a cuerpo en intrin­cada confusión.

Los guerreros negros se mantuvieron firmes bre­vemente ante la entrada a la calle, pero los revólveres, fusiles y bayonetas de los franceses abatieron a los lanceros y acabaron con los arqueros indígenas antes de que tuviesen medio dispuestos los arcos.

La batalla no tardó en convertirse en una comple­ta derrota para los negros; derrota que desembocó en una feroz carnicería porque los marineros france­ses vieron que algunos de los guerreros indígenas con­tra los que combatían llevaban encima fragmentos del uniforme de D'Arnot. Respetaron la vida de los niños y de las mujeres a las que no tuvieron que matar en defensa propia, pero cuando por fin dieron por terminado el comba­te, jadeantes, sudorosos y ensangrentados, fue por­que en toda la aldea salvaje de Mbonga no quedaba ya ni un solo guerrero en condiciones de plantarles cara.

Escudriñaron minuciosamente todas las chozas y rincones del poblado, pero no descubrieron el menor rastro de DArnot. Interrogaron por señas a los pri­sioneros, hasta que, por último, uno de los marine­ros, que había servido en el Congo francés, consiguió hacerse entender mediante una jerga que se utiliza­ba como lingua franca entre los blancos y las tribus más degradadas de la costa, pero ni aun así lograron obtener dato definitivo alguno respecto al destino de DArnot.

En respuesta a sus preguntas sobre el teniente, sólo consiguieron ademanes excitados y expresiones de temor. Al final, llegaron al convencimiento de que tales gestos no eran más que pruebas de la culpa­bilidad de aquellos seres demoníacos, que induda­blemente habían sacrificado y devorado al teniente D'Arnot dos noches antes.

Abandonaron, pues, toda esperanza e hicieron los preparativos precisos para acampar y pernoctar den­tro de la aldea. Hacinaron a los prisioneros en tres chozas, donde los retuvieron fuertemente custodia­dos. Se apostaron centinelas en las atrancadas puer­tas de la aldea y, finalmente, con la salvedad de los gemidos con que las mujeres nativas lloraban a sus muertos, el silencio se enseñoreó del lugar.

A la mañana siguiente, los franceses emprendieron el regreso. Su primera intención fue prender fuego al poblado, pero se abandonó tal idea, limitándose a dejar allí a los prisioneros, lloriqueando y lamentán­dose, pero con un techo sobre sus cabezas y una empalizada que les protegía de las fieras de la selva.

Lentamente, la expedición volvió a recorrer, en sen­tido inverso, el camino cubierto el día anterior. Las camillas cargadas demoraban su marcha. En ocho de ellas iban los heridos de mayor gravedad, mien­tras otras dos se combaban bajo el peso de otros tan­tos cadáveres.

Clayton y el teniente Charpentier caminaban en la retaguardia de la columna. El inglés sumido en un silencio respetuoso con el dolor del hombre que iba a su lado: D'Arnot y Charpentier habían sido amigos inseparables desde la infancia.

Clayton comprendía que la pesadumbre del fran­cés la agudizaba el hecho de que el sacrificio de D'Arnot había sido inútil, puesto que a Jane ya la habían rescatado antes de que D'Arnot cayera en poder de los salvajes, y también porque la misión en la que perdió la vida no formaba parte de sus debe­res y su acción era en pro de personas ajenas y extran­jeras.

Se lo comentó así al teniente Charpentier, quien sacudió negativamente la cabeza.

-¡No, monsieur! dijo-. DArnot hubiera elegido morir así. Lo único que lamento es no haber muerto en su lugar o, por lo menos, junto a él. Me gustaría que lo hubiese conocido usted mejor, monsieur. Era un auténtico oficial y caballero, títulos que se conce­den a muchos, pero que muy pocos merecen.

»No ha muerto inútilmente, porque su muerte en defensa de una joven estadounidense hará que noso­tros, sus camaradas, afrontemos nuestro fin, cuan­do pueda presentarse, con mayor entereza y valentía.

Clayton no respondió, pero en su interior nació un nuevo respeto hacia los franceses, una consideración que siempre mantendría incólume.

Llegaron muy tarde a la cabaña próxima a la playa. Un disparo único, poco antes de abandonar la jun­gla, había anunciado a los del campamento, así como a quienes permanecían en el barco, que la expedición llegó demasiado tarde. Se había acordado previamente que cuando se encontrasen a cosa de kilómetro y medio del campamento avisarían del resultado de la patrulla a base de disparos: uno indicaría fracaso; tres, éxito; dos comunicarían que no encontraron ras­tro de DArnot ni de los negros que lo habían captu­rado.

De modo que la partida que recibió a los expedi­cionarios fue un grupo solemne y abatido por la tris­teza. Apenas se intercambiaron palabras mientras se colocaba a los muertos y heridos en las barcas que partieron silenciosamente hacia el crucero.

Agotado por los cinco días de marchas forzadas a través de la selva y los efectos de los dos combates con los guerreros negros, Clayton se encaminó a la cabaña para tomar un bocado y disfrutar de la rela­tiva comodidad que le ofrecía su lecho de hierbas tras dos noches en la jungla. Jane se encontraba junto a la puerta.

-¿Y el pobre teniente? -preguntó-. ¿No encontra­ron rastro de él?

-Llegamos demasiado tarde, señorita Porter -con­testó Clayton, desconsolado.

-Dígame, ¿qué ha ocurrido?

-No puedo, señorita Porter. Es demasiado espantoso.

-¿Quiere decir que le torturaron? -murmuró Jane.

-No sabemos qué le hicieron antes de matarlo. -Clayton subrayó la palabra «antes». La fatiga y el dolor que le producían el destino del desdichado D'Arnot crispaban el semblante del joven inglés. -¿Antes de matarlo? ¿Qué significa eso? No serán... No serán...

Jane estaba pensando en lo que Clayton había insi­nuado respecto a la posible relación directa del hom­bre de la selva con aquella tribu y eso le impedía expresar la terrible palabra.

-Sí, señorita Porter, son... caníbales -confirmó, casi con amargura en la voz, porque también a su men­te había acudido el recuerdo del hombre de la selva y el extraño e inexplicable acceso de celos que expe­rimentara dos días antes volvió a invadirle.

Y con una repentina brusquedad, tan ajena a Clayton como pudiera serlo para un mono la corte­sía y la educación, profirió:

-Sin duda, cuando su dios de la selva se marchó de aquí tan apresuradamente lo hizo para participar en el banquete.

Lamentó haber pronunciado tales palabras ape­nas habían salido de sus labios, aunque no sabía lo cruelmente que afectaron a la muchacha. Su arre­pentimiento se debía sobre todo a la deslealtad e ingratitud para con alguien que había salvado la vida a todos los miembros del grupo y que no causó el menor daño a ninguno.

Jane Porter irguió la cabeza.

-Sus palabras no tienen más que una respuesta, señor Clayton -silabeó fría como el hielo-, y lamento no ser un hombre para dársela.

Giró en redondo y entró altivamente en la cabaña.

Clayton era inglés, de forma que Jane había desa­parecido de su vista antes de que el joven hubiese podido colegir qué respuesta le hubiese dado un hombre.

-0 mucho me equivoco -articuló tristemente- o me ha dejado por embustero. -Añadió pensativamente-: Y he de reconocer que me lo tengo merecido. Clayton, muchacho, sé que estás cansado y nervioso, pero eso no es motivo para que te comportes como un maja­dero. Lo mejor que puedes hacer es irte a dormir.

Pero antes de hacerlo llamó en voz baja a Jane des­de su lado de la mampara de lona, porque deseaba disculparse. Pero lo mismo podía haberse dirigido a la Esfinge. Luego escribió una nota y pasó el trozo de papel por debajo de la lona de separación.

Jane la vio, pero hizo caso omiso, porque estaba enfadadísima, dolida y mortificada. Sin embargo, mujer al fin, acabó por cogerla. Leyó:

Mi querida señorita Porter: No tenía razón alguna para insinuar lo que he insinuado. Mi única excusa es que tengo los nervios destrozados... lo cual no es ninguna excusa Le suplico que, por favor, olvide lo que dije. Lo lamento en el alma. Precisamente a usted, entre todas las personas, por nada del mundo hubiera querido ofenderla. ¡Diga que me perdona!

William Cecil Clayton

«Lo pensaba, porque si no no lo hubiera dicho», razonó la muchacha. «Pero no puede ser cierto... ¡Oh, sé que no es cierto!»

Unas frases de la nota le asustaban de modo espe­cial: «Precisamente a usted, entre todas las personas, por nada del mundo hubiera querido ofenderla».

Ocho días antes, tales palabras le hubieran encan­tado, pero ahora la deprimían.

Deseó no haber conocido a Clayton. Lamentaba incluso haber visto al dios de la selva... No, se alegraba de ello. Y además había otra nota, la que había encontrado sobre la hierba, delante de la cabaña, al día siguiente de regresar de la jungla, la declara­ción de amor firmada por Tarzán de los Monos.

¿Quién podía ser aquel nuevo pretendiente? Si se trataba de otro salvaje habitante de aquella terrible floresta, ¿qué podría o no podría hacer para con­quistarla?

-¡Esmeralda! ¡Despierta! -apremió-. Me saca de quicio verte ahí tranquilamente dormida, como si nada, cuando sabes perfectamente que el mundo está lleno de aflicción y pesadumbre.

-¡El arcángel san Gabriel me valga! -chilló Esme­ralda, y se incorporó de golpe-. ¿Qué pasa ahora? ¿Un hipopoceronte? ¿Dónde está, señorita Jane?

-¡No digas tonterías, Esmeralda, no hay nada! Vuelve a dormir. Mal si duermes, pero todavía peor si estás despierta.

-Sí, tesoro, ¿pero qué le sucede, preciosa mía? Parece muy disgustada esta noche. -¡Ah, Esmeralda, esta noche estoy de un humor de mil demonios! -reconoció la muchacha-. No me hagas caso... eso es, querida.

-Sí, señorita. Acuéstese usted también. Tiene los nervios a flor de piel. Con todos esos rinopótamos y ese hombre que come genios del que me ha hablado el señor Philander... Dios santo, no me extraña que andemos todos con los nervios desquiciados.

Jane cruzó la estancia, se echó a reír, besó a la fiel Esmeralda y le deseó buenas noches.


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