Tarzán de los monos: Herencia

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XX: Herencia


Cuando Jane comprendió que aquel extraño ser de la selva que la había rescatado de las garras del mono se la llevaba ahora cautiva, forcejeó a la desespera­da para liberarse y escapar; pero los robustos brazos que la sostenían -con la misma facilidad que si se tratase de una niña recién nacida- se limitaron a ejer­cer un poco más de presión y eso les bastó para inmo­vilizarla.

Así que la muchacha se dio por vencida, abando­nó sus inútiles esfuerzos y, tranquila e inmóvil, se dedicó a observar a través de los entrecerrados pár­pados el rostro del hombre que, con tanta desenvol­tura se desplazaba cargado con ella a través de la maraña de vegetación.

Era un semblante extraordinariamente atractivo.

Un arquetipo perfecto de vigor masculino, incon­taminado por la disipación ni por brutales pasiones degradantes. Porque, aunque Tarzán de los Monos mataba hombres y animales, lo hacía como el caza­dor abate y cobra sus piezas, desapasionadamente... Salvo en las raras ocasiones en que mató por odio, si bien no por ese odio recalcitrante y malévolo que deja estampada su marca execrable en las facciones de quien lo experimenta.

En la mayoría de las ocasiones, cuando Tarzán mataba no lo hacía con el ceño fruncido, sino son­riendo. Y la sonrisa es la base de la belleza.

Una de las cosas que la muchacha observó de modo especial cuando vio a Tarzán precipitarse sobre Terkoz fue la estría de intenso color escarlata que surcaba su frente, desde un punto por encima del ojo izquierdo hasta el cuero cabelludo. Sin embar­go, al examinar ahora los rasgos del hombre obser­vó que aquella señal había desaparecido y en el lugar donde estuvo apenas se apreciaba una tenue línea blanca.

Al notar que la joven había adoptado una actitud nada batalladora, Tarzán alivió ligeramente la pre­sión sobre ella.

Bajó una vez la mirada hacia los ojos de la mucha­cha, le sonrió, y Jane se apresuró a cerrar los pár­pados para excluir de su vista aquel rostro bello y atrayente.

Tarzán saltó a la enramada y Jane, al tiempo que se asombraba de no experimentar ningún miedo, empe­zó a percatarse de que, en muchos aspectos, jamás se había sentido más segura en toda su vida que en los brazos de aquella criatura fuerte y salvaje que la trans­portaba sólo Dios sabía hacia qué destino, adentrán­dola cada vez más profundamente en la selvática e intrincada floresta de aquella jungla indómita.

Cerrados los párpados, empezó a especular acer­ca de lo que podía reservarle el futuro y su vivaz ima­ginación alumbró negros temores, pero en cuanto abrió los ojos y vio aquel noble semblante cerca del suyo, se disipó automáticamente hasta el último resi­duo de aprensión.

No, él no podía hacerle daño; tuvo el convencimiento absoluto de ello al llegar, a través de la hermosura de las facciones y la sinceridad de los ojos, al fondo de la caballerosidad que auguraban.

Continuaron adelante, traspasando lo que a Jane le parecía una sólida masa de vegetación que, no obs­tante, parecía agrietarse como por arte de magia para franquear el paso del dios de la selva y luego volvía a cerrarse a sus espaldas.

Apenas llegaba a rozarle una rama, pese a que por arriba y por abajo, por delante y por detrás, lo úni­co visible era un auténtico muro formado por ramas y enredaderas intrincadamente entrelazadas. Mientras avanzaba a ritmo uniforme, nuevos y extraños pensamientos se agitaban en la mente de Tarzán. Se le había planteado un problema que apa­recía ante él por primera vez y, más que pensarlo, presintió que no iba a tener más alternativa que la de afrontar la cuestión como hombre y no como simio.

Moverse libremente por el nivel medio de la enra­mada, ruta que había seguido durante la mayor par­te del trayecto, contribuyó a enfriar el fuego de la pri­mera pasión ardorosa de su recién descubierto amor.

Se sorprendió a sí mismo especulando acerca del destino que habría sufrido la joven de no haberla res­catado de las garras de Terkoz.

Sabía por qué no la había matado inmediatamente el mono y empezó a comparar sus propias intencio­nes con las de Terkoz.

Ciertamente, la ley de la selva decretaba que el macho tomase a la hembra por la fuerza, ¿pero podía Tarzán regirse por las leyes de la selva?

¿No era Tarzán un hombre? ¿Cómo actuaban los hombres? Se quedó confuso: no lo sabía.

Le hubiera gustado poder pregonárselo a la joven, pero entonces se le ocurrió que ella le había infor­mado ya al forcejear como lo hizo, aunque inútilmente, con ánimo de rechazarle y escapar.

Ahora, sin embargo, habían llegado a su destino y Tarzán de los Monos, con Jane en sus robustos bra­zos, aterrizó suavemente en el muelle césped de la explanada donde los grandes monos celebraban sus consejos y se entregaban a las orgiásticas y salvajes danzas del Dum-Dum.

Aunque había recorrido muchos kilómetros, ape­nas era media tarde y la luz que se filtraba a través del tupido follaje circundante bañaba alegremente el anfiteatro.

La alfombra verde del césped, fresca y blanda, era toda una invitación.

Los mil y un ruidos de la jungla parecían tan remo­tos y apagados que eran como tenues ecos de soni­dos confusos cuyo volumen subía y bajaba como el rumor del oleaje sobre una playa lejana.

Una sensación de soñolienta placidez se abatió sobre Jane cuando su cuerpo se hundió en la suavi­dad de la hierba, donde Tarzán la había depositado. La muchacha levantó la mirada hacia la gigantesca figura del hombre que se alzaba sobre ella y cuya pre­sencia añadía una extraña impresión de perfecta seguridad.

A través de los párpados entrecerrados, la mucha­cha observó a Tarzán. El hombre-mono cruzó el pequeño claro circular hacia los árboles del otro extre­mo. Jane admiró la gracia majestuosa de sus anda­res, la elegante simetría de su figura magnífica y el equilibrio de su espléndida cabeza sobre los anchos hombros.

¡Qué criatura tan perfecta! Bajo aquel soberbio aspecto exterior no podía haber el más mínimo aso­mo de crueldad ni de vileza. Jane Porter pensó que, desde que Dios creó el primer hombre a su imagen y semejanza, no había pisado la faz de la tierra ningún otro como aquel que ella tenía delante.

Tarzán dio un salto y desapareció entre los árbo­les. La muchacha se preguntó a dónde iría. ¿Acaso iba a dejarla abandonada a su suerte en aquel rin­cón solitario de la selva?

Lanzó una inquieta mirada a su alrededor. Cada arbusto, cada matorral parecía el escondite desde el que acechaba alguna fiera enorme y espantosa, a la espera del momento oportuno para abalanzarse sobre ella y hundirle los colmillos en la tierna carne. Todos y cada uno de los ruidos se amplificaban y con­vertían en el furtivo rumor de un cuerpo maligno y sinuoso que se arrastraba hacia ella.

¡Qué distinto era todo ahora que él se había alejado! Durante unos minutos, que a la sobrecogida muchacha le parecieron horas, la joven permaneció sentada con los nervios de punta, temiendo el salto del bicho agazapado que de un momento a otro pon­dría fin a su angustioso miedo.

Estuvo a punto de rezar para que llegasen de una vez aquellos crueles dientes que la sumirían en la inconsciencia y la librarían del tormento del pánico.

Oyó un leve y súbito ruido a su espalda. Se puso en pie al tiempo que emitía un chillido y dio media vuelta para encarar su fin.

Y allí estaba Tarzán con los brazos cargados de fru­tos maduros y apetitosos.

La muchacha vaciló y hubiera ido a parar al sue­lo de no haber soltado Tarzán su cargamento para cogerla entre sus brazos. Jane Porter no perdió el conocimiento, sino que se apretó contra el hombre­mono, estremecida y temblorosa como un cervatillo asustado.

Tarzán de los Monos le acarició la suave cabelle­ra y trató de tranquilizarla y consolarla como Kala hacía con él cuando era una pequeña cría de mono y Sabor, la leona, o Hista, la serpiente, lo asustaban.

Tarzán posó con suavidad los labios en la frente de Jane y, en vez de removerse, la muchacha cerró los ojos y suspiró.

Ni podía ni deseaba analizar sus sentimientos. Ni siquiera intentarlo. Se sentía satisfecha con la seguridad que le comu­nicaban aquellos brazos robustos y con dejar que su futuro lo decidiera el destino; porque las últimas horas le habían enseñado a confiar en aquella extraordi­naria criatura salvaje de la jungla como hubiera con­fiado en muy pocos hombres de los que conocía.

Al reflexionar en lo extraño que era todo aquello, en su imaginación nació la idea de que, posiblemen­te, acababa de conocer algo que en realidad nunca había conocido: el amor. Se quedó un poco descon­certada y luego sonrió.

Sin borrar la sonrisa de sus labios, apartó de sí suavemente a Tarzán y, mirándole con una expresión entre risueña e irónica, que confería a su semblan­te un encanto absolutamente hechicero, la mucha­cha señaló con el índice los frutos del suelo y se sentó sobre el borde del tambor de barro de lo santropoides. El hambre anunciaba que había llegado.

Tarzán recogió rápidamente los frutos y los depo­sitó a los pies de Jane. Después se sentó en el suelo, junto a la joven, y cortó y preparó con el cuchillo las diversas piezas, disponiéndolas para que la mucha­cha las degustara.

Comieron juntos y en silencio; de vez en cuando se lanzaban alguna que otra sigilosa mirada de reojo, hasta que, por último, Jane estalló en una alegre car­cajada, risa a la que Tarzán se sumó de inmediato.

-Me gustaría que hablase inglés -dijo Jane.

Tarzán meneó la cabeza y una expresión de anhe­lo mustio y patético puso seriedad en sus hasta un segundo antes rientes pupilas.

Jane probó a hacerse entender en francés y luego en alemán, pero al final no pudo contener la risa ante su propia torpeza con la lengua germana.

De cualquier modo se dirigió a él nuevamente en inglés.

-Ha entendido usted mi alemán tan estupenda­mente como me lo entendieron en Berlín.

Tarzán había decidido ya bastante rato antes cuál iba a ser su futura forma de actuar. Había dispues­to de tiempo suficiente para rememorar cuanto leyó en los libros de la cabaña acerca de la conducta de los hombres y mujeres. Se comportaría como imagi­naba que se hubieran comportado en su lugar los hombres de los libros.


Se puso en pie de nuevo y se adentró en la flores­ta, pero no sin intentar previamente indicar a Jane, por señas, que volvería en seguida. Tuvo éxito con el intento, porque la muchacha le comprendió y esa vez no experimentó miedo alguno cuando él se fue.

Miedo no, pero sí le asaltó cierta sensación de soledad, clavó la mirada en el punto por donde Tarzán había desaparecido y, fijos allí sus ojos anhe­lantes, aguardó su regreso. Como en la ocasión anterior, un leve rumor que se produjo a su espal­da informó a la joven de la presencia del hombre­mono. Jane dio media vuelta y le vio acercarse a través del césped, cargado con una gran brazada de ramas.

A continuación, Tarzán se perdió nuevamente den­tro de la jungla, para reaparecer al cabo de quince minutos con cierta cantidad de hierbas y helechos. Efectuó dos excursiones más, cuyo resultado fue un buen montón de materiales.

Extendió en el suelo las hierbas y los helechos, de manera que formasen una cama bastante blanda. Por encima de la misma colocó gran número de ramas, que inclinó y unió en el centro del lecho, a unos cuantos palmos de altura. Sobre las ramas dispuso varias capas de grandes hojas de las llamadas oreja de elefante. Cerró con más ramas y hojas uno de los extremos del peque­ño cobertizo que acababa de levantar.

Luego se sentó junto a la muchacha en el borde del tambor de barro y trató de hacerse entender por señas.

A Jane le había maravillado e intrigado sobrema­nera el magnífico guardapelo con engarce de dia­mantes que Tartán llevaba colgado del cuello.

Se lo señaló con el dedo a Tarzán y éste se lo qui­tó al instante y tendió la joya a la muchacha. Jane observó que era obra de un buen orfebre y que los diamantes tenían un brillo y una pureza extra­ordinarios y estaban artísticamente engarzados. Sin embargo, su talla pertenecía, evidentemente, a una época bastante antigua.

Comprobó también que el guardapelo se abría y, al presionar el broche oculto, las dos mitades se sepa­raron y en cada una de las caras interiores apare­cieron sendas miniaturas en marfil. Una de ellas era el retrato de una dama de gran belleza y la otra muy bien podía ser el del hombre que en aquel momento tenía al lado, aunque se aprecia­ba una sutil diferencia en la expresión del rostro, algo difícil de definir.

Jane Porter miró a Tarzán, al que sorprendió incli­nado sobre ella para ver mejor las miniaturas, a las que miraba con cara de asombro. Alargó la mano hacia el medallón y lo tomó de la mano de la mucha­cha. Examinó los retratos con inconfundibles mues­tras de sorpresa y renovado interés. Su actitud indi­caba con toda claridad que los veía por primera vez, que no se le había ocurrido nunca que el guardape­lo pudiera abrirse.

Tal circunstancia provocó en Jane nuevas espe­culaciones, pero no fue capaz de imaginar cómo pudo haber llegado la joya a poder de una criatura salva­je de las inexploradas junglas africanas. Más sorprendente resultaba todavía el que uno de los retratos que guardaba en su interior el guarda­pelo fuese el de alguien que muy bien podía ser un hermano, o más probablemente, el padre de aquel semidios de la selva que incluso ignoraba que el meda­llón se abría.

Tarzán continuaba mirando con firme insistencia los dos rostros de marfil. Luego se descargó el carcaj del hombro, vació las flechas sobre el suelo, introdujo la mano hasta el fondo de aquel receptáculo pareci­do a una bolsa y extrajo un objeto plano, envuelto en varias hojas suaves y atado con cordeles hechos a base de largas hierbas.

Lo desenvolvió con sumo cuidado, fue quitando las capas de hierba una tras otra hasta que, finalmente, en su mano quedó una fotografía.

Al tiempo que señalaba la miniatura del hombre que había en el guardapelo tendió a Jane la fotografía, que puso junto al abierto medallón.

La fotografía no sirvió más que para incrementar el desconcierto de la joven, ya que saltaba a la vista que se trataba de otra imagen del mismo hombre cuyo retrato ocupaba una mitad del guardapelo, al lado de la miniatura de la guapa y joven dama.

Cuando Jane alzó la mirada hacia Tarzán, obser­vó que la expresión que brillaba en los ojos de éste era de inconcebible asombro. En los labios del hom­bre parecía estar formándose una pregunta.

La muchacha señaló la fotografía, después llevó el índice a la miniatura y, por último, apuntó a Tarzán, como si estuviera indicándole que pensaba que el hombre del retrato era él. Pero el hombre mono se limitó a menear la cabeza, después encogió sus amplios hombros, cogió la fotografía de manos de Jane y, tras envolverla de nuevo cuidadosamente, la puso otra vez en el fondo de la aljaba.

Permaneció unos instantes más sentado en silen­cio, con la vista clavada en el suelo, mientras Jane le daba vueltas en la mano al guardapelo, como si eso pudiera proporcionarle algún indicio susceptible de conducirla a la identificación del dueño original de la joya.

Por último, se le ocurrió una explicación sencilla.

El guardapelo perteneció a lord Greystoke y los retratos eran de él y de lady Alice.

La salvaje criatura que estaba a su lado simple­mente lo encontró en la cabaña de las proximida­des de la playa. Qué estúpida había sido al no haber pensado antes en tal solución.

Pero explicarse aquel extraño parecido entre lord Greystoke y el dios de la floresta... eso era algo situa­do lejos de sus facultades; y nada tenía de extraño que le fuese imposible de todo punto imaginar que aquel salvaje desnudo fuera realmente un aristócra­ta inglés.

Por último, Tarzán levantó la vista del suelo y miró a la muchacha, que seguía examinando el guarda­pelo. Para Tarzán, el significado de los retratos aque­llos constituía un misterio insoluble, pero sí le fue posible percibir el interés y la fascinación que refle­jaba el rostro de la adorable y vivaz criatura que estaba a su lado.

Ella se percató de que la estaba mirando y supu­so que deseaba que le devolviera su adorno. De modo que se lo tendió. Tarzán lo tomó, cogió la cadena con las dos manos y colgó el medallón en el cuello de Jane. Sonrió al ver la cara de sorpresa que puso la mucha­cha ante aquel regalo inesperado.

Jane sacudió la cabeza negativa y vehementemente y se hubiera quitado de la garganta la cadena de oro, pero Tarzán no se lo permitió. Cada vez que la mucha­cha pretendía hacerlo, él le cogía las manos y se las retenía para impedírselo.

Jane acabó por desistir y, con una leve risita, se llevó el medallón a los labios. Tarzán no sabía qué significaba exactamente aquel ademán, pero se figuró con bastante acierto que era su forma de darle las gracias por el obsequio, de modo que se puso en pie, tomó el guardapelo con una mano, se inclinó ejecutando una reverencia digna de cual­quier cortesano de otros tiempos y posó los labios en el punto donde habían descansado segundos antes los de Jane.

Fue un cumplido majestuoso y galante, ejecuta­do con una gracia y dignidad espontáneas, absolu­tamente desprovistas de afectación. Era el sello de su cuna aristocrática, el producto de muchas genera­ciones de educación refinada, el instinto hereditario de una donosura y gentileza que no podía erradicar así como así una existencia selvática, una crianza y formación vividas en un ambiente salvaje.

Empezaba a oscurecer, de modo que volvieron a comer aquellos frutos que les servían de alimento sóli­do y de bebida. Luego Tarzán se levantó, condujo a Jane al pequeño cobertizo que había construido y le indicó que entrara.

Por primera vez en el curso de las últimas horas, el miedo pareció invadir el ánimo de Jane y Tarzán notó que se apartaba, que se encogía frente a él.

La relación directa con aquella muchacha, el haber alternado con ella durante medio día hizo que el Tarzán del anochecer fuese un hombre muy distin­to al Tarzán de la salida del sol por la mañana. Ahora, en todas y cada una de las fibras de su ser, la herencia de su linaje se dejaba oír con más clari­dad y volumen que la formación y el adiestramiento en la selva.

No se había transformado, por obra y gracia de una transición rápida, de salvaje hombre-mono en distinguido caballero, pero ahora predominaba el instinto del abolengo y, por encima de todo, el deseo de complacer a la mujer de la que se había enamo­rado, de presentar ante sus ojos una buena imagen personal.

De forma que Tarzán de los Monos hizo lo único que sabía iba a brindar garantías de seguridad a Jane. Sacó de la vaina su cuchillo de monte y se lo ofreció a la joven, por la empuñadura. Después le indicó otra vez que entrase en el pequeño chamizo.

La muchacha comprendió y, tras coger el cuchillo, entró en el refugio y se echó sobre el mullido lecho de hojas, mientras Tarzán de los Monos se estiraba a su vez en el suelo, ante la entrada del cobertizo.

Y así los encontró el sol al salir a la mañana si­guiente.

Tras despertarse, Jane tardó unos momentos en recordar los extraños acontecimientos del día ante­rior y lo primero que hizo fue extrañarse del lugar donde se encontraba: el emparrado, las hierbas que formaban el lecho y el panorama nada familiar que se le ofrecía a través del hueco de la entrada abierto a sus pies.

Poco a poco las circunstancias de la situación fue­ron irrumpiendo una tras otra en el cerebro de Jane. Luego, un enorme asombro irrumpió en su ánimo... seguido por una oleada de agradecimiento por el hecho de encontrarse sana y salva después de haber afrontado tan terribles peligros.

Se desplazó hasta la entrada del chamizo para bus­car a Tarzán. El hombre-mono había desaparecido, pero el miedo no asaltó esta vez a Jane,* porque tenía la certeza de que iba a volver.

Vio la huella que había dejado el cuerpo del hom­bre sobre la hierba, a la entrada del refugio, donde Tarzán permaneció tendido toda la noche, velando el sueño de la joven. Jane no ignoraba que eso le había permitido a ella descansar apaciblemente y en com­pleta seguridad.

Con Tarzán cerca, ¿quién podía sentir miedo? Jane se preguntó si existiría en la Tierra otro hombre jun­to al cual una muchacha pudiera sentirse tan segu­ra en el corazón de la salvaje jungla africana. Ya no la asustaban leones ni panteras.

Alzó la mirada y vio el atlético cuerpo de Tarzán saltar ágilmente al suelo desde las ramas de un árbol próximo. Al notar sobre sí la mirada de la joven, el semblante del hombre-mono se iluminó con aquella sonrisa franca y radiante que el día anterior había hecho que se desvaneciera toda la desconfianza de la muchacha.

Al acercársele Tarzán, el corazón de Jane aceleró sus latidos y sus pupilas brillaron como jamás lo hicie­ron ante la proximidad de ningún hombre.

Tarzán volvía de nuevo cargado de frutos, que depo­sitó a la entrada del cobertizo. Volvieron a sentarse juntos a comer.

Jane empezó a preguntarse qué planes tendría Tarzán. ¿La devolvería a la playa o pensaba retener­la allí, en la selva? Se dio cuenta de pronto de que tal cuestión no parecía preocuparle gran cosa. ¿Cómo era posible que le importase tan poco?

Empezó también a darse cuenta de que se sentía contentísima de encontrarse allí, sentada junto a aquel sonriente gigante, comiendo frutos realmente deliciosos en un paraíso silvestre situado en el remo­to corazón de la jungla de África... Más que satisfe­cha y contenta, se sentía feliz.

No lograba entenderlo. La razón le decía que lo lógi­co era que le desgarrasen el alma angustias atro­ces, que temores pavorosos la abrumaran y que los más sombríos presagios entenebreciesen su espíri­tu. Y, en cambio, su corazón parecía cantar y sus labios sonreían en respuesta al atractivo rostro del hombre con el que estaba departiendo.

Cuando terminaron de desayunar, Tarzán se enca­minó al cobertizo y recuperó su cuchillo. La mucha­cha se había olvidado por completo del arma. Com­prendió que eso fue porque también se había olvidado del miedo que la apremió a aceptarlo.

Tras indicarle mediante una seña que le siguiera, Tarzán se dirigió a los árboles que bordeaban la expla­nada. La cogió con uno de sus robustos brazos y sal­tó a una rama.

La joven supo que la llevaba de nuevo junto a los suyos y le resultó imposible explicarse el repenti­no sentimiento de soledad y tristeza que se apo­deró de su ánimo.

Se desplazaron por las enramadas durante varias lentas horas.

Tarzán de los Monos no se daba prisa. Pretendía disfrutar al máximo del agradable placer de aquel via­je, con los brazos de la muchacha alrededor de su cuello, así que se desvió hacia el sur, apartándose bastante de la ruta directa a la playa.

Se detuvieron varias veces a descansar brevemen­te, aunque Tarzán no lo necesitaba, y al mediodía hicieron un alto de una hora, a la orilla de un ria­chuelo, donde almorzaron y calmaron la sed. De modo que el ocaso estaba ya al caer cuando lle­garon al calvero. Tarzán se dejó caer al suelo junto a un árbol gigantesco, separó las altas hierbas de la selva y le señaló a Jane la cabaña. La joven le cogió de la mano para llevarle a la cons­trucción, a fin de poder contarle a su padre que aquel hombre le había salvado la vida, le había evitado un destino peor que la muerte y la había cuidado con tan­ta solicitud como hubiera podido hacerlo una madre.

Pero la timidez propia de los seres de la selva fren­te a la sociedad civilizada y sus costumbres se apo­deró de Tarzán de los Monos. Retrocedió, al tiempo que denegaba con la cabeza. La muchacha se le acercó y le dirigió una mirada suplicante. No sabía exactamente cómo y por qué, pero no podía soportar la idea de que Tarzán volvie­se sólo a las profundidades de aquella espantosa selva.

Él sacudió de nuevo la cabeza y, finalmente, atrajo suavemente a la muchacha y se inclinó para besarla. Pero antes de atreverse a ello la miró a los ojos y duran­te un segundo trató de percibir alguna señal que le indi­cara si la joven lo aceptaría gustosa o si le rechazaría.

Jane vaciló y luego se hizo cargo de la situación, le echó los brazos al cuello, atrajo hacia la suya la cara de Tarzán y le besó... sin rubor ni recato.

-Te quiero... te quiero -murmuró.

Debilitado por la distancia llegó el estampido de numerosas detonaciones. Jane y Tarzán levantaron la cabeza. Por la puerta de la cabaña salieron Esme­ralda y el señor Philander.

Desde el punto donde se hallaban Tarzán y la muchacha no podían ver los dos buques fondeados en la bahía.

Tarzán señaló en la dirección en que procedían los ruidos, se tocó el pecho con la mano y volvió a seña­lar. Jane comprendió. Se proponía ir hacia allí, y algo le dijo a la muchacha que lo hacía porque pensaba que su gente, la de Jane, estaba en peligro.

Tarzán la besó de nuevo.

-Vuelve a mi lado -susurró la joven-. Te espera­ré... siempre.

Tarzán se alejó... y Jane dio media vuelta y echó a andar a través del claro, hacia la cabaña.

El señor Philander fue el primero en ver que algo se les acercaba. Había oscurecido mucho y el señor Philander era miope de veras.

-¡Rápido, Esmeralda! -apremió-. Vamos dentro de la cabaña, donde estaremos seguros. ¡Es una leona! ¡Dios me valga! Esmeralda no se entretuvo en comprobar si lo que había visto el señor Philander correspondía a la rea­lidad. El tono de voz del hombre fue suficiente para ella. Y antes de que el señor Philander hubiese ter­minado de pronunciar el nombre de Esmeralda, ésta ya se había refugiado en la cabaña y atrancado la puerta. «¡Dios me valga!» exclamó el señor Philander empavorecido al descubrir que Esmeralda, en el fre­nético arrebato de sus prisas, había cerrado la puer­ta dejándole a él en la parte exterior, por donde se acercaba la leona.

El hombre golpeó furiosamente la recia hoja de madera.

-¡Esmeralda! ¡Esmeralda! -chilló-. ¡Déjame entrar! Está a punto de devorarme un león.

Esmeralda dio por sentado que los ruidos que sona­ban en la puerta los producía la leona en su intento de echarle las zarpas encima, así que, para no fal­tar a su costumbre, se desmayó. El señor Philander lanzó por encima del hombro una sobrecogida mirada.

¡Horror! La fiera estaba ya a dos pasos. El hombre intentó trepar por la pared de la cabaña y logró asir­se a la paja del tejado.

Permaneció allí colgado unos instantes, tratando de afirmar los pies en la pared, como un gato que intenta aferrar las uñas a una cuerda de tender la ropa, pero, al final, la paja se desprendió y el señor Philander, precediéndola en la caída, fue a dar con la espalda en el suelo.

Y durante los escasos segundos que duró el pre­cipitado descenso, a su memoria acudió un de­talle importante de historia natural. Parece ser, o así creía recordarlo el señor Philander, que si uno finge estar muerto, se supone que los leones de ambos sexos hacen caso omiso del presunto cadáver. De modo que el señor Philander permaneció com­pletamente inmóvil, en la misma postura en que cayó, petrificado y con todo el hórrido aspecto de la muer­te. Y dado que en el momento en que su espalda tomó contacto con el suelo el hombre tenía los brazos y las piernas extendidos rígidamente, a la postura en que quedó «muerto» podía aplicársele cualquier califica­tivo menos el de impresionante. Jane había observado aquellas excentricidades con benévola sorpresa, pero al final no pudo contener la risa... una carcajada en forma de sofocado gorjeo, pero que fue suficiente. El señor Philander se dio la vuelta, para quedar de costado, y sus ojos de corto de vista escudriñaron a fondo el terreno. Por fin, des­cubrió a la muchacha.

-¡Jane! -exclamó-. ¡Jane Porter! ¡Dios bendito! Se puso en pie trabajosamente y corrió hacia la joven. No podía creer que Jane estuviese allí, viva.

-¡Santo Dios! ¿De dónde sale? ¿Dónde diablos ha estado? ¿Cómo...? -Apiádese de mí, señor Philander -le interrumpió la muchacha-. Me será imposible responder a tantas preguntas.

-Bueno, bueno -dijo el señor Philander-. ¡Dios ben­dito! Estoy tan henchido de sorpresa y tan eufórico de alegría al volver a verla sana y salva que no sé lo que me digo, la verdad. Pero, venga, cuénteme en seguida qué le ha pasado.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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