Tarzán de los monos: Hombre y hombre

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo IX: Hombre y hombre


Durante varios años, Tarzán llevó aquella existen­cia salvaje en la jungla sin que se produjeran gran­des cambios, aparte el hecho de que su cuerpo se robusteció, su cerebro adquirió más conocimientos y fue aprendiendo en los libros más y más cosas acer­ca de los mundos extraños que se extendían más allá de la selva virgen que era su patria.

Para él, la vida nunca era tediosa ni monótona. Siempre quedaban Pisah, el pez al que pescar en los numerosos riachuelos y lagunas, y Sabor, con sus feroces primos, que le obligaban a uno a mantener­se en continua alerta y animaban todo momento que Tarzán anduviera por el suelo.

Aunque era mucho más frecuente que fuese Tarzán quien acosase a las fieras, a menudo, éstas le perseguían a él y, si bien nunca llegaron a alcan­zarle con sus afiladas y crueles garras, hubo oca­siones en las que apenas habría podido pasar una hoja entre las uñas de aquellas zarpas y la tersa piel del muchacho.

Rápida era Sabor, la leona, y rápidos eran Numa y Sheeta, pero Tarzán de los Monos era un auténti­co relámpago.

Se hizo amigo de Tantor, el elefante. ¿Cómo? No lo preguntéis. Pero todos los habitantes de la jungla sabían que, muchas noches de luna, Tarzán de los Monos y Tantor, el elefante, paseaban juntos y, cuando el camino estaba despejado, Tarzán cabalgaba sobre los formidables lomos de Tantor.

Durante aquellos años, el muchacho se pasaba muchos días en la cabaña de su padre, donde aún permanecían intactos los huesos de sus progenito­res y el esqueleto del hijo de Kala. A la edad de die­ciocho años, Tarzán leía con cierta fluidez y entendía casi todo lo que repasaban sus ojos en los abundan­tes y variados libros que ocupaban los anaqueles.

También sabía escribir, a base de letras de impren­ta, con rapidez y claridad, pero no dominaba la caligrafía, ni mucho menos, porque aunque entre los libros que constituían su tesoro no faltaban algunos cua­dernos para ejercitarse en la escritura a mano, en la cabaña no abundaba precisamente el inglés manus­crito y, por otro lado, Tarzán tampoco consideró que mereciese la pena molestarse en practicar aquella otra forma de trazar las letras, aunque, si se esforzaba un poco, podía leer también tal escritura.

Así, nos encontramos con un lord inglés de die­ciocho años que no sabe pronunciar una palabra en su idioma, pero que sí sabe leerlo y escribirlo. Aparte de sí mismo, nunca había visto ser humano alguno, porque el reducido territorio que recorría su tribu no lo surcaba ningún río importante por el que circulasen indígenas salvajes de tierra adentro.

Altas colinas cerraban aquel espacio por tres lados; el océano lo limitaba por el cuarto. Era una zona por la que pululaban leones, leopardos y serpientes vene­nosas. Sus laberintos vírgenes de maleza enmara­ñada no habían seducido jamás a ningún audaz explo­rador humano incitándole a aventurarse al otro lado de la frontera de aquella jungla en busca de anima­les salvajes.

Pero un día, estaba Tarzán de los Monos sentado en la cabaña de su padre, dedicado a profundizar en los misterios de un nuevo libro, cuando la inviolabi­lidad de la selva se rompió para siempre. En el remoto confín oriental del territorio, una extra­ña caravana franqueó, en fila india, la cima de un monte de escasa altura.

Formaban la vanguardia cincuenta guerreros negros armados con delgados venablos de madera y punta endurecida a fuego lento, grandes arcos y fle­chas envenenadas. Llevaban a la espalda escudos de forma ovalada, atravesaban su nariz grandes aros y sus cabezas cubiertas de rizado pelo aparecían ador­nadas con protuberantes haces de alegres plumas.

Tatuaban su frente tres líneas paralelas de color y, en el pecho, otros tantos círculos concéntricos. Habían limado sus dientes amarillentos para que ter­minasen en aguda punta y sus labios prominentes acentuaban todavía más la bestialidad de su aspecto.

Seguían a los guerreros varios centenares de muje­res y niños; las primeras llevaban sobre la cabeza grandes fardos con enseres, utensilios de cocina y piezas de marfil. Cerraba la marcha una retaguardia de un centenar de guerreros, semejantes en todos los aspectos a los que encabezaban la comitiva.

Saltaba a la vista, a juzgar por la formación de la columna, que temían más un ataque por la espalda que los peligros que pudiesen desatar sobre ellos los ignorados enemigos que acaso estuviesen acechán­doles. Y lo cierto es que así era, porque huían del ejér­cito de los hombres blancos, que habían estado aco­sándolos para que les proporcionaran caucho y marfil, hasta que un día los guerreros se revolvieron con­tra sus conquistadores y mataron a un oficial y al pequeño destacamento de tropas de color que tenía a sus órdenes.

Durante varios días, los rebeldes se atiborraron de carne, hasta que llegó un cuerpo militar más nume­roso y bien pertrechado que desencadenó un asalto nocturno sobre la aldea, para vengar la matanza de sus compañeros.

Aquella noche, los soldados negros del hombre blanco devoraron carne hasta saciarse y lo poco que quedaba de una tribu en otro tiempo poderosa tuvo que lanzarse a la tenebrosidad de la selva virgen y huir rumbo a lo desconocido y la libertad.

Pero lo que significaba libertad y búsqueda de la dicha para aquellos negros salvajes representaba consternación y muerte para muchos de los mora­dores silvestres del nuevo hogar de los fugitivos.

A lo largo de tres jornadas, la pequeña caravana avanzó despacio por el corazón de la desconocida y hasta entonces no hollada floresta, hasta que, por último, el cuarto día, a primera hora, llegaron a un paraje, a la orilla de un riachuelo, donde la arboleda y la maleza parecía menos densa que cualesquiera de las otras zonas por las que habían pasado.

Allí pusieron manos a la obra de levantar una nue­va aldea y al cabo de un mes habían despejado una amplia explanada, en la que construyeron chozas y levantaron empalizadas protectoras. En aquel calve­ro plantaron llantenes, batatas y maíz. Reanudaron su antigua vida en su nuevo hogar. Allí no había hom­bres blancos ni soldados ni marfil ni caucho que reco­ger para unos capataces tan inhumanos y tiránicos como ingratos.

Transcurrieron varias lunas antes de que los negros se atrevieran a alejarse del núcleo constituido por su nueva aldea. Algunos habían caído ya presa de la vie­ja Sabor y como quiera que la jungla estaba tan infes­tada de aquellos salvajes félidos sedientos de sangre, sin que faltasen los leopardos y leones machos, los guerreros de ébano se lo pensaban y vacilaban mucho antes de arriesgarse a abandonar la seguridad de sus empalizadas.

Un día, sin embargo, Kulonga, hijo del viejo rey Mbonga, se adentró por la intricada espesura del oes­te. Avanzó con cautela, a punto el venablo, firmemente sujeto el escudo con la mano izquierda, escudo que lle­vaba pegado al lustroso cuerpo de ébano.

El arco colgaba a su espalda y el carcaj, sobre el escudo, iba cargado con una buena provisión de fle­chas, finas y rectas, engrasadas con aquella sustan­cia densa y oscura que convertía en mortal el más leve rasguño que produjesen.

La noche sorprendió a Kulonga a respetable dis­tancia de las empalizadas del poblado de su padre, pero el guerrero continuó caminando hacia el oeste. Decidió trepar a la horquilla de un gran árbol, don­de armó una tosca plataforma, sobre la que se acu­rrucó y se dispuso a dormir. A cinco kilómetros, por el oeste, descansaba la tri­bu de Kerchak.

Por la mañana, apenas amaneció, los monos se pusieron en movimiento y empezaron a recorrer la jungla en busca de alimento. Como tenía por cos­tumbre, Tarzán efectuó su búsqueda en dirección a la cabaña, de forma que, cuando llegase a la playa, lo hiciera con el estómago lleno.

Los simios se desperdigaron en todos los sentidos, individualmente o en parejas y tríos, sin alejarse dema­siado, siempre atentos a cualquier señal de alarma.

Kala anduvo despacio hacia el este, a lo largo de una senda de elefantes, y se atareaba revolviendo ramas y troncos podridos, en busca de suculentos animalitos y hongos comestibles, cuando un leve aso­mo de ruido no habitual le puso sobre aviso.

Por delante, el camino aparecía despejado en una longitud de cuarenta y cinco metros y, al final de aquel túnel formado por la enramada, avistó la sigilosa figu­ra de un extraño ser de aspecto terrible.

Era Kulonga.

Kala no quiso ver más, dio media vuelta automáti­camente y retrocedió apresuradamente por el sende­ro. No echó a correr; sino que, conforme a la costumbre de su pueblo cuando no era presa del nerviosismo, tra­taba de eludir más que de escapar.

Kulonga inició la persecución y fue ganando terreno. Allí había carne. Podía acabar con el simio y feste­jar aquel día con un banquete. Apretó el paso, dis­puesto el venablo para el lanzamiento. Al doblar una curva del sendero volvió a ver a la mona, en otro tramo recto. Echó el venablo hacia atrás y vibraron los músculos bajo la bruñida piel. Soltó violentamente el brazo y el arma arrojadiza salió dis­parada hacia Kala.

Un lanzamiento fallido. El venablo apenas rozó el costado de la simia.

Kala profirió un grito de rabia y dolor, al tiempo que se volvía hacia el causante de su cuita. Instan­táneamente, los árboles empezaron a crujir bajo el peso de los congéneres de la mona, que partieron celé­ricamente hacia el escenario del suceso, en respues­ta al grito de Kala. Mientras la mona se lanzaba al ataque, Kulonga se echó el arco a la cara y dispuso una flecha con increí­ble rapidez. Tensó la cuerda hacia atrás, soltó el pro­yectil y el envenenado dardo fue a clavarse, certero, en el corazón del gigantesco antropoide.

Con un espantoso alarido, Kala se desplomó de bruces, frente a los atónitos miembros de su tribu. Entre gritos y rugidos, los monos se precipitaron hacia el Kulonga, pero el precavido salvaje huía ya por el camino como un antílope asustado.

Tenía algunas noticias acerca de la saña de aquellos fieros hombres peludos y su único deseo estribaba en poner la mayor cantidad posible de kilómetros entre él y aquella horda. Los monos le siguieron una buena distancia, desplazándose a través de los árboles, pero poco a poco, uno a uno, fueron abandonando la perse­cución para regresar al escenario de la tragedia.

Ninguno de ellos había visto nunca un hombre, aparte de Tarzán, de modo que se preguntaron vaga­mente qué extraña forma de criatura podía haber invadido su selva.

En la lejana playa donde se encontraba la cabaña, Tarzán oyó los débiles ecos del conflicto y, al com­prender que algo grave estaba ocurriendo a los miem­bros de la tribu, emprendió rápidamente la marcha rumbo al lugar donde sonaba el alboroto.

Al llegar se encontró a todo el desolado clan reuni­do alrededor del cadáver de Kala. El desconsuelo y la cólera de Tarzán fueron inconmensurables. Lanzó al aire una y otra vez su espeluznante grito de desafío. Se golpeó el amplio pecho con los puños y luego se dejó caer sobre el cuerpo de su madre y estalló en sollozos que expresaban la infinita pena de su corazón solitario.

Perder a la única criatura del mundo que siem­pre le manifestó cariño y afecto era la mayor trage­dia que jamás había conocido.

¿Qué importaba que Kala fuese una mona feroz y de aspecto espantoso? Para Tarzán siempre fue bue­na, siempre fue bonita.

Sobre ella proyectó, incluso sin percatarse, todo el respeto y el cariño que cualquier muchacho inglés hubiese profesado a su madre. No había conocido otra, por lo que dio a Kala, aunque en silencio, cuan­to amor le hubiese correspondido a la encantadora lady Alice, caso de vivir ésta. Tras el primer estallido de aflicción, Tarzán se domi­nó y, al interrogar a los miembros de la tribu que ha­bían presenciado la muerte de Kala, se informó de todo lo que pudieron contarle mediante el reducido vocabulario de los simios.

Fue suficiente, sin embargo, para enterarse de lo que necesitaba saber.

Le hablaron de un extraño mono negro, carente de pelo, que llevaba plumas en la cabeza. Aquel extraño mono lanzó muerte con una rama delgada y después huyó a todo correr, con la misma velocidad que Bara, el venado, hacia el sol que se elevaba por levante.

Tarzán no aguardó más, sino que saltó a la enra­mada y voló de árbol en árbol a través de la selva. Conocía las vueltas y revueltas del sendero de ele­fantes por el que escapaba el asesino de Kala, de modo que atajó por la jungla para interceptar al guerrero negro, que evidentemente seguía las tortuosas cur­vas y rodeos del camino.

Llevaba a la cadera el cuchillo de monte de su des­conocido progenitor y al hombro el rollo de cuerda. Al cabo de una hora bajó de nuevo al sendero y exa­minó minuciosamente el suelo.

En el barro blando de la orilla de un arroyo des­cubrió huellas de un pie como sólo él en toda la sel­va hubiese podido imprimir, aunque eran mucho más grandes que las suyas. Su corazón aceleró los lati­dos. ¿Sería posible que estuviera siguiendo la pista de un HOMBRE..., de alguien de su propia especie?

Había dos series de huellas, una en dirección opuesta a la otra. Lo que indicaba que el ser al que perseguía pasaba por la senda en su camino de regreso. Observaba una de las pisadas más recien­tes cuando de uno de sus bordes superiores se des­prendió una pequeña partícula de barro... Ah, la huella era muy fresca, su presa acababa de pasar por allí.

Tarzán subió de nuevo a los árboles y, con silen­ciosa celeridad, se desplazó a través de las ramas más altas, por encima del camino.

Habría recorrido cosa de kilómetro y medio cuando divisó la figura de un guerrero negro erguido en medio de un pequeño espacio abierto. Empuñaba el fino arco, preparado con una de aquellas mortíferas flechas. Frente a él, en el lado opuesto del claro, se encon­traba Horta, el jabalí, agachada la cabeza y listos para el ataque los colmillos cubiertos de espuma.

Tarzán observó maravillado aquella extraña cria­tura situada a sus pies... Tan semejante a él en la for­ma, pero tan diferente en rostro y color de la piel. En las ilustraciones de los libros retrataban al negro, pero ¡qué distintos eran los mortecinos dibujos impre­sos en comparación con aquel reluciente ser de éba­no, pleno de palpitante vida!

Mientras el hombre estaba plantado allí, tenso el arco, Tarzán reconoció en él no tanto al negro como al Arquero de su libro ilustrado:


A, de Arquero


¡Qué maravilla! A punto estuvo Tarzán de delatar su presencia por culpa de la euforia que le produjo el descubrimiento.

Pero debajo de donde se encontraba empezaron a suceder cosas. El nervudo brazo negro había echa­do atrás la flecha; Horta, el jabalí, atacaba ya; en­tonces, el negro disparó la saeta envenenada y Tarzán la vio surcar el aire con la celeridad del pen­samiento y hundirse entre las cerdas del cuello del jabalí.

Apenas la flecha había abandonado el arco de Kulonga, cuando el negro tenía otra dispuesta, pero Horta, el jabalí, se precipitó sobre él a tal velocidad que Kulonga no tuvo tiempo de dispararla. Mediante un brinco increíble, el negro esquivó la embestida del jabalí, que le pasó por debajo. Luego, el negro giró en redondo y con una rapidez impresionante clavó la segunda flecha en la espalda de Horta.

Acto seguido, Kulonga saltó a un árbol cercano.

Horta dio media vuelta para atacar a su enemigo una vez más; avanzó una docena de pasos y entonces dio como un traspié y cayó de costado. Sus múscu­los se pusieron rígidos, se relajaron convulsamente y, por último, el jabalí se quedó inmóvil.

Kulonga bajó del árbol.

Con el cuchillo que colgaba a su costado cortó varios trozos de carne del jabalí, encendió una foga­ta en mitad del sendero, asó la carne y comió todo lo que quiso. El resto lo dejó donde había caído.

Tarzán era un interesado espectador. En su sel­vático pecho ardía ferozmente el deseo de matar, pero su ansia de aprender era todavía mayor. Seguiría a aquella salvaje criatura durante un tiempo y averi­guaría de donde procedía. Le mataría en su momen­to, más adelante, una vez el negro se hubiera des­prendido del arco y de las mortíferas flechas.

Cuando Kulonga hubo concluido su refrigerio y desapareció al otro lado de un recodo del camino, Tarzán descendió silenciosamente al suelo. Cortó con su cuchillo varias tiras de carne del cuerpo de Horta, pero no las pasó por la hoguera.

Conocía el fuego, aunque sólo lo había visto en las ocasiones en que Ara, el rayo, destruyó un árbol gigan­tesco. A Tarzán le asombró enormemente que un ser de la jungla fuese capaz de producir aquellos dientes rojos y amarillos que devoraban la madera y la trans­formaban en fino polvo. Y quedaba fuera de su capa­cidad de comprensión los motivos que pudiese tener el guerrero negro para estropear aquellos deliciosos bocados aplicándolos a aquel calor abrasador. Puede que Ara fuese amigo del Arquero y que éste compar­tiera con él la comida.

De cualquier manera, Tarzán no iba a estropear de una forma tan tonta aquella estupenda carne, así que engulló una buena cantidad de ella, cruda, y luego enterró junto al sendero lo que quedaba del jabalí, donde pudiera recuperarlo cuando volviese.

A continuación, lord Greystoke se limpió los gra­sientos dedos frotándoselos en los muslos desnudos y volvió a ponerse sobre la pista de Kulonga, hijo de Mbonga, el rey; mientras en el lejano Londres, otro lord Greystoke, hermano menor del verdadero padre de lord Greystoke, devolvía al chef de su club unas chuletas que le parecían poco hechas y, tras concluir su almuerzo, introducía las puntas de los dedos en un cuenco de plata con agua perfumada y luego se las secó con una servilleta de damasco blanco como la nieve.

Tarzán siguió a Kulonga durante todo el día, sus­pendido sobre él en las ramas de los árboles, como un espíritu maligno. Le vio disparar dos veces las fle­chas de destrucción: una vez a Dango, la hiena, y otra a Manu, el mico. En ambas ocasiones, la víctima murió casi instantáneamente, porque el veneno de Kulonga estaba recién preparado y era mortal de nece­sidad.

Tarzán pensó mucho en aquel portentoso procedi­miento de muerte, mientras saltaba de un árbol a otro, tras su presa, a una distancia segura. Com­prendía que no era posible que, sólo por sí misma, la pequeña picadura de la flecha acabase tan rápida­mente con la vida de aquellos salvajes animales de la jungla, que con frecuencia se desgarraban y destro­zaban en las peleas con sus vecinos, y después, se recuperaban como si nada en la mitad de los casos.

No, aquellas minúsculas astas de madera tenían algo misterioso que provocaba la muerte con un sim­ple rasguño. Sería cuestión de estudiar el asunto.

Aquella noche Kulonga durmió en la horquilla de un árbol robusto. Tarzán de los Monos se acurrucó al acecho en otra rama, a bastante altura por enci­ma de él.

Al despertarse, Kulonga se encontró con que su arco y sus flechas habían desaparecido. El guerrero negro montó en cólera, pero se sintió más aterrado que furioso. Examinó el suelo, alrededor del árbol, y luego registró la enramada, por encima del suelo. No descubrió el menor rastro de las flechas ni del arco ni del merodeador nocturno.

El pánico se apoderó de Kulonga. No había recu­perado el venablo que arrojó sobre Kala y ahora que se veía desposeído del arco y de las flechas estaba completamente indefenso, con la excepción del sim­ple cuchillo. Su única esperanza consistía en alcan­zar la aldea de Mbonga con toda la rapidez con que las piernas pudieran llevarle.

Tenía la certeza de que no se encontraba muy lejos de casa, así que emprendió la marcha a paso ligero.

Tarzán de los Monos surgió de entre la impene­trable masa de follaje, a escasos metros, y se lanzó en silenciosa persecución del guerrero.

El arco y las flechas de Kulonga quedaron bien suje­tos en la copa de un árbol gigantesco. Con su afilado cuchillo, Tarzán arrancó del tronco del árbol, cerca del suelo, un trozo de corteza y luego desgajó par­cialmente una rama, que dejó colgando a unos quin­ce metros de altura. Así señalaba Tarzán las rutas del bosque y los escondrijos donde guardaba algo.

Kulonga continuó su marcha y Tarzán se fue apro­ximando a él hasta situarse casi encima de la cabe­za del negro. El hombre mono llevaba enrollada la cuerda en la mano derecha; se disponía a matar. Si retrasaba el instante de la ejecución era a cau­sa de su ávido deseo de averiguar el punto de desti­no del guerrero, pero la dilación tuvo su recompen­sa cuando, de súbito, apareció a la vista una amplia explanada, en uno de cuyos extremos se alzaba un buen número de extrañas guaridas.

Al efectuar el descubrimiento, Tarzán se encon­traba justo encima de Kulonga. La arboleda se inte­rrumpía bruscamente y cedía el terreno a un espacio abierto de doscientos metros de campos de cultivo, entre los limites de la selva y el poblado.

Tarzán debía actuar con rapidez si no quería que se le escapase la pieza; pero el género de vida que lle­vaba le había acostumbrado a tomar decisiones automáticamente, porque cuando se presentaba algo imprevisto no se disponía de tiempo para que media­ra la sombra de un pensamiento.

De forma que cuando Kulonga emergió de la penumbra de la selva, el lazo que remataba la sinuo­sa cuerda descendió desde la rama más baja de un robusto árbol, en el mismo borde donde empezaban los cultivos de Mbonga y el hijo del rey apenas acaba­ba de dar media docena de pasos a través del claro cuando el veloz nudo corredizo se cerró alrededor de su garganta.

Tarzán de los Monos tiró de la cuerda con tal pres­teza y energía que el grito de alarma de la víctima quedó sofocado antes de llegar a las cuerdas voca­les. Las manos de Tarzán se aplicaron a la tarea de arrastrar hacia sí el cuerpo del negro, que no cesaba de retorcerse y forcejear, en inútil resisten­cia, hasta que quedó suspendido en el aire, colga­do por el cuello. Tarzán subió entonces a otra rama más alta y tiró del guerrero, que seguía pataleando, hacia la parte superior, tras la pantalla que for­maba el denso y verde follaje.

Ató allí la cuerda a una fuerte rama y luego des­cendió a través del follaje y hundió el cuchillo en el corazón de Kulonga. Kala estaba vengada.

El hombre-mono examinó al negro meticulosamen­te; era la primera vez que veía a otro ser humano. Llamó su atención el cuchillo y la vaina del negro; se los apro­pió. También le gustó la argolla de cobre que el gue­rrero llevaba alrededor del tobillo, de modo que Tarzán la transfirió al suyo.

Contempló y admiró los tatuajes de la frente y del pecho. Se maravilló de los afilados dientes.

Estudió las plumas que adornaban la cabeza del negro y se adueñó de ellas.

A continuación, se preparó para ir a lo práctico, porque Tarzán de los Monos tenía hambre y allí había carne; carne de una pieza que él había sacrificado y que la ética de la selva le per­mitía consumir.

¿Cómo y mediante qué pautas y normas podría­mos juzgar a ese hombre-mono con cerebro, corazón y cuerpo de caballero inglés y formación de fiera sal­vaje?

Había vencido y dado muerte en lucha noble a Tublat, al que odiaba y que le correspondía con idén­tico encono, pero en ningún momento pasó por la cabeza de Tarzán la idea de comer la carne de su ene­migo. Le habría resultado tan repulsivo como nos parece a nosotros el canibalismo.

¿Pero quién era Kulonga para que no pudiera comérselo con la misma tranquilidad que a Horta, el jabalí, o a Bara, el venado? ¿Acaso no era, sencilla­mente, una más de las innumerables criaturas sal­vajes que se atacaban unas a otras para saciar el hambre que las abrumaba? Una extraña duda detuvo repentinamente su mano. ¿No le enseñaron los libros que él era un hombre?
¿Y no era también un hombre el Arquero?

¿Comían hombres los hombres? ¡Ay! Lo ignoraba. ¿A qué venían sus vacilaciones? Hizo un esfuerzo y lo intentó de nuevo, pero antes de tomar el primer bocado las náuseas le pusieron el estómago en la gar­ganta. No lo entendía.

De lo único que estaba seguro era de que no le era posible comer la carne de aquel hombre negro. Y así, el instinto hereditario, un atavismo de remotos orí­genes, asumió las funciones de su cerebro, que igno­raba no pocas cosas, y le salvó de transgredir una ley universal de cuya existencia no tenía la menor noti­cia.

Dejó rápidamente el cuerpo de Kulonga en el sue­lo, le quitó el lazo ceñido en tomo al cuello y volvió a las alturas de los árboles.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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