Tarzán de los monos: Hombres hermanos

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXIII: Hombres hermanos


Al recobrar el conocimiento, D'Arnot se encontró ten­dido en un mullido camastro de hierbas y helechos, bajo un sotechado de ramas dispuestas en forma de A.

A sus pies, más allá de la abertura del tosco cober­tizo, se extendía una explanada de verde césped y, al fondo, se alzaba el muro compacto de la selva y el bosque.

El francés se sentía dolorido y débil, y cuando recu­peró el sentido por completo tuvo plena conciencia de la tortura que representaban las crueles heridas y el sordo sufrimiento que padecían todos sus múscu­los y huesos, como consecuencia de la espeluznan­te paliza que había recibido. Incluso volver la cabeza le producía un dolor tan insoportable que permaneció inmóvil durante largo rato, con los ojos cerrados.

Se esforzó en determinar los detalles de su aven­tura previos al momento en que quedó inconscien­te, para ver si a través de ellos podía averiguar don­de se encontraba... Se preguntó si estaría entre amigos o entre enemigos.

Acabó por acordarse de todo el sobrecogedor epi­sodio de la estaca y finalmente acudió a su memo­ria la extraña figura blanca en cuyos brazos perdió el conocimiento.

D'Arnot se preguntó qué le resevaría el destino. No veía ni oía síntoma alguno de vida a su alrededor.

El incesante ronroneo de la jungla: el rumor de millones de hojas que se rozaban entre sí, el zumbi­do de los insectos, los cantos de las aves y el parlo­teo de los monos parecían mezclarse para formar un murmullo sosegado, tranquilizador, como si él se encontrase al margen, aislado de aquellos sonidos, lejos de la minada de seres cuyos rumores vitales lle­gaban a sus oídos como un eco apaciguado.

Al final concilió un sueño tranquilo, del que no vol­vió a despertar hasta la tarde. Experimentó nuevamente la insólita sensación de profunda perplejidad que caracterizó su despertar ante­rior, pero esta vez recordó en seguida su pasado inme­diato y, al mirar por la abertura del sotechado, vio a un hombre sentado en cuclillas.

Le daba la espalda, una espalda ancha y muscu­losa que, con todo lo bronceada que aparecía, per­mitió a D Arnot comprender que se trataba de la espal­da de un hombre blanco. Dio gracias a Dios. El francés le llamó con voz débil. El hombre dio media vuelta, se levantó y echó a andar hacia el tos­co cobertizo. Tenía un rostro bien parecido... A D'Arnot le pareció el rostro más atractivo que había visto en su vida.

El hombre se agachó para entrar en el refugio, se situó junto al oficial y apoyó la fresca mano sobre la frente del herido.

D'Arnot se dirigió a él en francés, pero el hombre se limitó a denegar con la cabeza. Tristemente, le pare­ció al oficial.

D'Arnot intentó trabar conversación en inglés, y el hombre reiteró su negativa moviendo la cabeza. Similar desalentador resultado obtuvo al probar con el italiano, el español y el alemán.

D'Arnot conocía algunas palabras de noruego, ruso, griego, como también chapurreaba el lenguaje de una de las tribus de negros de la costa occidental... el hombre dijo que no a todas.

Tras examinar las heridas del teniente francés, el hombre salió del cobertizo y desapareció. Al cabo de media hora estaba de vuelta con frutos y una pieza vegetal, semejante a una calabaza hueca, llena de agua.

D'Arnot bebió y comió un poco. Le sorprendía no tener fiebre. Repitió sus intentos de entablar con­versación con aquel extraño enfermero, pero fue en vano. De pronto, el hombre abandonó precipitada­mente el refugio, sólo para regresar minutos después con varios trozos de corteza de árbol y ¡oh, maravilla de las maravillas! un lapicero de grafito.

Se puso en cuclillas junto a D'Arnot y durante unos instantes estuvo escribiendo sobre la lisa parte inte­rior de un trozo de corteza. Después se lo tendió a D'Arnot.

El oficial francés se quedó atónito al ver, en bien trazados caracteres de imprenta, un mensaje en inglés:

«Soy Tarzán de los Monos. ¿Quién es usted? ¿Sabe leer en este idioma?».

D'Arnot tomó el lápiz... e interrumpió su movi­miento. Aquel extraño individuo escribía inglés... evi­dentemente tenía que ser inglés.

-Sí -dijo DArnot en voz alta-. Sé leer inglés. Y tam­bién lo hablo. Hablaremos, pues. Permítame darle primero las gracias por todo lo que ha hecho por mí.

El hombre se limitó a denegar con la cabeza y a indicar con el dedo índice el lápiz y la corteza. -¡Mon Dieu! -exclamó D'Arnot . Si es usted inglés, ¿cómo es que no sabe hablarlo?

Y entonces, de repente, la respuesta se encendió en su cerebro: aquel hombre era mudo, tal vez sordomudo.

Así que D'Arnot escribió sobre la corteza, en inglés:

«Soy Paul DArnot, teniente de la Armada de Fran­cia. Le agradezco lo que ha hecho por mí. Me ha sal­vado la vida y le pertenece todo cuanto poseo. ¿Me permite preguntarle cómo un hombre que escribe en inglés no es capaz de hablarlo?».

La contestación de Tarzán aumentó la perplejidad de D'Arnot:

«Sólo hablo el lenguaje de mi tribu, los grandes monos que pertenecieron a Kerchak; también hablo un poco de las lenguas de Tantor, el elefante, Numa, el león, y algunos otros animales de la selva. No he hablado nunca con ningún ser humano, salvo una vez con Jane Porter, con la que me entendí por señas. Esta es la primera vez que hablo con otro ser de mi propia especie mediante la palabra escrita».

D'Arnot estaba hecho un lío. Le resultaba increí­ble que existiese en la Tierra un hombre adulto que nunca hubiese hablado con otro y aún le parecía más absurdo que tal persona supiese leer y escribir.

Repasó la nota de Tarzán: «... salvo una vez con Jane Porter». Era la muchacha estadounidense que un gorila raptó y se llevó al interior de la selva.

Una súbita claridad alboreó en la mente de D'Arnot: así, pues, tenía delante al «gorila». Tomó el lápiz y escribió:

«¿Dónde está Jane Porter?».

Y Tarzán contestó, un poco más abajo:

«De vuelta con sus compañeros en la cabaña de Tarzán de los Monos».

«¿Entonces no ha muerto? Dónde estaba? ¿Qué le ocurrió?»

«No ha muerto. Se la llevó Terkoz para convertirla en su compañera, pero Tarzán de los Monos se la arrebató a Terkoz y lo mató antes de que hiciera daño a la muchacha. En toda la jungla, nadie puede hacer frente a Tarzán de los Monos, luchar con él y vivir para contarlo. Yo soy Tarzán de los Monos... lucha­dor poderoso.»

D'Arnot escribió:

«Me alegro de que Jane Porter esté a salvo. Escribir me cuesta y me duele mucho. Descansaré un poco».

Tarzán convino:

«Sí, descanse. Cuando se encuentre bien, le lle­varé con los suyos».

D'Arnot permaneció muchos días tendido en aquel mullido colchón de helechos. En el curso del segun­do le atacó una fiebre bastante alta y el hombre temió que fuese debida a alguna infección y que supusiera una muerte irremediable. Se le ocurrió una idea. Le extrañó no haber pen­sado antes en ello. Llamó a Tarzán y le indicó por señas que deseaba escribir. Cuando Tarzán le llevó el lápiz y un trozo de corteza, D'Arnot redactó:

«¿Puede llegarse a donde están mis compañeros y traerlos aquí? Les escribiré una nota, usted se la entrega y entonces le seguirán».

Tarzán sacudió la cabeza en gesto negativo y lue­go tomó la corteza:

«Ya había pensado en eso el primer día, pero no me atreví a hacerlo. Los grandes monos vienen a menu­do a este lugar y si le encontrasen aquí, herido y solo, le matarían».

D'Arnot se puso de costado y cerró los ojos. No deseaba morir, pero tenía conciencia de que la muerte se le acercaba, ya que la fiebre aumentaba pau­latinamente. Aquella noche perdió el conocimiento.

Se pasó tres días delirando y Tarzán le lavó la cabe­za y las manos y le limpió las heridas. El cuarto día, la fiebre desapareció tan repenti­namente como se había presentado, pero D'Arnot no era ya más que una sombra de sí mismo, debilitado al máximo. Tarzán tenía que incorporarlo para que pudiese beber de la calabaza.

La fiebre no había sido consecuencia de una infec­ción, como supuso D'Arnot, sino que sólo fue uno de esos accesos que acostumbran a atacar a los blan­cos en las selvas africanas y que acaban con ellos o desaparecen tan súbitamente como se disipó el del teniente francés.

Al cabo de dos días, DArnot empezó a andar con paso vacilante por el anfiteatro. El robusto brazo de Tarzán le sostenía para impedir que se cayera.

Tomaron asiento a la sombra de uno de aquellos árboles gigantescos y Tarzán se procuró una corteza lisa con la que pudieran conversar.

La primera nota la escribió D'Arnot:

«¿Cómo puedo pagarle cuanto ha hecho por mí?».

Y la contestación de Tarzán fue:

«Enséñeme a hablar el lenguaje de los hombres».

De modo que DArnot empezó de inmediato, seña­lándole los objetos familiares y repitiendo su nombre en francés, porque pensó que sería más fácil ense­ñarle su propio idioma, puesto que era el que mejor conocía.

Aquella lengua no significaba nada para el hom­bre-mono, dado que no distinguía una de otra, así que cuando señaló la palabra «hombre» escrita en la corteza, D'Arnot le enseñó que se pronunciaba homme. De igual modo aprendió a «mono», singe, y «árbol», arbre.

Era un alumno de lo más aplicado y al cabo de dos días era capaz de pronunciar en francés frases senci­llas como: «Eso es un árbol», «eso se llama hierba», «ten­go hambre» y otras por el estilo; pero D'Arnot descubrió que le resultaba difícil hacerle entender la construcción gramatical francesa sobre la base del inglés.

El teniente preparaba por escrito para él pequeñas lecciones en inglés y hacía que Tarzán las repitiese en francés, pero como la traducción literal solía resul­tar muy pobre en el idioma galo Tarzán se sentía a menudo bastante confundido.

D'Arnot se dio cuenta entonces de que había come­tido un error, pero se dijo que era demasiado tarde para retroceder y empezar de nuevo desde el princi­pio, obligando a Tarzán a olvidarse de cuanto había aprendido, sobre todo porque se aproximaban rápi­damente a un punto en el que se encontrarían en con­diciones de dialogar.

El tercer día, a partir del que desapareció la fiebre, Tarzán preguntó a D'Arnot, por escrito, si se sentía lo bastante fuerte como para regresar a la cabaña. Tarzán tenía tantas ganas de ir como D'Arnot, ya que suspiraba por ver de nuevo a Jane.

Precisamente a causa de ello le había resultado muy duro permanecer junto al francés durante todas aquellas jornadas, lo cual dice tanto en pro de su altruismo y de la nobleza de su carácter como el hecho de que rescatara al teniente de las garras de Mbonga.

D'Arnot, que también deseaba con toda el alma emprender el regreso, escribió:

«Pero no va a poder cargar conmigo todo el trayec­to a través de esa selva enmarañada».

Tarzán se echó a reír.

-Mais oui-dijo, y D'Arnot soltó a su vez una sono­ra carcajada al oír en labios de Tarzán la frase que tan a menudo pronunciaba él.

Así que se pusieron en marcha y D'Arnot no pudo por menos que asombrarse, lo mismo que se había asombrado Clayton, ante la prodigiosa fortaleza y agi­lidad del hombre-mono.

A media tarde llegaban ante el claro y cuando Tarzán saltó al suelo desde las ramas del último árbol el corazón le daba saltos de alegría en el pecho, ilu­sionado por la perspectiva de volver a ver a Jane en seguida.

Nadie aparecía por las inmediaciones de la caba­ña y el desconcierto se apoderó de D'Arnot al obser­var que ni el crucero ni el Arrow estaban fondeados en la bahía.

La atmósfera de soledad que impregnaba el para­je prendió automáticamente en ambos hombres mien­tras se encaminaban a la cabaña.

Ninguno de los dos pronunció palabra y, sin embar­go, ambos sabían, antes de abrir la puerta, lo que iban a encontrar al otro lado del umbral.

Tarzán accionó el pestillo y empujó la pesada puer­ta para que girase sobre sus goznes de madera. Se confirmaron sus temores. La cabaña estaba vacía.

Los dos hombres intercambiaron una mirada. D'Arnot sabía que sus compañeros le daban por muer­to, pero Tarzán no pensaba más que en la mujer que le había besado con amor y ahora se alejaba de su lado, mientras él ayudaba a un miembro del grupo de Jane.

Una inmensa amargura llenó el corazón de Tarzán. Volvería al interior de la selva y se integraría de nue­vo en su tribu. Jamás vería otra vez a nadie de su propia especie, ni podría soportar la idea de regresar a la cabaña. Abandonaría eso para siempre, junto con las grandes esperanzas que había alimentado de encontrar a los de su misma especie y convertirse en un hombre entre hombres. ¿Y el francés? ¿Y D'Arnot? ¿Qué iba a ser de él? No podía arreglárselas como se las arreglaba Tarzán. El hombre-mono no quería saber nada más de él. Deseaba alejarse de cuanto pudiera recordarle a Jane Porter.

Mientras Tarzán permanecía meditabundo en el quicio de la puerta, D'Arnot había entrado en la caba­ña. Observó que habían dejado allí muchos útiles. Reconoció numerosos artículos del crucero: un hor­nillo de campaña, diversos utensilios de cocina, un rifle e innumerables cartuchos de municiones, latas de alimentos en conserva, mantas, dos sillas y una colchoneta y varios libros y periódicos, en su mayor parte estadounidenses.

«Sin duda tienen intención de volver», pensó DArnot.

Se llegó a la mesa que tantos años atrás había cons­truido John Clayton para que le sirviera de escrito­rio. Allí vio dos cartas dirigidas a Tarzán de los Monos.

Una, abierta, tenía el sobre escrito con enérgica letra masculina. La otra, cerrada, era de caligrafía femenina.

-Aquí hay dos recados para usted, Tarzán de los Monos -llamó D'Arnot, al tiempo que se volvía hacia la puerta. Pero su acompañando ya no estaba allí.

D'Amot anduvo hasta la puerta y miró al exterior. El hombre mono no aparecía por ninguna parte. Le llamó a voces, pero no obtuvo respuesta.

-¡Mon Dieu! -exclamó D'Arnot . Se ha ido sin más. Lo presiento. Ha vuelto a la selva y me ha dejado aquí solo.

Entonces recordó la expresión del rostro de Tarzán al descubrir que la cabaña estaba vacía: era la expre­sión que el cazador ve en los ojos del ciervo herido sobre el que el hombre ha disparado por el puro pla­cer de abatirlo.

Tarzán había recibido un duro golpe -D'Arnot lo comprendió en aquel momento-, pero ¿por qué? El francés no lograba entenderlo.

Miró a su alrededor. La soledad y el patetismo de aquel sitio empezaban a afectarle los nervios, debi­litados ya por el sufrimiento de las heridas y de la enfermedad que había soportado. Verse solo, abandonado junto a aquella jungla esca­lofriante, sin oír nunca una voz humana, sin ver nun­ca un rostro humano, abrumado por el miedo cons­tante a las fieras salvajes y a los todavía más salvajes indígenas... presa de la soledad y la desesperanza. ¡Era espantoso!

A lo lejos, por el este, Tarzán de los Monos se desplazaba con rapidez por las ramas de los árbo­les, dispuesto a reunirse cuanto antes con su tribu. Nunca había corrido tan vertiginosamente.

Tenía la impresión de que estaba escapando de sí mismo, de que al surcar la floresta como una ardilla asus­tada huía de sus propios pensamientos. Pero por mucho que acelerase, los encontraba siempre en su cerebro.

Pasó por encima del ondulante cuerpo de Sabor, la leona, que avanzaba en dirección contraria... Hacia la cabaña, pensó Tarzán.

¿Qué podría hacer D'Arnot frente a Sabor... o frente a Bolgani, si era el gorila el que le atacaba, o frente a Numa, el león, o frente a la cruel Sheeta?

Tarzán interrumpió su huida.

-¿Qué eres tú, Tarzán? -se preguntó en voz alta-. ¿Un mono o un hombre? Si eres un mono, harás lo que los monos harían: dejar morir en la selva a uno de tu especie, si te diese la ventolera de marcharte a otra parte. Si eres un hombre, volverás para pro­teger a los de tu misma especie. No huirás dejando abandonado a uno de los tuyos porque otro se ha ale­jado de ti.

D'Arnot cerró la puerta de la cabaña. Estaba muy nervioso. Incluso a los valientes, y D'Arnot lo era, les asusta a veces la soledad.

Cargó uno de los rifles y lo dejó al alcance de la mano. Después se acercó al escritorio y cogió la car­ta abierta dirigida a Tarzán.

Era muy posible que fuese un recado para infor­mar de que los suyos sólo se habían alejado tempo­ralmente de la playa. Se dijo que leer la carta no cons­tituiría ningún atentado contra la ética, así que extrajo el papel del interior del sobre y leyó:

A Tarzán de los Monos:

Le agradecemos que nos haya permitido uti­lizar su cabaña y lamentamos que no nos haya otorgado la satisfacción de verle y darle las gra­cias en persona.

No hemos estropeado nada, aunque, por otra parte, le dejamos muchas cosas que le serán úti­les y le procurarán mayor comodidad y seguri­dad en su solitaria vivienda.

Si conoce al extraño hombre blanco que tantas veces nos salvó la vida y nos proporcionó alimento, y si se da la circunstancia de que habla con él, transmítale también nuestra gratitud por su generosidad.

Vamos a zarpar dentro de una hora y no vol­veremos nunca más, pero queremos que sepan, usted y el otro amigo de la jungla, que les esta­remos eternamente agradecidos por lo que han hecho por unos desconocidos que desembarcaron en su ribera, y que si nos hubieran brindado la oportunidad, habríamos hecho infinitamente más para compensarles. Atentamente

William Cecil Clayton

-No volveremos nunca más -murmuró D'Arnot, y se arrojó de bruces sobre la colchoneta. Una hora después se incorporó y aguzó el oído. Algo o alguien estaba a la puerta, tratando de entrar.

D'Arnot empuñó el cargado rifle y se lo echó a la cara.

Anochecía y en el interior de la cabaña reinaba la oscuridad, pero el hombre pudo ver que se corría el pes­tillo de la cerradura.

Notó que se le erizaban los cabellos.

Poco a poco, la puerta se fue abriendo y a través de la hendidura pudo vislumbrarse algo que se erguía al otro lado.

D'Arnot apuntó el azulado cañón hacia la rendija... y apretó el gatillo.

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