Tarzán de los monos: La aldea de la tortura

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXI: La aldea de la tortura


A medida que la patrulla de marineros se iba adentrando por la espesura de la selva, a la búsqueda de huellas de Jane Porter, lo inútil de la expedición se fue impo­niendo cada vez con mayor claridad en la mente de todos, pero el dolor del anciano y el desaliento que refle­jaban los ojos del joven inglés impidieron al benévolo D'Arnot dar por concluida la marcha.

Pensaba que había muchas probabilidades de que encontrasen el cuerpo de Jane, lo que quedara de sus restos mortales, ya que tenía el absoluto convenci­miento de que la habría devorado alguna fiera. Desplegó sus hombres en formación propia de esca­ramuza y, a partir del lugar donde encontraron a Esmeralda, avanzaron peinando el terreno, sudoro­sos y jadeantes a través de la maraña de matorrales y enredaderas. Era una tarea lenta. Cuando les sor­prendió el mediodía, apenas habían recorrido unos cuantos kilómetros tierra adentro. Hicieron un bre­ve alto para descansar y luego cubrieron una corta distancia, el cabo de la cual uno de los marinos des­cubrió un camino bien definido.

Era una senda de elefantes y, previa consulta con Clayton y el profesor Porter, D'Arnot decidió aven­turarse por ella.

Entre curvas y revueltas, la senda cruzaba la jun­gla en dirección nordeste y la columna avanzó por ella en fila india.

El teniente D'Arnot, a la cabeza de la patrulla, mar­chaba a ritmo vivo, porque era un camino relativa­mente despejado. Le seguía, inmediatamente detrás, el profesor Porter, pero el anciano no podía mante­ner el tren de un hombre bastante más joven y se había rezagado unos noventa metros cuando, de súbi­to, media docena de guerreros negros surgieron delan­te del oficial francés.

D'Arnot lanzó un grito para avisar a la columna, pero los negros le rodearon rápidamente y antes de que tuviese tiempo de desenfundar el revólver ya le habían maniatado y arrastrado al interior de la selva.

El grito alarmó a los marineros, una docena de los cuales salieron disparados, pasaron junto al profe­sor Porter y se precipitaron senda adelante en soco­rro de su teniente. Los marineros ignoraban la causa de aquel grito, sólo sabían que se trataba del aviso de un peligro que acechaba por delante. Había dejado atrás el punto donde apresaron a D'Arnot, cuando una jabalina lan­zada desde la jungla atravesó a uno de los marineros y, acto seguido, una lluvia de saetas cayó sobre ellos.

Los marineros se echaron el rifle a la cara y dis­pararon hacia la maleza, en dirección al lugar de don­de procedían las flechas.

Para entonces, el resto de la patrulla los había alcanzado y las carabinas dispararon andanada tras andanada contra el oculto enemigo. Eran las deto­naciones que habían oído Tarzán y Jane Porter. El teniente Charpentier, que marchaba en la reta­guardia de la columna, llegó a la escena de los últimos acontecimientos y al conocer los detalles de la embos­cada ordenó a los hombres que le siguieran y se lan­zó a la densa y laberíntica vegetación de la jungla.

Los franceses estuvieron enzarzados al instante en un combate cuerpo a cuerpo con una cincuentena de guerreros negros de la aldea de Mbonga.

Las balas y las flechas volaron rápidas y apretadas.

Exóticos cuchillos africanos y culatas de rifle fran­ceses se confundieron en duelos salvajes y san­grientos, pero los indígenas no tardaron en empren­der la retirada a través de la selva, dejando a los franceses entregados a la triste labor de contar sus bajas.

De los veinte hombres que formaban la patrulla, cuatro habían muerto, doce sufrían heridas y el teniente D'Arnot había desaparecido. La noche cerra­ba sobre ellos precipitadamente y la situación del des­tacamento francés resultó aún más comprometida cuando comprobaron que ni siquiera encontraban la senda de elefantes que habían estado siguiendo.

Sólo podían hacer una cosa: acampar donde se encontraban, hasta que amaneciese. El teniente Charpentier ordenó que se abriera un claro en la sel­va y que levantaran una barricada circular de male­za alrededor del campamento. La tarea no estuvo concluida hasta bastante des­pués de que hubiese oscurecido y los hombres encen­dieron una gran fogata en el centro del claro para dis­poner de luz mientras trabajaban. Cuando el campamento estuvo todo lo protegido que podía estar contra las fieras salvajes y los no menos salvajes hombres, el teniente Charpentier situó centi­nelas en puntos estratéticos del pequeño campamen­to y los marinos, hambrientos y cansados, se tendie­ron en el suelo y trataron de dormir.

Las quejas de los heridos, mezcladas con los rugi­dos y aullidos de las enormes bestias atraídas hacia allí por la claridad de la hoguera y los ruidos de los marineros, impidieron conciliar el sueño a los fati­gados ojos. Desconsolada y hambrienta, la patrulla pasó la noche en blanco, rezando para que amane­ciese cuanto antes.

Los guerreros negros que apresaron a D'Arnot no se quedaron allí para participar en la lucha que siguió, sino que arrastraron a su cautivo por el interior de la selva durante cierta distancia y después volvieron a la senda, un poco más adelante del lugar donde se desarrollaba el combate entre sus compañeros y los franceses.

Se alejaron con D'Arnot a toda prisa y el estruendo de la batalla fue disminuyendo de volumen a medida que ponían tierra de por medio, hasta que, de pronto, ante los ojos del teniente francés apareció una amplia explanada, al fondo de la cual se alzaba una aldea de chozas dentro de una empalizada.

Ya era de noche, pero los centinelas apostados en la estacada vieron acercarse a tres personas y, antes de que éstas llegasen al portón, ya habían observa­do que una de ellas era un prisionero. Se elevó un griterío en el interior de la empalizada. Una multitud de mujeres y niños se precipitó al encuentro de los que llegaban.

Y entonces empezó para el oficial francés la más aterradora experiencia que un hombre puede sufrir en la Tierra: la acogida que recibe un prisionero blan­co en una aldea de caníbales africanos.

Acrecentaba la crueldad del salvajismo de los alde­anos negros el agudo recuerdo de las aun más atroces brutalidades que sobre ellos y los suyos prac­ticaron los funcionarios blancos de aquel superhi­pócrita llamado Leopoldo II de Bélgica, barbarida­des que fueron la causa de que abandonaran el Estado Libre del Congo, convertidos en un deplora­ble vestigio de lo que en otro tiempo fuera una tri­bu poderosa.

Se precipitaron sobre D'Arnot con las uñas y los dientes por delante, le golpearon con estacas y pedruscos y le rasgaron la carne con manos que parecían auténticas garras. Le arrancaron hasta el último jirón de la ropa que llevaba puesta y una llu­via implacable de golpes se abatió sobre su carne desnuda y temblorosa. Pero ni un solo gemido de dolor se escapó de los labios del francés. Se limitó a rezar en silencio, rogando a Dios que le librara cuanto antes de aquel suplicio.

Pero la muerte que imploraba no se le iba a con­ceder fácilmente. Por el expeditivo sistema del garro­tazo, los guerreros apartaron rápidamente a las muje­res, alejándolas del cautivo. La intención era salvarlo para que protagonizara, como víctima, una diversión menos innoble. Y una vez apaciguado el primer arre­bato de colérica pasión, se conformaron con chillar­le, insultarle y escupirle.

Llegaron al centro del villorrio. Allí amarraron a D'Arnot a un poste del que nunca se había soltado vivo a ningún hombre.

Cierto número de mujeres se dispersaron, rum­bo a sus respectivas chozas, para preparar ollas y llenarlas de agua, mientras otras encendían una hilera de fogatas en las que hervirían los pedazos de carne del banquete. La carne restante, cortada en tiras, se pondría a secar para consumirla más ade­lante. Y esperaban que sobrara mucha, puesto que daban por supuesto que llegarían otros guerreros con más cautivos.

Los festejos se retrasaron, a la espera de que regresaran los guerreros que se habían quedado para participar en la escaramuza con los hombres blancos, por lo que ya era bastante tarde cuando todos estuvieron en la aldea y se dio principio a la danza de la muerte alrededor del sentenciado ofi­cial francés.

Medio desvanecido a causa del dolor y el agota­miento, D'Arnot observaba con los párpados entre­cerrados lo que no parecía más que una extravagan­cia delirante... o una horrenda pesadilla de la que no tardaría en despertarse.

Los bestiales rostros pintarrajeados; las bocas enor­mes, de fláccidos labios colgantes; los amarillos y afi­lados dientes; los ojos demoníacos y saltones, de mira­da inquieta; los fulgurantes cuerpos desnudos; los sanguinarios venablos. No era posible que en la Tierra existiesen semejantes criaturas; indudablemente, debía de estar soñando.

El círculo de cuerpos salvajes se fue acercando, sin abandonar sus contorsiones. Salió disparada una jabalina que le acertó en el brazo. El ramalazo de agu­do dolor y el calor que puso la sangre en su piel al resbalar por ella tras manar de la herida hizo com­prender a D'Arnot que su desesperada situación era terriblemente real, nada de pesadilla.

Le alcanzó otra jabalina. Y luego otra más. Cerró los ojos y apretó los dientes... de su boca no saldría ningún lamento.

Era un soldado de Francia y demostraría a aque­llos animales como muere un oficial y caballero. Tarzán de los Monos no necesitó ningún intérpre­te que le tradujera el significado de aquellas lejanas detonaciones. Con el calor de los besos de Jane Porter aún prendido en sus labios, voló a través del bosque, de árbol en árbol, con increíble rapidez, directamen­te hacia la aldea de Mbonga. No le interesaba el lugar donde se desarrollaba la refriega, porque supuso que el encuentro habría con­cluido en un dos por tres. A los muertos no podría ayudarlos y los que escaparan tampoco necesitarían su asistencia.

Si tenía que apresurarse por alguien era por los que sobrevivieron y los que escaparon. Y sabía que a éstos iba a encontrarlos en el gran poste del centro de la aldea de Mbonga. Tarzán había presenciado muchas veces el regre­so al poblado de las patrullas de guerreros negros que llegaban del norte con prisioneros, y siempre se repetían las mismas escenas alrededor de aquel siniestro poste, al brillante resplandor de las numerosas hogueras.

También sabía que los negros nunca perdían mucho tiempo antes de consumar el diabólico obje­tivo al que destinaban sus capturas. Así que el hom­bre-mono dudaba mucho de llegar a tiempo para hacer algo más que tomar venganza.

Continuó desplazándose a toda velocidad. Era ya noche cerrada y Tarzán surcaba el aire por las altas enramadas de los árboles, donde la espléndida clari­dad de la luna tropical caía desde las copas de los árboles para iluminar borrosamente, a través del ondulante follaje, el camino que serpenteaba abajo.

Vislumbró el fulgor de unas llamas distantes. Relucía a la derecha de su ruta. Sin duda era el res­plandor de la fogata que encendieron los dos hombre antes de que los atacasen. Tarzán ignoraba la pre­sencia de los marineros.

Tan seguro estaba Tarzán de su conocimiento de la jungla que no alteró su rumbo, sino que siguió ade­lante, pasando a unos -ochocientos metros de distan­cia de la claridad de las llamas. Era la fogata del cam­pamento de los franceses. Al cabo de unos minutos, Tarzán se encontró en los árboles situados sobre la aldea de Mbonga. ¡Ah, no había llegado demasiado tarde! ¿O sí?

La figura atada a la estaca aparecía inmóvil, pero los guerreros negros apenas la aguijoneaban. Tarzán conocía sus costumbres. No habían des­cargado aún el golpe de gracia. El hombre-mono podía determinar, con un margen de error inferior al minu­to, hasta donde había llegado en su desarrollo la dan­za de la muerte.

Dentro de un instante, el cuchillo de Mbonga cor­taría una de las orejas de la víctima: eso señalaría el principio del fin, porque muy poco tiempo después sólo quedaría en el poste una retorcida masa de car­ne mutilada.

Subsistiría en ella un resto de vida, pero sólo para implorar la misericorde llegada de la muerte. El poste se hallaba a unos doce metros del árbol más próximo. Tarzán preparó la cuerda. Y a con­tinuación, repentinamente, por encima de la infer­nal barahúnda de los gritos de los satánicos dan­zarines destacó el terrible alarido desafiante del hombre-mono.

Los bailarines se inmovilizaron, como petrifica­dos de golpe.

La cuerda emitió un tarareo rumoroso por encima de las cabezas de los negros. Su invisibilidad fue total entre el llameante resplandor de las hogueras de la aldea.

D'Arnot abrió los ojos. El gigantesco negro situado delante de él salió disparado hacia atrás como si lo hubiese empujado de pronto una mano invisible.

Bregando y chillando, el cuerpo del negro, fue dan­do tumbos a derecha e izquierda, mientras se apro­ximaba velozmente a las sombras que inundaban la zona inferior de los árboles.

Con los ojos amenazando con salírseles de las órbi­tas, a causa del terror, los negros contemplaban la escena fascinados.

Al llegar al pie de los árboles, el cuerpo se elevó en el aire y, cuando desapareció engullido por el follaje, los aterrados súbditos de Mbonga, entre gritos de pavor, emprendieron como locos la carrera hacia el portón de la aldea.

D'Arnot se quedó solo.

Era hombre valiente, pero había notado que los pelos se le pusieron de punta cuando aquel inexpli­cable alarido se elevó en el aire.

Al ver el contorsionado cuerpo del negro remon­tarse hacia la enramada como si lo izase una mano omnipotente, D'Arnot sintió un gélido escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Tuvo la impresión de que la muerte salía de una tenebrosa sepultura y apoya­ba sobre su carne un dedo viscoso y helado.

D'Arnot continuó mirando el punto de la fronda por donde había desaparecido el cuerpo del negro y no tardó en oír el rumor de algo que se movía por allí. Las ramas se combaron como si el peso de un hom­bre se hubiera apoyado en ellas, se produjo un chas­quido y el cuerpo del negro volvió a caer sobre el sue­lo, donde quedó inanimado.

Le siguió inmediatamente un hombre blanco, el cual aterrizó de pie y permaneció erguido. D'Arnot vio emerger de entre las sombras la figura de un gigantesco hombre blanco, de anatomía y extre­midades perfectamente proporcionadas, que, a la luz de las fogatas, se dirigió rápidamente hacia él.

¿Qué podía significar aquello? ¿Quién podría ser? Sin duda, un nuevo agente de suplicio y destrucción.

D'Arnot aguardó. Sus ojos no se apartaron un segundo del rostro del hombre que se le acercaba. Las claras y nobles pupilas de éste aguantaron sin vacilar la fija mirada de D'Arnot.

El francés se tranquilizó, si bien no se hizo muchas ilusiones, aunque el instinto parecía indicarle que aquel semblante no podía ser la máscara de un cora­zón inhumano.

Sin pronunciar palabra, Tarzán de los Monos cor­tó las ligaduras que sujetaban al francés. Debilitado por el sufrimiento y la pérdida de sangre, D'Arnot se habría derrumbado contra el suelo de no soste­nerlo los fuertes brazos de Tarzán de los Monos.

Notó que le levantaban en peso. Tuvo la sensación de que volaba y luego perdió el conocimiento.


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