Tarzán de los monos: La razón del hombre

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XII: La razón del hombre


En la tribu había alguien que se permitía poner en tela de juicio la autoridad de Tarzán. Se trataba de Terkoz, hijo de Tublat, al que, no obstante, el afilado cuchillo y las mortíferas flechas del nuevo señor del clan aconsejaban prudentemente limitar la manifes­tación de sus objeciones a pequeños actos de desa­cato y a mostrarse irritante de vez en cuando. Sin embargo, Tarzán sabía muy bien que el mono sólo esperaba que surgiese una oportunidad para arre­batarle el reinado mediante algún repentino golpe traicionero, así que el joven lord Greystoke se man­tenía siempre ojo avizor, en guardia contra cualquier sorpresa.

Durante meses, la vida del reducido clan continuó desarrollándose como siempre, salvo por la circuns­tancia de que la mayor capacidad intelectual de Tarzán y sus habilidades cazadoras proporciona­ban a la tribu un abastecimiento de vituallas más abundante. Por consiguiente, la mayoría de los inte­grantes de la misma se sentían contentos del cambio de jefe.

Por las noches, Tarzán los llevaba a los campos de cultivo de los negros, donde, aleccionados por las nor­mas de sensatez que les inculcaba su señor, los monos sólo consumían lo necesario, sin destruir nun­ca lo que no podían comer, cosa que acostumbraban a hacer Manu, el mico, y la mayor parte de los simios.

De esa forma, aunque los negros montaban en cólera ante el continuo pillaje de sus huertos, no se sentían desalentados a ultranza en sus esfuerzos agrí­colas, como hubiera ocurrido en el caso de que Tarzán dejara a su pueblo devastar a lo loco los campos de cultivo.

En el curso de ese periodo, Tarzán efectuó muchas visitas nocturnas a la aldea, donde repo­nía a menudo sus existencias de flechas. No tardó en observar que siempre había alimentos el pie del árbol por el que descendía al interior de la empa­lizada y, al cabo de cierto tiempo, se animó a comer lo que los negros dejaban allí.

Cuando los aterrados salvajes comprobaron que la comida desaparecía de la noche a la mañana, la cons­ternación y el temor llenaron su ánimo, porque una cosa era depositar una ofrenda de alimentos para ganarse la buena voluntad de un dios, o de un dia­blo, y otra muy distinta que el espíritu en cuestión se presentase dentro de la aldea y se comiera los ali­mentos que ellos dejaban. Tal cosa era algo insólito y en las supersticiosas mentes de los negros se for­maron nubarrones de inconcretos temores.

Y eso no era todo. Las periódicas desapariciones de flechas y las extrañas jugarretas que perpetraban manos invisibles, les habían puesto en tal estado de nervios que la vida en aquella nueva colonia que habían fundado se convirtió en una carga pesadísima, hasta el punto de que Mbonga y su estado mayor empezaron a sugerir la conveniencia de abandonar la aldea y bus­car en el interior de la selva otro paraje apropiado.

Los guerreros negros empezaron entonces a ale­jarse más y más hacia el sur, en sus expediciones de caza, y se aventuraron en el corazón de la jungla, a la búsqueda de un lugar idóneo para levantar una nueva aldea.

Aquellos cazadores errantes molestaron cada vez con más frecuencia a la tribu de Tarzán. La tranqui­lidad, la adusta soledad de la selva virgen se veía aho­ra turbada por nuevos y extraños gritos. Ya no hubo seguridad para las aves ni para las fieras. Había lle­gado el hombre. Hubo un tiempo en que otros animales recorrían día y noche la selva -animales feroces y crueles- pero sus vecinos más débiles se limitaban a huir, a ale­jarse de su proximidad para volver cuando el peligro había pasado.

Con el hombre es distinto. Cuando llega, muchos de los grandes animales se alejan instintiva y total­mente de la zona, y en raras ocasiones vuelven a apa­recer por allí; así ha ocurrido siempre con los grandes antropoides. Huyen del hombre como el hombre huye de la peste.

Durante una breve temporada, el clan de Tarzán per­maneció en las proximidades de la playa, porque al nue­vo jefe de la tribu no le hacía ninguna gracia alejarse para siempre del tesoro que albergaba la pequeña caba­ña. Pero un día, cuando un miembro de la tribu avistó una gran partida de negros en las orillas de un arroyuelo que los monos llevaban generaciones utilizando como abrevadero y observó que estaban abriendo una explanada en la selva y levantando muchas chozas, los simios comprendieron que ya no podían seguir allí: de modo que Tarzán se vio obligado a conducirlos sel­va adentro, a lo largo de varias jornadas, hasta un pun­to no hollado aún por los seres humanos.

Cada luna, Tarzán se desplazaba velozmente a tra­vés de las ramas de los árboles para pasar un día con sus libros y para reponer su arsenal de flechas. Esta última labor le resultaba cada vez más difícil de cum­plir. porque los negros habían adoptado la costumbre de guardar por la noche sus existencias en los gra­neros y en las chozas donde vivían.

De modo que a Tarzán no le quedaba más remedio que pasarse el día espiando a los indígenas para ave­riguar dónde ocultaban las flechas.

En dos ocasiones entró durante la noche en otras tantas chozas, mientras sus habitantes dormían enci­ma de sus catres, y robó las flechas del mismo costado de los guerreros. Pero comprendió que tal sistema era excesivamente arriesgado, así que empezó a sor­prender a cazadores solitarios, a los que enlazaba por el cuello con el mortal nudo corredizo. Luego les qui­taba las armas y adornos para, finalmente, dejar caer sus cadáveres desde lo alto de un árbol en medio de la calle de la aldea, durante las noches de tranquila vigilancia.

La reanudación de aquellas incursiones volvió a aterrorizar a los negros de tal suerte que, a no ser porque entre una y otra existía un mes de respiro, durante el cual los indígenas contaban con la espe­ranza de que cada incursión hubiera sido la última, pronto hubieran abandonado también la flamante aldea recién construida.

Los negros aún no habían llegado a la playa donde estaba la cabaña de Tarzán, pero el hombre-mono vivía con el alma en vilo, en constante temor de que, duran­te algún periodo en que se encontrase lejos de allí, con la tribu, una patrulla de indígenas descubriera su teso­ro y le despojara de él. A causa de ello, pasaba cada vez más tiempo en las cercanías de la última morada de su padre, y cada vez menos con el clan. Hasta que los miembros de su pequeña comunidad empezaron a protestar por el abandono en que los tenía su jefe, dado que entre ellos surgían continuas querellas, riñas y disputas que sólo el rey podía solventar por la vía pacífica.

Al final, unos cuantos monos de edad plantearon la cuestión a Tarzán y, éste permaneció un mes com­pleto con la tribu.

Los deberes que imponía el reinado entre los antro­poides tampoco eran muchos, ni espinosos, ni difíciles de solventar.

Posiblemente, por la tarde se presente Thaka, para quejarse de que Mungo le ha quitado su nueva espo­sa. Tarzán entonces ordena que comparezcan todos ante él y, si descubre que la nueva esposa en cues­tión prefiere a su nuevo señor, decreta que sigan las cosas como están. O puede que Mungo entregue un par de hijas suyas a Thaka, a guisa de intercambio.

Sea cual fuere la decisión de Tarzán, los monos la aceptan, dándola por definitiva, y todo el mundo vuelve satisfecho a sus ocupaciones habituales.

Llega luego Tana, lloriqueando a gritos y oprimién­dose un costado, por el que mana sangre. Gunto, su marido, ¡le arreó un mordisco bestial! Y Gunto, con­vocado de inmediato, alega que Tana es perezosa, que nunca le lleva nueces ni escarabajos, ni le rasca la espalda.

Así que Tarzán abronca a la pareja, amenaza a Gunto con hacerle probar el sabor de sus mortíferas astas puntiagudas si sigue maltratando a Tana y obli­ga a ésta a prometer que, en adelante, cumplirá con­cienzuda y esmeradamente sus deberes de esposa.

Y así, se trataba en general de pequeñas diferen­cias familiares que, si no se zanjaban en seguida, podían desembocar en cuestiones más graves e inclu­so en la disgregación de la tribu.

Pero Tarzán se cansó de todo aquello en cuanto se dio cuenta de que restringía su libertad. Añoraba su pequeña cabaña y el océano acariciado por el sol... la fresca temperatura del interior de la bien construida casa y las infinitas maravillas que encerraban los numerosos libros.

Descubrió que, a medida que se desarrollaba física y mentalmente, se iba sintiendo más alejado de su clan. Sus gustos eran cada vez más distantes de los de los simios. Los monos no mantenían el mismo ritmo que él, ni podían comprender los innumerables, extraños y maravillosos sueños que se creaban y recreaban en el dinámico cerebro de su rey humano. Tan reducido era el vocabulario de los simios que a Tarzán no le era posible comentar con ellos el cúmulo de nuevas ver­dades y los extensos campos de ideas que la lectura había desplegado ante los anhelantes ojos del hombre-­mono, del mismo modo que ignoraban las ambiciones que se agitaban en su espíritu.

En la tribu ya no tenía amigos entre los de su edad, como antes. Un niño pequeño puede jugar y sentir­se compañero de muchas criaturas extrañas y sen­cillas, pero un hombre adulto ha de encontrar cierta igualdad a nivel intelectual como base para una rela­ción que le resulte gratificarte.

De vivir Kala, Tarzán hubiera sacrificado todo lo demás por permanecer cerca de ella, pero la mona había muerto y los juguetones amigos de la infancia habían crecido y eran seres feroces y hoscos, por lo que el hom­bre mono prefería con mucho la paz y la soledad de su cabaña a las fastidiosas obligaciones que comportaba la jefatura sobre una turba de fieras salvajes.

El odio y la envidia que le profesaba Terkoz, el hijo de Tublat, tuvo la culpa, en gran parte, de que Tarzán no renunciara, como era su deseo, a reinar entre los monos, porque, al ser un testarudo joven inglés, no podía retirarse ante un enemigo tan malévolo.

Tarzán sabía perfectamente que, en cuanto él se marchara, elegirían jefe de la tribu a Terkoz, porque una y otra vez, aquel bárbaro animal dejó bien sen­tada su superioridad física sobre los monos machos que se atrevieron a plantarle cara, tras sentirse ofen­didos por sus salvajes intimidaciones.

A Tarzán le hubiera gustado dar una lección a aque­lla bestia antipática sin recurrir al cuchillo y a las fle­chas. Su agilidad y fortaleza habían aumentado tanto durante el periodo subsiguiente a la madurez que has­ta llegó a tener el convencimiento de que le sería posi­ble dominar al peligroso Terkoz en una lucha a brazo partido, si no fuese por la tremenda ventaja que su for­midable dentadura confería al antropoide sobre él, en el aspecto físico, escasamente armado Tarzán.

La cuestión quedó fuera de las manos de Tarzán cuando un día, intervino la fuerza de las circuns­tancias, y el futuro quedó despejado para lord Greys­toke, de forma que tuvo ante sí la posibilidad de marcharse o de quedarse, sin que la decisión que adoptara, fuera cual fuese, constituyera una mancha en su salvaje blasón.

Sucedió así:

La tribu comía tranquilamente, diseminada sobre una extensión considerable, cuando restalló un grito a cierta distancia, al este de donde se encontraba Tarzán, tendido boca abajo, a la orilla de un claro arroyo, dedi­cado a la entretenida tarea de agarrar con sus rápidas y bronceadas manos un pez de lo más escurridizo.

Al unísono, toda la tribu volvió rápidamente la cabe­za en dirección al punto donde había sonado el gri­to de terror. Todas las miradas convergieron en Terkoz, que tenía agarrada por el pelo a una hembra vieja y decrépita sobre la que descargaba despiadadamente furiosos golpes con sus enormes manazas.

Tarzán se acercó y alzó la mano indicando a Terkoz que dejase de sacudir a la anciana simia, porque aquella hembra no era suya, sino que pertenecía a un pobre mono caduco cuyos días de luchador que­daban muy lejos en el tiempo y que, por lo tanto, no podía proteger a su familia.

Terkoz estaba perfectamente enterado de que pegar a una hembra de otro infringía las leyes de su espe­cie, pero como era un matasiete pendenciero apro­vechó el desvalimiento del marido para ensañarse con la hembra porque ésta se negó a entregarle un roe­dor tierno que la anciana había capturado.

Al ver que Tarzán se acercaba sin sus flechas, Terkoz continuó sacudiendo a la pobre simia, con la calculada intención de agraviar al odiado jefe. Tarzán no repitió su señal de advertencia, sino que, por el contrario, se precipitó sobre el expectante y preparado Terkoz.

El hombre-mono no se había enzarzado en una pelea tan terrible como aquella desde la remota fecha en que Bolgani, el ciclópeo gorila rey, le infligió un severo castigo antes de que, más por casualidad que por otra cosa, Tarzán le clavase en el corazón el enton­ces recién encontrado cuchillo.

Esta vez, sin embargo, el cuchillo apenas equili­braba la eficacia asesina de los relucientes colmi­llos de Terkoz, mientras la escasa ventaja que el simio tenía sobre el hombre, en cuanto a fuerza bruta, casi quedaba compensada por la espléndida agilidad y rapidez de movimientos de este último. En el cómputo total de condiciones a favor y en contra, el antropoide contaba con una mínima ven­taja en el combate y, de no existir otros atributos per­sonales susceptibles de influir en el resultado final, Tarzán de los Monos, el joven lord Greystoke, hubie­ra muerto tal como había vivido: como una descono­cida criatura salvaje del África ecuatorial.

Pero contaba con algo que lo situaba por encima de sus compañeros de la selva, esa chispa que cons­tituye la radical diferencia existente entre el hom­bre y la bestia: la razón, la facultad de discurrir. Eso fue lo que le salvó de perecer entre los músculos de hierro y bajo los desgarradores dientes de Terkoz.

No llevaban una docena de segundos de forcejeo cuando ya rodaban por el suelo, golpeando, arañan­do, rasgando... como dos bestias feroces que pelean a muerte.

Terkoz presentaba diez o doce cuchilladas en la cabe­za y en el pecho; del cuerpo de Tarzán manaba san­gre de varias heridas y tenía medio arrancado el cue­ro cabelludo, de forma que una buena parte de él le caía sobre un ojo y le impedía la visión.

Pero el joven inglés se las había arreglado para mantener apartados de su yugular los terribles col­millos, y entonces, cuando los combatientes se con­cedieron un respiro para recuperar el aliento y la ferocidad del combate remitió momentáneamente, Tarzán ideó un astuto plan. Se las ingeniaría para situarse a la espalda de Terkoz, se aferraría a ella con uñas y dientes y acuchillaría repetidamente a su adversario, hasta acabar con el último hálito de vida del mono.

Llevó a cabo la maniobra con más facilidad de lo que había esperado, porque aquel estúpido animal, ignorante por completo de las intenciones de Tarzán, no efectuó ningún esfuerzo especial para impedir el cumplimiento de lo que su enemigo se proponía.

Pero cuando, finalmente, se percató de que Tarzán se le había pegado por detrás, de forma que a él, Terkoz, no le era posible alcanzarle con los dientes ni los puños, el simio se arrojó al suelo con tal violencia que lo único que pudo hacer Tarzán fue agarrarse desesperadamente a aquel cuerpo que giraba, se retor­cía y brincaba con frenética brusquedad. Y antes de que le fuera posible asestar la primera puñalada, el cuchillo se le escapó de la mano a causa del impacto contra el suelo. Tarzán se encontró indefenso.

Durante los tumbos y forcejeos de los minutos siguientes, Tarzán tuvo que soltar su presa una doce­na de veces, hasta que, por último, se le presentó una circunstancia favorable en el curso de las rápidas y continuas evoluciones y se encontró con que la mano derecha tenía sujeto a su enemigo de forma que éste no podía zafarse de ninguna manera.

Había pasado el brazo por debajo de la axila de Terzok, por la espalda del mono, y el antebrazo de Tarzán se ceñía al cuello de su adversario. Era lo que en la lucha libre moderna se llama llave Nelson, una presa que el hombre-mono descubrió sin que nadie se la enseñara, pero cuyo valor comprendió en segui­da, gracias a su superior capacidad de raciocinio. Allí estaba, para él, la diferencia entre la vida y la muerte.

En consecuencia, bregó para repetir la presa con el brazo y la mano izquierdos e, instantes después, el cue­llo de Terzok crujía sometido a la presión de una doble Nelson.

Ya no daban vueltas ni se retorcían. Ambos esta­ban completamente inmóviles en el suelo, con Tarzán sobre la espalda de Terzok. Poco a poco, la cabeza en forma de bala del simio se veía obligada a hundirse cada vez más en el pecho.

Tarzán sabía ya cuál iba a ser el resultado. El cue­llo del mono no tardaría en romperse. Entonces acu­dió en socorro de Terzok el mismo factor que le había colocado en aquel trance doloroso: la capacidad de razonamiento del hombre.

«Si le mato -pensó Tarzán-, ¿qué beneficios va a reportarme? ¿No privaré a la tribu de un gran lucha­dor? Por otra parte, si Terzok muere, no se enterará de mi superioridad, mientras que vivo será un ejem­plo para los demás monos.»

¿Kagoda? -siseó Tarzán al oído de Terzok, que, traducido del lenguaje de los monos, en versión libre, significa: «¿Te rindes?».

Pasaron unos segundos sin que el mono respon­diera y Tarzán incrementó ligeramente la presión, lo que arrancó un aterrado alarido de dolor al gigan­tesco simio.

¿Kagoda? -repitió Tarzán.

-¡Kagoda! -chilló Terkoz.

-Escucha -dijo Tarzán, y aflojó un poco, aunque sin soltar la presa-. Yo soy Tarzán, rey de los monos, poderoso cazador, gran luchador. En toda la selva no hay nadie tan formidable. Te has dado por vencido al decirme: «Kagoda».

-Toda la tribu lo oyó.

-No busques más pelea con tu rey ni con tus pró­jimos, porque la próxima vez te mataré. ¿Entendido? -Huh -asintió el mono.

-¿Estás conforme?

-Huh -repitió el simio.

Tarzán le soltó y al cabo de unos minutos todos habían vuelto a sus ocupaciones como si no hubiese ocurrido nada susceptible de alterar la calma de sus refugios en la selva virgen.

Pero en lo más profundo del cerebro de los simios había arraigado ya el convencimiento de que Tarzán era un luchador poderoso y una extraña criatura. Extraña porque había tenido en su mano la posibili­dad de matar a un enemigo y le permitió seguir viviendo...

Aquella tarde, cuando la tribu se reunió, como era habitual antes de que la oscuridad cayese sobre la jungla, Tarzán -que ya se había lavado las heridas en las aguas de un arroyo- convocó a los machos ancianos.

-Hoy habéis vuelto a comprobar que Tarzán de los Monos es el más grande de la tribu -declaró. -Huh -respondieron a coro-. Tarzán es grande.

-Tarzán -continuó el joven lord Greystoke- no es un mono. No es como vosotros. Su condición no es vues­tra condición, así que Tarzán va a volver al cubil de los de su misma especie que está junto a las aguas del gran lago que no tiene orilla al otro lado. Debéis elegir otro jefe que os gobierne, porque Tarzán no volverá.

Y así fue como el joven lord Greystoke dio el pri­mer paso hacia el objetivo que se había fijado: encon­trar otros hombres blancos como él.


Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

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