Tarzán de los monos: Las alturas de la civilización

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXVI: Las alturas de la civilización


Al cabo de un mes se encontraban frente a un peque­ño grupo de edificios, frente a la desembocadura de un ancho río. Allí vio Tarzán muchas embarcaciones y su ánimo se inundó de la antigua timidez que suele enseñorearse del salvaje cuando ve muchos hombres.

Se había ido acostumbrando paulatinamente a los ruidos extraños y a las peculiares costumbres de la civilización, de forma que nadie hubiera podido saber que aquel apuesto francés de inmaculada ves­timenta blanca de dril, que conversaba y reía ale­gremente con ellos, había correteado desnudo por la selva virgen, dispuesto a saltar sobre alguna víctima incauta cuya carne cruda llenarla de inmediato su salvaje estómago.

El cuchillo y el tenedor, tan desdeñosamente recha­zados un mes atrás, los manejaba ahora Tarzán con la misma destreza y exquisitez que el refinado D'Arnot.

Había sido un alumno tan aplicado que el joven francés vio compensados sus esfuerzos pedagógicos y eso le animó a convertir a Tarzán de los Monos en un caballero elegante en cuanto a modales y lenguaje.

-Dios te hizo caballero en espíritu, amigo mío -le había dicho D'Arnot-, pero también quiere que su obra se muestre de cara al exterior.

En cuanto llegaron a aquel pequeño puerto, D'Arnot no perdió tiempo en enviar a su gobierno un cable­grama, informando de que se encontraba sano y salvo y solicitando un permiso de tres meses, permiso que le fue concedido.

También había telegrafiado a sus banqueros, pidiendo fondos, y la forzada espera de un mes, que les fastidió enormemente, se debió a la imposibilidad de fletar un barco para volver a la selva de Tarzán y recoger el tesoro.

Durante su estancia en la ciudad costera, «monsieur Tarzán» constituyó una atracción asombrosa para blan­cos y negros, a causa de varios lances azarosos que a Tarzán le parecieron naderías sin importancia.

En una ocasión, un negrazo impresionante, enlo­quecido por el alcohol, empezó a destruir todo lo que se le ponía por delante y a sembrar el terror por la ciudad, hasta que su mala estrella le llevó hasta el hotel en cuya terraza se encontraba el gigante fran­cés de cabellera morena. El negro subió los amplios peldaños de la escali­nata y, blandiendo un enorme cuchillo, se fue en dere­chura hacia la mesa ocupada por cuatro caballeros que sorbían plácidamente su inevitable copa de ajenjo.

Sobresaltados, los cuatro clientes del hotel solta­ron un grito y pusieron pies en polvorosa. El negro se fijó entonces en Tarzán.

Emitió un rugido y se precipitó sobre el hombre­mono, mientras medio centenar de cabezas se aso­maban por puertas y ventanas para ser testigos de la matanza del pobre francés a manos del imponente negro.

Tarzán afrontó el ataque con la alegre sonrisa de luchador nato que la inminencia de una batalla ponía siempre en sus labios.

Cuando el negro estuvo a su alcance, unos múscu­los de acero apresaron la oscura muñeca de la mano que empuñaba el cuchillo y un simple giro dejó iner­te dicha mano, colgando de un hueso roto. La locura desapareció de la psique del negro, mien­tras su grito de dolor y sorpresa cruzaba el aire. Y mientras Tarzán volvía a su sitio y se dejaba caer en la silla, el negro giró sobre sus talones y, entre angustiados chillidos de dolor, corrió desalado hacia el poblado indígena.

En otra ocasión, Tarzán y D'Arnot estaban senta­dos a la mesa cenando con cierto número de comen­sales blancos, cuando la conversación derivó hacia el tema de los leones y su cacera.

Las opiniones estaban divididas en cuanto a la valentía del rey de los animales y no faltaban quie­nes sostenían que era un cobarde de marca mayor. Pero en lo que todos estaban de acuerdo era en que, cuando el monarca de la jungla rugía por la noche en las proximidades del campamento, lo mejor que podía hacerse era echar mano al rifle; una vez con el arma en la mano, uno se sentía más seguro.

D'Arnot y Tarzán habían convenido en mantener su pasado en secreto, por lo que, aparte del oficial francés, nadie conocía la familiaridad del hombre­mono con las fieras de la selva.

-Monsieur Tarzán no nos ha dado su opinión -observó un miembro de la tertulia-. Un hombre tan arrojado e intrépido y que ha pasado tanto tiempo en África, según creo, sin duda habrá tenido experien­cias con leones, ¿no es así?

-Algunas -reconoció Tarzán con cierta adustez-. Las suficientes como para saber que todos ustedes tiene razón en sus juicios acerca de las características de los leones... con los que se han tropezado. Pero uno también podría juzgar a todos los negros por el sujeto borracho que se volvió loco la semana pasada y armó la que armó, o llegar a la conclusión de que todos los blancos son cobardes porque conoció un blanco que lo era.

»Entre las especies animales existen muchos carac­teres distintos, lo mismo que sucede entre nosotros. Hoy podemos salir por ahí y darnos de manos a boca con un león pusilánime... que al vernos salga huyen­do. Mañana podremos salir y encontrarnos con su tío o con su hermano gemelo... y al cabo de un tiempo más que prudencial nuestros amigos empezarán a preguntarse por qué no regresamos de la selva. Por lo que a mí concierne, siempre doy por supuesto que el león es un animal feroz, de modo que nunca dejo de ir prevenido.

-Poco placer tendría la caza -replicó el que pri­mero había hablado- si uno le tiene miedo a la pieza que pretende cobrar.

D'Arnot sonrió. ¡Miedo Tarzán!

-Exactamente, no sé que entiende usted por miedo -dijo Tarzán-. Como en el caso de los leones, el mie­do es distinto según el hombre que lo experimenta; para mí, sin embargo, el único placer de la caza con­siste en saber que el animal que me propongo cazar tiene tanta capacidad de herirme como yo de herirle a él. Si emprendiera la cacería con un par de rifles, un ayudante que me llevase las armas y veinte o trein­ta batidores, tendría la impresión de que eso no era justo, de que el león no tendría muchas probabilida­des de salir bien librado, y entonces el placer de la caza disminuiría en proporción al incremento de segu­ridad que yo sintiera.

-¿Debo entender, pues, monsieur Tarzán, que pre­feriría adentrarse por la jungla desnudo, sólo con un cuchillo de caza para matar al rey de los animales? -rió el hombre jovialmente, aunque con cierto tonillo sarcástico en la voz.

-Y con un trozo de cuerda -añadió Tarzán.

Y en aquel preciso momento llegó de la distante selva el profundo rugido de un león, como si tratase de desafiar a quien deseara salir a la palestra a medir­se con él.

-Ahí tiene su oportunidad, monsieur Tarzán -bro­meó el francés.

-No tengo apetito -declinó Tarzán simplemente.

Todos los presentes soltaron la carcajada, salvo D'Arnol. Era el único que sabía que, por boca del hombre-mono acababa de expresar su razón un ani­mal salvaje de la jungla.

-Pero seguro que le asustaría -insistió el guasón-, como nos asustaría a cualquiera de nosotros, salir ahí desnudo, armado sólo con un cuchillo y un peda­zo de cuerda. ¿No es así?

-No -replicó Tarzán-. Sólo un loco hace cosas sin razón que las justifique.

-Cinco mil francos son una buena razón -terció otro-. Apuesto esa suma a que no es usted capaz de traemos un león de la selva ateniéndose a las con­diciones citadas: desnudo y armado sólo con un cuchillo y un trozo de cuerda.

Tarzán lanzó una mirada a D'Arnot y asintió con la cabeza.

-Que sean diez mil -dijo D'Arnot.

-Hecho -aceptó el otro.

Tarzán se puso en pie.

-Tendré que dejar la ropa en la linde del poblado, para tener algo que ponerme si vuelvo después de que amanezca y he de pasar por las calles.

-¿Va a irse ahora mismo? -exclamó el apostante. ¿De noche?

-¿Por qué no? -dijo Tarzán. Numa se pasa la noche entera dando vueltas... Será más fácil de encontrar.

-No -se opuso el otro hombre-, no quiero que mis manos se manchen con su sangre. Ya será bastante insensatez que vaya de día.

-Iré ahora -declaró Tarzán, resuelto. Se dirigió a su cuarto, en busca del cuchillo y de la cuerda. Le acompañaron hasta el lindero de la selva, don­de Tarzán dejó su ropa en un pequeño almacén. Pero cuando se disponía a adentrarse por la negra oscuridad de la maleza, los demás intentaron disua­dirle; el que había apostado fue el que más insistió en que abandonase aquella aventura suicida.

-Le daré por ganador de la apuesta -propuso- y los diez mil francos serán suyos si renuncia a este arries­gado intento, que sólo puede acabar con usted muerto.

Tarzán se echó a reír y, segundos después, la jun­gla se lo había engullido.

Los integrantes del grupo permanecieron allí en silencio durante un momento y luego dieron media vuelta y regresaron a la terraza del hotel.

En cuanto penetró en la selva, Tarzán subió a una enramada e, impulsado por una eufórica sensación de libertad, empezó a surcar el aire saltando de árbol en árbol.

¡Aquello era vida! ¡Ah, cómo le encantaba! La civi­lización no le ofrecía nada semejante en sus estre­chas y limitadas esferas, donde todo eran cortapisas, obstáculos y convencionalismos. Hasta la ropa era un estorbo y un fastidio.

Por fin se sentía libre. Hasta entonces no se había percatado de lo prisionero que estuvo. ¡Qué fácil le resultaría dar un rodeo hacia la ori­lla del mar y luego dirigirse hacia el sur, hacia su pro­pia selva y su propia cabaña.

Hasta su olfato llegó de pronto el olor de Numa, por­que Tarzán se desplazaba con el viento de cara. Su aguzados oídos detectaron los rumores familiares de las garras acolchadas del felino y el roce de la piel de su enorme cuerpo al frotar los matorrales junto a los que pasaba.

Silenciosamente, Tarzán fue a situarse encima del león y lo estuvo acechando hasta que llegó hasta un punto iluminado por la luna.

Allí, el rápido dogal cayó y se tensó alrededor del leonado cuello y, como ya había hecho cien veces en el pasado, Tarzán anudó el extremo de la cuerda a una fuerte rama. Luego, mientras la bestia brega­ba y agitaba las zarpas frenéticamente, tratando de liberarse, el hombre-mono se dejó caer al suelo, sal­tó sobre el enorme lomo y hundió la hoja del cuchi­llo una docena de veces en el fiero corazón.

Después, con el pie sobre el cadáver de Numa, Tarzán lanzó al aire el escalofriante alarido de victo­ria de su tribu salvaje.

Tarzán permaneció unos instantes irresoluto, titu­beando entre dos sentimientos contradictorios: la leal­tad a D'Arnot y el anhelante deseo de una libertad representada por la vuelta a su jungla. Al final, la visión de un precioso rostro y el recuerdo de unos labios cálidos oprimiéndose contra los suyos disol­vieron la imagen fascinante de su antigua existencia.

En la terraza del hotel, los hombres se pasaron una hora sentados casi en absoluto silencio. Habían intentado sin éxito conversar sobre diver­sos temas y en todos los intentos el mismo murió abatido por el asunto que prevalecía en la mente de todos y cada uno de los contertulios.

-!Mon Dieu! -exclamó por último el hombre que había apostado con Tarzán-. No puedo seguir sopor­tándolo. Voy a ir a la selva con mi rifle y traeré a ese loco.

-Le acompaño -se sumó otro.

-Y yo ...

-Y yo ...

-Y yo ...

Se brindaron los demás, a coro.

Como si la propuesta hubiese roto el hechizo de alguna horrible pesadilla, todos se dirigieron con pres­teza a sus habitaciones y regresaron al instante para encaminarse a la jungla. Bien pertrechados de armas y municiones.

-¡Dios! ¿Qué fue eso? -exclamó súbitamente un miembro de la partida, un inglés, al llegar a sus oídos, atenuado, el grito salvaje de Tarzán.

-He oído eso antes -dijo un belga-, cuando estu­ve en la región de los gorilas. Mis porteadores afir­maron que se trata del alarido de un gran macho cuando mata a alguien.

D'Arnot recordó la descripción que le hiciera Clayton del terrible rugido con que Tarzán proclamaba sus matanzas. Esbozó una semisonrisa, pese al horror que inundó su espíritu al pensar que aquel grito sobrecogedor pudiera salir de una garganta huma­na... a través de los labios de su amigo.

Cuando el grupo llegaba a las proximidades de la linde del bosque y empezaban a debatir el tema de la adecuada distribución de fuerzas, oyeron a sus espaldas, muy cerca, una risita. Dieron media vuel­ta, para ver avanzar hacia ellos una figura gigan­tesca, que llevaba sobre los anchos hombros el cadá­ver de un león.

Hasta D'Arnot se quedó de una pieza, ya que pare­cía imposible que un hombre solo, con las míseras armas que llevaba Tarzán, hubiese podido liquidar tan rápidamente a un león. Y que, además, trans­portado su cuerpo a través de la maraña vegetal de la selva.

Los hombres se apelotonaron en tomo a Tarzán y le abrumaron a preguntas, pero su única respuesta consistió en una sonrisa de desdén hacia su proeza.

Para Tartán, aquello era como si les diese por poner por las nubes al matarife por el heroísmo que demos­tró al sacrificar una vaca. Tarzán había matado tantas veces en defensa propia y para alimentarse, que aquel acto le parecía un lance sin importancia. Sin embar­go, era todo un héroe a los ojos de aquellos hombres... hombres que practicaban la cala mayor más bien por deporte.

Incidentalmente, Tarzán se había embolsado diez mil francos, porque D'Arnot se empeñó en que los aceptara en su totalidad.

Lo cual no dejaba de tener gran importancia para el hombre mono, que empezaba ya a darse cuenta del poder que subyacía en aquellas pequeñas piezas de metal y de papel, que siempre cambiaban de mano cuando los seres humanos se trasladaban, comían, dormían, se vestían, bebían, trabajaban, jugaban o se protegían de la lluvia, del frío o del sol.

Se hizo evidente para Tarzán que, sin dinero, uno iba directo a la muerte. D'Arnot le había dicho que no se preocupara, dado que él disponía de dinero para los dos, pero el hombre-mono estaba apren­diendo muchas cosas y una de ellas era que la gente tenía muy mala opinión de la persona que acepta­ba dinero de otra sin dar a cambio algo de valor similar.

Poco tiempo después del episodio de la caza del león, D'Arnot consiguió fletar un viejo cascarón en el que navegar, costeando, hasta el puerto natural de los dominios de Tarzán. Y una mañana, feliz para ellos, levaron anclas y salieron a mar abierto.

La travesía hasta la playa donde estaba la caba­ña careció de incidencias dignas de mención, y a la mañana siguiente al día en que fondearon, Tarzán se puso de nuevo el «uniforme» que llevaba en la selva, se echó una pala al hombro y se dirigió, solo, al anfi­teatro de los monos donde había escondido el tesoro.

Regresó bastante entrado el día siguiente, con el enorme cofre cargado sobre los hombros y, con la sali­da del sol, el barquichuelo cruzó la bocana de la bahía y puso rumbo norte.

Tres semanas después, Tarzán y D'Arnot viajaban como pasajeros a bordo de un vapor francés con des­tino a Le Havre. Tras pasar unos días en dicho puer­to, D'Arnot llevó a Tarzán a París.

El hombre-mono se perecía por seguir viaje a los Estados Unidos, pero D'Arnot se empeño en que le acompañara antes a París, aunque se abstuvo de informarle de la naturaleza de la apremiante nece­sidad en que fundamentaba su insistencia.

Una de las primeras diligencias que D'Arnot llevó a cabo en cuanto llegó a París fue concertar la visi­ta a un alto funcionario del departamento de policía, viejo amigo suyo. Llevó a Tarzán consigo. Hábilmente, el oficial de marina condujo la con­versación de un punto a otro, induciendo al policía a explicar, ante el interesadísimo Tarzán, los moder­nos métodos que se empleaban para la identificación y arresto de delincuentes.

No menos interesado se mostró Tarzán en la fun­ción que desempeñaban las huellas dactilares en aquella ciencia fascinante.

¿Pero qué valor tienen esas huellas -preguntó Tarzán-, si al cabo de unos años cambian totalmen­te, ya que la piel se desgasta y otra capa la sustituye?

-Las rayas no cambian nunca -respondió el fun­cionario-. Desde la infancia hasta la edad senil, las huellas dactilares de una persona sólo cambian de tamaño, salvo, claro está, cuando las heridas alteran las curvas y espirales. Pero si se han tomado las huellas de los cuatro dedos centrales y del pulgar de ambas manos, uno tiene que perderlos todos por com­pleto para evitar la identificación.

-¡Es una maravilla! -exclamó D'Arnot-. Me pre­gunto a qué se parecerán mis huellas dactilares. -Eso lo podemos ver en seguida -repuso el funcio­nario de policía. Tocó un timbre y se presentó un ayu­dante, al que dio una serie de instrucciones.

El hombre salió de la estancia, pero volvió al ins­tante con un estuche de madera que dejó encima de la mesa de su superior.

-Ahora -dijo el policía-, tendrás tus huellas dacti­lares dentro de unos segundos.

Sacó del estuche una placa cuadrada de cristal, un tubito de espesa tinta negra, un rodillo de caucho y unas cuantas tarjetas blancas como la nieve.

Apretó el tubo de tinta y echó encima de la placa una gota, la extendió con el rodillo hasta que toda la superficie de cristal quedó cubierta, a su satisfacción, por una delgada película de tinta. -Coloca sobre el cristal los cuatro dedos de tu mano derecha, así -indicó el policía a su amigo D'Arnot-. Ahora, el pulgar. Muy bien. Ahora apóyalos en la tar­jeta, en idéntica posición... un poco más a la dere­cha. Tenemos que dejar espacio para el pulgar y para los dedos de la zurda. Ahí, exacto. Ahora repitamos la operación con la mano izquierda.

-Vamos, Tarzán -animó D'Arnot-, veamos cómo son los rizos de tus huellas.

Tarzán no se hizo de rogar y, durante la operación, no cesó de formular preguntas al funcionario de policía. -¿Las huellas digitales demuestran las caracterís­ticas de las razas? -quiso saber-. ¿Puede usted deter­minar, por ejemplo, sólo mediante el examen de las huellas si una persona era negra o caucásica?

-Me parece que no -respondió el policía.

-¿Podrían distinguirse las huellas de un mono de las de un hombre?

-Probablemente, ya que las del mono serían mucho más simples que las de un organismo superior.

-¿Pero un cruce de simia y hombre puede presen­tar características de ambos progenitores? -continuó Tarzán.

-Sí, creo que eso sería probable -respondió el fun­cionario-, pero esta ciencia no ha avanzado lo sufi­ciente para proporcionar datos exactos sobre el par­ticular. No quisiera llevar sus descubrimientos más allá de la diferenciación entre individuos de la raza humana. En este aspecto son definitivos. Proba­blemente no existan dos personas nacidas en este pla­neta que tengan idénticas las líneas de todos sus dedos. Es extraordinariamente dudoso que una huella digi­tal tenga un duplicado exacto impreso por cualquier dedo que no sea el que la produjo en primer lugar. -¿Efectuar esa comparación lleva mucho tiempo o mucho trabajo? -terció D'Arnot.

-Normalmente sólo se tarda unos minutos, si las impresiones son claras.

D'Arnot se sacó del bolsillo un librito de tapas negras y empezó a hojearlo.

Tarzán se quedó mirando el libro, sorprendido. ¿Có­mo se las había arreglado DArnot para agenciárselo? D'Arnot lo dejó abierto en una página en la que se veían cinco pequeños borrones. Tendió el libro al policía, con la página descubierta. -Estas huellas, ¿son parecidas a las mías o a las de monsieur Tarzán? ¿Puedes determinar si son idén­ticas a las de uno u otro? El funcionario de policía tomó una potente lupa del escritorio y examinó cuidadosamente las tres mues­tras. Fue tomando notas en un taco de papel.

Tarzán comprendía ya el motivo de la visita al fun­cionario de policía.

En aquellas pequeñas manchas residía la solución al enigma de su existencia. Con los nervios en tensión, Tarzán se inclinaba al frente en el asiento, pero se relajó de pronto y se echó hacia atrás, con una sonrisa en los labios.

D'Arnot le dirigió una mirada sorprendida.

-Pasa por alto el detalle de que, durante años, el cadáver del niño que dejó esas huellas permaneció en la cabaña de su padre y que toda mi vida lo he vis­to en la cuna -recordó Tarzán con amargura.

El policía alzó la cabeza, atónito.

-Adelante, capitán, con tu examen -dijo DArnot-, luego te contaremos la historia... siempre y cuando monsieur Tarzán esté de acuerdo.

Tarzán asintió con la cabeza. -Pero sigo pensando que está loco, mi querido D'Arnot. Esos deditos están enterrados en la costa occidental de África.

-No lo sabemos a ciencia cierta, Tarzán -replicó D'Arnot-. Puede que sea así, pero si usted no es el hijo de John Clayton, ¿cómo rayos fue a parar a esa selva dejada de la mano de Dios en la que, salvo John Clayton, no puso el pie hombre blanco alguno?

-Se olvida de... Kala -recordó Tarzán.

-Prescindo de ella por completo -afirmó D'Arnot, contundente.

Mientras hablaban, los dos amigos se habían acer­cado al ventanal que daba al paseo. Permanecieron unos instantes allí, sumidos en sus propias reflexio­nes, mientras observaban sin verlo el raudal de aje­treadas personas que circulaban por la calle.

Llevará tiempo cotejar las huellas dactilares, pensaba D Arnot al volver la cabeza para mirar al fun­cionario de policía. Con gran sorpresa por su parte, el marino francés vio que el policía estaba arrellanado en su sillón y leía entusiasmado el contenido del diario de tapas negras. D'Arnot dejó oír una tosecilla. El funcionario alzó la vista, se dio cuenta de que le observaban y levan­tó el dedo índice en ademán que imponía silencio. D'Arnot volvió a mirar por la ventana y, al cabo de un rato, el funcionario de policía convocó: -Caballeros... Ambos se volvieron hacia él.

-Es evidente que hay mucho en juego. Un envite cuyo resultado depende en mayor o menor medida de la matemática precisión de este cotejo. En con­secuencia, les agradecería que dejasen el asunto en mis manos, en tanto regresa nuestro experto, mon­sieur Desquerc. Estará aquí de vuelta dentro de esca­sas fechas.

-Confié en conocer ese resultado al momento -se lamentó D'Arnot-. Monsieur Tarzán zarpa mañana para los Estados Unidos.

-Te garantizo que podrás cablegrafiarle el informe en cuestión de quince días -afirmó el funcionario-, aunque no me atrevo a asegurarte el resultado. Sí, existen semejanzas, pero... En fin, será mejor que deje­mos que sea monsieur Desquerc quien lo determine.

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