Tarzán de los monos: Puesto avanzado del mundo

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo XXV: Puesto avanzado del mundo


Al mismo tiempo que sonaba el estampido del rifle, D'Arnot vio abrirse de golpe la puerta y que la figura de un hombre caía de bruces sobre el suelo de la cabaña.

Impulsado por el pánico, el francés apuntó de nue­vo con el arma a la postrada figura, pero a la media luz que irrumpía por el hueco de la puerta observó de pronto que se trataba de un hombre blanco y, un segundo después, comprendió que había dispa­rado sobre su amigo y protector, Tarzán de los Monos.

D'Arnot lanzó un grito de angustia, dio un salto y se arrodilló junto al hombre-mono. Levantó la cabe­za del caído, albergándola en los brazos... y pronun­ció en voz alta el nombre de Tarzán de los Monos.

Al no obtener respuesta, D'Arnot apoyó el oído en el pecho del hombre, a la altura del corazón. Oyó con gran alegría los firmes y regulares latidos.

Con sumo cuidado levantó a Tarzán, lo acomo­dó en el catre y luego, tras cerrar y atrancar la puer­ta, encendió una lámpara y examinó la herida.

El proyectil había rozado la parte superior del crá­neo. Aunque de feo aspecto, la herida era más bien superficial y no se apreciaban signos de fractura.

D'Arnot dejó escapar un suspiro de alivio y se dis­puso a limpiar la sangre del rostro de Tarzán. El agua fresca le reanimó y, casi en seguida, el hom­bre-mono levantó los párpados y sus ojos miraron con interrogadora sorpresa a D'Arnot.

Éste había vendado la herida con trozos de tela y, al ver que Tarzán había recobrado el conocimiento, se levantó, fue al escritorio y redactó una nota, que tendió al hombre mono. En la nota explicaba que sen­tía mucho el terrible error que acababa de cometer y que se alegraba indeciblemente al comprobar que la herida no era grave.

Un vez leyó tales explicaciones, Tarzán se sentó en el borde de la cama y estalló en carcajadas. -No tiene importancia -dijo en francés.

Luego, como su vocabulario no le daba para mucho, escribió:

«Debería haber visto lo que me hicieron Bolgani, y Kerchak, y Terkoz, antes de que los matara... ¡Lo que se reiría usted si comparase aquello con un ara­ñazo de nada como este!».

D'Arnot tendió a Tarzán las dos misivas que deja­ron para él.

Tarzán leyó la primera con una expresión triste en el rostro. Le dio vueltas y vueltas en la mano a la segunda, mientras intentaba descubrir por donde se abría: era la primera vez que veía un sobre cerrado. Al final se lo pasó a D'Arnot.

El francés había estado observándole y compren­dió que el sobre desconcertaba a Tarzán. No dejaba de resultar muy extraño que un sobre fuese todo un misterio para un hombre blanco adulto. D'Arnot lo abrió y devolvió la carta a Tarzán.

El hombre-mono se sentó en una silla de campa­ña, desplegó la hoja de papel y leyó:

A Tarzán de los Monos:

Antes de marchar, permítame añadir mi agradecimiento al del señor Clayton por lo ama­ble que ha sido usted al permitimos utilizar su cabaña.

Hemos sentido mucho que no se haya pre­sentado. Nos hubiera encantado conocerle, ofrecerle nuestra amistad y agradecerle personalmente su hospitalidad.

Hay otra persona a quien me gustaría darle también las gracias, pero no volvió a aparecer, aunque se me hace imposible creer que haya muerto.

Desconozco su nombre. Es el gran gigante blanco que llevaba colgado del cuello, sobre el pecho, un guardapelo con diamantes engarzados.

Si le conoce y habla usted su lenguaje, trans­mítale mi gratitud y dígale que estuve siete días esperando su regreso.

Dígale también que vivo en la ciudad de Baltimore, en los Estados Unidos, y que en mi casa siempre será bien recibido, si desea visitarme.

Encontré la nota que dejó usted entre las hojas del pie de un árbol cercano a la cabaña. Ignoro cómo ha llegado a quererme, puesto que ni siquiera ha hablado nunca conmigo, y si su cari­ño es cierto, lo lamento profundamente, ya que he entregado mi corazón a otro hombre. Pero sepa que me consideraré siempre su amiga,

Jane Porter

Tarzán permaneció sentado cerca de una hora, con la mirada fija en el suelo. Se le hizo evidente, a tra­vés de las notas, que quienes escribieron aquellas cartas no sabían que Tarzán de los Monos y él eran la misma persona.

«He entregado mi corazón a otro hombre», se repi­tió una y otra vez.

¡Entonces no le amaba! ¿Cómo pudo fingirle cari­ño, elevarle hasta la cima de la máxima ilusión para luego precipitarlo al más profundo abismo de la deses­peración?

Tal vez sus besos no fueron más que demostra­ciones de amistad. ¿Cómo iba a saberlo él, que lo ignoraba todo acerca de las costumbres de los seres humanos?

Se levantó con brusco movimiento, deseó buenas noches a D'Arnot tal como éste le había enseñado y se arrojó sobre el camastro de helechos en el que tam­bién había dormido Jane Porter. D'Arnot apagó la lámpara y se tendió sobre la col­choneta.

Casi lo único que hicieron durante una semana fue descansar. Pero, eso sí, D'Arnot se dedicó a enseñar francés a Tarzán. Al cabo de esa semana, ambos hom­bres podían conversar bastante fluidamente.

Una noche, mientras permanecían sentados den­tro de la cabaña, a punto de irse a dormir, Tarzán preguntó a D'Arnot:

-¿Dónde están los Estados Unidos? D'Arnot señaló hacia el noroeste.

-A muchos miles de kilómetros, al otro lado del océano -añadió-. ¿Por qué? -Voy a ir allí.

D'Arnot sacudió la cabeza.

-Eso es imposible, amigo mío -dijo.

Tarzán se levantó, fue a uno de los armarios y regre­só con un atlas bastante manoseado. Pasó las hojas hasta llegar a las de un mapamun­di y dijo:

-Nunca he llegado a entenderlo del todo -indicó-; por favor, explíquemelo.

Cuando DArnot lo hubo hecho, señalándole que las superficies de azul representaban el agua que cubría la Tierra, Tarzán le pidió que precisara dónde estaban ellos dos.

Así lo hizo D'Arnot.

-Ahora señáleme los Estados Unidos -pidió Tarzán.

Y cuando D'Arnot apoyó el índice en América del Norte, Tarzán sonrió y puso la palma de la mano sobre la página, cubriendo con ella el océano que separa­ba los dos continentes.

-Como ve, no está muy lejos -comentó-, apenas la anchura de mi mano.

D'Arnot se echó a reír. ¿Cómo podía hacérselo com­prender?

Tomó un lápiz y marcó un minúsculo puntito en la orilla de África.

-Esta marca diminuta -manifestó- es infinidad de veces mayor sobre este mapa que su cabaña sobre la Tierra. ¿Se da cuenta ahora de lo lejos que están de aquí los Estados Unidos? Tarzán meditó largo rato. ¿Viven hombres blancos en África? -preguntó. -Sí. -¿Dónde se encuentran los más próximos? D'Arnot señaló un lugar en la costa, al norte de donde estaban ellos. -¿Tan cerca? -se sorprendió Tarzán. -Sí -confirmó D'Arnot , pero no es tan cerca como cree. -¿Tienen grandes botes para cruzar el océano? -Sí. -Entonces iremos mañana -anunció Tarzán. D'Arnot volvió a sonreír y a denegar con la cabeza. -Está demasiado lejos. Moriríamos mucho antes de llegar. -¿Desea quedarse aquí para siempre? -preguntó Tarzán. -No -repuso el francés. -En ese caso, mañana emprenderemos la marcha. Ya no me gusta este lugar. Preferiría morir a conti­nuar aquí. -Bueno -dijo D'Arnot, y se encogió de hombros-. No estoy muy seguro, amigo mío, pero me parece que también yo preferiría morir a quedarme aquí. Si se marcha, le acompañaré.

-Decidido, pues -dijo Tarzán-. Mañana partiremos hacia los Estados Unidos.

-¿Cómo piensa llegar allí sin dinero? -fue DArnot a lo práctico.

-¿Dinero? ¿Qué es eso? -inquirió Tarzán.

Le costó un buen rato a D'Arnot explicárselo. Aunque Tarzán tampoco lo entendió del todo. -¿Cómo consiguen dinero los hombres? –quiso saber, por último.

-Trabajan para ganarlo.

-Muy bien, pues trabajaré, entonces.

-No, amigo mío -respondió D'Arnot-, no necesi­ta preocuparse del dinero, ni hace falta que tra­baje para conseguirlo. Tengo suficiente para los dos... suficiente para una veintena. Mucho más de lo que le conviene tener a un hombre. Dispondrá usted de cuanto precise, si algún día llegamos a la civilización.

De modo que a la mañana siguiente emprendie­ron la marcha hacia el norte, a lo largo del litoral. Cada uno de ellos llevaba un rifle y municiones, así como lechos de campaña, víveres y utensilios para cocinar.

Estos últimos le parecieron a Tarzán más un estor­bo que otra cosa, así que se desprendió de ellos. -Debe acostumbrarse a comer alimentos cocina­dos, amigo mío -le aconsejó D'Arnot . Los hombres civilizados no comen carne cruda.

-Tendré tiempo de sobra cuando lleguemos a la civilización -repuso Tarzán-. No me gustan las cosas que estropean el sabor de una buena carne.

Avanzaron hacia el norte durante un mes. A veces encontraban comida en abundancia y luego pasaban unos cuantos días de penuria y hambre. No vieron rastro de indígenas ni les molestaron las fieras salvajes. Su camino era un auténtico milagro de tranquilidad.

Tarzán hacía preguntas y asimilaba rápida y fácil­mente las respuestas.

D'Arnot le enseñó una barbaridad de cosas acerca de los refinamientos de la civilización, incluido el mane­jo del cuchillo y el tenedor. A veces, sin embargo, Tarzán soltaba los cubiertos, disgustado, cogía la carne con sus fuertes manos bronceadas y la desgarraba con los dientes como un animal salvaje.

En tales ocasiones, D'Arnot le reprochaba:

-No debe comer como una bestia salvaje, Tarzán, cuando me esfuerzo en convertirle en un caballero. ¡Mon Dieu! Los caballeros no se comportan así... ¡Es espantoso!

Tarzán esbozaba una tímida mueca, como aver­gonzado, y volvía a tomar el cuchillo y el tenedor. Pero en el fondo de su corazón los odiaba.

Durante el viaje habló a D'Arnot del gran cofre que enterraron los marineros. Le contó que vio cómo lo ocultaban y que luego él lo sacó, lo llevó al lugar don­de se reunían los monos y lo enterró allí.

-Debe de tratarse del cofre del tesoro del profesor Porter -comentó D'Arnot. Es una lástima, aunque, naturalmente, usted no sabía nada.

Tarzán recordó entonces la carta que Jane había escrito a su amiga -la que se llevó la primera noche en que ocuparon la cabaña- y comprendió qué con­tenía el cofre y lo que significaba para Jane. -Mañana volveremos a por él -anunció.

-¿Volver? -exclamó D'Arnot . Pero, mi querido ami­go, llevamos ya tres semanas de marcha. Tardaremos otras tres en llegar al punto donde está el tesoro y, además, con lo que pesa el arcón ese, necesitaríamos tres marineros para que lo trasladaran. Transcurrirían meses antes de que nos presentáramos de nuevo aquí, donde estamos ahora.

-No hay más remedio que hacerlo, amigo mío -insis­tió Tarzán-. Usted puede seguir hacia la civilización y yo volveré a buscar el tesoro. Iré más deprisa si voy solo.

-Tengo un plan mejor, Tarzán -manifestó D'Arnot-. Seguiremos juntos hasta el primer asentamiento de colonos y allí fletaremos una embarcación y descen­deremos por mar, costeando, hasta donde está el teso­ro. Así transportaremos el cofre más fácilmente. Será más seguro, más rápido y, además, no tendremos que separarnos. ¿Qué le parece la idea? -Muy buena -encomió Tarzán-. El tesoro estará allí, vayamos cuando vayamos a buscarlo, y si bien yo podría ir a recogerlo y haberle alcanzado a usted dentro de un par de lunas, me sentiré más tranqui­lo sabiendo que no está solo en la ruta. Cuando obser­vo lo inútil que es, DArnot, me pregunto sorprendi­dísimo cómo es posible que la raza humana haya evi­tado la aniquilación durante todas esas épocas de las que me ha hablado. Porque, Sabor, con una sola pata, podría exterminar a miles de ustedes.

D'Arnot se echó a reír.

-Cambiará de opinión cuando haya visto sus ejér­citos y armadas, sus grandes ciudades y sus formi­dables obras de ingeniería. Entonces comprenderá que es la inteligencia y no el músculo lo que hace al hombre ser más importante y poderoso que todos los animales de la selva.

»Solo y desarmado, un hombre no podría enfren­tarse a ninguna de esas fieras, mayores que él en tamaño; pero si se juntan diez hombres, combinarán su ingenio y su fortaleza física contra sus salvajes enemigos, mientras que a las bestias, incapaces de razonar, nunca se les ocurriría aliarse y enfrentarse conjuntamente al hombre. De no ser así, Tarzán de los Monos, ¿cómo explicaría que lleve usted tanto tiempo sobreviviendo en estas soledades salvajes?

-Tiene razón, D'Arnot -convino Tarzán-, porque si aquella noche, en el Dum-Dum, Kerchak hubie­ra acudido en ayuda de Tublat, entre los dos habrí­an acabado conmigo. Per Kerchak no fue lo sufi­cientemente listo para pensar en sacar ventaja de tales oportunidades. Ni siquiera Kala, mi madre, podía prever nada con anticipación, planear algo para el futuro. Se limitaba a comer cuando tenía hambre e, incluso en las épocas en que las provi­siones escaseaban, aunque encontrase suficiente alimento para varias comidas, jamás se le ocurría guardar para más adelante.

»Recuerdo que solía pensar que yo era tonto si car­gaba con víveres de reserva durante una marcha, aunque después se alegraba de que los compartié­ramos, si no encontrábamos por el camino nada que llevarnos a la boca.

-¿De modo que conoció a su madre? -se extrañó D'Arnot.

-Sí. Era una mona enorme y estupenda. Mucho mayor que yo, lo menos pesaba el doble. -¿Y su padre? -preguntó D'Arnot.

-No le conocí. Kala me dijo que fue un mono blan­co y que carecía de pelo, como me pasa a mí. Ahora sé que debió de ser un hombre blanco.

Seria la expresión, D'Arnot contempló largo rato a su compañero.

-Tarzán dijo por último-, es imposible que la mona, Kala, fuera su madre. Si tal cosa resultara posible, usted habría heredado algunas características de los simios, pero no las tiene... es un auténtico hombre y, hasta me aventuro a afirmar que desciende de unos padres inteligentes y cultivados, de buena educación. ¿No tiene el más mínimo indicio acerca de su pasado? -Ni por asomo -respondió Tarzán.

-¿En la cabaña no encontró escrito alguno que pudiera proporcionarle datos relativos a la vida de sus ocupantes anteriores?

-He leído todo lo que había en la cabaña, salvo un libro que estaba escrito en un idioma que no era el inglés. Puede que usted sepa leerlo. Extrajo Tarzán del fondo de la aljaba el diario de tapas negras y se lo tendió a su compañero. D'Arnot echó un vistazo a la portada.

-Es el diario de John Clayton, lord Greystoke, aris­tócrata inglés, y está redactado en francés -explicó.

Después procedió a la lectura del diario, escrito más de veinte años antes y que refería los detalles de la historia que ya conocemos: la aventura, las difi­cultades y pesadumbres de John Clayton y su espo­sa Alice, desde el día en que zarparon de Inglaterra hasta una hora antes de que Kerchak acabara con la vida del caballero.

D'Arnot leía en voz alta. En ocasiones, la voz se le quebraba y se veía obligado a interrumpir la lectura a causa de la desoladora desesperanza que se tras­lucía entre líneas.

De vez en cuando lanzaba un fugaz vistazo a Tarzán, pero el hombre-mono permanecía en cucli­llas, como una talla de madera, con los ojos clavados en el suelo.

El tono del diario sólo varió al aludir al recién naci­do; entonces abandonó su hasta entonces habitual tono de desesperación que había ido infiltrándose en él tras los dos primeros meses de estancia en la costa.

A partir de la llegada del niño, teñía el diario una contenida felicidad que resultaba aún más acongo­jante que el resto.

Una de las anotaciones manifestaba un espíritu pleno de esperanza:

«Nuestro niño cumple hoy seis meses. Está senta­do en el regazo de Alice, junto a la mesa en la que escribo: es una criatura preciosa, feliz, saludable, perfecta.

»De un modo u otro, incluso contra toda razón, me parece verlo convertido ya en un hombre adulto, que ocupa el puesto de su padre en la sociedad -el segun­do John Clayton- y que sigue aportando honores a la casa de Greystoke.

»Ahora mismo, como si quisiera conferir a mi augu­rio el peso de su garantía personal, ha cogido la pluma con sus manitas gordezuelas, se ha embadurna­do de tinta los deditos y ha estampado sus huellas dactilares en la página.»

Y allí, en el margen de la hoja de papel, aparecía medio borrosa la impronta de cuatro dedos minúscu­los y la mitad exterior de un pulgar.

Cuando DArnot concluyó la lectura del diario, los dos hombres permanecieron en silencio durante varios minutos.

-¡Bueno, Tarzán de los Monos! ¿En qué piensa? -preguntó D'Arnot-. ¿No aclara este librito el miste­rio de su estirpe? No cabe duda de que es usted lord Greystoke, hombre. Tarzán denegó con la cabeza.

-El libro no habla más que de un solo niño -repli­có-. Su pequeño esqueleto permaneció en la cuna, donde debió de morir llorando por la falta de alimento. Allí estaba cuando entré allí por primera vez y allí estuvo hasta que el profesor Porter lo enterró, con los esqueletos de sus padres, junto a la cabaña. No, ese era el niño del que habla el libro... y el misterio de mis orígenes es ahora más oscuro que antes, por­que he pensado mucho últimamente en la posibili­dad de que esa cabaña haya sido mi lugar de naci­miento. Me temo que Kala dijo la verdad -concluyó en tono apesadumbrado.

D'Arnot movió la cabeza negativamente. No esta­ba convencido y en su mente surgió de pronto la fir­me determinación de demostrar que su teoría era correcta, porque estaba seguro de haber descubier­to la clave que explicaría el enigma o lo enviarla defi­nitivamente al reino de lo impenetrable. Una semana después, los dos hombres llegaron de súbito a un claro del bosque.

A cierta distancia se veían varios edificios rodea­dos por una sólida empalizada. Se detuvieron en el borde de la selva.

Tarzán dispuso en el arco una de sus flechas enve­nenadas, pero D'Arnot apoyó una mano en el brazo del hombre mono.

-¿Qué va a hacer, Tarzán? -preguntó.

-Intentarán matarnos si nos ven -repuso Tarzán-. Prefiero ser yo el que mate.

-Tal vez sean amigos -sugirió D'Arnot.

-Son negros -se limitó a replicar Tarzán.

Y tensó de nuevo el arco.

-¡No debe hacerlo, Tarzán! -protestó D'Arnot . Los hombres blancos no matan simplemente por matar. !Mon Dieu! ¡Cuánto tiene que aprender! Compadezco al rufián que se cruce en su camino, mi salvaje ami­go, cuando lo lleve a usted a París. ¡Anda que no me va a costar trabajo impedir que la guillotina le siegue la cabeza!

Tarzán bajó el arco y sonrió.

-No sé por qué he de matar negros en mi selva y no hacerlo aquí. Supongamos que Numa, el león, da un salto y se nos planta delante, dispuesto a devorarnos. ¿Debería decir, acaso: «Buenos días, monsieur Numa. ¿Cómo se encuentra madame Numa?». ¿Eh?

-Espere a que los negros salten sobre usted -repli­có D'Arnot y entonces los mata. No dé por supues­to que los hombres son enemigos suyos hasta que lo demuestran.

-Vamos -dijo Tarzán-, presentémonos voluntaria­mente para que nos maten.

Echó a andar a través de los campos de cultivo, alta la cabeza, mientras el sol tropical batía con sus rayos la tersa y atezada piel.

D'Arnot le siguió, vestido con algunas de las pren­das que había dejado Clayton en la cabaña y que el inglés desechó cuando los oficiales del crucero fran­cés le proporcionaron ropas más presentables.

Uno de los negros de aquel poblado alzó la cabe­za y, al advertir la presencia de Tarzán, dio media vuelta y salió corriendo hacia la empalizada, sin dejar de emitir chillidos.

Al instante, el aire cobró estruendosa vida sonora con los gritos de terror de los hombres, que aban­donaron los campos y huyeron a todo correr, pero antes de que llegasen a la empalizada, un hombre blanco salió del recinto, con un rifle en las manos, para enterarse de la causa de tal conmoción.

Al ver lo que se le venía encima, se echó el arma a la cara y Tarzán de los Monos hubiera recibido otra ración de plomo de no intervenir automáticamente la voz de DArnot, que advirtió al hombre del rifle:

-¡No dispare! ¡Somos amigos!

-¡Deténganse, pues! -fue la orden.

-¡Alto, Tarzán! -gritó DArnot. Nos toma por enemigos. Tarzán frenó su marcha y D'Arnot y él avanzaron despacio hacia el hombre blanco que aguardaba de pie junto al portalón. Los observaba con perplejo asombro.

-¿Qué clase de hombres son ustedes? -inquirió, en francés.

-Blancos -informó DArnot. Llevamos mucho tiem­po perdidos en la selva.

El hombre bajó el rifle y se les acercó, con la mano tendida.

-Soy el padre Constantino, de la misión francesa establecida aquí -se presentó-, y me complace mucho darles la bienvenida.

-Aquí, monsieur Tarzán, padre Constantino -D'Arnot señaló al hombre-mono y añadió, cuando el sacerdo­te extendió la mano hacia Tarzán-: y yo soy Paul D'Arnot, de la Armada francesa.

El padre Constantino estrechó la mano que Tarzán le tendía, imitando el gesto del sacerdote, a la vez que éste, con una rápida y aguda mirada, se hacía car­go de la soberbia condición física de aquel cuerpo atlético y de lo atractivo de aquel hermoso rostro.

Así llegó Tarzán de los Monos al primer puesto avanzado de la civilización.

Permanecieron allí una semana, en el curso de la cual el hombre-mono, observador perspicaz, apren­dió un sinfín de cosas acerca de las costumbres de los hombres, mientras las mujeres negras confeccio­naban, para D'Arnot y para él, unos pantalones y otras prendas de dril, al objeto de que cuando rea­nudaran su viaje lo hiciesen ataviados más decente­mente.


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