Tarzán de los monos: Un hogar en la selva

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo II: Un hogar en la selva


No tuvieron que esperar mucho, porque a la mañana siguiente, cuando Clayton salió a cubierta para dar el acostumbrado paseo de todos los días antes del desayuno, retumbó un disparo, al que sucedió otro y luego otro más...

La escena que se desarrollaba ante sus ojos con­firmó los más negros temores de Clayton. El redu­cido grupo de oficiales formaba una piña frente a la tripulación del Fuwalda, acaudillada por Michael el Negro.

La primera descarga de los oficiales impulsó a los marineros a dispersarse a toda velocidad, para ponerse a cubierto tras los mástiles, la cabina del timón y otros parapetos y puntos ventajosos, desde los que respondieron al fuego graneado de los cinco oficiales que representaban la autoridad a bordo del buque.

El revólver del capitán abatió a dos marineros, cuyos cuerpos quedaron tendidos en el lugar donde cayeron, entre los combatientes. Entonces, el pri­mer oficial se desplomó de cara y, a un grito de mando de Michael el Negro, los amotinados se lan­zaron al ataque sobre los restantes cuatro oficiales. La tripulación sólo había podido reunir seis armas de fuego, por lo que la mayoría de sus miembros no enarbolaban más que bicheros, hachas, destrales y barras de hierro.

El capitán había vaciado su revólver y estaba recargándolo cuando se produjo la carga. El arma del segundo oficial se había encasquillado, por lo que sólo dos armas de fuego podían oponerse a los sediciosos, que se precipitaron sobre sus ene­migos, los cuales retrocedieron ante el furibundo asalto de los marineros.

Los dos bandos maldecían y blasfemaban espan­tosamente lo que, junto con el estruendo de las detonaciones y los gritos y lamentos de los heridos, convertía la cubierta del Fuwalda en un frenético manicomio.

Antes de que los oficiales hubiesen retrocedido una docena de pasos, ya tenían encima a los miembros de la tripulación. El hacha que esgri­mía un fornido negro hendió la cabeza del capi­tán, desde la frente hasta la barbilla, y unos segundos después todos los oficiales habían sucumbido; muertos o malheridos a causa de docenas de golpes y balazos.

La acción de los amotinados del Fuwalda fue tan espeluznante como rápida de ejecución y, durante todo su desarrollo, John Clayton permaneció des­cuidadamente apoyado junto al tambucho, mien­tras fumaba su pipa con aire meditativo, como si estuviese presenciando un partido de criquet que le fuera indiferente.

Al caer el último oficial, Greystoke pensó que había llegado el momento de volver junto a su esposa, no fuera caso que alguno de aquellos indi­viduos de la tripulación la encontrase sola en el camarote.

Si bien tranquilo y displicente por fuera, Clayton se sentía interiormente repleto de aprensión y ner­viosismo, temiendo por la suerte que podía correr Alice en manos de aquellos ignorantes rufianes, en las que un destino inexorable los había puesto a ambos. Cuando dio media vuelta para descender por la escalera, le sorprendió ver a su esposa en lo alto de la misma, casi junto a él.

-¿Cuánto hace que estás aquí, Alice?

-Desde el principio -respondió ella-. Ha sido terrible, John. ¡Oh, que espantoso! En poder de esos criminales, ¿qué podemos esperar?

-De momento, espero que el desayuno -sonrió alentadoramente Clayton, con la sana intención de eliminar en lo posible los temores de Alice. Añadió-: Al menos, voy a pedir que nos lo sirvan. Ven conmigo. No hemos de permitir que piensen que esperamos de ellos otra cosa que no sea un trato amable.

Por entonces, los marineros se había arremolina­do en torno a los oficiales muertos y heridos, a los que sin prioridades ni compasión procedieron a arrojar por la borda. Dispusieron de sus propios muertos y moribundos con idéntica falta absoluta de humanidad.

En aquel momento, uno de los marineros obser­vó que Clayton y su esposa se les aproximaban y gritó: -¡Ahí vienen otros dos dispuestos a ser pasto de los peces!

Y se precipitó hacia ellos, enarbolada el hacha.
Pero Michael el Negro fue incluso más rápido y el individuo recibió un impacto de bala en la espalda y se desplomó antes de haber dado media docena de zancadas.

Al tiempo que emitía un impresionante rugido, para atraer la atención de los demás, Michael el Negro señaló con el dedo a lord y lady Greystoke y advirtió con voz tonante: -Estos son amigos míos y hay que dejarlos en paz. ¿Entendido?

Se dirigió a Clayton.

-Ahora soy yo el capitán de este buque -dijo-. No se metan en nada y nadie les causará daño alguno. Miró a sus hombres con gesto amenazador.

Los Clayton siguieron las instrucciones de Michael el Negro tan al pie de la letra que en los días inmediatos apenas vieron a la tripulación ni tuvieron la menor noticia de los planes que trazaban. A sus oídos llegaban de vez en cuando ecos de las reyertas y peleas que se producían entre los sediciosos y, en dos ocasiones, el avieso ladrido de las armas de fuego resonó en el tranquilo aire. Pero Michael el Negro era el cabecilla apropiado para aquella caterva de malhechores convertidos en marineros y los mantenía sometidos bastante férre­amente a su autoridad.

Cinco días después de la matanza de los oficia­les del buque, el vigía avistó tierra. Michael el Negro ignoraba si era isla o continente, pero comu­nicó a Clayton que, si el examen de la misma demostraba que el lugar era habitable, se dejaría en tierra a lord y lady Greystoke, con todas sus pertenencias.

-Durante unos meses, se encontrarán ustedes perfectamente allí -explicó- y para entonces habre­mos podido llegar a alguna costa habitada y disper­sarnos. Me encargaré de notificar a su gobierno la situación y localización donde se encuentran uste­des y enviarán inmediatamente un buque de gue­rra a recogerles.

»Resultaría difícil que, de desembarcarlos en un lugar civilizado, no les formulasen un sinfin de pre­guntas comprometedoras y, entre nosotros, nadie cree que tengan ustedes respuestas convincentes para evitarnos problemas.

Clayton le recriminó la inhumanidad que consti­tuía dejarlos en una orilla desconocida, a merced de fieras salvajes y, posiblemente, de hombres aún más salvajes que los animales. Pero sus protestas no le sirvieron de nada, salvo para despertar el enojo de Michael el Negro, por lo que se vio obligado a desistir de reproches y dedi­carse a procurar sacar el máximo partido a la peliaguda situación.

Hacia las tres de la tarde arribaron a la altura de una ribera cubierta de preciosa arboleda, frente a la boca de lo que parecía ser un puerto natural bien abrigado.

Michael el Negro destacó una barca llena de marineros para que sondeasen la entrada a aquella bahía, a fin de determinar si el Fuwalda podía pasarla sin peligro de embarrancar.

Al cabo de una hora estaban de regreso, para informar de que las aguas de la bocana eran bas­tante profundas, lo mismo que las de la pequeña ensenada interior.

Antes de que anocheciese, el bergantín se en­contraba plácidamente anclado en medio de un abra tranquila, cuyas aguas aparecían lisas como un espejo.

Le circundaban orillas ornadas de verde y luju­riosa vegetación semitropical, mientras la tierra firme se extendía desde el océano, ascendiendo para formar colinas y mesetas, cubiertas casi uni­formemente por espléndida, verde y tupida selva virgen.

No se veía el menor rastro de núcleo habitado, pero sí era evidente que aquella tierra podía fácil­mente sustentar vida humana, a juzgar por la exuberancia de aves y animales que pululaban por los bosques y que los ocupantes del Fuwalda vislumbraban ocasionalmente desde la cubierta del buque. También pudieron ver el rielar de las aguas de un riachuelo que desembocaba en la bahía, corriente que garantizaba agua potable en abundancia.

Cuando cayó la noche sobre la tierra, Clayton y lady Alice permanecieron junto a la baranda del buque, entregados a la silenciosa contemplación de lo que iba a ser su futuro lugar de residencia. Llegaban de la densa oscuridad del bosque los gri­tos feroces de las fieras: el rugido sordo y profundo del león y, de vez en cuando, el agudo bramido de alguna pantera. La mujer se acurrucó contra su marido, asusta­da por los terrores que adivinaba iban a tener que soportar en las pavorosas tinieblas que envolverían las noches venideras, cuando se encontrasen aban­donados en aquella orilla salvaje y solitaria.

Avanzada la noche, Michael el Negro se les acer­có, aunque sólo estuvo con ellos el tiempo suficiente para indicarles que se preparasen para desembar­car a la mañana siguiente. Intentaron convencerle de que era mejor que los llevase a una costa más hospitalaria, más cercana a la civilización, donde tuviesen alguna esperanza de caer en manos amis­tosas. Pero ni ruegos, ni amenazas, ni promesas de recompensa conmovieron al cabecilla de los amoti­nados. -Soy el único hombre a bordo que, por su seguri­dad, no preferiría verlos muertos y, aunque sé que la muerte de ustedes es el modo más razonable de sen­tirnos a salvo, Michael el Negro no es de los que olvi­dan un favor. Me salvó la vida una vez y, a cambio, voy a salvar la suya, pero no puedo hacer más.

»Los miembros de la tripulación no me permitirían ir más lejos e, incluso, si no desembarcan ustedes en seguida, es posible que mis hombres cambien de idea acerca de brindarles esa oportunidad. Pondré en tierra todos sus avíos, con algunos cacharros para cocinar y unas cuantas velas viejas de lona con las que podrán hacerse tiendas de campaña. También les dejaré víveres para que se alimenten en tanto encuentran frutos y caza. Con sus armas de fuego, estarán en condiciones de protegerse y sobrevivir sin dificultades hasta que vengan a reco­gerles. Cuando me encuentre a salvo, oculto en un lugar seguro, me las arreglaré para que el gobierno británico tenga noticias de la situación de ustedes; por mi propia vida no podré informarles del punto exacto donde puedan estar, ya que lo ignoraré. Pero, desde luego, los encontrarán. Acto seguido, Michael el Negro se retiró y los Clayton descendieron en silencio a su camarote, abrumado el ánimo por los presentimientos más sombríos.

Lord Greystoke no creía que el gerifalte de los amotinados albergase la intención de notificar al gobierno británico el paradero de los dos súbditos abandonados, ni tampoco tenía la certeza de que no surgiese alguna traición, cuando, al día siguien­te, los marineros los trasladasen a tierra con sus pertenencias.

Una vez fuera de la vista de Michael el Negro, cualquiera de aquellos miserables podía liquidar­los, y la conciencia del jefe quedaría libre de remor­dimientos.

Incluso aunque lograsen escapar a ese destino, ¿no se verían expuestos inmediatamente después a peligros aún más graves? Si estuviera él solo, podría sobrevivir años y años, ya que era fuerte y atlético. ¿Pero qué iba a ser de Alice y de la otra vida que pronto iba a aparecer en medio de un mundo primiti­vo, pleno de rigores y peligros?

El hombre se estremeció al reflexionar en la terri­ble gravedad, la espantosa desesperanza de su situa­ción. Sin embargo, la misericordiosa Providencia le evitó columbrar en toda su magnitud la espeluznante realidad de lo que les esperaba en las torvas profun­didades de aquella selva siniestra.

A primera hora de la mañana siguiente, los marineros apilaron sobre cubierta los baúles y cajas de los Clayton, que cargaron a continuación en los botes que aguardaban para trasladarlos a tierra. Era un equipaje constituido por una amplia va­riedad de enseres, puesto que los Clayton pre­veían una estancia de cinco a ocho años en su nuevo hogar. De modo que, aparte de los numero­sos artículos de primera o segunda necesidad, lle­vaban también muchos objetos de lujo.

Michael el Negro estaba firmemente decidido a que no quedase a bordo ninguna pertenencia de los Clayton. Difícil resultaba determinar si tal actitud era producto de la compasión o la motivaba algún desconocido interés egoísta.

Indudablemente, en cualquier puerto del mundo civilizado costaría mucho explicar o justificar la presencia, a bordo de un barco sospechoso, de efectos propiedad de un funcionario británico desa­parecido.

En su celo para suprimir todo vestigio de su actuación delictiva,Michael el Negro se esforzó hasta el punto de obligar a los marineros a devolver a Clayton los revólveres que le habían distraído. Cargaron en los botes sacos de galletas y tasajo, junto con una pequeña provisión de patatas, alu­bias, cerillas y utensilios de cocina, una caja de herramientas y las velas viejas de lona que Michael el Negro les había prometido.

Como si sospechase que sus hombres pudieran cometer lo que Clayton había sospechado, Michael el Negro los acompañó hasta la orilla en una de las barcas y fue el último en retirarse cuando los botes, tras llenar de agua potable los barriles de la nave, emprendieron a golpe de remo el regreso al anclado Fuwolda.

Mientras las barcas se alejaban despacio por las tranquilas aguas de la bahía, Clayton y su esposa contemplaron en silencio su bogar... lacerado el pecho por la sensación de profunda impotencia ante el inminente desastre que sin duda les ace­chaba.

A su espalda, desde lo alto de un cerro, otros ojos observaban: ojos entrecerrados, malévolos, que relucían bajo unas cejas hirsutas.

Cuando el Fuwalda atravesó la estrecha salida de aquel puerto natural y un promontorio lo ocultó a la vista, lady Alice echó los brazos al cuello de su marido y estalló en sollozos incontrolables. Había afrontado valerosamente los peligros del motín; con heroica entereza contempló las amena­zas que presagiaba el terrible futuro; pero ahora que el terror de la soledad absoluta se abatía sobre ellos, los abrumados nervios de la muchacha cedie­ron y se produjo la reacción.

Clayton no intentó siquiera enjugarle las lágrimas. Consideraba que era mejor que fuese la propia natu­raleza la que aliviase el estallido de unas emociones largo tiempo reprimidas. Transcurrieron varios minutos antes de que la joven -que era poco más que una chiquilla- recobrara el dominio de sí.

-¡Oh, John, que horroroso es esto! -exclamó al final-. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué podemos hacer? -Sólo podemos hacer una cosa, Alice -Clayton habló en tono tranquilo, como si estuvieran senta­dos en el confortable saloncito de su casa-, y es trabajar. Nuestra salvación está en el trabajo. Bajo ningún concepto debemos concedernos tiempo para pensar, porque ese camino conduce a la locu­ra. Es preciso trabajar y esperar. Tengo la certeza de que vendrán a rescatarnos en seguida, en cuan­to resulte evidente que el Fuwalda se ha perdido, incluso aunque Michael el Negro no cumpla la pro­mesa que nos hizo.

-Pero, John, si se tratara sólo de nosotros dos -sollozó Alice-, podríamos resistirlo, pero...

-Sí, cariño -repuso Clayton, amorosamente-, también he estado pensando en eso; pero debemos afrontarlo, del mismo modo que hemos de plantar cara a lo que venga, sea lo que fuere, con el mejor de los ánimos y la máxima confianza en nuestra capacidad para superar todas las circunstancias, por adversas que puedan ser.

»Hace cientos de miles de años, en los remotos albores de la humanidad, nuestros antepasados hicieron frente a los mismos problemas que ahora se nos presentan a nosotros, y es muy posible que también en estos primitivos bosques vírgenes. El que nosotros estemos hoy aquí es la prueba de su victoria.

»¿Es que vamos a ser incapaces de hacer lo que hicieron ellos? Incluso podemos hacerlo mejor. ¿No contamos con los superiores conocimientos que nos ha proporcionado siglos de civilización? ¿No disponemos de los medios de protección, defensa y sostenimiento que la ciencia nos ha pro­porcionado? Adelantos y ventajas que ellos desco­nocían absolutamente. Lo que nuestros anteceso­res lograron, Alice, con instrumentos y armas de piedra y hueso, nosotros también podremos conse­guirlo. -¡Ay, John! Quisiera ser hombre y ver las cosas tal como las enfoca un hombre, pero no soy más que una mujer, que mira las cosas con el corazón más que con la cabeza y que lo que ve ahora es demasiado espantoso, demasiado inconcebible para expresarlo con palabras.

»Deseo con toda mi alma que tengas razón, John. Me esforzaré en lo posible para comportarme como una valerosa mujer primitiva, digna compañera del hombre primitivo.

En lo primero que pensó Clayton fue en disponer un refugio para pasar la noche; un cobijo que sir­viera para protegerles de las fieras depredadoras que merodearían al acecho.

Abrió la caja en que llevaba los rifles y municio­nes, armas que les permitirían estar conveniente­mente preparados frente a cualquier posible ataque que lanzaran sobre ellos mientras trabajaban. Después se dedicaron a localizar un sitio adecuado para dormir aquella primera noche. A cosa de cien metros de la playa había una pequeña explanada, desprovista casi totalmente de árboles; decidieron que, en su momento, construirían allí una casa estable, aunque consideraron que, provisionalmen­te lo mejor era montar una pequeña plataforma entre las ramas de los árboles, fuera del alcance de las fieras salvajes de mayor tamaño en cuyo reino se encontraban. Para ello, Clayton seleccionó cuatro árboles, que formaban un rectángulo de cerca de tres metros de lado, cortó las ramas largas de otros árboles y pre­paró con ellas una especie de bastidor, a unos tres metros por encima del suelo, ligando los extremos de las ramas a los troncos de los cuatro árboles con parte de la cuerda tomada de la bodega del Fuwolrla que Michael el Negro le había proporcionado.

Clayton entretejió una tupida superficie, con ramas más pequeñas, que colocó de un lado a otro del bastidor. Cubrió el piso de esa plataforma con hojas de begonia de las llamadas «orejas de elefante», por su forma y tamaño, de las que abundaban profu­samente por allí. Tendió encima de ellas la lona de una enorme vela, plegada en varios dobleces.

A unos tres metros por encima del piso construyó otra plataforma, aunque algo más ligera, para que sirviese de techo, y colgando por los bordes de la misma, a guisa de paredes, suspendió el resto de las velas de barco.

El resultado final de su tarea fue un nido peque­ño y bastante acogedor, al que Clayton trasladó las mantas y parte del equipaje más ligero.

La tarde estaba muy avanzada y Clayton dedicó las horas restantes de claridad diurna a construir una escalera de mano por la que lady Alice pudiera subir a su nuevo hogar. Durante todo el día, la selva circundante fue un continuo hervidero de excitadas aves de brillante plu­maje y de agitados monos que no cesaron de ir de un lado a otro, bailoteando y parloteando sin cesar, mientras no quitaban ojo a los recién llegados y a sus maravillosas operaciones de construcción de un refu­gio aéreo, trabajo que los pequeños simios observa­ban con sumo interés y asombrada fascinación.

Clayton y su esposa no dejaron de mantenerse vigilantes, pero por mucho que forzaron la mirada no vieron animales de grandes proporciones, aun que en un par de ocasiones observaron que los pequeños simios del lugar llegaron chillando y chachareando desde un cerro próximo, hacia el que lanzaban ojeadas de terror por encima del hombro, como si huyeran de algo terrible que se ocultara al otro lado del montecillo.

Clayton dio por concluida su escala poco antes del crepúsculo y, tras llenar un recipiente de agua en el arroyo cercano, su esposa y él subieron a la relativa seguridad de su aposento suspendido en el aire.

Como hacía bastante calor, Clayton puso las cor­tinas laterales sobre el tejado de lona y cuando estaban sentados, a la turca, encima de las man­tas, lady Alice aguzó la vista, fija en la oscuridad de la selva, alargó repentinamente la mano y aferró los brazos de Clayton.

-¡Mira, John! -musitó-. ¿No es un hombre eso que hay ahí?

Al volver la cabeza para mirar en la dirección que indicaba su esposa, lord Greystoke vio recortada borrosamente sobre la oscuridad del fondo una gigantesca figura erguida en lo alto del cerro. Durante unos segundos la figura permaneció inmóvil, como si estuviera escuchando y luego dio media vuelta, muy despacio, para acabar fun­diéndose entre las sombras del bosque. -¿Qué era eso, John?

-No lo sé, Alice -respondió Clayton en tono grave-. Está demasiado oscuro para distinguir las cosas a tanta distancia y es posible que sólo se tra­tara de una sombra proyectada por la luna.

-No, John, si no era un hombre, era un remedo caricaturesco, inmenso y ridículo de un hombre. Tengo miedo, John.

Clayton la abrazó y le susurró al oído palabras de ánimo y cariño.

Poco después, bajó las cortinas de lona y las ató sólidamente a los árboles. Con la salvedad de una pequeña hendidura, cara a la playa, quedaron ais­lados, cerrados por completo.

Como la negrura de la noche envolvía en densas tinieblas el interior de aquel refugio aéreo, se ten­dieron sobre las mantas para intentar conseguir, a través del sueño, una breve tregua de olvido. Clayton se echó delante de la abertura frontal, con un rifle y un par de revólveres a mano.

Apenas había cerrado los párpados cuando a su espalda, en la espesura de la selva, resonó el estre­mecedor rugido de una pantera. Se fue repitiendo, cada vez más cerca, hasta que pudieron oír a la enorme fiera justo debajo de donde se hallaban. Durante más de una hora, a los oídos de lord y lady Greystoke no dejó de llegar el rumor de la res­piración de la pantera y el rasguear de las uñas de la fiera contra los troncos de los árboles que soste­nían la plataforma. Por fin, la pantera decidió ale­jarse a través de la playa, donde Clayton la vio cla­ramente a la luz de la luna: una bestia hermosa y colosal, la mayor que John Clayton había contem­plado jamás.

Casi no pudieron pegar ojo durante las largas horas de tenebrosidad nocturna, a excepción de unos cuantos retazos breves de sueño preñados de temores, porque los ruidos de la inmensa selva, por la que pululaban miles de animales sal­vajes, ponían de punta sus agitados nervios, de modo que los alaridos penetrantes y el rumor de los movimientos furtivos de las fieras que despla­zaban sus cuerpos gigantescos por debajo de su refugio los despertaron sobresaltados más de cien veces.

Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs

1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20 - 21 - 22 - 23 - 24 - 25 - 26 - 27 - 28