Tarzán de los monos: Vida y muerte

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Tarzán de los monos de Edgar Rice Burroughs
Capitulo III: Vida y muerte


La mañana los encontró muy poco descansados, por no decir que nada, pero saludaron a la aurora con un sentimiento de inconmensurable alivio.

Tan pronto hubo consumido su frugal desayuno de tocino salado, café y galletas, Clayton puso manos a la tarea de construir su casa, convencido como esta­ba de que no podrían sentirse a salvo durante la noche, ni disfrutarían de paz espiritual, a no ser que contasen con cuatro sólidas paredes que les sepa­rasen eficaz y protectoramente de la vida que bullía en la selva.

La labor fue ardua y le costó buena parte de un mes, aunque sólo construyó una pequeña habitación. Una cabaña de troncos de unos quince centímetros de diámetro, cuyos intersticios rellenó con arcilla que extrajo del suelo, tras excavar unos palmos bajo la superficie.

Con piedras de tamaño adecuado, que encontró en la playa, dispuso una chimenea en un lado del inte­rior de la cabaña. También unió las piedras con barro y, una vez concluido el chamizo, lo revocó aplican­do una capa de arcilla de unos diez centímetros de espesor por toda la fachada.

Cubrió el hueco de la ventana con un trenzado de ramitas, entretejidas vertical y horizontalmente, de forma que constituían una especie de parrilla enre­jada lo bastante sólida como para resistir los embates de un animal de respetable fuerza. De esa mane­ra podían tener aire y ventilación sin menoscabo de la seguridad de la vivienda.

Montó el tejado, en forma de A, con un plano de pequeñas ramas muy juntas, sobre las que exten­dió una capa de hojas de palmera y largas hierbas de la selva, sobre las que extendió finalmente una capa de barro.

Fabricó la puerta con tablas de las cajas en que lle­vaba sus cosas, clavándolas atravesadas entre sí, en diversas capas, hasta constituir un cuerpo sólido de unos siete centímetros de grosor y de aspecto tan firme y sólido que al contemplarlo ambos no pudie­ron por menos que echarse a reír, muy satisfechos.

Tropezó entonces Clayton con la mayor dificultad de todas porque, una vez construida la maciza puer­ta, no tenía medios para fijarla en su sitio. Tras dos jornadas de laboriosos esfuerzos, sin embargo, con­siguió fabricarse dos robustas bisagras de madera durísima, con las que pudo montar la puerta de modo que se abriera y se cerrara fácilmente.

El estucado del interior de las paredes y los demás detalles finales lo realizó después de estar instalados dentro de su nuevo hogar, cosa que hicieron en cuan­to el tejado estuvo en su sitio. Por la noche, apilaban las cajas delante de la puerta y disponían así de una habitación relativamente segura y confortable.

La construcción del mobiliario, cama, sillas y estan­tes, fue tarea más bien sencilla, en comparación, y al término del segundo mes se encontraban perfecta­mente instalados, aunque el continuo temor a que les atacasen las fieras de la selva y la creciente impre­sión de soledad les impedía sentirse todo lo cómodos y felices que hubieran deseado.

Durante las horas nocturnas, bestias imponentes gruñían y rugían en torno a la minúscula cabaña, pero uno puede llegar a acostumbrarse de tal modo a los ruidos que se repiten, que acaba por no pres­tarles atención y por dormir como un tronco toda la noche.

En tres ocasiones columbraron fugazmente figu­ras semejantes a hombres gigantescos como la que habían vislumbrado la primera noche, pero nunca estuvieron lo bastante cerca como para determinar con certeza si aquellas formas entrevistas eran de hombres o de fieras.

Los micos y los pájaros multicolores se habituaron en seguida a la presencia de los nuevos vecinos y como evidentemente era la primera vez que veían seres humanos, en cuanto superaron la alarma inicial, fueron acercándose cada vez más, impe­lidos por esa extraña curiosidad que domina a las criaturas salvajes del monte, de la selva y de la lla­nura, de forma que antes de que hubiese transcu­rrido un mes, las aves llegaban incluso a aceptar la comida que les ofrecían las manos amistosas de los Clayton.

Estaba Clayton una tarde trabajando en la amplia­ción de la cabaña, a la que tenía intención de añadir varias habitaciones, cuando cierto número de aquellos grotescos amiguitos llegaron chillando y emitiendo agudos gruñidos de temor. Huían a través de los árbo­les, procedentes del cerro. En su carrera no dejaban de volver la cabeza repetidamente para mirar hacia atrás, asustados. Por último, se detuvieron cerca de Clayton y empezaron a chapurrear excitadamente, como si tratasen de advertirle de que se aproxima­ba un peligro.

Finalmente, lord Greystoke vio lo que aterraba a los micos: el hombrebestia que Alice y él habían vis­lumbrado fugazmente en alguna que otra ocasión.

Se acercaba a través de la selva, medio erguido, apoyando en el suelo de vez en cuando el dorso de sus cerrados puños. Era un enorme simio antropoi­de de cuya garganta, mientras avanzaba, salían pro­fundos refunfuños guturales y aúllos semejantes a ladridos.

Clayton se encontraba a cierta distancia de la caba­ña, de la que se había alejado en busca de un árbol que fuese particularmente apropiado para sus operaciones constructoras. Los meses de continua seguridad, en el transcurso de los cuales no había visto durante el día fiera peligrosa alguna, le hicieron confiarse de tal modo que dejaba descuidadamente en la cabaña los rifles y revólveres. Y entonces, al ver acercarse a aquel mono gigantesco que aplastaba la maleza mientras se dirigía hacia él, sin dejarle prácticamente ninguna vía de esca­pe, Clayton notó que un vago y ligero escalofrío reco­rría su columna vertebral.

Se daba perfecta cuenta de que, armado sólo con un hacha, sus posibilidades de salir bien librado fren­te a aquel monstruo feroz eran realmente escasas...

«Y Alice -pensó-: ¡Oh, Dios santo! ¿Qué será de Alice?»

Existía, no obstante, una remota posibilidad de lle­gar a la cabaña. Dio media vuelta y echó a correr hacia ella, al tiempo que lanzaba un grito de aviso para que su esposa se apresurara a cerrar la puerta en el caso de que el enorme simio le cortase a él la retirada. Lady Greystoke estaba sentada cerca de la caba­ña y al oír el grito de su marido alzó la cabeza y vio al mono que, con una agilidad casi increíble en un simio tan pesado y de tales proporciones, saltaba en un veloz intento de adelantarse a Clayton.

Alice dejó escapar un pequeño chillido, se precipi­tó hacia la puerta de la choza y, al tiempo que la fran­queaba, lanzó a su espalda un vistazo que le llenó el alma de terror. Porque la bestia había intercepta­do a Clayton, que, acorralado, esgrimía el hacha con las dos manos, listo para descargarla sobre el furio­so gorila en cuanto éste lanzase su ataque final.

-¡Cierra la puerta y atráncala, Alice! -previno Clayton a voz en grito-. Acabaré con este sujeto en dos hachazos.

Pero sabía que se enfrentaba a una muerte horri­ble, y que lo mismo le ocurriría a Alice. El simio era un macho colosal, que pesaría proba­blemente más de ciento treinta kilos. Sus crueles oji­llos, muy juntos, despedían fulgores de odio feroz bajo la espesura hirsuta de las cejas, mientras mostraba sus amenazadores colmillos y emitía un gruñido espe­luznante. Se detuvo momentáneamente ante su presa.

Por encima del hombro de la bestia, Clayton veía el quicio de la puerta de la cabaña, situada amenos de veinte pasos de distancia. Le invadió una oleada de horror al ver salir a su joven esposa, armada con uno de los rifles.

A Alice siempre le habían asustado las armas de fue­go y nunca se atrevía a tocarlas, pero en aquel momen­to se precipitaba hacia el mono, con la intrépida teme­ridad de una leona que protege a sus cachorros.

-¡Atrás, Alice! -gritó Clayton-. ¡Por el amor de Dios, atrás!

Pero la muchacha no le hizo caso y, en aquel pre­ciso instante, el mono descargó su ataque y Clayton ya no pudo añadir nada más.

Blandió el hacha con toda la fuerza de sus brazos, pero el poderoso simio la agarró con aquellas terri­bles manazas, la arrancó de los puños de Clayton y la arrojó lejos de allí.

Con un espantoso rugido, cerró los brazos en tor­no a su indefensa víctima, pero cuando se disponía a clavar sus colmillos sedientos de sangre en la gar­ganta de lord Greystoke, una retumbante detonación sacudió el aire y un proyectil se hundió en la espal­da del mono, entre los omoplatos.

El simio lanzó a Clayton al suelo y se volvió hacia su nuevo enemigo. Ante él estaba la empavoreci­da muchacha, que se esforzaba vanamente en meter otra bala en el cuerpo de la fiera. Pero no enten­día el mecanismo del arma y el percutor cayó infruc­tuosamente sobre un cartucho vacío.

Casi de modo simultáneo Clayton pudo ponerse en pie y, sin pensar en la inutilidad de su tentativa, corrió a separar al simio de la postrada figura de Alice.

Lo consiguió apenas sin esfuerzo. El enorme cua­drumano rodó inerte por encima de la hierba, fren­te a Clayton: estaba muerto. El proyectil había cum­plido su misión.

Un examen apresurado de su esposa indicó a Clayton que en el cuerpo de Alice no había ningu­na señal y lord Greystoke llegó a la conclusión de que la gigantesca fiera había muerto en el mismo segundo en que cayó sobre la mujer.

Con todo el cuidado del mundo, Clayton cogió en brazos la figura inconsciente de su esposa y la llevó a la cabaña, pero transcurrieron dos horas largas antes de que Alice recobrase el sentido. Sus primeras frases sembraron el ánimo de Clayton de una vaga aprensión.

Algún tiempo después de haber vuelto en sí, la muchacha lanzó una mirada de asombro por la estan­cia y luego, tras un suspiro de satisfacción, exclamó: -¡Oh, John, es tan verdaderamente maravilloso estar en casa! He tenido un sueño horrible, cariño. Soñé que ya no estábamos en Londres, sino en un lugar espan­toso donde nos atacaban unas fieras enormes.

-Vamos, vamos, Alice -Clayton le acarició la fren­te-, intenta volver a dormirte y no te preocupes de las pesadillas.

Aquella noche nació su hijito en la minúscula caba­ña levantada junto a la selva virgen, mientras un leo­pardo rugía ante la puerta y desde el otro lado del cerro llegaba el sordo bramar de un león. Lady Greystoke no se recuperó del sobresalto que le produjo el ataque del gigantesco simio y, aunque vivió un año más, tras dar a luz a su hijo, no volvió a salir de la cabaña ni llegó a comprender del todo que ya no se encontraba en Inglaterra.

A veces preguntaba a Clayton qué eran aquellos extraños ruidos que se oían por la noche; dónde esta­ban los criados, que nunca aparecían por allí; y por qué tenían amueblada la estancia con aquellas pie­zas tan toscas. Pero aunque lord Greystoke siempre le decía la verdad, Alice nunca tomó conciencia de la realidad de la situación.

En otros aspectos se mostraba absolutamente racio­nal, y la dicha y la alegría que le proporcionaba tener aquel hijo y gozar de las atenciones con que la col­maba su esposo consiguieron que aquel año fuera, más que extraordinariamente feliz para ella, el más feliz de su joven vida.

Clayton no ignoraba que, de haber estado Alice en plena posesión de sus facultades mentales, los temores y aprensiones la habrían afligido continuamente, -por lo que aunque para él era un sufrimiento terrible verla así, en ocasiones casi se alegraba de que, por el propio bien de Alice, ésta no comprendiese las cir­cunstancias que les rodeaban.

Había abandonado bastante tiempo atrás la espe­ranza de que los rescatasen, a no ser que surgiera algún azar favorable. Con infatigable diligencia había ido adornando y mejorando el interior de la cabaña.

Pieles de león y de pantera cubrían el suelo. Armarios y estanterías se alineaban en las paredes. Curiosos jarrones que él mismo había hecho con barro de la zona albergaban ramos de preciosas flo­res tropicales. Cortinas de hierba y bambú decora­ban las ventanas, un revestimiento de madera recu­bría paredes y techo y un suelo de tablas entarimaba el piso. Trabajar aquella madera le resultó lo más arduo de todo, dada la escasez de herramientas de que disponía.

Se maravillaba de haber sido capaz de realizar con sus propias manos toda aquella labor, desacostum­brada para él. Pero le encantaba trabajar, ya que lo hacía por Alice y por la criaturita que había llegado para alegrarles, aunque aquella pequeña vida cen­tuplicaba las responsabilidades y los terribles apu­ros de la situación.

Durante el año que siguió, Clayton se vio atacado varias veces por los gigantescos simios, que ahora parecían infestar los alrededores de la cabaña; pero no volvió a aventurarse fuera de ella sin rifle y revól­veres, pese a que aquellas bestias formidables no le asustaban en exceso.

Había reforzado la protección de las ventanas y colocado en la puerta un pestillo especial de made­ra; de modo que cuando salía a cazar o a recoger fru­tos, lo que hacía asiduamente ya que era impres­cindible para asegurar la subsistencia, se marcha­ba con la seguridad de que ninguna fiera podía irrumpir en la casa.

Al principio cazaba bastante disparando desde las ventanas de la cabaña, pero el instinto no tardó en inculcar en los animales un saludable temor hacia aquella extraña guarida de la que brotaba el terrorí­fico trueno que producía el rifle de Clayton.

En sus ratos de ocio, lord Greystoke leía, con fre­cuencia en voz alta para que Alice lo escuchara, algu­no de los libros que había llevado para el nuevo hogar del matrimonio. Entre esos volúmenes figuraban varios infantiles -libros ilustrados, cartillas, libros de lectura-, porque sabía que su hijo habría cumplido los años suficientes para aprovecharlos antes de que pudieran regresar a Inglaterra.

En otras ocasiones, Clayton dedicaba su tiempo a escribir su diario, que se había acostumbrado a lle­var en francés y en el que dejaba constancia de los detalles de su nada corriente existencia. Ese diario lo guardaba bajo llave en una cajita metálica.

Un año justo después del nacimiento del niño, lady Alice falleció silenciosamente durante la noche. Era tan apacible la mujer que transcurrieron unas horas antes de que Clayton se percatara de que su esposa había muerto.

Lo espantoso de la situación fue filtrándose muy des­pacio en el ánimo de Clayton y es harto dudoso que lle­gara a comprender alguna vez toda la magnitud de su dolor y la terrible responsabilidad que caía sobre sus hombros, representada por la ineludible obligación de cuidar de aquel ser, su hijo, todavía un niño de pecho.

La última anotación que hizo en su diario data de la mañana siguiente al fallecimiento de lady Alice. Allí refiere Clayton los desconsolados detalles en un esti­lo sencillo que añade ternura a su lamento; porque denota una cansina apatía, resultado del largo tiem­po de tristezas y desesperanzas, que culminaba con aquel golpe cruel a cuyo sufrimiento difícilmente podría sobreponerse:

«Mi pequeño llora y pide que le den de mamar... Oh, Alice, Alice. ¿Qué debo hacer?». Y al escribir estas palabras, las últimas que iba a trazar su mano, John Clayton dejó caer pesadamen­te la cabeza sobre los brazos extendidos encima de la mesa que había construido para Alice, que ahora yacía fría e inmóvil en la cama, cerca de él.

Durante un buen rato, ningún sonido interrumpió la quietud, el silencio mortal del mediodía de la sel­va, salvo el lloriqueo lastimoso de la diminuta cria­tura humana.


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