Teatro español burlesco/XI
CAPÍTULO XI.
TAN complacido me dejó esta carta por un lado, como frio por ótro: tres ó cuatro veces sentí una especie de calofrios que parecían preludio de tercianas; y por fin, ella se acabó de leer, y yo me quedé tan callado como una estatua. Todos los de casa se miraban únos á ótros, y ningúno se atrevía á romper el silencio, hasta que un estudiantito, que sola ir á que mi Antonia le diese algunas lecciones de representado y de bailar la tirana, y en esta ocasion nos había servido para leer la carta, porque en letra de mano nunca ha estado mi Juan muy diestro, rompió oportunamente el silencio, y dijo: ¿qué es esto, señores? Deseábase con ansia esta carta, y apenas ha venido, parece que ha quitado á tódos el habla. Sin embargo, me parece que no hay en ella motivo para tanta confusion. Pidió V., señor maestro, á este D. Sincero que diese su aprobacion ó dictámen sobre la obra de usted, y su respuesta, que está escrita con toda la atencion posible, no solamente es una aprobacion, sino una aprobacion tan completa, que se extiende hasta el titulo, el tema y cuanto en lo que V. le remitió. Sí, señor Nicolasito, dije yo al estudiante que se llamaba Nicolas, y le nombrábamos de este modo por la mucha confianza, y porque aún no había cumplido quince años; sí, señor Nicolasito, aprobacion y aprobacion completa; pero ¿con qué zurrapas?
No siento lo que me llamas, sino el retintin con que me lo llamas. ¿No ve V. ese encono con que trata á las inmortales obras de nuestro teatro, que hasta se atreve á decir que ni úna tenemos que no tenga algunos defectos? Asegúrole á V., á fe de Crispin, que tiene esa carta muchas y muy muchas proposiciones que, no embargante su mucha cortesanía, han atravesado este corazon como si fueran otras tantas lanzas ó flechas emponzoñadas. No fuera mi dolor tanto, si este D. Sincero no fuera tan gatica de Mari—Ramos, y procediese con menos comedimientos. Lítreme Diosde las aguas mansas; desvergüenzas quería yo, que nó cortesanías; que si el se me viniera con desvergüenzas y libertades, riyérame yo de él á carcajadas, y quedára desahogado con decirle otras tantas, que, gracias a Dios, no me faltaría caudal ni espíritu para decir, más alta es la mia, ó reirme de cuanto dijese; pero cuando viene tan modestito con el tono de quien tiene razon, no me atrevo yo á decirle cosa que no sea correspondiente á su tono; y vea V. cuá es mi pesar, que me parece que ese D. Sincero de mis pecados me ha de forzar á que confiese yo tambien que nuestras comedias son defectuosas; y ántes ciegue él y toda su casta, que pueda ver salir de mi boca confesion semejante. ¿Y qué necesidad hay de —que haga V. semejante confesion? replicó Nicolasito, que me pareció entonces un ángel descendido del cielo para mi consuelo y el de mi Antonia, que á cada palabra que decía, daba una carcajada de aprobacion. Ninguna necesidad, ninguna absolutamente hay de que V. confiese lo que le repugna. El señor don Sincero se ha tragado que V. reimprime esas comedias para burlarse de las ótras; y en eso va tan distante del blanco como en lo demás. ¿Qué se le da á usted de ello? ¿Es V. responsable de sus errores? Nó, por cierto. Ése debe de estar preocupado como tantos en contra de nuestro precioso teatro; y cuanto habla de teatro. le parece que es ir con su parecer. Esto nace, señor maestro, de tener la cabeza alterada.
D. Quijote veía ejércitos de enemigos donde sólo había una manada de carneros, y gigantes donde nadie descubriera sino molinos de viento; y este nuevo D. Quijote ve una sátira muy sublime donde sólo hay una aprobacion trivial, y reprensiones á millares donde nadie ha puesto sino alabanzas. Pues, señor mio, el que esté loco el ótro por ese lado, ¿ha de ser motivo para que V. se acibare y nos dé á tódos pesadumbre? Nó, señor; en su pellejo de V., me riyera yo de su locura, y valiéndome de su aprobacion, imprimiera la obra, y con ella la carta y las notas, que llevára eso más de que tódos se riyeranpara Bendito sea ese piquito de oro, que saber no va en canas, ni valor, en barbas, exclamé yo; y sin dejarme proseguir, me interrumpió Antonia: ¿Y cómo, si es piquito de oro? No lo sabe V. como yo: que no tiene cosa mi discípulo, que no sea oro finísimo. Haga usted cuanto le dice, y acertarálo, que así hago yo, y me va muy bien, y lo demás es andarse por las ramas y si yo fuera V., le había de calzar unos zapatos nuevos, no más que por la respuesta, que ya le van haciendo falta al pobrecito.—Dices muy bien, Antonia, que le calce Juan aquellos entapetados, que inás vale que cien pares de zapatos el sosiego que ha infundido en mi ánima con su respuesta, y el descanso con que me deja su acertada resolucion.