Tercer Libro de La galatea: 03

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Tercer Libro de La galatea Miguel de Cervantes



sino del alma el escondido centro

mira, y contempla mil bellezas puras
que le acuden y salen al encuentro.
    Mortales y caducas hermosuras
no satisfacen a la inmortal alma,
si de la luz perfecta no anda a escuras.
    Tu sin igual virtud lleva la palma
y los despojos de mis pensamientos,
y a los torpes sentidos tiene en calma.
    Y en esta subjeción están contentos,
porque miden su dura amarga pena
con el valor de tus merescimientos.
    Aro en el mar y siembro en el arena
cuando la fuerza estraña del deseo
a más que a contemplarte me condemna.
    Tu alteza entiendo, mi bajeza veo,
y, en estremos que son tan diferentes,
ni hay medio que esperar ni le poseo.
    Ofrécense por esto inconvinientes
tantos a mi remedio, cuantas tiene
el cielo estrellas y la tierra gentes.
    Conozco lo que al alma le conviene,
sé lo mejor, y a lo peor me atengo,
llevado del amor que me entretiene.
    Mas ya, Nísida bella, al paso vengo,
de mí con mortal ansia deseado,
do acabaré la pena que sostengo.
    El enemigo brazo levantado
me espera, y la feroz aguda espada,
contra mí con tu saña conjurado.
    Presto será tu voluntad vengada
del vano atrevimiento desta mía,
de ti sin causa alguna desechada.
    Otro más duro trance, otra agonía,
aunque fuera mayor que de la muerte
no turbara mi triste fantasía,
    si cupiera en mi corta amarga suerte
verte de mis deseos satisfecha,
así como al contrario puedo verte.
    La senda de mi bien hállola estrecha;
la de mi mal, tan ancha y espaciosa,
cual de mi desventura ha sido hecha.
    Por ésta corre airada y presurosa
la muerte, en tu desdén fortalecida,
de triunfar de mi vida deseosa.
    Por aquélla mi bien va de vencida,
de tu rigor, señora, perseguido,
qu’es el que ha de acabar mi corta vida.
    A términos tan tristes conducido
me tiene mi ventura, que ya temo
al enemigo airado y ofendido,
    sólo por ver qu’el fuego en que me quemo
es yelo en ese pecho, y esto es parte
para que yo acobarde al paso estremo;
    que si tú no te muestras de mi parte,
¿a quién no temerá mi flaca mano,
aunque más le acompañe esfuerzo y arte?
    Pero si me ayudaras, ¿qué romano
o griego capitán me contrastara,
que al fin su intento no saliera vano?


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