Tercer Libro de La galatea: 04

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Tercer Libro de La galatea Miguel de Cervantes




Por el mayor peligro me arrojara,
y de las fieras manos de la muerte
los despojos seguro arrebatara.
    Tú sola puedes levantar mi suerte
sobre la humana pompa, o derribarla
al centro do no hay bien con que se acierte;
    que, si como ha podido sublimarla
el puro amor, quisiera la fortuna
en la difícil cumbre sustentarla,
    subida sobre el cielo de la luna
se viera mi esperanza, que ahora yace
en lugar do no espera en cosa alguna.
    Tal estoy ya, que ya me satisface
el mal que tu desdén airado, esquivo,
por tan estraños términos me hace,
    sólo por ver que en tu memoria vivo,
y que te acuerdas, Nísida, siquiera
de hacerme mal, que yo por bien rescibo.
    Con más facilidad contar pudiera
del mar los granos de la blanca arena,
y las estrellas de la octava esfera,
    que no las ansias, el dolor, la pena
a qu’el fiero rigor de tu aspereza,
sin haberte ofendido, me condemna.
    No midas tu valor con mi bajeza,
que al respecto de tu ser famoso,
por tierra quedará cualquiera alteza.
    Así cual soy te amo, y decir oso
que me adelanto en firme enamorado
al más subido término amoroso.
    Por esto no merezco ser tratado
como enemigo; antes, me parece
que debría de ser remunerado.
    Mal con tanta beldad se compadece
tamaña crueldad, y mal asienta
ingratitud do tal valor floresce.
    Quisiérate pedir, Nísida, cuenta
de un alma que te di: ¿dónde la echaste,
o cómo, estando ausente, me sustenta?
    Ser señora de un alma no aceptaste;
pues, ¿qué te puede dar quien más te quiera?
¡Cuán bien tu presumpción aquí mostraste!
    Sin alma estoy desde la vez primera
que te vi, por mi mal y por bien mío,
que todo fuera mal si no te viera.
    Allí el freno te di de mi albedrío,
tú me gobiernas, por ti sola vivo,
y aun puede mucho más tu poderío.
    En el fuego de amor puro me avivo
y me deshago, pues, cual fénix, luego
de la muerte de amor vida rescibo.
    En fe desta mi fe, te pido y ruego
sólo que creas, Nísida, que es cierto
que vivo ardiendo en amoroso fuego,
    y que tú puedes ya, después de muerto,
reducirme a la vida, y en un punto
del mar airado conducirme al puerto;
    que está para conmigo en ti tan junto
el querer y el poder, que es todo uno,
sin discrepar y sin faltar un punto;
y acabo, por no ser más importuno.


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