Tercer Libro de La galatea: 07

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Tercer Libro de La galatea Miguel de Cervantes





Cielo sereno, que con tantos ojos
los dulces amorosos hurtos miras,
y con tu curso alegras o entristeces
a aquel que en tu silencio sus enojos
a quien los causa dice, o al que retiras 5

de gusto tal y espacio no le ofreces:
si acaso no careces
de tu benignidad para conmigo,
pues ya con sólo hablar me satisfago,
y sabes cuanto hago, 10
no es mucho que ahora escuches lo que digo,
que mi voz lastimera
saldrá con la doliente ánima fuera.



Ya mi cansada voz, ya mis lamentos
bien poco ofenderán al aire vano, 15
pues a término tal soy reducido,
que ofrece amor a los airados vientos
mis esperanzas, y en ajena mano
ha puesto el bien que tuve merescido.
Será el fruto cogido 20
que sembró mi amoroso pensamiento
y regaron mis lágrimas cansadas,
por las afortunadas
manos a quien faltó merescimiento
y sobró la ventura, 25
que allana lo difícil y asegura.

 


Pues el que vee su gloria convertida
en tan amarga dolorosa pena,
y tomando su bien cualquier camino,
¿por qué no acaba la enojosa vida? 30
¿Por qué no rompe la vital cadena
contra todas las fuerzas del destino?
Poco a poco camino
al dulce trance de la amarga muerte,
y así, atrevido aunque cansado brazo, 35
sufrid el embarazo
del vivir, pues ensalza nuestra suerte
saber que a amor le place
qu’el dolor haga lo qu’el hierro hace.



Cierta mi muerte está, pues no es posible 40
que viva aquél que tiene la esperanza
tan muerta y tan ajeno está de gloria;
pero temo que amor haga imposible
mi muerte, y que una falsa confianza
dé vida, a mi pesar, a la memoria. 45
Mas, ¿qué?, si por la historia
de mis pasados bienes la poseo,
y miro bien que todos son pasados,

y los graves cuidados
que triste agora en su lugar poseo, 50
ella será más parte
para que della y del vivir me aparte.



¡Ay, bien único y solo al alma mía,
sol que mi tempestad aserenaste,
término del valor que se desea! 55
¿Será posible que se llega el día
donde he de conocer que me olvidaste,
y que permita amor que yo le vea?
Primero que esto sea,
primero que tu blanco hermoso cuello 60
esté de ajenos brazos rodeado,
primero que el dorado
-oro es mejor decir- de tu cabello
a Daranio enriquezca,
con fenecer mi vida el mal fenezca. 65


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