Tercer Libro de La galatea: 22

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Tercer Libro de La galatea Miguel de Cervantes





            ¡Belisa, luz del día,
gloria de la edad nuestra,
si valen ya contigo
ruegos de un firme amigo,
tiempla el rigor airado de tu diestra, 125
y el fuego deste mío
pueda en tu pecho deshacer el frío!
Más sorda a mi lamento,
más implacable y fiera
que a la voz del cansado marinero 130
el riguroso viento
qu’el mar turba y altera
y amenaza a la vida el fin postrero;
mármol, diamante, acero,
alpestre y dura roca, 135
robusta, antigua encina,
roble que nunca inclina
la altiva rama al cierzo que le toca:
todo es blando y suave,
comparado al rigor que’n tu alma cabe. 140
Mi duro amargo hado,
mi inexorable estrella,
mi voluntad, que todo lo consiente,
me tienen condemnado,
Belisa ingrata y bella, 145
a que te sirva y ame eternamente.
Y, aunque tu hermosa frente,
con riguroso ceño,
y tus serenos ojos
me anuncien mil enojos, 150
  serás desta alma conocida dueño,
en tanto que en el suelo
la cubriere mortal corpóreo velo.
¿Hay bien que se le iguale
al mal que me atormenta? 155
¿Y hay mal en todo el mundo tan esquivo?
El uno y otro sale
de toda humana cuenta,
y aun yo sin ella en viva muerte vivo.
En el desdén avivo 160
mi fe, y allí se enciende
con el helado frío;
mirad qué desvarío,
y el dolor desusado que me ofende,
y si podrá igualarse 165
al mal que más quisiere aventajarse.
Mas, ¿quién es el que mueve
las ramas intricadas
deste acopado mirto y verde asiento?


OROMPO

Un pastor que se atreve, 170
con razones fundadas
en la pura verdad de su tormento,
mostrar que el sentimiento
de su dolor crescido
al tuyo se aventaja, 175
por más que tú le estimes,
levantes y sublimes.


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