Tercer Libro de La galatea: 29

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Tercer Libro de La galatea Miguel de Cervantes




CRISIO

Cual raudo y hondo río
suele impedir al caminante el paso, 540
y al viento, nieve y frío
le tiene en campo raso,
y el albergue delante
se le muestra de allí poco distante,
tal mi contento impide 545
esta penosa y tan prolija ausencia,
que nunca se comide
a aliviar su dolencia,
y casi ante mis ojos
veo quien remediará mis enojos. 550
Y el ver de mis dolores
tan cerca la salud, tanto me aprieta,
  que los hace mayores,
pues por causa secreta,
cuanto el bien es cercano, 555
tanto más lejos huye de mi mano.


ORFINIO

Mostróseme a la vista
un rico albergue de mil bienes lleno;
triunfé de su conquista,
y, cuando más sereno 560
se me mostraba el hado,
vilo en escuridad negra cambiado.
Allí donde consiste
el bien de los amantes bien queridos,
allí mi mal asiste; 565
allí se ven unidos
los males y desdenes
donde suelen estar todos los bienes.
Dentro desta morada
estoy, de do salir nunca procuro, 570
por mi dolor fundada
de tan estraño muro,
  que pienso que le abaten
cuantos le quieren, miran y combaten.


OROMPO

Antes el sol acabará el camino 575
que es proprio suyo, dando vuelta al cielo
después de haber tocado en cada signo,
que la parte menor de nuestro duelo
podamos declarar como se siente,
por más q[u]’[e]l bien hablar levante el vuelo. 580
Tú dices, Crisio, qu’el que vive ausente
muere; yo, que estoy muerto, pues mi vida
a muerte la entregó el hado inclemente.
Y tú, Marsilo, afirmas que perdida
tienes de gusto y bien toda esperanza, 585
pues un fiero desdén es tu homicida.
Tú repites, Orfinio, que la lanza
aguda de los celos te traspasa,
no sólo el pecho, que hasta el alma alcanza.
Y como el uno lo que el otro pasa 590
no siente, su dolor solo exagera,
y piensa que al rigor del otro pasa.
Y, por nuestra contienda lastimera,
de tristes argumentos está llena
  del caudaloso Tajo la ribera. 595
Ni por esto desmengua nuestra pena;
antes, por el tratar la llaga tanto,
a mayor sentimiento nos condemna.
Cuanto puede decir la lengua, y cuanto
pueden pensar los tristes pensamientos, 600
es ocasión de renovar el llanto.
Cesen, pues, los agudos argumentos,
que en fin no hay mal que no fatigue y pene,
ni bien que dé siguros los contentos.
¡Harto mal tiene quien su vida tiene 605
cerrada en una estrecha sepultura,
y en soledad amarga se mantiene!
¡Desdichado del triste sin ventura
que padece de celos la dolencia,
con quien no valen fuerzas ni cordura, 610
y aquel que en el rigor de larga ausencia
pasa los tristes miserables días,
llegado al flaco arrimo de paciencia,
y no menos aquel qu’en sus porfías
siente, cuando más arde, en su pastora 615
entrañas duras e intenciones frías!


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