Texto del sermón del reverendo padre fray José María Romo, pronunciado en la iglesia de la Merced

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Esta página forma parte de los Documentos históricos contenidos en Wikisource.


Texto del sermón del reverendo padre fray José María Romo, pronunciado en la iglesia de la Merced

29 de agosto de 1810

¡Oh, ciudadanos de Santiago! ¿Tengo yo razón para aplicaros, lleno de un amargo dolor estas sentidas quejas del profeta? ¿Puedo deciros hoy, que todas vuestras miras son por las cosas de la tierra y que habéis echado a vuestro Dios en olvido con dureza y obstinación deplorables?


¡Ay de mí! Y ojalá no tuviéramos tantos motivos para quejarnos en nombre del Señor de vuestra obcecación espantosa.

¿Cómo? ¿Lo diré? ¿Y, por qué no lo he de decir, cuando éste es el escándalo de nuestros días, lo que arranca lágrimas y gemidos a las almas justas y lo que hace estremecer los atrios de la casa del Señor? ¿Qué cosa?

Ese espíritu revolucionario y altanero que reina en muchos de nuestros amados chilenos que se creen verdaderos patriotas, cuando no hacen más que desnudar el cuello de la patria para el degüello.

Hablemos claro, que ninguna cosa embaraza más que ésta el negocio de nuestra salvación y ninguna puede acarrearnos mayores males.

Porque ¿cómo podrán pensar en su salvación unos cristianos conmovidos y agitados con ese nuevo plan de gobierno, contra las leyes de nuestra monarquía y contra los preceptos de Dios?

Digan lo que quieran los que intentan introducir este nuevo sistema.

Lo cierto es que para una alteración de tanta consecuencia, no tenemos orden de [la] Península.

La constitución de los gobiernos de América está en su ser. No se nos ha dado orden para que la alteremos, no se nos ha dicho que podemos gobernarnos por nosotros mismos y a nuestro arbitrio.

Antes bien, sabemos que la Junta que representa la autoridad del Monarca, ha dado sus órdenes, ha elegido y autorizado al jefe qué debe venir a gobernarnos.

Pensar, pues, en resistir a estas órdenes es querer resistir a la ordenación de Dios, como lo dice el Apóstol: Qui potestati resistit, Dei ordinationi resistit.

En España no sabemos que haya otra autoridad que la de la Junta, reconocida por la nación; ésta nos ha dado la Providencia en estos días, a ésta nos ha sujetado por la ausencia y desgracia de nuestro Soberano.

Decid, pues claro, que no queréis sujetaros ni obedecer aquel precepto de Dios: Omnis anima potestatibus sublimioribus, subdita sit, que no queréis obedecer a la potestad de los reyes de España, que Dios nos dio, desde la conquista y que nos ha conservado hasta hoy misericordiosamente.

Decid que pensáis gobernares mejor, por vosotros mismos que por la potestad de lo Alto, y entonces no os admiraréis de que declamemos en los púlpitos contra una desobediencia tan escandalosa, contra una soberbia tan luciferina y contra una ambición tan funesta, que no sólo degrada a nuestro reino del concepto de fiel, obediente y sumiso, en que lo han tenido las naciones, sino que excita la justicia de Dios, a que descargue sobre nosotros todos sus rayos y anatemas.

No vale decir que sólo se intenta el nuevo Gobierno para conservar estos dominios al Rey católico, y entregárselos cuando fuese colocado en su trono, porqué, decidme, hermanos míos, permitidme que os haga esta pregunta, uno que no sabe de materias de Estado, uno que no sabe más que confesar y predicar, como lo decís, permitidme, digo, que os pregunte ¿cómo los demás reinos y provincias de América no han hecho semejante alteración en sus gobiernos?

Por una sola ciudad de Buenos Aires que la ha hecho, ¿queréis seguir su ejemplo y no queréis seguir el de la capital del Perú, el de la de México, Montevideo y otras ciudades y plazas que se mantienen fielmente obedientes, a sus legítimos superiores?

¿Es posible que sólo en nuestro pequeño Chile se hallen hoy los verdaderos sabios, los verdaderos políticos, los verdaderos patriotas y que todas las demás provincias de América, esas dilatadas provincias y populosas ciudades, no sepan lo que hacen?

¿No es ésta una vergonzosa soberbia que merece los castigos del cielo?

Pero aun cuando vuestro proyecto fuera justo por sí mismo, ¿lo sería también por sus consecuencias?

¿Podéis asegurar el verificativo sin derramamiento de sangre, sin introducir las violencias, los robos, el saqueo de nuestros templos, de vuestras casas, la muerte de mil inocentes, los estupros, los incendios y otras calamidades consiguientes?

Y aun cuando estuviereis seguros de conseguirlo, a medida de vuestros deseos y sin que se siguiera ninguno de los ya referidos espantosos males, ¿cuánto duraría este nuevo Gobierno en vuestras manos?

¿Lo podríais conservar por muchos meses, y aun quizás por muchos años, para entregarlo, después de pasada la guerra de España, a su legítimo soberano, caso que éste sea vuestro pensamiento?

¿Qué sería de nosotros si en el entretanto, valiéndose de la ocasión oportuna, apareciese una flota de enemigos, en las costas de nuestro reino, abiertas de sur a norte en esas costas despobladas y sin resguardo?

¿Cuántas disensiones, a más de esto, cuántos partidos, cuántos resentimientos se suscitarían entre los extranjeros y españoles?

¿Son éstos, decidme, unos vanos temores de una imaginación acalorada? ¿No son más bien, unas consecuencias necesarias y experimentadas en las ciudades que han querido alterar sus gobiernos, en nuestros días y en nuestra América?

¿Cómo, pues, ¡oh chilenos!, si sois sabios, no advertís que es mejor y más acertado tomar todos los medios para aplacar a Dios, que tan irritado le tenemos, y para merecer su protección, pues con ella todo lo tenemos y sin ella no habrá mal que no venga sobre nosotros?