Tierra de promisión (Versión para imprimir)

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INTRODUCCIÓN[editar]

El nombre de José Eustasio Rivera ha quedado para siempre vinculado al título de su novela La vorágine, publicada en y reconocida hoy en día como una de las obras narrativas fundamentales en la historia de la literatura colombiana y latinoamericana. De alguna manera, pareciera como si en la memoria colectiva la obra de Rivera se limitara a este único título, compartiendo así un destino que ha marcado la biografía de muchos otros escritores. Sin embargo, el lector de Libro al viento descubrirá que en Tierra de promisión, la colección de sonetos que ahora presentamos, publicada años antes que La vorágine, se encontraban ya muchas de las claves íntimas, temáticas y literarias que más tarde le imprimieron esa particular vitalidad a la novela.

Título de reminiscencias bíblicas, Tierra de promisión es un canto a la íntima relación del poeta con el paisaje. Resultado de un tema poético que trabajaba desde muy joven, José Eustasio Rivera ilustró en este libro la identificación de su palabra con una naturaleza autóctona, cuyos rasgos podrían hacer pensar también en un territorio primordial más allá del tiempo, y donde su mirada vital de testigo de excepción se cruzaba con los elementos esenciales de ese mundo tropical, dividido en las tres inmensas zonas del paisaje americano: la selva, o también el bosque tropical, las montañas y las llanuras.

Enmarcado, por lo demás, en el escenario de la tierra caliente, Tierra de promisión es también la recreación nostálgica de la geografía y los territorios afectivos de la infancia y la primera juventud del poeta en el recién fundado departamento del Huila. Dictados por el ensueño de un protagonista anónimo, que se presenta al inicio del libro como “un grávido río”, clara analogía con el gran río Magdalena, estos sonetos responden a las tensiones y los ritmos internos de la voz de un hombre que se busca a sí mismo entre las luces, los silencios, y las resonancias de una flora y una fauna a las que, a su vez, busca para darles un nombre nuevo.

Con una primera edición en 1921 por la Casa Arboleda y Valencia en Bogotá, Tierra de promisión tuvo cuatro ediciones en vida de José Eustasio Rivera, dos más en 1921 y una última en 1926, por Editorial Minerva en Bogotá, donde se incluyeron numerosos cambios hechos por el mismo autor en algunos de los sonetos y es la base de la presente edición de Libro al viento. El libro Tierra de promisión consta de un Prólogo y tres partes, con un total de cincuenta y cinco sonetos. Esta clásica forma de composición poética está armada en catorce versos, distribuidos en dos cuartetos, o estrofas de cuatro versos, que se rigen por una misma rima, y dos tercetos, cada uno con una rima independiente. En Tierra de promisión, Rivera combinó el soneto clásico de versos endecasílabos con el de versos alejandrinos, típico de la poesía modernista. Con un buen recibimiento, en general, por parte de la crítica y los lectores del momento, el libro recogía algunos de los sonetos publicados por Rivera en distintos periódicos y aparecía como resultado de una larga práctica empezada desde 1908, aproximadamente.

Descendiente de militares y políticos, José Eustasio Rivera nació en Neiva el 19 de febrero de 1888 y murió en la ciudad de Nueva York el 1º de diciembre de 1928, a un paso de cumplir los cuarenta y un años, como consecuencia de una salud durante años precaria. Criado en el seno de una familia empobrecida, pasó los primeros años de la infancia en el campo y realizó los estudios de primaria y secundaria en Neiva y Bogotá, graduándose en la Escuela Normal de esta ciudad en 1908 con el título de Maestro. Tuvo una vida laboral activa desde muy joven; se inició con el cargo de inspector escolar en la ciudad de Ibagué, y pasó José Eustasio Rivera por el ministerio de Gobierno y el de Educación antes de graduarse como abogado en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional en 1917.

Paralelo al creciente reconocimiento como poeta, José Eustasio Rivera comenzó desde la década de 1920 una carrera pública donde demostró siempre una rectitud a toda prueba, con un compromiso constante a defender los intereses y la soberanía de la nación por encima de sus intereses personales en sus cargos políticos y diplomáticos. Así se lo evidenció en los casos específicos del tema aún candente de la separación de Panamá, del Tratado de límites con el Perú y, en especial, la demarcación de las fronteras con Venezuela, experiencia directa por los territorios del llano y de la selva, que le serviría más adelante para terminar de darle forma a su novela La vorágine, iniciada en 1922.

En un recorrido constante por el territorio nacional, Rivera viajaría en 1924 hasta Florencia, Caquetá, con el propósito de enterarse de los problemas de los caucheros en los límites de este departamento y del Putumayo. Comisión que, además de significarle material literario, estaba directamente relacionada con el problema limítrofe de Perú y, particularmente, con la presencia y el avance de la tristemente famosa Casa Arana. Ese mismo año de 1924 fue elegido, desde la Cámara de Representantes, como integrante de las comisiones de Relaciones Exteriores y de Colonización y en 1925 formó parte de la Comisión Investigadora de la República, con la función de seguir los casos sobre malversación de fondos públicos e irregularidades ministeriales y administrativas.

En 1926 fue nombrado miembro de la Junta Directiva del Ferrocarril del Pacífico y, en la que sería su última participación en cualquier cargo público en Colombia, el Ministerio de Relaciones Exteriores lo nombró representante en el Congreso Internacional de Inmigración y Emigración, celebrado en La Habana, Cuba, a finales de marzo de 1928. Por los mismos años empezaba también a trabajar en el plan de una obra llamada La mancha negra, especie de segunda parte de sus denuncias a la nueva esclavitud impresas en La vorágine, y que en este caso se dirigían a la de la explotación petrolera.

Con el anhelo de recuperar el sueño de dedicarse por entero a la escritura, José Eustasio Rivera partió de La Habana hacia la ciudad de Nueva York, donde llegó en el mes de abril de 1928. Dos propósitos lo impulsaban a buscar fortuna en esta otra naturaleza desconocida: traducir y publicar La vorágine en inglés y encontrar un productor que le llevara su novela al cine. Logró el primero de los dos antes de morir. Como en los mitos del llano y de la selva, la muerte de José Eustasio Rivera tuvo explicaciones múltiples y, por momentos, contradictorias. Se habló de una recaída de paludismo, de un derrame cerebral, de un envenenamiento por sus enemigos, de las consecuencias de los excesos libertinos del pasado y de una fiebre altísima. También se agregaba a la lista una oscura y silenciosa venganza de la selva. Quizás la verdad la encuentre el lector de Libro al viento en estos versos de uno de los sonetos de Tierra de promisión:

Rendido ante el dolor de la penumbra,
mi ser, que es una luz, se apesadumbra;
después, con los murientes horizontes
me voy desvaneciendo, me evaporo…
y mi espíritu vaga por los montes
como una gran luciérnaga de oro.

   




[editar]

Soy un grávido río, y a la luz meridiana
ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje;
y en el hondo murmullo de mi audaz oleaje
se oye la voz solemne de la selva lejana.
Flota el sol entre el nimbo de mi espuma liviana;
y peinando en los vientos el sonoro plumaje,
en las tardes un águila triunfadora y salvaje
vuela sobre mis tumbos encendidos en grana.
Turbio de pesadumbre y anchuroso y profundo,
al pasar ante el monte que en las nubes descuella
con mi trueno espumante sus contornos inundo;
y después, remansado bajo plácidas frondas,
purifico mis aguas esperando una estrella
que vendrá de los cielos a bogar en mis ondas.

   




PRIMERA PARTE[editar]

I

Esta noche el paisaje soñador se niquela
con la blanda caricia de la lumbre lunar;
en el monte hay cocuyos, y mi balsa que riela
va borrando luceros sobre el agua estelar.
El fogón de la prora con su alegre candela
me enciende en oro trémulo como a un dios tutelar;
y unos indios desnudos, con curiosa cautela,
van corriendo en la playa para verme pasar.
Apoyado en el remo, avizoro el vacío,
y la luna prolonga mi silueta en el río;
me contemplan los cielos, y del agua al rumor
alzo tristes cantares en la noche perpleja,
y a la voz del bambuco que en la sombra se aleja,
la montaña responde con un vago clamor.


II

Un guadual que rumora mientras duerme el plantío;
y en el cauce arenoso de corriente salvaje,
solitaria en un tronco donde el tumbo hace encaje,
una garza que sueña con las ondas del río.
En sus plumas de raso se abrillanta el rocío;
y después, cuando escruta, maliciosa, el paraje,
alargando su cuello sobre el limpio oleaje,
clava, inquieta, los ojos en el fondo sombrío.
Es un pez nacarino que irisándose juega
en la diáfana linfa del remanso callado;
la enemiga acechante los plumones despliega,
con asalto certero del cristal lo arrebata,
y se eleva oprimiendo con el pico rosado
un estuche de carne guarnecido de plata.

   

III

Cerca del ancho río que murmura,
en las arenas que el cenit rescalda
vela el caimán, cuya rugosa espalda
parece cordillera en miniatura.
Viendo nadar sobre la linfa pura
lustroso pato de plumaje gualda,
como túrbido grano de esmeralda
agranda el ojo entre la cuenca dura.
Pérfidamente sumergido un rato
en la líquida sombra, de repente
aprietan sus mandíbulas al pato;
entonces flota la dispersa pluma,
abre un círculo enorme la corriente,
y tiembla, sonrojándose, la espuma.


IV

La selva de anchas cúpulas, al sinfónico giro
de los vientos, preludia sus grandiosos maitines;
y al gemir de dos ramas como finos violines
lanza la móvil fronda su profundo suspiro.
Mansas voces se arrullan en oculto retiro;
los cañales conciertan moribundos flautines,
y al mecerse del cámbulo florecido en carmines
entra por las marañas una luz de zafiro.
Curvada en el espasmo musical, la palmera
vibra sus abanicos en el aura ligera;
mas de pronto un gran trémolo de orquestados concentos
rompe las vainilleras!... y con grave arrogancia,
el follaje embriagado con su propia fragancia,
como un león, revuelve la melena en los vientos.

   

V

Cuando ya su piragua los raudales remonta,
brinca el indio, y entrando por la selva malsana,
lleva al pecho un carrizo con veneno de iguana
y el carcaj en el hombro con venablos de chonta.
Solitario, de noche, los jarales trasmonta;
rinde boas horrendos con la recia macana,
y, cayendo al salado, por la trocha cercana
oye ruido de pasos... y al acecho se apronta.
Ante el ágil relámpago de una piel de pantera,
ve vibrar en lo oscuro, cual sonoro cordaje,
los tupidos bejucos de feroz madriguera;
y al sentir que una zarpa las achiras descombra,
lanza el dardo, y en medio de la brega salvaje
surge el pávido anuncio de un silbido en la sombra.


VI

Amorosa y fecunda como el monte nativo,
en la hamaca se mece bajo frescos palmares;
o tendida en las pieles de lustrosos jaguares
la perfuman los vientos del sonoro cultivo.
Acendrando la magia de su ardiente atractivo,
en el cuerpo se pinta voluptuosos lunares;
y en sus sienes, al ritmo de los raros collares,
juegan lánguidas plumas su reflejo más vivo.
Afligida, en la loma, con los serios desnudos,
la sorprenden las noches esperando al indiano
que en las chambas acecha los tapires membrudos.
Y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes,
ve que algún meteoro rasga el éter lejano
como lívida flecha que ilumina los montes.

   

VII

Por saciar los ardores de mi sangre liviana
y alegrar la penumbra del vetusto caney,
un indio malicioso me ha traído una indiana
de senos florecidos, que se llama Riguey.
Sueltan sus desnudeces ondas de mejorana;
siempre el rostro me oculta por atávica ley,
y al sentir mis caricias apremiantes, se afana
por clavarme las uñas de rosado carey.
Hace luna. La fuente habla del himeneo.
La indiecita solloza presa de mi deseo,
y los hombros me muerde con salvaje crueldad.
Pobre... ¡Ya me agasaja! Es mi lecho un andamio.
mas la brisa y la noche cantan mi epitalamio
y la montaña púber huele a virginidad.


VIII

En la tórrida playa, sanguinario y astuto,
mueve un tigre el espanto de sus garras de acero;
ya venció a la jauría pertinaz, y al arquero
reta con un gruñido enigmático y bruto.
Manchas de oro, vivaces entre manchas de luto,
en su felpa ondulante dan un brillo ligero;
magnetiza las frondas con el ojo hechicero,
y su cola es más ágil y su ijar más enjuto.
Tras las verdes palmichas, distendiendo su brazo,
templa el indio desnudo la vibrante correa,
y se quejan las brisas al pasar el flechazo...
Ruge el tigre arrastrando las sangrientas entrañas,
agoniza, y al verlo que yacente se orea,
baja el sol, como un buitre, por las altas montañas!

   

IX

La resaca se extiende como fino damasco
donde brillan los oros de la luz que despunta,
y aquí, bajo las frondas que el guadual descoyunta,
pescadores alegres, machacamos barbasco.
Y de las atarrayas al ruidoso chubasco,
bocachicos y pejes, el pavón, la corunta,
van boqueando dispersos... pero el agua los junta
y la fila plateada se recuesta al peñasco.
Irguiendo, moribunda, las aletas dorsales,
rasga la sardinata los sonoros cristales;
y cuando se voltea bajo el rayo de sol,
se enciende, como un cirio, el rubí de la escama,
y entre peces flotantes, esa trémula llama
contagia las espumas de un matiz tornasol.


X

Pescadora de estrellas, una nutria recata
en la noche sus ojos de fulgente berilo;
y al bucear en el cauce de recóndito asilo,
suena el agua profunda que los cielos retrata.
Bajo círculos lentos, la furtiva pirata
se sumerge en las grutas con nervioso sigilo;
y al instante, robado del espejo tranquilo,
un lucero diluye sus temblores de plata.
Cuando al brillo del orto se encamina la estela,
hiende líquidas franjas en la débil penumbra
con su fino peluche de color de canela;
y encendiendo matices sobre el tubo sonoro,
un lingote de nácar en su boca relumbra
como lánguida estrella de zafir y de oro.

   

XI

Bajo el sol incendiario que los miembros enerva
se abrillanta el estero como líquido estuco;
duerme el bosque sonámbulo, y un ramaje caduco
pinta islotes de sombra sobre un lienzo de yerba.
El bochorno sofoca. Y en la grata reserva
de un pindal enmallado, por florido bejuco,
rumia un ciervo con vagas indolencias de eunuco
mientras lame sus crías azoradas la cierva.
Plegando los ijares, en la seca maraña,
los acecha un cachorro de melena castaña;
rápidos lo ventean y huyen por el rastrojo;
yergue el león, rugiendo, la cerviz altanera,
y humilde la montaña, por calmarle su enojo,
tiende graves silencios a los pies de la fiera.


XII

Entre el eco iracundo de ladridos violentos,
sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,
por raudales trementes, por la chamba sombría,
revolcando los montes y mordiendo los vientos.
Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,
que iniciando, furiosos, su carrera de un día,
pronto al sol alcanzaron en la azul serranía
y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.
Ya de noche, sacuden la maraña tupida;
dan medrosos aullidos; a la danta rendida
le devoran el vientre con titánica brega;
y al tornar, silenciosos, por las breñas oscuras,
perfumando sus pieles, todo el monte les riega
una gran tufarada de piñuelas maduras.

   

XIII

Persiguiendo el perfume de risueño retiro,
la fugaz mariposa por el monte revuela,
y en los aires enciende sutilísima estela
con sus pétalos tenues de cambiante Zafiro.
En la ronda versátil de su trémulo giro
esclarece las grutas como azul lentejuela;
y al flotar en la lumbre que en los ámbitos riela,
vibra el sol y en la brisa se difunde un suspiro.
Al rumor de las lianas y al vaivén de las quinas,
resplandece en la fronda de las altas colinas,
polvoreando de plata la florida arboleda;
y gloriosa en el brillo de sus luces triunfales,
sobre el limpio remanso de serenos cristales
pasa, sin hacer sombra, con sus alas de seda.


XIV

Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco
busco, siempre cantando, la sonora colmena;
y en las grutas silentes mi garganta se llena
de panales nectáreos y de almendras de cuesco.
Al salir de las ondas, con placer me adormezco
sobre las hojarascas que mi perro escarmena;
y al través de las ramas, en mi cara morena
pone el sol de la tarde su movible arabesco.
Inspirado en un sueño de ternuras lejanas,
acaricio las flores; me corono de lianas,
y los troncos abrazo con profunda emoción;
que después, cuando a solas mi pensar reconcentro,
busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro,
el retoño florido de una dulce ilusión.

   

XV

Sordo vuelo de abejas resplandece en la copa
del follaje, agobiado por el boa sombrío;
y meciendo las ramas, con procaz vocerío
se desbandan los monos en elástica tropa.
De la fértil mimbrera que los dindes arropa
gruesos gajos desgránanse cual sonoro rocío;
y en su busca, saliendo de las quiebras del río,
gruñidora manada por la selva galopa.
Coruscantes los ojos y la cola rastrera,
un jaguar convulsivo tras los troncos espera
replegando los nervios de la zarpa brillante;
y con súbito golpe, bajo el salto violento,
hace presa, y al trueno del rugido triunfante
corre sobre los montes hondo estremecimiento.


XVI

Sobre el musgo reseco la serpiente tranquila
fulge al sol, enroscada como rica diadema;
y en su escama vibrátil el zafiro se quema,
la esmeralda se enciende y el topacio rutila.
Tiemblan lampos de nácar en su roja pupila
que columbra del buitre la asechanza suprema,
y regando el reflejo de una pálida gema,
silbadora y astuta, por la grama desfila.
Van sonando sus crótalos en la gruta silente
donde duerme el monarca de la felpa de raso;
un momento relumbra la ondulante serpiente,
y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,
al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo
y un rugido sacude la sagrada caverna.

   

XVII

Un crepúsculo inmenso la imponencia realza
de este río letárgico que en los montes se interna
van silbando los bogas una música tierna
y a sentir el paisaje, me reclino en la balsa.
Entregado a la brisa, mi cabello se alza;
en el agua un reflejo con las sombras alterna,
y en el seno purpúreo de la linfa materna
formo círculos amplios con mi planta descalza.
Al pasar bajo un palio de flexibles guaduales,
le disparo a una ardilla, que en los turbios cristales
viene a dar, desgalgada de las trémulas frondas;
listo un pez reluciente la sepulta en el charco,
y al momento una guadua, doblegándose en arco,
afligida se queda santiguando las ondas.


XVIII

Embozado en la sombra se destaca
el farallón: y la espesura inmensa,
al borrarse el crepúsculo, condensa
un rumor perfumado de albahaca.
Algo se muere entre la fronda opaca;
gime el paujil, la guacamaya piensa;
lloran lánguidas voces, y en la densa
quietud, boga un lucero en la resaca.
Rendido ante el dolor de la penumbra,
mi ser, que es una luz, se apesadumbra;
después, con los murientes horizontes
me voy desvaneciendo, me evaporo...
y mi espíritu vaga por los montes
como una gran luciérnaga de oro.



SEGUNDA PARTE[editar]

I

Perfilando sus moles sobre el dombo infinito,
la serena montaña, de dorso colosal, se columbra;
y la triple ringlera de picachos alumbra
con luceros, sus torres de vetusto granito.
De repente los vientos se despiertan al grito
del cóndor, y ofuscando la lejana penumbra,
un volcán, sobre el sueño de los montes, encumbra
su penacho flamante con rumor inaudito.
Mitológico, entonces, al reflejo remoto,
como blanco castillo de opalinas almenas,
un nevado levanta su pináculo ignoto;
y al bruñirlo la luna con temblores de argento,
hacia allá, por encima de las cumbres serenas,
como una nube blonda vuela mi pensamiento.


II

En un bloque saliente de la audaz cordillera
el cóndor soberano los jaguares devora;
y olvidando la presa, las alturas explora
con sus ojos de un vivo resplandor de lumbrera.
Entre locos planetas ha girado en la esfera;
vencedor de los vientos, lo abrillanta la aurora,
y al llenar el espacio con su cauda sonora
quema el sol los encajes de su heroica gorguera.
Recordando en la roca los silencios supremos,
se levanta al empuje colosal de sus remos;
zumban ráfagas sordas en las nubes distantes,
y violando el misterio que en el éter se encierra,
llega al sol, y al tenderle los plumones triunfantes,
va corriendo una sombra sobre toda la tierra.

   

III

Mágicas luces el ocaso presta
al ventisquero de bruñida albura;
y junto al sol, que en el cristal fulgura,
arbola un ciervo su enramada testa.
Al yerto soplo de la cumbre enhiesta
arisco frunce la nariz oscura;
y en su relieve escultural perdura
un lampo róseo de la brava cuesta.
Súbito, en medio del granate vivo,
infla su cuello, bramador y altivo;
con ágil casco las neveras hiende,
y sobre el bloque rutilante y cano,
como la zarza del Horeb, se enciende
su cornamenta en el fulgor lejano.


IV

Entre las rampas de la mole andina,
como un anciano, el cerro se encapota;
y en las planicies desoladas brota
esparto indócil o menuda espina.
Por donde el zorro escuálido trajina,
lluvioso cierzo la intemperie azota;
y en los lanudos frailejones flota,
como harapos dispersos, la neblina.
De noche, a los helados ventisqueros
bajan tímidos grupos de luceros:
se enciende una dorada perspectiva;
y en la mañana, desde el monte erguido,
estremeciendo el páramo aterido,
sube hacia el sol un águila nativa.

   

V

Bajo nevadas moles la gruta nunca vista,
como un templete, al rayo lunar se tornasola;
y entre pilares truncos la estalagmita sola
deslumbra los silencios con lampos de amatista.
Se ve radiar el ónix en la saliente arista;
y cuando el ámbar mueve su moribunda ola,
abriendo en las arcadas espléndida aureola
proyecta el arco iris su vacilante lista.
Sobre el barranco, un ciervo vivaz se sobresalta
y hacia la azul caverna la pronta oreja tiende;
con pávidos resoplos, en ágil curva salta,
y el caso, hiriendo el témpano de gualda y de jacinto,
parte el cristal, que rueda retiñidor, y enciende
en ópalos fugaces el sordo laberinto.


VI

Embravecida, por la gris barranca
donde albos nimbos el vapor condensa,
relampagueando entre la noche inmensa
hunde su hervor la torrentera blanca.
Abierto en flecos su caudal arranca,
y en el profundo vértice suspensa,
alza un iris flotante de la densa
hondura, que los rápidos estanca.
Espumante, sus globos bramadores
avienta en las rompientes de granito;
bate el monte con hórridos temblores,
y al estallar su tromba de centellas,
en el cielo, azoradas por el grito,
palidecen, insomnes, las estrellas.

   

VII

Alta roca de vértices agudos
se asoma al precipicio, donde suena
un agua triste y cavernosa, llena
de hojarascas y líquenes menudos.
Disperso cardo de espinosos nudos
con su raíz el peñascal barrena;
y muy abajo, un águila serena
ahuyenta los murciélagos velludos.
Ágil, sobre la punta del peñasco,
un cabrón maromero se disloca,
audaz, en el prodigio de su casco;
y mascullando risas de cinismo,
cuando gira en dos patas en la roca
hace temblar su sombra en el abismo.


VIII

Destacada en un cielo de turbia lontananza,
con taciturno porte, sobre el peñón sombrío,
un águila perínclita se envilece de hastío,
enamorada ilusa de un sol que no se alcanza.
Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza,
sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío;
y enferma de horizontes, triste de poderío,
busca en la paz el último sueño de venturanza.
Ante el astro que muere nublando el hemisferio,
siente el heroico impulso de rescatar su imperio;
mas otra vez con grave cansancio de grandeza
el ala perezosa sobre la garra estira,
e irremediablemente desconsolada, mira
que en el azul tedioso la oscuridad bosteza.

   

IX

Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,
entre ocultos follajes, la paloma torcaz,
acongoja las selvas con su blanda quejumbre,
picoteando arrayanas y pepitas de agraz.
Arrurruúu... canta viendo la primera vislumbre;
y después, por las tardes, al reflejo fugaz,
en la copa del guáimaro que domina la cumbre
ve llenarse las lomas de silencio y de paz.
Entreabiertas las alas que la luz tornasola,
se entristece, la pobre, de encontrarse tan sola;
y esponjado el plumaje como leve capuz,
al impulso materno de sus tiernas entrañas,
amorosa se pone a arrullar las montañas...
y se duermen los montes... y se apaga la luz.


X

En la estrellada noche de vibración tranquila
descorre ante mis ojos sus velos el arcano,
y al giro de los orbes en el cenit lejano
ante mi absorto espíritu la eternidad desfila.
Ávido de la pléyade que en el azul rutila,
sube con ala enorme mi Numen soberano,
y alta de ensueño, y libre del horizonte humano,
mi sien, como una torre, la inmensidad vigila.
Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:
cuando en la paz sin límites al Cosmos interpelo,
lo que los astros callan mi corazón lo sabe;
y luego una recóndita nostalgia me consterna
al ver que ese infinito, que en mis pupilas cabe,
es insondable al vuelo de mi ambición eterna.




TERCERA PARTE[editar]

I

De pie sobre la cúpula del farallón lejano,
mi espíritu con toda la inmensidad confina;
y abriendo al infinito su clámide argentina,
la inspiración se tiende sobre la luz del llano.
Y avanza, y a los giros del vuelo soberano,
del horizonte surgen, en serie paulatina,
palmeras y vacadas, el río, la colina,
y sigue ante mis ojos creciendo el meridiano.
¡Todo lo vi! Y entonces el pensamiento mío
estrecha halló la atmósfera y el ámbito sombrío.
Mas en el propio instante que mi rebelde anhelo
soñó violar los soles silentes de otro mundo,
desde la pampa intérmina vino un viento iracundo
y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo.


II

Corneando el fresco matorral, arranca
partidos gajos que al testuz entrega;
y azotando el ijar, la cola juega
como un cordón indócil sobre el anca.
Luego asoma a la altísima barranca,
tiende, lento, los ojos por la vega,
y la humeante nariz de pronto riega
un grato olor en la mañana blanca.
Lo envuelve el sol en su vislumbre de oro;
solemnemente lo contempla el toro.
Y al ver que con gradual prolongamiento
su móvil sombra en el gramal se estampa,
al golpe de un bramido, con su aliento
inciensa las novillas de la pampa.

   

III

Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.
Atrás dejando la llanura envuelta
en polvo, alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.
Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas;
entonces paran el triunfante casco,
resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupo las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.


IV

Cuando apagan los vientos su arrebol de verano
desfallece mi alma con la luz vespertina;
y al mugir de los toros en la loma vecina,
me contagia sus viejas pesadumbres el llano.
Entre azules luciérnagas fosforece el pantano;
a la diestra mi sombra vacilante camina,
y ante el santo lucero de la tarde se inclina
una palma, en la ceja del poniente lejano.
Ya se quejan las ranas... El paisaje se esfuma,
y en mi ser y en los campos va cayendo la bruma;
sobre el cerro columbro de una hoguera el fanal,
y al sentir que algo inmenso y angustioso me llena,
lanzo un grito!... Y entonces, compartiendo mi pena,
se remonta una garza del borroso juncal.

   

V

Lóbrego, en alta noche, a paso lento
regresa un toro por la pampa umbría
y, husmeando el mustio pajonal, confía
vagos mugidos al miedoso viento.
Torvo, bajo el moriche corpulento
afilando las astas, extravía;
y al fin en la estrellada lejanía,
surge como borroso monumento.
Absorto en las ilímites sabanas,
mira radiar las pléyades cercanas
sobre las sienes del palmar suspenso...
Después, hondo bramido de amargura,
brusco silencio en la majada oscura,
temblor de estrellas en el orbe inmenso!


VI

El potro semental que se enlozana
de campo y sol, en caluroso brote
lanza a las yeguas del abierto lote
su relincho, triunfal como una diana.
Piafando por la estepa comarcana,
tiende la crin para que el viento flote,
enarca el cuello y al golpear del trote
vibra en el pajonal la resolana.
Radiante el ojo y el ijar convulso,
gallardas curvas en el aire traza
su dócil cola con febril impulso;
y elevando las manos placenteras,
cuando sobre la hembra se adelgaza,
fecunda las olímpicas praderas.

   

VII

Revestido con púrpuras de ocaso,
voy, bajo un cielo de vibrante domo,
como un rajah, sobre el paciente lomo
de un tardo buey de elefantino paso.
Franjada nube de mullido raso
copia en las charcas su extenuado cromo;
y las llanuras, de color de plomo,
se van muriendo al resplandor escaso.
Del buey solemne el asta inofensiva
con los celajes últimos se aviva;
bórranse las palmeras suplicantes,
y lleno de feliz presentimiento,
como los Magos, en la noche errantes,
hacia la estrella del confín me oriento.


VIII

Dando toques de alarma, se apresura
a convocar la grey despavorida;
y en la tremenda noche, su embestida
rechaza al tigre en la maleza oscura.
Amanece batiendo la espesura;
y mientras torna con la nuca herida,
se despeja el confín, y agradecida
muge la gran vacada en la llanura.
Llena de ardor, sobre la oliente grama
opulenta novilla lo reclama;
y cuando ante el asombro de los montes
en un fecundo salto la violenta,
refulge entre su enorme cornamenta
el sol de los lejanos horizontes.

   

IX

Con pausados vaivenes refrescando el estío,
la palmera engalana la silente llanura;
y en su lánguido ensueño, solitaria murmura
ante el sol moribundo sus congojas al río.
Encendida en el lampo que arrebola el vacío,
presintiendo las sombras, desfallece en la altura;
y sus flecos suspiran un rumor de ternura
cuando vienen las garzas por el cielo sombrío.
Naufragada en la niebla, sobre el turbio paisaje
la estremecen los besos de la brisa errabunda;
y al morir en sus frondas el lejano celaje,
se abandona al silencio de las noches más bellas,
y en el diáfano azogue de la linfa profunda
resplandece cargada de racimos de estrellas.


X

El toro padre –cuando sorda increpa
la tempestad– con su pulmón vibrante,
avanza, ronco, hacia el confín distante
sorbiendo ventarrones en la estepa.
Parte macollas de profunda cepa;
reta las intemperies del Levante,
y tras la brava nube retumbante
los altos morros, rezongando, trepa.
Después, ante la absorta novillada,
revoluciona el polvo en la planada;
se envuelve en nubes de color pardusco,
y creyéndose el dios de los inviernos,
brama, como tronando, y traza brusco
un zig-zag de centellas con los cuernos.

   

XI

Viajera que hacia el polo marcó su travesía,
la grulla migratoria revuela entre el celaje;
y en pos de la bandada, que la olvidó en el viaje,
aflige con sus remos la inmensidad sombría.
Sin rumbo, ya cansada, prolonga todavía
sus gritos melancólicos en el hostil paisaje;
y luego, por las ráfagas vencido su plumaje,
desciende a las llanuras donde se apaga el día.
Huérfana, sobre el cámbulo florido de la vega,
se arropa con el ala mientras la noche llega.
Y cuando huyendo al triste murmullo de las hojas
de nuevo cruza el éter azul del horizonte,
tiembla ante el sol, que, trágico, desde la sien del monte,
extiende, como un águila, sus grandes alas rojas.


XII

Hay una brisa de inefable ruido,
que al bajar de la fértil serranía,
por anunciarme su llegada, envía
gratos perfumes de maizal florido.
Disuelta sobre el llano estremecido,
cual un extraño espíritu, me espía;
y aunque mis ojos no la ven, podría
reconocerla entre el palmar mi oído.
Como un suspiro de la selva ausente,
por disipar mis íntimas congojas,
despeinando mi sien, besa mi frente;
y a su blanda caricia femenina,
tiembla de placidez, como las hojas,
mi ser en la frescura matutina.

   

XIII

La gentil calentana, vibradora y sumisa,
de cabellos que huelen a florido arrayán,
cuando danza bambucos entristece la risa...
y se alegra el susurro de sus faldas de olán.
Es más clara que el agua, más sútil que la brisa;
el ensueño la llena de romántico afán,
y en los llanos inmensos, a la luz imprecisa,
tras las garzas viajeras sus miradas se van.
Siempre el sol la persigue, la sonroja y la besa;
con el alma del río educó su tristeza
al teñir los palmares el postrer arrebol.
¡Oh, daré mis caricias a su boca sonriente,
y los vivos rubores borrarán de su frente
esa pálida huella de los besos del sol!


XIV

El sordo escarabajo esmeraldino
se dora en un matiz multicoloro:
almendra de metal, ascua de oro,
amatista de oriente solferino.
Irisada la antena de platino,
hace zumbar el élitro sonoro
y raya, como flavo meteoro,
con su vuelo el ambiente cristalino.
Rozando la enrejada claraboya,
brilla otra vez, cual vagabunda joya,
y, cegado en su luz, se hunde en la viga;
mas, tenuemente, al ocultarse, miro
surgir desde la celda en que se abriga
lampo sutil de nácar y zafiro.

   

XV

Dejando en la resaca mi barqueta,
bajo los platanales me extravío;
y, echado en el silencio del sombrío,
mi ser se aclara como el agua quieta.
Perfumo mis nostalgias de poeta
en el sagrado ambiente del plantío;
recojo ensueños, y al tornar al río,
queda vertiendo lágrimas la grieta.
Con el alma impregnada de poleo,
oigo gemir la triste chilacoa;
humilde y solo en el playón me veo,
y ya cuando al crepúsculo me embarco,
por donde va pasando mi canoa,
florecen las estrellas en el charco.


XVI

La casa, llena de hongos y de esparto,
vetusta rinde el paredón ruinoso;
envejece el portal, y en el verdoso
suelo, persigue arañas el lagarto.
La carcoma termina su reparto;
duerme en la viga un búho silencioso,
y de noche, con eco pavoroso,
muge una vaca lóbrega en un cuarto.
Después arde el entierro... En el oscuro
rincón, la llama azul tiembla en el muro;
pasos entre la sombra... Con lejano
rumor, rezan fantasmas lastimeros...
y cuando el alba eclipsa los luceros,
sale huyendo una niebla por el llano.

   

XVII

Escueto y solo, donde el llano empieza,
se tiende el cementerio campesino;
y en la santa penumbra el vespertino
viento, suspira... y la colmena reza.
Nadie viola su mística tristeza,
nadie! Y en el invierno peregrino
se dobla alguna cruz ante el camino
y amanece llorando la maleza.
Ya de noche, unas vacas compasivas,
haciendo misteriosas rogativas,
se echan por calentar las sepulturas;
y, convirtiendo al cielo sus ojazos,
ven una cruz de estrellas, cuyos brazos
se abren sobre las huérfanas llanuras.


XVIII

Hay un agua salobre y solitaria,
que al volcarse la rica cornucopia
de la noche lunar, apenas copia
borrones de celeste luminaria.
Soñando en una fuente tributaria,
huérfana vive en desolada inopia,
y alza débil rumor, con esa propia
humildad que enaltece a la plegaria.
Entonces, bajo el oro del ocaso,
alguna vaca de solemne paso
atraviesa el yerbal de la comarca;
y, adormeciendo la pupila oscura,
besa con melancólica ternura
la inconsolable linfa de la charca.

   

XIX

Vibradora cigarra: con tu lírico empeño
los veranos cantabas en la azul lejanía,
y al temblor de tus alas resonantes, fulgía
todo el sol en mis ojos y en el valle risueño.
Y callabas al verme por el linde pampeño
divagar, cuando el rayo moribundo del día,
con las blondas palmeras que la tarde mecía
tuve amores, y el llano me enseñaba el ensueño.
Hoy que lánguidas brumas se vistió la pradera,
algo espera mi alma sin saber lo que espera:
que el sol brille, que vuelvas y en la luz te remontes.
Ni siquiera un celaje sobre el páramo eterno...
Como tú ya no cantas, ha venido el invierno
y las mudas neblinas encanecen los montes.


XX

Tornando de la zona ultramarina,
sobre la leve ráfaga de enero,
hoy ante el muro de pajizo alero
empezó a revolar la golondrina.
Trémula, en vano, con el ala endrina
roza las grietas, y, al fulgor postrero,
eleva su reclamo lastimero
en la oquedad de la ventana en ruina.
Punzada por la triste cantilena
vi que la tarde se nubló de pena;
y cuando el ave tras el bien perdido
rasgó el azul del horizonte claro,
contagiada del mismo desamparo
mi alma también atardeció de olvido.

   

XXI

Sintiendo que en mi espíritu doliente
la ternura romántica germina,
voy a besar la estrella vespertina
sobre el agua ilusoria de la fuente.
Mas cuando hacia el fulgor cerulescente
mi labio melancólico se inclina,
oigo como una voz ultradivina
de alguien que me celara en el ambiente.
Y al pensar que tu espíritu me asiste,
torno los ojos a la pampa triste;
¡nadie!... Sólo el crepúsculo de rosa.
Mas, ¡ay!, que entre la tímida vislumbre,
inclinada hacia mí, con pesadumbre,
suspira una palmera temblorosa.


XXII

Bajo los gualandayes el remanso circula;
y en la paz en que vibra la cigarra su antena,
unas vacas solemnes entre el agua serena
se han dormido al murmullo de la onda que ondula.
El cristal transparente con sus sombras se azula;
y entreabriendo los ojos mientras fulge la arena,
ven girar una espuma de color de azucena
que al redor de sus flancos besadora modula.
Con la mansa caricia de su belfo cetrino
desvanecen los copos en ligero naufragio;
pero luego, en la hora del dolor vespertino,
cuando en todas las playas el silencio se aumenta,
ven, mugiendo, que flota como triste presagio
un fulgor moribundo sobre el agua sangrienta.

   

XXIII

Grabando en la llanura las pisadas,
y ambos, uncida al yugo la cabeza,
dos bueyes de humillada fortaleza
pasan ante las tímidas vacadas.
Por el pincho las pieles torturadas
fruncen con una impávida entereza;
y al canto del boyero, con tristeza
revuelven las pupilas agrandadas.
Mientras llora la rueda, el correaje
chirría en los cuernos, y la ruta queda
bordada, a trechos, de espumoso encaje;
y ellos, bajo el topacio vespertino,
parecen en la errante polvareda
dos tardas pesadumbres del camino.


XXIV

Sereno de humildad, la tarde gasto
en rodear el potrero y la cañada,
y al trote desigual de la vacada
suena la seca amarillez del pasto.
Braman luego las crías en el vasto
corral, ante la puerta reforzada,
y las vacas les tienden la mirada
con un anhelo maternal y casto.
Ya cuando acaba de morir la lumbre,
siente el ganado ignota pesadumbre;
y, echado en melancólica postura,
advierte en el ápice del cerro,
con agudos clamores, un becerro
da el toque de silencio en la llanura.

   

XXV

Mientras las palmas tiemblan, un arrebol ligero
en solitarias ciénagas disuelve su rubí;
todo se apesadumbra, y hacia lejano estero,
sonroja en el crepúsculo sus alas un neblí.
Algo desconocido del horizonte espero...
¡Vana ilusión! Nublóse la franja carmesí;
ya suspiró la tierra bajo el primer lucero,
y siento que otros seres lloran dentro de mí.
Me borrará la noche. Mañana otro celaje;
¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?
¿Por qué todas las tardes me duele esta emoción?
Mi alma, nube de ocaso, deja lo que perdura;
y como es mi destino sufrir con la Natura,
se apagan los crepúsculos entre mi corazón.


XXVI

Cubre el silencio la bruñida arena
que el ancho cauce al horizonte explaya;
y allá en las selvas de azulina raya
sube un cantar bajo la luna llena.
Mientras la linfa su rumor serena,
al par que el astro, la canción desmaya;
y dulcemente en la brumosa playa
se inunda el aire de ignorada pena.
Junto al reflejo que la hoguera enciende,
están los bogas con atento oído;
¡nadie escuchó lo que la noche entiende!
Todos me ven con estupor, y en tanto
que no perciben ni el menor ruido,
sigue en mi absorto corazón el canto.