Todo un pueblo: 12

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XII -[editar]

Mientras se desarrollaban estos y otros menudos sucesos en la noble y destartalada villa, Julián Hidalgo, en vez de salir a la calle resuelto a romperse el bautismo con el primero que encontrara -como era de suponerse, dado su temperamento borrascoso-, decidió encerrarse, sepultarse entre las cuatro paredes de su cuarto.

Fue la única vez que procedió con acierto aquel mozo falto de juicio, aunque sobrado de buenas intenciones.

Alrededor de su silencio voceó la ignorancia lo único que la ignorancia sabe vocear: injurias. Él creía oírlas, a veces, desde la altura de su cuarto, suspendido como un palomar sobre los anchos corredores de la casa, que dominaba todo el Norte de la ciudad.

Entonces se asomaba al balcón y tendía la mirada colérica sobre aquel enmarañamiento de tejados sucios y azoteas mohosas, y calles estrechas que se retorcían locamente sobre la falda de la montaña. Los lejanos rumores de muchedumbre que el viento le traía a ratos se le antojaban amenazas, protestas, rugidos de la encanallada población, y acababa por exasperarse y apretar los puños y responder a la inmensa y anónima injuria que le golpeaba los oídos: «¡Espera, espera... que aún me falta que decirte algo!»

Imprudencia, locura, osadía, o lo que fuese, Julián Hidalgo llevó a la tribuna sus ideas como el escultor lleva sus audacias al mármol, y el pintor al lienzo, y el poeta a la estrofa, y el novelista al relato; por necesidad, por convicción, porque se lo pedía el alma, y el alma de Julián era joven y creyente, creyente y joven en medio del indiferentismo y de la vejez universales.

Aquello y esto, es decir, la juventud y la creencia, ambas cosas necesita un hombre para no palidecer ante semejantes apostolados; pero a la vez se necesita haber vivido un medo ambiente como ese en que él se movía, para comprenderlos y justificarlos. Porque así como fue Julián tribuno, habría sido guerrero en una hora de subjetivismo revolucionario.

En esa hora fatal se hallaba, aspirando al ideal bajo la perspectiva engañosa de la victoria. En la misma negrura que veían sus ojos de iluminado encontraba arte y poesía, y su corazón y su musa se entregaron por completo en los brazos de una causa dolorosa y quimérica, cuyo triunfo era poco menos que imposible.

Toda su existencia, sin embargo, se cifró en ella. Iba en solicitud de la tortura y del martirio con la misma alegría que se va en busca de la voluptuosidad y del amor. Por eso Isabel ocupaba un sitio secundario en su pensamiento. La lucha entre el amante y el apóstol fue ruda; pero, en aquella ocasión triunfó el apóstol.

Él mismo no sabía si era amor lo que sentía por la mujer que le ofrendaba toda su ternura, todo su espíritu débil, aunque ardiente. La quería, la quería mucho, pero sin esos encarnizamientos, ardores y caricias frenéticas que acaso hubiera puesto en su pasión de enamorado a no entregarse todo entero al utopismo que le absorbía el pensamiento, el corazón y hasta el ser físico.

Todo se desvanecía frente a su «idea regeneradora», como ante una mujer de arrogante hermosura se empequeñecen los contornos de las bellezas más perfectas.

Su idea anonadaba, devastaba, arrollaba lo que al paso se le oponía: la caricia del amor materno, la conveniencia individual y el amor entrañable de la novia encantadora quedaron vencidos por aquella idea omnipotente.

Y en aquella omnipotente idea era, no obstante, donde se estrellaba su persona y donde dejó pedazos de su alma de artista rebelde y de poeta levantisco. A veces la visión sonriente, luminosa y magnética de Isabelita se presentaba de súbito ante sus ojos fascinados, le embelesaba y lo envolvía en un ambiente de felicidad inefable.

Era un instante, no más. Por uno de esos esfuerzos heroicos a que estaba avezado su pensamiento, destruía la visión consoladora; y la otra, la omnipotente visión, símbolo de su ardiente apostolado, tomada de nuevo cuerpo en su cerebro, crecía, apagaba con sus violentos resplandores la vaga y melancólica sombra del primer ensueño y se enseñoreaba de su espíritu.

Cuando su pensamiento y su corazón entraban de lleno en estas batallas espantosas, salían de ellas desgarrados, chorreando sangre, como los atletas que, no pudiendo matarse de una vez en un solo encuentro, se emplazan para reanudar más tarde la lucha interrumpida.


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