Todo un pueblo: 13

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XIII -[editar]

Al par que Julián se entregaba a estas desoladoras luchas, su atronado amigo y compañero Luis Acosta, allá en el estrafalario entresuelo de su fonda, sostenía otras batallas, de muy distinta índole por cierto.

Debía de ser algo muy serio lo que removía en el telar de su cerebro el atrevido mozo, porque, de codos sobre la mesa que le servía de escritorio y biblioteca al mismo tiempo, con la cabeza apoyada en ambas manos, estaba embebido en la contemplación de un gran tintero de bronce que representaba un mono cabalgando sobre una rana.

Cuando aquella cabeza a pájaros meditaba, malo: ya podía darse por seguro un alumbramiento monstruoso, una barbaridad, una diablura.

Por de pronto, aquellas hondas reflexiones, más hondas aún que las de cualquier Paquito Berza sobre la solución de un problema antropológico, tendían hacia la radiante y magnífica persona de Arturo Canelón.

Él necesitaba cobrar aquella personalísima alusión que le dirigió desde las columnas de El Augusto, y a raíz de la conferencia de Julián, el imprudente Arturito.

Lo primero que se le ocurrió a Luis fue salir, buscar a Arturo y donde lo encontrara «romperle cualquier cosa» de un trastazo; pero esto era confesar que «el valiente» aludido en el artículo era él, por lo cual se dio a pensar en una venganza horrible y sin consecuencias.

Tres noches llevaba en claro el desazonado mozo aguzando el ingenio en tal sentido, y tanto lo aguzó, que en vez de encontrar una horrible venganza, como él quería, encontró una burla deliciosa, que lo hizo desternillarse de risa. Para llevarla a cabo, y felizmente, necesitaba esperar una oportunidad, y esperó tranquilo y convencido de que ella se le presentaría sin poner mucho de su parte.

Así fue.

Por aquellos días decidió la flamante Academia villabravense repartir en el Teatro Nacional las cintas, coronas, plumas de oro y demás menciones honoríficas ofrecidas a los genios y geniazos triunfadores en su último certamen.

Porque en Villabrava, ya se sabe, cuando un asunto más o menos serio, o más o menos trivial, no merecía los honores del escándalo, de los tiros de revólver, de las pedreas y de las carreritas de la Policía por las calles, se solucionaba con un baile, con una serenata o con un certamen artístico-literario.

Lo más indicado era el certamen. El proyectado, sonado y repiqueteado por la Academia, se efectuó en esta ocasión sin motivo justificable; por lo menos, los apuntes históricos que a este respecto hemos recogido no esclarecen del todo tan importante acontecimiento.

Si se tiene por averiguado que para esta fiesta célebre la asendereada corporación echó la casa por la ventana, resultando una verdadera solemnidad literaria, a juzgar por el kilométrico programa en que figuraban como notas de atracción una «oda» de Florindo, cuya lectura duró tres horas de reloj, y el discurso final, tornasolado y flamígero, que pertenecía por derecho propio al no menos flamígero y tornasolado joven don Arturo Canelón.

Esto no obstante, la fiesta fue estupenda y rica y abundante en gorjeos de tiples adorables, en florituras de pianistas insignes; en clamores de poetas en delirio.

Cada número se premió con aplausos nutridos y algo estrepitosos. Pero donde los aplausos adquirieron carácter de ovación, fue en los períodos más pujantes del discurso. Un triunfo que, a juicio de El Temporal, dejó «muy señalados derroteros en la tribuna villabravense».

Canelón surgió del fondo del escenario, radiante, como siempre, ¡magnífico! Le atravesó a pasos lentos, con la fatua seguridad del que está convencido de la influencia que ejerce sobre el público.

Lo acompañaron hasta la mesa que debía servirle de tribuna varios señores muy satisfechos de servir de marco a la elegancia, a la juventud y al aire un si es no es petulante del orador, el cual fue acogido por el concurso con palmadas repetidas.

En este instante solemne, un fotógrafo espontáneo sacó una vista, donde aparecieron, luego, los acompañantes de Canelón azorados, buscando sus asientos respectivos. Después hubo crujir de sedas en los palcos, anhelo creciente en las butacas, y, a raíz de un prolongado silencio, la voz robusta del máximo tribuno resonó, como una nota mágica, por los ámbitos de la sala electrizada...

Aquel mozo no tenía precio.

Nada ni nadie se escapó a su elocuencia; mujeres, hombres, cosas, poesía, arte, todo fluía de sus labios en una serie de palabras sonoras; aquí un ritmo, allí un apóstrofe; acá una sentencia grave y allá un período atronador. Castelar y Moret se daban las manos; Silvela y Salmerón se confundían.

Lanzado de esta suerte en el camino luminoso el egregio Arturito -sin que viniera a cuento-, hizo un prolongado viaje por la «aurora del mundo», por la edad floreciente «del espíritu humano», por la «juventud» de Grecia, por la «vejez» de Roma y por «ese milagro de la Historia» que se llamó Renacimiento.

Para terminar esforzó el dantoniano acento y habló, habló aún más; habló por los codos, lo que le vino en gana; arrancando bravos estentóreos a la sugestionada concurrencia aquello de «la sangre de César», «el puñal de Bruto», y «el casco del corcel de Atila» con que robustecen los tribunos de Villabrava sus grandilocuentes improvisaciones.

Al redondearse este magistral último párrafo, la gente, enloquecida, se puso en pie. En la galería hubo vítores; de las plateas salieron palomas encintadas, de las butacas ramos de flores, de los palcos brotaron suspiros, sollozos, lágrimas de niñas nerviosas y «vibrantes»; y a través de todo este cúmulo de «ofrendas», lanzada de no se sabe dónde, pasó «silbando» una gran corona de ajos y fue a caer brutalmente a los pies del relampagueante orador.

Un alarido horrible, unánime, insólito, intraducible e incomprensible en tantos y tan distintos aparatos eufónicos allí reunidos, circuló por todas partes; cien miradas investigadoras y ansiosas se dirigieron al paraíso, a los pasillos; y algunos caballeros salieron en busca del «aguafiestas» de aquella noche memorable.

Pero fallida la esperanza de encontrarlo, el público se vengó de él haciendo una nueva ovación a su tribuno.

Más tarde, cuando todo el mundo salía comentando a su manera la villana acción, ya se susurraba en el vestíbulo un nombre odiado; ya se sospechaba quién era el autor. En un grupo donde peroraban Florindo Álvarez y Paquito Berza, dándole visos de misterio a lo que decían, salió el Cristo a relucir, o, lo que es lo mismo: Julián Hidalgo.

La muchedumbre, sugestionada por la noticia, la echó a volar, sin que nadie, por caridad siquiera, se aventurase a poner en duda tan gratuita suposición.

Al día siguiente del suceso, el esclarecido y joven tribuno, apoyado por «la opinión pública», escribió un artículo que ardía en un candil. De este artículo se desprendían los más viles calificativos contra el sospechado y sospechoso Julián Hidalgo.

Aunque éste, encerrado en su habitación, distanciado de todo y de todos, sumido en sus hondos pesares, no se enteró de aquella infamia. Y todo Villabrava supo que no él, sino el entrometido Luis Acosta, habiendo encontrado en la Plaza Central al «ígneo» orador y articulista procaz, fue, y sin decirle oxte ni moxte, le cruzó la cara con un látigo.

Inevitable resultante de estos imprevistos latigazos fue un duelo original y complicado, único y sin precedentes en la heroica Villabrava.


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