Todo un pueblo: 15

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XV -[editar]

Canelón, naturalmente, se indignó muchísimo y trató de devolver la ofensa en el acto; allí mismo donde la recibió. Pero intervinieron varios amigos y, es claro, el agresor se fue tranquilamente, riéndose, como si hubiera hecho una gracia. Esto era lo que más le indignaba, y tanto, que salió por la noche, armado hasta los dientes, de café en café y de plaza en plaza, busca, buscando por todas partes a Luis Acosta, que no aparecía por ninguna.

La resolución y la ira se pintaban con tales muestras de seguridad en su acardenalado rostro, que muchos de sus admiradores, a quienes comunicó el sanguinario pensamiento de matar a Luis aquella noche, previendo una espantosa catástrofe, decidieron, para evitarla, arreglar el asunto con un duelo, cosa que no le había pasado por las mientes al mantecoso Arturo.

Alguien cree, en consecuencia, que no le cayó bien la idea del desafío; pero Teodoro Cuevas, que era del grupo y que no cabía de gozo ante la perspectiva de un duelo... visto de lejos, habló de «lavatorios de honra», y no hubo más remedio que batirse, tanto más cuanto que muchos engomados y perfumados jóvenes de la buena sociedad habían presenciado la escena de los tremendos latigazos.

La noticia tuvo pronta divulgación y dio vuelta en redondo a la famosa ciudad, donde era cosa poco menos que imposible ocultar ni verificar un desafío formalmente.

Los desafíos en Villabrava resultan portentosos de puro ridículos; o se verifican a medias después de cien idas y venidas, de conferencias y padrinos, o se realizan a noventa pases de distancia, con revólver y sin consecuencias.

Nadie sabe allí por dónde van tablas en punto a lances de honor, ni falta que hace, pues lo corriente es «batirse» en la calle, a través de las puertas de las confiterías, o escudados por los árboles de la Plaza principal y bien cerca del cuartel de Policía, para que la autoridad llegue a tiempo. Por lo general no salen muertos ni heridos de estos lances, en plena calle los combatientes, sino algún inofensivo transeúnte.

Mas Canelón, cumpliendo con sus sagrados deberes de caballero, nombró representantes suyos a Teodoro de la Cueva y a Florindo Álvarez, que no conocían el código de honor ni a tuertas ni a derechas. Luis Acosta, siempre expeditivo y violento, quería arreglar aquello en seguida, al machete o al cañón; pero los padrinos de éste se negaron a aceptar tan bárbaro procedimiento, manifestando que sólo a los testigos les tocaba elegir las armas de combate; y en consecuencia, Luis se vio obligado a salir en busca del general Tasajo y del abogado Jorge Sucre; éstos aceptaron con júbilo el delicado encargo.

Se convino en guardar la mayor reserva sobre la hora y el sitio donde debía realizarse la espeluznante escena; pero Luis, que no podía hacer nada sin decírselo a Julián, le faltó tiempo para ir a contárselo todo, con sus más menudos pormenores, lo que provocó entre ambos una acaloradísima disputa, porque, según Julián, siendo él el ofendido en el artículo publicado, era él y no Luis quien debía romperse el bautismo con Canelón.

Para la protesta ya era tarde, no obstante la contundente lógica expuesta por Julián. El duelo se realizaría al día siguiente a las seis de la mañana, en el valle de los Aparecidos: un valle cercano a la ciudad y no muy lejos de un proyecto de río, célebre por las melancólicas endechas con que lo habían calumniado todas las generaciones de poetas villabravenses.

Y a las seis menos cuarto, dando no pocos rodeos y tras infinitos saltos y tropiezos, subía Julián Hidalgo, apoyado en un grueso bastón, la colina que cerraba por aquella parte el vallecito mencionado. Al ganar la cumbre del tortuoso cerro, se detuvo un instante y cobró los alientos perdidos en la trabajosa ascensión...

Minutos después percibió confuso murmullo, de voces al pie de la colina, y apenas sí tuvo tiempo de bajar precipitadamente hacia el valle, donde consiguió ocultarse detrás de una espesa arboleda. El murmullo se fue haciendo cada vez más intenso, y muy pronto llegaron a sus oídos, claras y vibrantes, las voces del general Tasajo, de Florindo y del abogado Sucre.

Venían empeñados en acalorada polémica sobre cuestión de «revólveres». Julián, atisbando por entre las ramas de los árboles, vio a Luis que se alejaba de ellos para dejarlos con entera libertad, y un poco más atrás, a Canelón y Teodoro, que llegaban de bracete, con sendas gardenias en los ojales de la americana, aparentando gran serenidad. Dijérase, no obstante, que Canelón no las llevaba todas consigo: se apoyaba demasiado en el brazo de su amigo.

Más que por miedo, creemos que este apoyo obedecía a la falta de alimento, porque Arturo llevaba en el estómago, en vez de desayuno, una respetable dosis de bromuro.

Decidido el asunto de las armas, que se llevó un buen rato de disputas y manoteos, se preparó, el terreno. Sucre y Tasajo colocaron a Luis en el sitio que le correspondía, entregándole un revólver atestado de cápsulas. Florindo y Teodoro hicieron lo mismo con Arturo, llevándole lo más lejos posible de su adversario; pero con tan mala suerte, que fueron a colocarlo casi al frente del grupo de árboles donde se ocultaba Julián.

Acto continuo, los cuatro testigos se retiraron a honesta y respetabilísima distancia.

A estas alturas había llegado el solemnísimo acto, y ya se disponía a dar el general las señales de combate, cuando salió, inopinadamente, Julián de su escondite.

Lo que entonces pasó no debería ni mencionarse. Es un punto negro en la historia de nuestro héroe, que ofrecerá de fijo a los criminalistas ancho campo para muchas transcendentales investigaciones.

El solo hecho de relatarlo fiel y cumplidamente como ocurrió estremece la pluma en las manos del novelista y le pone los cabellos de punta. Porque fue aquel un instante de verdadera consternación: de consternación y sorpresa para combatientes y testigos.

La inesperada salida de Julián, su actitud amenazadora, hostil, y, sobre todo esto, lo insólito del caso, infundieron allí tal pavor, que en algún tiempo nadie se atrevió a moverse. Julián se dirigió sin vacilar, con paso firme, al sitio donde permanecía, pálido e inmóvil, Canelón.

-Oye, tú. No es con ése -le dijo, señalando a Acosta, y revelando en su tembloroso acento la ira que lo embargaba- sino conmigo con quien te vas a batir.

-¿Ahora? -exclamó Arturo, retrocediendo un paso.

-¡Ahora mismo, ahora!

-¡Julián, Julián! -le gritó desde su puesto, agitando los brazos, Luis Acosta-. No seas loco. ¡Apártate!...

El ofuscado joven no oía. Debió de perder la razón en aquel momento, porque de un salto furioso salvó la distancia que lo separaba de Canelón y rugiendo más que diciendo: «¡Es conmigo... conmigo, que te vas a matar!», le descargó un tremendo garrotazo en la cabeza.

El desprevenido duelista trató de rehuir el primer golpe; pero detrás del primero vino el segundo, y el tercero, y la acometida fue entonces tan violenta, tan recia, tan brutal, para decirlo de una vez, que el atropellado Arturo dejó caer el revólver, cuyo gatillo, levantado ya, se disparó al chocar contra el suelo, yendo a aplastarse la bala en una piedra que estaba cerca.

En vano corrieron voceando, precipitadamente, los testigos, para evitar el furibundo ataque. Hasta el mismo Acosta intentó detener al impetuoso agresor. Todo fue en vano: el muchacho acababa de satisfacer su cólera sobre el ensangrentado cuerpo de Arturo, quien rodó por el césped sin sentido.

León Tasajo, que andaba reñido con todo aquello que no fuese correcto en punto a cuestiones de honor, se indignó mucho y dijo que era la primera vez que en la ya larga serie de duelos villabravenses acontecía semejante iniquidad. Florindo derramó dos lágrimas como avellanas sobre el pálido rostro de su amigo, y es de justicia consignar que Luis Acosta se conmovió y estuvo a punto de reñir a Julián por aquel acto incalificable.

El único que no tomó parte en la desastrosa escena fue Teodoro, porque asustado al oír el tiro, y sobre el tiro los gritos que resonaban por todos lados, se dio a correr de tan prodigiosa y desatentada manera, que muy pronto llegó al río, y queriendo salvarlo de un salto, cayó entre un pozo, produciendo su caída un estrépito «terrorífico».

Unas lavanderas que acertaron a pasar, compadecidas de su desgracia, le ayudaron a salir de allí, hecho una lástima. La gran flor que llevaba Teodorito en el ojal de la americana quedó flotando entre los remolinos del agua.

En tanto, Arturo Canelón, bañado en su gloriosísima sangre, fue trasladado en brazos de sus amigos a Villabrava, donde no se sabe cómo ni por qué misteriosa vía telefónica se tuvo conocimiento del hecho antes que el herido llegase.

El padre de Arturito, que gozaba de grandes y decisivas influencias en las esferas oficiales, dio parte a la autoridad competente, y Julián Hidalgo fue reducido a prisión antes de entrar a la ciudad. Los periódicos callejeros, que aún recordaban su famosa conferencia, se agarraron del suceso para echar los pies por el aire, y lo que en un principio pudo pasar como caso de violencia disculpable, se elevó muy pronto a la categoría de «crimen».

De tal suerte se explotó tan pérfida «insinuación», que extraviado ya el público criterio, hasta el distraído jefe del Gobierno tomó cartas en el asunto. A él le tenían muy sin cuidado los horrores villabravenses, por lo cual andaba allí todo a manga por hombro; pero en tratándose del hijo de un señor que era el más firme sostén de su política, ya era harina de otro costal. Ofreció a Canelón padre tener al joven Hidalgo en la cárcel mientras él presidiese la República; y fue inflexible en aquel asunto trivial, como fue débil, fatalmente, en otros de suma transcendencia. Ni la misma madre de Julián Hidalgo consiguió doblegar su voluntad.


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