Todo un pueblo: 17

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XVII -[editar]

A consecuencia de esta desgraciada entrevista, unida a las muchas otras desazones que embargaban su ánimo apocado, Susana enfermó y estuvo algunas horas como atontada y pasó muchas noches sin dormir.

Días negros, días tristes, días espantosos, días pródigos en sufrimientos fueron aquellos de la prisión de Julián para la infeliz madre. Bien sabía ella que en Villabrava ocurrían cosas muy originales en punto a prisiones.

Que hasta un criminal digno de los más negros castigos, por estas o por aquellas combinaciones políticas, saldría de la cárcel hecho jefe, reivindicado y respetado por todo el mundo, antes que su hijo, a quien se sacrificaba en cambio de un beneficio momentáneo, a quien la sociedad señalaba y distanciaba de su seno como a un apestado; a quien un hombre negaba el derecho de amar y un pueblo entero el derecho de vivir.

Para una madre como Susana, la prisión indefinida del hijo era poco menos que la muerte. Su desesperación no tenía límites: era inmensa. Contribuían a aumentar esta desesperación la soledad espantosa de su casa y la vista constante de la habitación de Julián, adonde ella iba con frecuencia a meditar y a llorar su desgracia.

Allí se sentaba frente al escritorio donde un montón de pequeñeces, de detalles, de cosas íntimas adquirían dolorosas proporciones a sus ojos. Cada cosa adquiría para ella algún significado triste, porque en cada sitio de aquel escritorio, que heredó Julián de José Andrés, había algo de éste y algo de ella y alguno que otro regalo de Isabel; la pluma y la carpeta, el tintero y el sello, el lacre y las papeleras y los libros; todo, todo la acongojaba, la martirizaba, le traía a la memoria el amor inmenso de su hijo...

Aguijoneada y acosada por su recuerdo, se sentía desfallecer y salía de allí a llenar toda la casa de quejas, acusando a todo el mundo de su desgracia, hasta que caía de bruces, rendida sobre la cama, bañando las almohadas de copioso llanto, como si Julián se hubiese muerto.

Mientras los días corrían unos tras otros y ni una esperanza remota venía a calmar sus ansias.

Una tarde salió desesperada, como una loca, de ministerio en ministerio, de la Gobernación a la Prefectura, de la Prefectura a todas partes donde creía hallar un personaje, una influencia, un hombre que la ayudase a conseguir la libertad, con tanta vehemencia y con tanto dolor solicitada. Regresó a casa desfallecida, sin alientos, llorando casi a gritos. El desengaño le produjo, como siempre que alcanzaba el grado máximo su pena, un desgarrador estrago físico y moral.

Sin despojarse de la mantilla ni quitarse los guantes, retorciendo el pañuelo entre las manos, se sentó en el sofá del gabinete, de espaldas al retrato de José Andrés.

El agudo dolor, reviviendo en ella, la anonadó nuevamente, y sus angustias aumentaron a medida que la tarde avanzaba hacia esa hora inapreciable, melancólica, en que el espíritu se entrega sin defensa a sus preocupaciones más siniestras. No pidió luz ni llamó a nadie, y allí se estuvo sin saber cuánto tiempo, postrada, casi sin vida, sin más voluntad que para sufrir.

De tal suerte, que no le impresionó la entrada de Espinosa al gabinete. Dijérase que lo esperaba, que se resignaba a oírlo. Y en aquel prolongado silencio, en aquel recogimiento doloroso, en aquella inmovilidad de estatua, Susana no tuvo ni valor para el enojo; la protesta no subía ya a sus labios.

Don Anselmo le dio la mano sin hablarle, se sentó y la dejó tranquila; la dejó que meditase, que sufriese, que llorase mucho... Pero, al sentarse, retenía aún la mano de Susana entre las suyas.

Susana continuó inmóvil, y después de un largo rato, un ligero estremecimiento circuló por todo su cuerpo: desfallecía... Se abandonaba, sin darse cuenta, a una de esas somnolencias tan habituales en ella, semejantes a uno de esos minutos horribles en que la vida toda, empujada por la fatalidad, va dócilmente al sacrificio, cansada de la lucha.

Y en medio de su aniquilamiento, de su postración y de su pena, creyó que la fatalidad era un abismo donde debía hundirse al fin, y adonde, apenas asomada, sintió el alma temblorosa, suspendida en el aire como en un vértigo, queriendo caer y sustrayéndose al mismo tiempo a la caída.


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