Todo un pueblo: 19

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XIX -[editar]

Las puertas de la inmunda cárcel de Villabrava se abrieron al fin para Julián Hidalgo.

Portadora de la inesperada orden de libertad, fue la misma Isabel en coche con su padre hasta «la penitenciaría». Julián, en el primer momento, no supo lo que le pasaba; no se atrevió a creer aquello. Lo palpaba, lo veía; era un hecho y aún se le antojaba un sueño.

No, no era un sueño. Isabel se lo explicó todo. Ella, Isabelita, se moría de pena; Susana se moría de dolor; Juana, su mamá, se moría también: todo el mundo se moría... Y su papaíto, que no era tan malo -¿verdad que no?-, tan malo como él se figuraba, fue quien se empeñó con el viejo Canelón, con el general... con todo el mundo.

Lo que había hecho papaíto por ella, por él, por los dos, no había con qué pagárselo. ¡El pobre era tan bueno a veces, tan bueno! Además él deseaba más que nadie que se terminasen los disgustos: al fin eran parientes. Y no estaba bien vista en la sociedad aquella desavenencia. «Ya que os queréis tanto -le había dicho esta misma mañana-, yo no me opongo». Luego, en voz baja y acercándose mucho a Julián. «Verás tú qué felices vamos a ser; tú verás».

Y decía todo esto Isabelita en términos tan conmovedores, tan tiernos, y estaba tan hermosa, tan insinuante, tan linda, que Julián, desconcertado, ni siquiera se dio cuenta de la presencia de don Anselmo, que un poco lejos del sitio en que los dos jóvenes formaban el interesante grupo, esperaba, visiblemente inquieto, su inmediato resultado.

Julián no tenía ojos ni oídos más que para Isabel: viéndola, se embelesaba como un tonto, y oyéndola, oyéndola, la alegría se le subió de un golpe al corazón y le llenó la boca de frases sin sentido.

Y es que estos hombres irrefrenables, heridos por el fracaso, o asustados por la felicidad que se les entra de repente en el alma, sin pedirles permiso, no ven nada, absolutamente nada más allá del mundo que se forma a su alrededor.

Por otra parte, Julián, a pesar de sus ímpetus y a pesar de su altivez, poseía un espíritu infantil, algo incauto.

Y lo más lamentable era que, con su aspecto de observador profundo, fue a todas horas un hombre distraído, sin penetración y sin malicia. Una mirada escrutadora lo ponía fuera de sí; una pequeñez lo alteraba hasta lo indecible.

Un asunto grave, empero, pasaba por su lado rozándole y pasaba sin que él se diese cuenta de su gravedad. Aquello que debió causarle una profunda impresión, apenas le causó asombro. Y así se explica que a su libertad, alcanzada bajo la fianza de don Anselmo, no le diese verdadera importancia: al fin don Anselmo era el padre de la mujer que él amaba y que tanto sufría por él.

En cambio le alteró, le ofuscó, le indignó saber que el viejo Canelón había exigido al general, en «pago» de su libertad, el nombramiento de cónsul de Villabrava en París para su hijo Arturo. ¡Oh! «Aquello era inicuo, estúpido, vergonzoso. A un país así tenía que llevárselo el demonio...»

Mas no fue a él solo a quien «ofuscó» el nombramiento de Arturo Canelón. A los amigos de éste, a Florindo Álvarez y a Paquito Berza, que andaban locos detrás de aquel Consulado, los puso furiosos la distinción dispensada al compañero.

¿Cómo no? Todos los Paquitos y Florindos literatos y poéticos de Villabrava se creían merecedores de un cargo diplomático, por el solo hecho de dar a luz cada nueve meses unos cuantos folletos de versos áureos y artículos dislocantes.

Era lo que él, el pindárico poeta decía: «Hasta Angelito Marmelado quiere ser cónsul». Lo cual fue una inaudita irreverencia de Florindo. Porque Angelito Marmelado, impecable, genial y azucarado prosista, especie de Juan Valera en el decir y de Gabriel d'Annunzio en el crear, era acreedor como éste a la admiración y al respeto de sus compatriotas, y digno, a su vez, como don Juan, de ser llevado entre ángeles y mariposas y perfumes al quinto cielo de la diplomacia villabraveña.

Un sentimiento parecido al de la envidia llevaba al irritado poeta a no permitir o a no querer que Canelón, su «hermanito» en letras, se fuese solo a viajar por esos mundos sin su amorosa compañía.

Pero Florindo no tenía el padre alcalde, y por más que intrigó y supo en juego los ardides y artimañas del caso, maleando de paso en el Ministerio la reputación antropológica de Berza, que aspiraba a una Legación, o cosa así, no pudo conseguir su deseo.

Y entonces era de oírlo en la Plaza Central poniendo de vuelta y media al presidente, al ministro, al Gobierno todo entero. Sin embargo, fue a despedir muy compungido a su adorado compañero al puerto vecino; le dio un beso en la frente «luminosa», derramó una lagrimita y le ofreció ir a París en aquella misma primavera, acompañando a las Pérez Linaza, que partían muy en breve para la «capital del mundo civilizado».

Por la noche se leían en letras tamañas como puños, los siguientes sueltos en un periódico importante de la localidad:

«Cumbres altas. -Nuestro insigne y aurórico tribuno don Arturo Canelón partió hoy para Europa, honrado con el nombramiento de cónsul general de la República en París.

Demás está decir que la literatura, la ciencia, el arte, la política y todo cuanto encierra nuestra sociedad de cultura, belleza y elegancia, acudió a la estación a despedir al joven orador, cuya voz robusta y milagrosa parece que aún resuena en nuestros coliseos. Los amigos casi no lo dejaban subir al coche.

Todos estaban conmovidos, trémulos, emocionados... al par que llenos de satisfacción al ver cómo se premia al mérito intrínseco en esta tierra de genios. Baste decir que las damas bañaron de copioso llanto las ventanillas de los carros y que fueron tantas y tan espontáneas las lágrimas derramadas que formaron arroyos, ríos y torrentes que se llevaban los corazones, los rails, el andén y la marquesina de nuestra estación».


Y a renglón seguido, el otro sueltecito:

«Ayer noche fue puesto en libertad el señor Julián Hidalgo, bajo la fianza del honorable banquero don Anselmo Espinosa. Deseamos que el señor Hidalgo sepa corresponder a tan hermoso rasgo de nobleza».


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