Todo un pueblo: 20

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XX -[editar]

Hace ya bastantes días que Isabelita Espinosa es feliz, muy feliz. Esa felicidad la pregonan el extraño, risueño fulgor que irradian sus ojos, el encendido color de sus mejillas, la risa que retoza en sus labios y cierto delicioso e inocente coqueteo que ha adquirido ya su esbelta y bellísima persona.

Mirad con qué presteza ha convertido Isabel el elegante comedor de su casa en gabinete de costura: la mesa está totalmente cubierta de cestillos, hilos, agujas, dedales y alfileteros de todos tamaños y colores.

No muy lejos de estos enseres, apoyado en un almohadón, hay un bastidor, en cuya prensada tela de raso azul se ve a medio hacer un complicado y caprichosísimo bordado.

Se dispone, de fijo, a trabajar mucho aquella tarde Isabelita; mas antes de emprender su tarea, hace algunos viajes a las habitaciones interiores, y de paso se detiene frente a una gran pajarera erguida en todo el centro del jardín contiguo, para enviar a través de los alambres de la jaula sendos besos a dos de sus predilectos canarios.

Cumplido este último imprescindible deber de cariño, la joven regresa al sitio donde la esperan los enseres de bordar; coge una silla, echa mano al bastidor y se pone a la obra con inusitado brío.

Gracias a la destreza de sus manos van surgiendo, como por vía de encantamiento, del fondo de la tela multitud de relieves tan delicados y artísticos, que la vuelven loca de alegría; y aquella alegría se traduce en canciones, en palabras de satisfacción y en esos movimientos, desembarazos y donaires que se permiten generalmente las mujeres cuando se sienten solas.

Mas no está sola ya, como cree la gentil bordadora.

Detrás de su silla, en pie, observándola y sonriéndose maliciosamente está Julián, que ha entrado allí furtivamente, aprovechando su distracción, tomando las necesarias precauciones para no ser visto, ni oído, es decir, andando a tientas y de puntillas hasta colocarse junto a ella. Y en aquella actitud permanece largo rato, acariciando y madurando, tal vez con regocijo, la fechoría que va a poner en práctica.

Juzgando, al fin, llegada la hora de llevarla a cabo, Julián se inclina sobre la desprevenida joven, la aprisiona por ambos brazos... y le da un beso en el cuello.

La sorpresa de Isabelita es grande, extraordinaria; pero no tan extraordinaria ni tan grande que le impida adivinar quién es el autor de la inconcebible audacia, porque, en vez de lanzar un grito terrorífico como lo requiere el susto, o como lo hubiera improvisado cualquier otro novelista de más trágicos empujes, la muchacha se contenta con volver la cabeza; y luego, mostrando un enfado mayor aún que la sorpresa, exclama:

-¡Traidor!

El traidor quiere hacer un mohín gracioso y le resulta una mueca.

Por más esfuerzos que hace la muchacha, no consigue librarse de sus manos.

-¡Ay, Julián, por Dios, que me haces daño!

-No te hago más daño si me dejas que te bese otra vez.

-¡Ah!, no, eso sí que no.

-¿Por qué no?

-¡Porque no, vamos!... porque no quiero...

Mas él, impasible, como si no oyese, trata de besarle no sólo el cuello, sino toda la espléndida cabellera, que a la muchacha se le ha desbordado por la espalda, entre las últimas sacudidas.

-No quiero... no quiero -añade, dando unas cuantas furiosas pataditas en el suelo-. ¡Mire usted qué demonio... a que grito!...

-¡A que no!

La respuesta no se hace esperar. Un par de «horribles» y oportunos chillidos que suelta la vengativa joven, bastan para que Julián, asustado, abandone su presa, quedándose por un instante confuso, sin saber qué decir ni dónde poner la vista.

Mientras, ella emprende, o finge emprender, de nuevo, su labor, mirando a hurtadillas una que otra vez al azorado mancebo. Al fin y a la postre los ojos de ambos se encuentran y se ríen.

¡Desgraciado reformador! ¡Quién te había de decir que todas aquellas rebeldías tuyas iban a caer como por encantamiento en estas redes, tejidas por las manos de un ángel! ¡Qué desprestigio para ti! ¡Tonto, romántico, embustero! ¿Adónde han ido a esconderse tus energías? ¿Dónde fue a parar tu fortaleza? ¿Tu valor, de indómito, dónde está? ¡Ah, conque todo era mentira, conque al fin venimos a saber que posees un corazón tan tierno y tan endeble que se estremece al halago de una mano menuda y cariñosa!...

-¡Tú tienes la culpa!

-¡No, tú!

-¡Eres tú!

-¡Pues bien, los dos!

-Ahora, siéntate y seamos formales, porque estoy atareadísima y deseo concluir este dibujo para una colcha de papaíto. Mira, me falta seda y tengo que devanar en seguida. Pero no estés de pies, hombre, siéntate y dame esa madeja... Esa no, la verde... Las tijeras no, gracioso... No, Julián, por Dios, que me estás revolviendo todo... ¡Parece que estás en el limbo!

En el limbo, no; no, el cielo era donde estaba Julián, contemplando los magníficos humanos encantos de su novia. Su fervorosa admiración es más que natural, lógica, de una lógica tal y tan abrumadora, que no da motivo alguno a la censura.

Porque Isabelita sin corsé, dejando adivinar a través de su vaporoso traje las más gloriosas líneas de su cuerpo, las más juveniles tentaciones de su seno firme y redondo, que palpita y tiembla al menor de sus movimientos, tiene que producir, por fuerza, extraordinario efecto en la imaginación menos exaltada.

¿Qué mucho que Julián se embelese contemplándola? Así es como en esta muda contemplación de curvas y contornos, el infeliz va; y ¿qué hace?

Volcar con el brazo, sin advertirlo, ni quererlo, un canastillo de hilos que está cerca, produciendo en la labor un verdadero e irreparable desastre.

La bordadora, enfurecida, recoge entonces el canastillo desgraciado, lo enarbola y amenaza dejarlo caer sobre la cabeza del criminal ayudante; pero éste atrapa en el aire aquella mano menuda, dispuesta a castigarlo, y la cubre de apasionados besos.

Tal vez, y sin tal vez, compadecida de tanta humildad, a usanza de las diosas de fantásticas leyendas que templaban sus rigores y sus cóleras al ver a los héroes que habían incurrido en su enojo, arrodillados ante ellas, la joven se siente sin fuerzas para rechazar estas nuevas vehementes pruebas de adoración irresistible, y las corresponde también con la misma vehemencia.

Minutos después la rubia y adorable cabecita de Isabel reposa sobre el pecho de Julián, y las agujas, los alfileres y las revueltas madejas son allí mudos impasibles testigos del más hermoso, melancólico y encantador idilio que, cerca de una mesa de labor, se ha desarrollado entre dos enamorados que se adoran y están solos...

Y para complemento, aquellos dos canarios predilectos de Isabel, que contemplan la sugestiva escena desde el patio, aturdidos, gozosos y un tanto indiscretos, se posan de un salto sobre el último palillo de la jaula, se yerguen, se sacuden el dorado plumaje, vuelven a uno y otro lado sus blondas y picarescas cabecitas y comienzan un rítmico y atolondrado diálogo de gorjeos, como si quisieran publicar por medio de su armonioso lenguaje, el poema que una pareja dichosa murmuraba allá en el comedor, entre suspiros y ósculos y juramentos de amor.


Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo
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