Todo un pueblo: 21

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XXI -[editar]

Formando lúbrico contraste con este legítimo goce de la vida, con esta gran ternura de dos almas jóvenes, sonrientes y dichosas, un amor maldito, un amor súbito, inexplicable, amor de zozobra, de iniquidad y de dolor, entraba como un huracán, arrollándolo todo -virtud, abnegación y honestidad- en aquel que hasta entonces fue inexpugnable y sagrado hogar de los Hidalgo.

Aquello que en Susana pudo pasar por vez primera como una debilidad, o mejor aún, como una falta hasta cierto punto disculpable tratándose de su hijo, a cuya libertad sacrificó toda una existencia egregia, acabó desgraciadamente por ser una cobardía.

Para ludibrio de su naturaleza humana, el acto que rechazó indignada en un principio, lo aceptó muy luego, horrorizada acaso; mas lo aceptó al fin por costumbre. Y la costumbre se hizo ley.

A veces, en medio de sus horas de inmensa soledad, tenía sublevaciones bruscas de honradez; su antigua virtud reaparecía y formaba a su alrededor uno como baluarte de orgullo y de vergüenza. El recuerdo de su hijo amante y la memoria dolorosa de su marido muerto se levantaban ante ella, y entonces, desesperada, se increpaba a sí misma, con crueldad, con saña, aunque en voz baja, como si temiera oír su propio acento:

-¡Esto es infame!... ¡Esto es inicuo! ¡Dios mío, que hice! ¡Dios mío, perdóname!

Y se dejaba caer de rodillas frente a la imagen de Jesús, colocada sobre la cabecera de su cama. Allí permanecía muchas horas, llena de terror, sollozando, profiriendo frases incoherentes en medio del rezo tembloroso; pidiendo siempre perdón para el pecado cometido, sin pensar en el pecado que cometería al día siguiente...

Porque, a no dudar, en Susana se produjo, desde su primera falta, un triste caso fisiológico. Luchaba, se indignaba, le producía asco «aquello»; aborrecía en el fondo a don Anselmo, pero no se sentía con bastante valor para rechazar al hombre.

En don Anselmo, el deseo y el goce y todo era distinto. Antes de poseer a Susana, la había desflorado con el pensamiento. Adivinó, como todo libertino, a través del amplio vestir de la mujer, a la hembra de formas portentosas; y la hembra superó a todo cuanto su depravada imaginación soñara. Sobre los ojos lánguidos y las mejillas encendidas y la boca jugosa e incitante que él había visto, triunfaron los ocultos y juveniles contornos de la viuda: palidecieron ante la criatura ideal de seno todavía sólido, que el tiempo jamás ultrajó; ante la criolla de talle ondulante y hechicero, de caderas opulentas, magníficas, tornátiles; caderas de belleza absoluta, de atracción casi diabólica...

El apetito de Espinosa, como el de la fiera a quien dan a probar una sola gota de sangre, se excitó al primer sabor, creció hasta lo indecible, y como fiera humana al fin, fue insaciable, encarnizado, brutal, salvaje... Desde aquel punto y hora le entregó a Susana, juntamente con sus sentidos, su alma entera. No sólo la libertad de Julián, la honra de su hija Isabel hubiera consagrado aquel hombre en aras de su frenética pasión. Pero en Espinosa la lujuria tenía atenuaciones.

En Susana, no. Su caída, es verdad, tuvo una excusa: el hijo. La reincidencia tuvo su castigo inmediato: la sociedad. La sociedad de Villabrava, que se vengó de haberla respetado tanto tiempo, pregonando ahora por todas partes su deshonra.

Porque faltos de esos consoladores placeres que en otras ciudades constituyen la alegría del vivir y distancian de la maldad y de la calumnia, los moradores de aquel pueblón sin alicientes para el espíritu y sin sanos regocijos para la inteligencia, vivían en un continuo tejer y destejer enredos, chismes y anécdotas, poniendo en cada reputación una sospecha y en cada sospecha una injuria.

Se olfateaban mutuamente las existencias; se sabían al dedillo sus costumbres; se echaban unos a otros en cara sus vicios, no para corregírselos, sino para aumentárselos; las mujeres se atisbaban a través de las celosías, y los hombres se escudriñaban, se abofeteaban, se herían de muerte a través de la indumentaria.

Había señora que se lanzaba a la calle por la mañana, no regresando a su casa hasta muy entrada la noche, después de haber recorrido todas sus relaciones, almorzando aquí, comiendo más allá, siempre en busca del hilo de una intriga, para forjar dramas que chorrearan sangre...

Y lo que no descubrían, lo adivinaban.

No de otra suerte adivinó, o descubrió, una de esas almas caritativas, las relaciones de Susana y Espinosa.

Las husmeó a distancia, siguió la pista a la pareja y publicó el hallazgo. Desde aquel mismo instante, todas las narices se hincharon, todos los ojos se abrieron llenos de espanto, todos los labios se prepararon para verter especies y todas las orejas para recogerlas.

Descubierto el pecado, las más castas y pudorosas familias de la villa pusieron el grito en el cielo, y entonces se vio, rojo, como nunca se había visto en la ciudad, el color de la vergüenza subir a las mejillas de cien damas que se alborotaron en nombre de la moral.

Y en nombre de aquella moral excitada hasta la rabia se pusieron también las Pérez Linaza en movimiento, aunque en movimiento inusitado se encontraban preparando el equipaje para irse a París, dos días después de tan extraordinario suceso.

Mas no fue obstáculo este para impedir una larga y fogosa deliberación en la sala de lo criminal, donde hicieron de comentaristas, acusadores, fiscales, juececillos y jurado, juntamente con las Pérez, las Tasajo y otra multitud de señoras en cuyos pechos ardía de igual modo el santo fuego de la indignación.

Las representantes más o menos legítimas de la oratoria chismográfica desplegaron allí sus mujeriles derechos, y en arrebatado vuelo fue la fantasía hasta las apartadas regiones de la inventiva a forjar de la debilidad de una infeliz la historia más atroz y canallesca que haya elaborado la infamia, no sólo a costa de una viuda indefensa, sino en descrédito de su hijo Julián, señalado por la villanía de complicidad insólita; en agravio de Isabel, vilmente sospechada de consentimientos impúdicos, y en mengua de la reputación del mismo don Anselmo, odiado y destrozado por la envidia de los que no podían alcanzar los favores de la mujer que él tan indebidamente poseía.


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