Todo un pueblo: 25

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XXV -[editar]

Tras la primera excitación vino para Julián un período de profundo abatimiento. Al arrebato breve y terrible sucedió la calma sombría y dolorosa. Luego ésta sufrió una transformación violenta, a la cual siguieron, sin interrupción, día por día, muchos altibajos y alternativas de carácter.

Un suceso, al parecer de poca monta, pero digno de especialísima mención por sus inesperadas consecuencias, señaló una nueva etapa a su angustiosa existencia.

Ocurrió el tercer día de Carnaval.

Las más gentiles damas y los más apuestos caballeros de la high-life villabravense inauguran el Carnaval por modo solemne en todos los fiacres, victorias, carrozas, landós y otros vehículos de más o menos lujo, o más o menos desvencijados con que cuenta el servicio diario de la ciudad.

Ésta se engalana lo mejor que puede con sus mismos farolillos y banderolas, cintas y lazos, arcos y gallardetes que usa para los onomásticos de sus héroes.

Durante los tres días, las señoras y señoritas se vuelven locas de contento, armando encantadoras algarabías en las ventanas. Por frente a ellas pasan los coches cargados de jóvenes que, a puñados, les arrojan confettis, flores y dulces, acompañados de los gestos, signos y sonrisas propios de tan reñidas y galanas batallas.

Pero allá el último día degenera la batalla civilizadora en batalla de salvajes, porque en la llamada calle Real se amontonan los jóvenes más graciosos de la población y, confundiéndose con la astrosa golfería, formando filas y murallas inexpugnables y gozando de la inmunidad del número, empiezan a tirar, en medio de relinchos, carcajadas y pateos, pelotas de almidón, frutas, cascos y hasta piedras, a los que se atreven a desafiar las populares iras atravesando por el revuelto sitio en coche descubierto.

De esta guisa salieron Julián Hidalgo y Luis Acosta aquella tarde, y no una, sino dos veces cometieron la imprudencia de pasar por la alborotada calle Real. La primera vez, una tímida bolita de papel cayó a los pies de Luis; pero la segunda, ya preparados los grupos, «por si volvían», como volvieron, no una inofensiva pelota de papel, sino mil pelotas de fango, lluvias de arena, de cal y de tierra, granizadas, en fin, de piedras y cascotes, cayeron sobre los dos jóvenes.

Luis, indignado, tapándose como podía con las manos, para evitar el golpe de los inmundos proyectiles, quiso arrojarse del coche. Julián lo detuvo; Luis forcejeaba. En este instante, del emborrascado grupo de la calle salió una voz canallesca, portadora de una injuria horrible en que iba envuelto el nombre de Susana.

Entonces Julián perdió el juicio: él no entendió bien lo que dijo aquella voz de infamia, pero oyó el nombre de Susana y soltó a Luis; pasó por encima de su cuerpo de un salto y cayó ciego, desesperado, sobre el grupo, rugiendo y dando locas puñadas. Detrás de él saltó su violento compañero y se armó, naturalmente, una bronca fenomenal.

Un guardián del público llegó a tiempo, y ayudado de otros más, sujetó a los dos locos, a quienes la multitud hubiera hecho trizas, encorajinada como estaba.

De este vulgar incidente se enteró Susana y fue presa de extraños síncopes, que a la larga se hicieron crónicos, degenerando, con todos sus horrores convulsivos y con todos sus morales desgarramientos, en un verdadero casó de histerismo.

Julián atribuyó estos últimos ataques de su madre, no sólo a la gran y fatal impresión que el suceso le ocasionara, sino, entre otros muchos disgustos íntimos, a la muerte repentina de Juana Méndez, la mujer de don Anselmo Espinosa.

Jamás se atrevió Julián a manchar la existencia de Susana con una duda. ¿Con qué derecho? Susana era su madre, ¡impecable, inmaculada, santa! Una sola vez pasó una idea horrible, rozándole con sus alas negras la conciencia, y se quedó aterrado.

Mas al punto, su inmenso amor de hijo se irguió sobre la ingrata sospecha y la aventó de un golpe. Al día siguiente, por vía de expiación, corrió anhelante y casi lloroso al lecho donde Susana dormía y le cubrió el rostro de besos.

Él médico consultado sobre el mal de la enferma no le dio gran importancia, y opinó por el cambio de aires. No había por qué alarmarse: desórdenes del organismo, cuestión de nervios, neurastenia, casi nada. Bastarían los baños fríos, mucha tranquilidad, buena alimentación.

Y ya vería él cómo terminaban los síncopes, los llantos sin motivo y las repentinas angustias de la señora. Estaba él por el cambio de aires: aires nuevos, aires de montaña...

-¡Aires de montaña! -exclamó, resueltamente, Julián.

Se agarró a esto como un náufrago a una tabla.

¡Ya era tiempo!

Ya empezaba él a presentir que algo extraordinario y fatal iba a ocurrir, trastornando de nuevo su existencia. Al sufrimiento del amor de Isabel se unía el mal de su madre; y a estos dos grandes pesares, la hostilidad creciente de todos. Aquella hostilidad, mayor cada día, la vio en el rostro de las gentes, en las miradas, en las sonrisas enigmáticas, en la actitud de los grupos que, apostados en las esquinas, se abrían en dos alas para dejarle paso y luego señalarle con el dedo.

¡Ah! sí; él sentía que a sus espaldas flotaba siempre el insulto; el insulto silencioso de los cobardes. Y sentía además un grande escozor, un grande, inexplicable, desasosiego; él estaba allí estorbando, y estaba solo. Hasta Luis Acosta lo abandonaba para irse a formar parte de una revolución regeneradora que había estallado, no se sabía dónde, en el interior de la República.

Necesitaba salir de allí, y se marchó al fin con Susana.

Hicieron el viaje, hasta el puerto vecino de La Guaita, en un tren cuyos rieles van tendidos por sobre abismos, y de allí hasta el balneario de Amacuto en un tranvía de vapor que goza de honores de sud-express en toda la comarca.


Amacuto es una parodia ridícula de los grandes balnearios europeos. Los periodistas tontos de Villabrava lo comparan a Biarritz, Ostende, New-Port, etc. A veces, juzgando harto pobre la comparación, exclaman muy frescamente: ¡De Amacuto, al cielo!, es decir, a Villabrava. Y Amacuto es sencillamente una playa en semicírculo, con una especie de malecón que barre el mar a temporadas.

Visto de lejos, desde la cubierta de un buque, por ejemplo, con sus casuchas blancas, rojas, azules, amarillas, dispersas unas y amontonadas otras sobre los cerros, agarradas a los peñascos, para no caerse ladera abajo, Amacuto es de un aspecto desconsolador. Pero, ya en tierra, es otra cosa.

Ofrece, para solaz de viajeros aburridos, un parque nutrido de árboles hermosos, una iglesia moresca, tres hoteles, varios baños de tablas, un cerro pedregoso y un río muy simpático y bullanguero, cuyos estratégicos recodos, estanques y caídas, medio ocultos por las peñas, aprovechaban en sus buenos tiempos, cuando Amacuto no era Biarritz, las antiguas familias villabravenses para bañarse animosamente al aire libre.

Ahora aquello ha cambiado completamente y sirve de refugio a lo más granado de la sociedad mencionada.

Cuando Susana y Julián llegaron a Amacuto, éste se hallaba lleno de bañistas. Julián quería permanecer allí dos días, pero la madre se resistió. Al entrar en el Nuevo Hotel, amplio y hermoso edificio de madera, donde las damas y los clubmen elegantes, para distraer sus ocios, bailan, cantan, ríen y se descuartizan de lo lindo, moviendo la lengua con sin igual destreza alrededor de sus respectivas reputaciones. Susana comprendió al punto que caía mal. Hubo rumores y cuchicheos y conciliábulos secretos, y se decretó «cordón sanitario» para los recién llegados, como si apestasen.

Susana insistía para que continuasen inmediatamente el viaje. Julián, atascado, se opuso. La ascensión de la montaña era fatigosa: tenían que hacerla a caballo, en los caballos que ya había traído el viejo Mateo de la finca, desde la víspera; pero eran siete horas de camino cuesta arriba por el ribazo peligroso, y luego cinco horas más a través de malezas espesísimas, de murallas de juncos, muy difíciles de atravesar.

Lo que hubiera que pasar lo pasaría; no le arredraba nada. ¡Vamos, Julián, vamos pronto! Y lo dijo con tanto anhelo y tan resueltamente, que Julián cedió.

Así emprendieron la marcha, sin descansar, aprisa y corriendo, con atropellamiento de gente perseguida...

Al obscurecer se les vio, desde la playa, ascendiendo, ascendiendo por la abrupta cordillera, encorvados sobre sus jadeantes cabalgaduras, como si los agobiase aún el odio de la sociedad que los arrojaba de su seno. Y ellos también se detuvieron arriba, a mirar al pueblo retorcido como un caracol en el fondo y en los áridos regazos del cerro.

Y más allá, el pueblón de Villabrava negreando entre las siluetas de sus torres; y luego, luego más bruma, más bruma aún: la bruma del mar, la lejanía, y en la grisácea lejanía destacándose la espesa columna de humo de un vapor que se acercaba al puerto.


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