Todo un pueblo: 30

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XXX -[editar]

La enfermedad de aquella muchacha era una insigne mentira, una argucia, de las muchas burdas argucias que venía poniendo en práctica Espinosa para acercarse a Susana. Exasperado por su repentina ausencia, creyendo tener sobre ella inalienables derechos de marido, con miedo al olvido, y con el sinsabor de la sospecha, porque preveía, adivinaba de lejos el arrepentimiento de Susana, don Anselmo no se paró en pequeñeces, y convirtiendo la inmensa tristeza de la hija en enfermedad angustiosa, se sirvió de ella para llegar más pronto al regazo de la amante.

Mas advertida de la infamia, Isabel se resistió a obedecer. No iría a la finca. ¡Nunca! ¡Aunque la mataran, no iría! ¿Que no iba? Pues no faltaba más. Él era su padre. Allí todo el mundo tenía que marchar sumiso, o se vería en el caso de mostrar su carácter enérgicamente, como él sabía.

-¡No voy!... -gritó Isabel, resueltamente.

Entonces él, enfurecido por la respuesta, y viendo cómo la rebelde «chiquilla» le trastornaba todos sus planes, se desató en injurias de villano, y a la villanía de las injurias añadió la vileza aún más humillante de los golpes... Le pegó brutalmente, como pegan los padres canallas a sus hijas de veinte años: con las manos, con los pies, hasta saciarse.

Pero, en esta ocasión, la acometida de don Anselmo fue harto bárbara. Se echó encima de Isabel rugiendo como una fiera. A su empuje, la muchacha cayó al suelo aturdida, y en el suelo le descargó nuevos golpes, hasta el punto de ensangrentarle la cara. Al fin se desahogó toda su cólera, y la atropellada joven pudo levantarse a duras penas, tambaleándose, con el traje hecho jirones, con la vista extraviada, con los cabellos sueltos, con la cara roja de ira y de vergüenza.

Su orgullo de mujer ofendida pudo entonces más que su resignación de hija castigada. El hecho de ser su padre no le autorizaba a ser un verdugo. ¡Lo odiaba!... Se lo dijo al fin. ¡Lo odiaba con toda su alma!... Como no tengo madre, porque me la ha matado usted -añadió, llorando-, cedo a su voluntad. No puedo hacer otra cosa. Iré. ¡Pero tenga usted cuidado, papá, que ya estoy harta!...


Cuando llegaron a la finca, el primero en verlos desde la escalinata fue Julián.

Es verdad que el sufrimiento había puesto en Isabel esa palidez mate que se confunde con la anemia, y que había adelgazado un poco; pero era la misma muchacha admirablemente bien formada, acaso más gentil, más airosa, con su talle esbelto, con sus caderas pronunciadas, redondas, con su seno firme y alto. Sólo en sus grandes ojos garzos se podía notar algo extraño, algo así como un fulgor siniestro que despedían las pupilas, algo de esos reflejos que guardan los rencores errantes.

Julián se adelantó a recibir a los viajeros, bajando hasta el ancho terraplén, apresurado y solícito. Saludó con aparente alegría a don Anselmo, y luego ofreció galante apoyo a Isabel para que desmontase. Y aunque ambos demostraban grande aplomo, sus manos se estremecieron simultáneamente al estrecharse.

Al lado de Espinosa volvió Julián, disimulando la emoción que el involuntario temblor de la mano de Isabel le produjera, mientras ésta ascendía por la empinada escalinata que daba acceso al vestíbulo de la casa. Arriba la recibió Susana, y le tendió los brazos; pero, antes de abrazarse, las dos mujeres se miraron fija y detenidamente. Con esta mirada se escudriñaron el alma. Y holgaron las palabras: Susana comprendió al instante que Isabel se había enterado al fin de lo que ella juzgaba «su secreto», y sintió que la cara se le encendía de vergüenza.

Don Anselmo entró precedido de Julián; pero en él nadie notó el menor embarazo: entró como siempre, hablando mucho, con el sombrero puesto, demostrando su «tradicional» vulgarísima confianza de pariente adinerado. No quiso quedarse aquella tarde en la finca, ni a comer siquiera.

Solicitado por sus grandes negociaciones bursátiles, tenía que regresar inmediatamente a Villabrava. Julián le dijo que era peligroso repasar la montaña después de las seis; pero él no hizo caso. Llevaba su revólver. Ofreció volver en una de las próximas semanas. El mejor día se presentaba allí.

Y les dijo adiós, llamándoles a todos juntos muy cariñosamente: «Queridos hijos; hijos míos, adiós» -repitió, montando a caballo, con más arrojo que garbo de práctico jinete.

Y se alejó al trote largo, a través del bosque, apareciendo y reapareciendo en los claros y revueltas del camino, hasta que se perdió bruscamente en un recodo, en medio de una espesa masa de sombras.


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