Todo un pueblo: 31

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XXXI -[editar]

Si bien entre Susana e Isabel las relaciones fueron, durante los primeros días, un tanto desabridas y tocadas de reserva, acabaron al fin por suavizarlas, temerosas ambas de despertar las sospechas de Julián.

Tal maña y habilidad se dieron, y de tal guisa extremaron la prudencia para hacer mejor y más llevadera la vida en familia, que sus hondos y silenciosos desasosiegos pasaron en absoluto inadvertidos a las observaciones del mozo.

La actitud de éste era, a su vez, bastante falsa. Condenado por la fatalidad a vivir temporalmente cerca de la mujer que fue su novia, experimentó en un principio grandes desazones. Se sentía cohibido y apenas la dirigía la palabra; usaba en la mesa una corrección que movía a risa, sin regatearle por esto las atenciones y galanterías que creyó lícito y decoroso emplear con ella, a título de amigo.

Pero a veces su temperamento bravío se soliviantaba, originándose en su espíritu bruscas tempestades de indignación, recuerdos coléricos de amante desdeñado, reminiscencias penosas de aquella inaudita despedida que trastornó en parte su existencia.

Y sintiendo que cóleras, y recuerdos, y amarguras juntamente se le subían a los labios a modo de brutal protesta, salíase impaciente de la casa, y a campo traviesa, por dédalos de sendas retorcidas y de incultos parajes, se iba lejos, en lo más hondo o intrincado de la serranía.

Allí se pasaba las horas muertas, echado sobre la hierba, mirando al cielo, inmóvil, sin osar nada contra su pensamiento, viajero de alas temblorosas que iba tras la lejanía de aquel amor que fue un idilio, por entre las nieblas impenetrables de aquella ruptura, que era un misterio.

Al súbito despertar de sus mal dormidas sensaciones, evocando días bellos y sonrientes noches voluptuosas, tibias, impregnadas de tentadores deleites, por su imaginación soñadora pasaba en esbozo fantástico la pálida y suspirante figura de Isabel, que le envolvía de nuevo en un ambiente de felicidad inefable, y a fuerza de soñar, la figura intangible se iba transformando a sus ojos lentamente, materializándose, adquiriendo forma humana, haciéndose carne.

El espíritu de Julián se turbaba entonces, su corazón latía con inusitada violencia; sentía como alientos tibios de mujer flotando sobre sus labios; su frente se bañaba de sudor, y al llamamiento poderoso del deseo vibraban todos sus nervios, vacilando su cabeza como en un vértigo.

Para ocultar tal vez estos impetuosos llamamientos se dedicó con más ardor que nunca a la cacería, y apenas salía de la cama ya estaba calzándose las polainas, poniéndose el sombrero de alas anchas, ciñéndose al cinto las pistolas y el cuchillo de monte y echándose la escopeta al hombro.

Si en una de esas furiosas salidas, antes de salvar los linderos de la finca, se le ocurriese volver la cabeza, quedárase de fijo suspenso, indeciso, en seguir o tornar a casa. Porque desde allá, desde lo alto del mirador, al través de las copas de los árboles, alguien le veía y le llamaba, entre súplicas y congojas y rítmicos arrobos de alondra abandonada.

Y cual si fuese ley la afinidad entre amantes separados y señuelo poderoso la distancia no acortada estando juntos, mientras allá en un rincón del bosque, con el pensamiento incendiado de deseos, él rehacía su melancólica figura hasta el extremo de sentirla junto a sí hecha hembra de turbadores contornos, ella también fantaseaba alrededor del nostálgico deliquio, entornando los párpados, para imaginarse mejor aún el tipo varonil y semibrusco, pero fascinador, de Julián.

Y pensando en su orfandad, pensando en que estaba sola, sola en el mundo, sin más familia que la de un padre brutal que la ultrajaba de palabra y de hecho, y a cuyas indignas relaciones venía a servir en la finca de pretexto, sin poder protestar ante la triste evidencia de los hechos, tendía Isabelita los brazos temblorosos de angustia hacia el espacio radiante, hacia el punto donde acaba de desaparecer la silueta de Julián, sintiendo desesperante necesidad de gritarlo, de llamarlo, de decirle que volviera; y le espiaba, le seguía con la vista ansiosa, hasta ver cómo se perdía su silueta allá en el fondo azulado de los campos lejanos.

Él lo ignoraba, ignoraba que allí hubiera un ser que también sufría, acaso más, mucho más que él, y que, como él, sentía humanos estremecimientos, palpitaciones de dichas incompletas, soplos de felicidad remota. Pues turbada por la aproximación del hombre, tuvo Isabel, al igual de Julián, sus transportes voluptuosos; imaginábase reclinada sobre su pecho, acariciada por sus manos ardientes, besada por sus labios trémulos.

Hubo instantes que, en medio de su pasión exasperada, deseó que Julián se la llevara lejos, muy lejos, donde nadie supiera de ellos, donde nadie fuera a pedirles cuenta de sus acciones, donde nadie estorbara sus goces de amor, de aquel amor silencioso, más silencioso cada día, cada día más triste, cada día más grande y más intenso.


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