Todo un pueblo: 34

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Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo


- XXXIV -[editar]

Azuleó la mañana en el Oriente, y el bosque despertó, despertó de improviso, rompiendo con su enérgico y vigoroso desperezo de monstruo la niebla que como inmensa sábana de encajes lo envolvía.

Entre la vaga claridad del alba destacaron los perfiles de sus crestas las montañas, y detrás de éstas asomó su radiante disco el sol y comenzó su marcha victoriosa hacia la tierra. De la tierra brotó entonces uno como rumor de vida nueva, el rumor de la vida de los campos, que ascendía en prolongados estremecimientos de júbilo al espacio, y de todos los escondrijos de la selva salieron en tropel los pájaros, entonando himnos de alegría.

En tanto el sol, que alumbraba ya por todos sus flancos la montaña, envolvía en fulgurante luz las cabeceras del torrente, y el torrente parecía un espléndido penacho de oro y púrpura, que azotaba furiosamente las rocas en su fantástica caída.

No obstante estas alegres irrupciones de la Naturaleza despertada, en el viejo caserón todo era triste. Hasta los pasos de la gente que dentro se movía, levantándose y aliñándose sin prisa, revelaban ese rumor de abrumadora pena que se adivina a través del recinto donde acaba de ocurrir un gran disgusto.

Y así fue cómo, contrariadas, mohínas, reflejando en sus rostros las tristezas del insomnio, salieron de sus respectivas habitaciones Susana e Isabel. Un poco más tarde salió también Espinosa, y esquivando el encuentro con ellas, se fue directamente a la terraza, donde se entregó a la lectura de los periódicos que trajo de la ciudad.

El único que permaneció en su cuarto fue Julián; no quiso salir de él en toda la mañana. Allá a las doce, cuando lo llamaron a almorzar, dijo que no tenía apetito, que se había desayunado tarde, acabando por pedir algo de fiambre para llevarse al campo, porque se iba de caza y pasaría la tarde fuera.

Y con efecto, al cabo de una hora apareció a la puerta de su cuarto, listo de un todo, como para una gran batida; con sus botas altas hasta las rodillas, el pañuelo de seda al cuello, la amplia blusa sujeta a la cintura por una faja de cuero, en la faja un gran cuchillo de monte; y al hombro, ya cargada, limpia y reluciente, su magnífica escopeta.

Huyendo del contacto de los demás, trató de ganar el bosque por el jardín; pero Isabel estaba al cuidado; lo vio, corrió tras él, lo alcanzó, se agarró silenciosamente a su brazo y lo acompañó hasta el comienzo de la montaña.

Aunque el trayecto era breve, como marcharon aprisa, acosados por un sol que incendiaba la pradera, se detuvieron jadeantes bajo uno de los frondosos y amenos bosquecillos que daban acceso a la selva, y en él permanecieron largo rato, vacilando mucho antes de dirigirse la palabra: tal era el estado de sus almas.

Al fin habló Isabel; habló con aquella voz trémula que salía medio envuelta en lágrimas de su garganta, cuando pretendía ocultar alguna pena muy honda. No tardaría, ¿verdad que no tardaría? Lo esperaba... Esperaba que regresase pronto, antes de obscurecer.

Mientras más pronto, mejor. Porque ella sentía una angustia horrible que no sabía explicarse; y además una tristeza tan grande, tan grande... que hubiera preferido que se quedase en casa. Si es cierto que me quieres -agregó-, no te alejes mucho, Julián, no te alejes. Vuelve pronto. Y lo decía de tal modo, con tal súplica en la mirada, con tales balbuceos en la expresión, que sus palabras, temblorosas y torpes, produjeron en el mozo el efecto de una revelación.

La oyó, sin contestar, y mientras la oyó no apartó de ella los ojos escrutadores y profundos. Ante la insistencia de estos ojos, en donde brillaba, como una pregunta, el reflejo de su desesperación, Isabel se turbó y bajó la vista, a arrepentida de haber dicho demasiado.

Hubo un nuevo silencio, que rompió Julián, como si temiera adivinar más de lo que sabía, despidiéndose, al fin, con un «adiós» breve y doloroso. Y se lanzó en carrera desatentada a través de la selva imponente, enmarañada y bravía, cuyas oleadas de levantisco follaje, derramándose por las faldas de los cerros e invadiendo la pradera, formaban en todas partes bóvedas, pirámides, túneles y verdaderas catedrales de verdura, por donde apenas podía filtrarse, avergonzado de su impotencia, uno que otro rayo del sol que incendiaba la llanura.

Al ruido de los pasos de Julián, los pájaros volaban asustados, y algunos inmundos reptiles corrían a armarse para el ataque y la traición en sus obscuras guaridas; pero él, embebido en su indefinible angustia, sin cuidado, sin miedo a los peligros, se internaba, se internaba en el augusto bosque, siempre a la ventura, penetrando por laberintos de juncos y retorcidos chaparrales, salvando barrancos que producían vértigos, venciendo repechos, trepando por altos ribazos, por sendas trazadas en peligrosos zig-zags, sobre los mismos peñascos.

Después de mil revueltas y rodeos llegó a cierta altura de la montaña donde las rocas, aglomeradas al borde de un abismo, servían de nido a las águilas soberanas del espacio.

Al borde de este abismo, menos insondable que su inmenso dolor, lloró Julián Hidalgo su deshonra...

Fue aquella una agonía silenciosa, de muchas horas largas: una agonía muda, una agonía desesperante, que se prolongó toda la tarde. Cuando se levantó, sucumbiendo a la desgracia, sangrando el corazón, aturdido por las lágrimas, aturdido por el recuerdo, aturdido por el pensamiento, en poco estuvo qua no cayese rodando de cabeza por el profundo barranco.

Declinaba la tarde. Por encima de los blancuzcos cerros de Cocuyo, enviaba el sol sus últimos adioses a la selva, y la selva parecía que se ensanchaba y se erguía, vigorosa y triunfante, para contestar con su misterioso lenguaje de rumores al adiós del luminoso viajero.

Julián, en pie sobre el peñasco, contempló asombrado el fulgurante espectáculo que ofrecía la Naturaleza, y envuelto en su inmenso esplendor el caserón de sus mayores, empequeñecido por la distancia; pero siempre con su aspecto patriarcal, severo, silencioso.

A la vista de la finca experimentó una nueva extraña turbación, y violenta sacudida estremeció todo su ser. Sintió como si una mano inexorable lo arrastrase hacia ella, y asaltado de súbita sospecha, acometido de irresistible deseo, atormentado aún por el tropel de reflexiones que lo turbaban, se decidió a regresar.

Bajó aprisa y corriendo, espoleado por la impaciencia, el estrecho caminejo que en peligrosos culebreos conducía al comienzo del valle. Bajó atropellándolo todo, casi rodando: parecía que lo empujaban. En menos de media hora venció el descenso, los despeñaderos, los zarzales, donde dejaba el traje a jirones y se arañaba las manos y se rompía los pies.

En un remolino de juncos estuvo a punto de perder la escopeta. Al entrar por fin en el túnel que daba comienzo a la pradera recibió en pleno rostro las húmedas emanaciones que de su fondo surgían, y juntamente con esta caricia de frescura, cuando de allí salía, encorvándose y apartando las ramas que le hacían daño, llegó hasta él un susurro de voces.

Al principio no supo de dónde partían éstas, algo confusas y apagadas: mas púsose al punto en acecho, y merced al aire que entró en ráfagas violentas por la boca del túnel, las percibió cada vez más claras.

Entre ellas venía mezclado uno como rumor de lucha. Se acercó entonces cautelosamente, escudándose con la maleza crecida a su antojo en aquel sitio; y como aún estaba distante y no podía ver bien, dio un rodeo al matorral que le estorbaba y adelantó otros cuantos pasos. Crujieron bajo sus pies las hojas secas, produciendo inoportuno ruido, y se detuvo. El corazón le latía con violencia, lo ahogaba, quería salírsele del pecho al escuchar mejor y con más precisión lo que cerca se hablaba.

-¡No, por Dios, aquí no!

Fue la voz de Susana, que rasgó, trémula, angustiada, el silencio de la selva.

Aquellas palabras atronaron los oídos de Julián. No esperó más. Abriose una brecha con los brazos, con las piernas, con todo el cuerpo, a través del follaje que le cerraba el paso, y se quedó helado de espanto, sin fuerzas para gritar, sin voluntad para tomar una resolución instantánea.

¡Eran ellos! Sí, ellos: Susana y Espinosa forcejeando; protestando ella, suplicando él, riéndose los dos en medio de las protestas y súplicas. Susana luchaba débilmente, y Espinosa, adivinándola, no se dio por vencido: la abrazó y la besó.

Temblando de lujuria, sus manos impacientes le tentaron el seno, buscando a tientas los botones de la chambra: ésta se abrió al fin, y brotaron por entre los encajes de la camisa los opulentos pechos de la viuda, que no supo defenderse.

En el primer momento, Julián quiso huir por donde mismo había venido; pero los pies le echaron raíces y se quedó como petrificado, rígido. Después se tambaleó como un ebrio y se agarró a un árbol para no caer. Fue sólo un minuto. Iba a rodar al suelo como herido por un rayo. En aquel instante mismo Susana volvió la cabeza..., extendió los brazos, y un gemido desgarrador, como el gemido de una persona estrangulada, se escapó de su garganta. Espinosa se volvió a su vez rápidamente, y quedaron los dos hombres mirándose cara a cara.

En los ojos de Julián brilló un relámpago de ira, se estremeció todo su cuerpo, y palideció intensamente, con esa palidez que pone el odio en el semblante de los indios de raza.

Don Anselmo comprendió al punto que aquel muchacho era capaz de todo en aquel instante, y por un movimiento instintivo, que, desgraciadamente, no advirtió la espantada Susana, sacó del bolsillo aquel revólver compañero inseparable de su vida.

Pero mudo y resuelto, con increíble rapidez, Julián se echó la escopeta a la cara, y, sin darle tiempo al miserable, apuntó, oprimió el gatillo del arma, sonó un disparo en la inmensa selva, una explosión de humo quedó flotando entre los árboles, y cayó en tierra Espinosa: cayó de rodillas, buscando apoyo.

Por encima de él, loca, desmelenada, pasó Susana de un salto, y corrió despavorida bosque adentro.

Mientras tanto, ayudándose con las manos, en las angustias de la muerte, el herido hizo un esfuerzo; se incorporó a medias en el musgo y disparó dos veces seguidas sobre Julián.

La fiera despertó entonces. Se tanteó el cuerpo. No había herida ni sangre; pero la sangre de sus levantiscos abuelos subió a su rostro, le invadió el alma. Se sintió salvaje como ellos. Recogió su vida entera en un solo minuto: la primera injusticia del colegio y el primer dolor de su juventud, la muerte misteriosa de su padre y la caída ignominiosa de Susana; el sacrificio de su novia y la actitud agresiva de aquel pueblo que celebraba con insolentes risotadas su deshonra -lo que él llamaba su deshonra-, y, ciego y desatentado, se lanzó sobre Espinosa blandiendo el cuchillo de monte, cuya limpia hoja relampagueó por modo siniestro en el espacio.

Un grito trágico, uno de esos gritos que erizan los cabellos y ponen miedo en el corazón de los hombres más osados, lo retuvo. Aquel grito partía del alma de Isabel que llegaba desatentada, pero magnífica y engrandecida por el dolor, tendiéndole los brazos.

Julián hizo ademán de detenerla a distancia, como si quisiera decirle con el ademán, con el gesto: «¡No, no te acerques! ¿No ves que he sido yo quien lo ha matado?»

Pero Isabel no hizo caso; continuó marchando decidida en la misma actitud trágica, sublime; y cerca ya, protegiendo con su cuerpo el cuerpo del moribundo que se retorcía sobre la hierba ensangrentada, echó los tendidos brazos al cuello del indio colérico, y se colgó a él y le vertió en los labios toda su alma empapada en lágrimas.

Y en tanto que el último rayo del crepúsculo, filtrándose por el tupido follaje, caía sobre la limpia hoja del cuchillo, sobre el lívido rostro de Espinosa y sobre el grupo amante, dijérase que rugía de satisfacción el bosque entero; y que, como la vez primera en que Julián entró en él, hubo extraños rumores en los hondos barrancos, estremecimientos de árboles, seculares testigos de horrores no olvidados; y águilas gigantescas que, extendiendo sus alas enormes, cruzaron con poderoso vuelo por las cabeceras del torrente y fueron a cantarle en su épico idioma de graznidos al abierto espacio, la hazaña de un Hidalgo que acababa de cobrarse en sangre la injuria hecha a su tribu por el representante de aquella sociedad infatuada que le había arrojado de su seno.


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