Tormento: 28

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Tormento
Capítulo XXVIII
 de Benito Pérez Galdós



¡Otra carta! Amparo creyó que se caía de lo alto de una gran torre, al ver la aborrecida letra del sobre. Mirando y remirando su nombre, dudaba del testimonio de sus ojos. Padecía su espíritu tan raros trastornos que fácil era sospechar que le daban pesadillas despierta. ¿Leería la carta? Sí, sí, porque bien podía anunciar algo feliz como el definitivo alejamiento del enemigo; y si traía malas nuevas... ¡también, también leerla para evitar el peligro y parar los golpes! La carta era breve:

«¡Ah!, pícara Tormento, ¿con que te casas?... Mi hermana me lo escribió al Castañar. Enterarme, perder todo lo que había ganado en salud y en juicio fue una misma cosa. Si te digo que el cielo se me cayó encima te digo poco. Todo lo olvidé, y sin encomendarme a Dios ni al diablo, me vine a Madrid, donde estoy dispuesto a hacer todas las barbaridades posibles...».

No pudo acabar de leer y cayó en un largo paroxismo de ira y de terror, del cual hubo de salir sin más idea que la del suicidio. «Me mataré -pensó-, y así concluirá este suplicio». Haciendo luego esfuerzos por encender en su pecho la esperanza, como cuando se quiere hacer revivir un moribundo fuego y se soplan las ascuas para levantar llama, empezó a discurrir argumentos favorables y a quitar al hecho toda la importancia que podía. «Quién sabe -dijo-; por buenas quizás consiga que me deje en paz». Con la idea de que su enemigo iría a verla a su casa cayó otra vez en la desesperación. ¡Qué horrible trance!... Él entrando por la puerta y ella arrojándose por la ventana... Se mudaría, se esconderla en el último rincón de Madrid... ¡Qué simpleza! Si él no la encontraba allí; si D. José Ido no le daba razón de su paradero, la buscaría en casa de Bringas... Pensar que le veía entrar en la casa de la Costanilla de los Ángeles era mil veces peor que pensar en el Infierno con todos sus horrores... ¿Qué haría entonces? Pues muy sencillo: salirle al encuentro, ir en busca de él, decidida a vencer o morir. O conseguía que la dejase libre o se quitaba la vida. Esta resolución, valerosamente tomada, la sosegó un tanto, aunque la idea de ir a la antipática vivienda de la calle de la Fe le repugnaba como el recuerdo de haber bebido una pócima muy amarga. Pero ¿qué remedio...? Iría, sí, daría aquel paso peligroso, el último paso para salvarse o morir. El corazón le dijo: «Tú misma, con maña y arte, puedes hacerle comprender su estúpida terquedad y apartarle del camino de las barbaridades. Tú, si no te aturdes, vencerás al monstruo, porque eres el único ser que en la tierra tiene poder para ello. Mas es necesario que estudies tu papel; es indispensable que midas bien tus fuerzas y sepas utilizarlas en el momento propicio. Esa fiera, que nadie puede encadenar, sucumbirá bajo tu hábil mano, la atarás con una hebra de seda y la rendirás hasta el punto de que se someta en todo y por todo a tu voluntad». Aunque el corazón le dijera estas cosas consoladoras, todavía dudaba ella si salir o no al encuentro de la bestia. Miraba al retrato de su padre, cuyos ojos parecían decirle: «Tonta, si desde que entraste te estoy aconsejando que vayas, y no quieres comprenderlo...». Las caras de todos los estudiantes de Farmacia retratados en el cuadro grande le decían lo mismo.

Otras soluciones se le ocurrieron: dar parte a la justicia, huir de Madrid, contar todo a Caballero... ¡Oh, si ella tuviera pecho para esto último...! Lo demás era patraña. Sobre todas las soluciones descollaba la de matarse: esta si que era buena; pero antes de acometerla ¿no era conveniente tratar de amansar al dragón y alcanzar de él, con buenas palabras y algo de astucia, que se fuera a otras tierras y la dejara tranquila?

Decidido esto, quedaba la cuestión de oportunidad. ¿Iría aquella misma noche o al día siguiente que era domingo? Prevaleció lo segundo, y se dio a pensar la mentira con que disculparía su ausencia de la casa de Bringas. No podía hablar de enfermedad, porque entonces Caballero vendría a verla. Ocurriole decir que su hermana había desaparecido... y ¿cómo dejar de averiguar su paradero? Lo primero era verdad, lo segundo mentira. Por mucho que durase su visita, estaría de vuelta por la tarde, pues tenía que vestirse para ir al teatro. Caballero había quedado en venir a buscarla a las ocho.

Por fin llegó aquella mañana tan temible, y se puso en marcha después de almorzar, vestida a lo pobre decente, con velo y guantes. No quería aparentar riqueza ni tampoco abandono. Para ir pronto y evitar ser vista, tomó un coche. Por el camino estudiaba su difícil papel y las súplicas y razones con que se proponía domar al indomable y convencerle del gravísimo daño que la causaba. La base de su argumentación era: «O esto concluye para siempre, o me mato esta noche misma... lo he jurado... es hecho... paz o muerte».

Llegó. ¡Quién le había de decir que vería otra vez la horrible alambrera y el patio surcado de arroyos verdes y rojos!... Cuando subía la escalera, dos mujeres bajaban diciendo: «No sale de la noche. Se muere sin remedio...». ¿De quién hablaban? ¿Sería él quien agonizaba? Hay muertes que parecen resurrecciones por la esperanza que entrañan en su fúnebre horror... La puerta estaba abierta. Entró Amparo paso a paso, temiendo encontrar caras extrañas, y llegó hasta la sala aquella, antes atestada de muebles y ahora casi vacía... A primera vista se echaba de ver que por allí habían pasado los prenderos.

Dio la joven algunos pasos dentro de la sala y se detuvo esperando que saliese alguien. Sentía movimiento y voces en lo interior de la casa. De repente apareció él. Estaba tan trasformado que casi no se le conocía al primer golpe de vista, pues se había dejado la barba, que era espesa, fuerte y rizada, y la vida del campo había sido eficaz y rápido agente de salud en aquella ruda naturaleza. El semblante rebosaba vigor, y sus miradas tenían todo el brillo de los mejores tiempos. Vestía chaquetón de paño pardo y llevaba en la cabeza gorra de piel. Ambas prendas le caían tan bien, que casi le hermoseaban. Más bien que un hombre disfrazado, era un hombre que había soltado el disfraz, apareciendo en su propio y adecuado aspecto. Al ver a Amparito se alegró mucho; pero algo ocurría sin duda que le estorbaba expresar su contento.

«¿Ya estás aquí? -le dijo en voz baja-. Te esperaba... Contento me tienes... La culpa es tuya. Hablaremos ahora y me explicarás tú... ¿Qué?, ¿te asombras de mi figura? Tengo la facha de bárbaro más atroz que has visto en tu vida. ¿Me tienes miedo?».

-Miedo precisamente no... pero...

-Si estás temblando... Sosiégate; no me como la gente... Siéntate y aguárdame.

Salió de prisa y volvió a entrar al poco rato para revolver en uno de los cajones de la cómoda. Tres o cuatro veces le vio Amparo entrar y salir llevando o trayendo alguna cosa, y no acertaba a explicarse el motivo de estos viajes.

«Dispénsame -dijo en una de aquellas apariciones, sacando una sábana y rasgándola en tiras-. Al venir aquí me he encontrado a la pobre Celedonia tan perdida de su reuma, que me parece que se nos va...».

Oyéronse entonces claramente quejidos humanos, que anunciaban dolores muy vivos.

«¡Pobre mujer! -dijo Polo-. No he querido mandarla al hospital. ¿Quién ha de cuidar de ella si yo no la cuido?».

En el rato que estuvo sola, Amparo creyó prudente cerrar la puerta de la casa, pues con ella abierta, considerábase vendida en aquella mansión de tristeza, miedo y dolor.

«Aquí estoy otra vez -dijo el tal, reapareciendo en la sala con un puñado de algodón en rama que dejó sobre la cómoda-. No se puede mover. He tenido que darle una vuelta en la cama. Yo le doy las medicinas... Se resiste a tomar cosa alguna, como yo no se la dé. También le pongo las vendas en las rodillas y unturas y cataplasmas... Anoche no he pegado los ojos. Ni un momento dejó de gritar y llamarme. Dos días hace que llegué, y aquí me tienes sin un momento de descanso. Pero estoy fuerte, muy fuerte... Verás...».

Para demostrar su fuerza, cogió a Amparo por la cintura, antes que ella pudiera evitarlo, y la levantó como una pluma.

«¡Ay!» -gritó ella al verse más cerca del techo que del suelo.

El atleta, con airoso movimiento de sus fortísimos brazos, la sentó sobre su hombro derecho y dio algunos pasos por la habitación con tan preciosa carga.

«No chilles, no hagas ahora la melindrosa, pues no es la primera vez...».

«¡Que me caigo!...».

-Tonta, caer no... -dijo el bruto depositándola con cuidado sobre el sofá. Ahora vengan las explicaciones. Estoy enojado, furioso. Cuando lo supe me entraron ganas de venir a... no lo sé explicar, de venir a comerte. Después me he serenado un poco, y el amigo Nones me espetó anoche un sermón tan por lo hondo y me dijo tales razones, que casi casi estoy inclinado a conformarme con esta horrible lección que recibo de la divina Providencia.

Amparo al oír esto, sintió en su alma grandísimo consuelo. La cosa iba por buen camino,

«Debo confesar -añadió el bárbaro sentándose junto a ella-, aunque el alma se me despedace al decirlo, que el partido que se te presenta, es tal, que despreciarlo... vamos, no lo digo».

¡Y ella tan azorada! Creía que todo lo que hablara había de resultar inconveniente. No tenía diplomacia; no era bastante maestra en la conversación para saber decir lo ventajoso y callar lo que le perjudicara. Polo siguió así:

«Cuando me pasó aquel primer arrebato de ira, tuve un pensamiento acerca de ti y de tu boda, el cual pensamiento me sirve para consolarme a mí y al mismo tiempo para disculparte. Te lo explicaré. De tal modo me identifico contigo, que he pensado lo mismo que has pensado tú al aceptar ese buen partido. Verás si acierto. Se te presenta un hombre honrado y riquísimo, y tú, apreciando la cuestión con el criterio corriente y vulgar, has dicho: '¿Yo qué puedo esperar del mundo? Miseria y esclavitud. Pues me caso y tendrá bienestar y libertad'. Caballero, por lo que tiene y lo que no tiene, por su riqueza y su hombría de bien, por su bondad y su candidez, es todo lo que podías desear. Te casas con él sin quererle».

Tormento tuvo ya las palabras en la boca para protestar con toda su alma; pero el miedo la hizo enmudecer y se tragó la protesta.

«Esta es mi idea -prosiguió él-, idea que me consuela y que te disculpa a mis ojos. Háblame con franqueza. ¿No es verdad que no le quieres ni pizca?».

Indignada, habría respondido ella con vehemencia lo que su corazón le dictaba; pero su pánico aumentó en un grado tal, que la cohibía y aplastaba, cual si se transfiriera al orden material por enorme carga de hierro puesta sobre su cuerpo. Al propio tiempo hizo este raciocinio: «Si digo la verdad, si digo que quiero mucho al que va a ser mi marido, este bárbaro se pondrá furioso. Conozco su mal temple y el peligro de irritar su amor propio. Lo más prudente será echarle una mentira muy gorda, muy gorda, una mentira que me desgarra las entrañas, pero que podrá salvarme».

«Le quieres ¿sí o no?» -preguntó la fiera impaciente y con brutal curiosidad.

Tormento dijo: No. Y lo dijo con la boca y con la cabeza, enérgicamente, como los niños que hacen sus primeros ensayos en la humana farsa, Al decirlo, todo su ser se rebelaba contra tan atroz falsedad, y los labios que tal pronunciaron habían quedado sensiblemente amargos. Acercó más el bruto su silla. Ella no podía retirarse, porque estaba en el sofá, sentada de espaldas a la ventana. De buena gana se habría incrustado en la pared o tabique para huir de la amenaza cariñosa de aquella rural figura, que le era ya tan repulsiva. Ver acercarse el paño pardo, la barba bronca y la gorra de piel de conejo, era como ver al demonio que se le iba encima.

«Ya me lo figuraba yo -indicó Polo tomándole una mano, que ella quiso y no pudo retirar-. Conozco al consabido; le he visto una vez. Es un pobre hombre, de buen natural, pero de cortos alcances. Le manejarás como quieras, si eres lista, le gobernarás como se gobierna a un niño y harás en todo tu santísima voluntad».

La intención que estas palabras revelaban, no se ocultó a la infeliz joven, que tuvo más miedo. Pero en las naturalezas sometidas a rudísimas pruebas acontece que el peligro sugiere el recurso de la salvación, y que del exceso de pavura surge el rapto de valor, por la ley de las reacciones. Comprendiendo, pues, Tormento, por aquel indicio de las ideas y palabras de su enemigo que este quería conducirla a una solución criminal y repugnante, sintió estremecimientos de su dignidad y protestas de la innata honradez de su alma. Miró al bruto, y tan odioso le parecía, que entre morir luchando y el suplicio de verle y tratarle prefirió lo primero. Herida de su propio instinto como de un látigo, se levantó bruscamente, y sin disimular su ira habló así:

«En fin... ¿esto se acaba o no? He venido para saber si me dejas tranquila o quieres concluir conmigo».

-Calma, calma, niña -murmuró Polo palideciendo-. Ya sabes que de mí no consigues nada por malas. Por buenas, todo lo que quieras...

Tormento hizo un esfuerzo para tener prudencia, tacto, habilidad. Enjugándose las lágrimas que acudieron a sus ojos, dijo:

«Tú no puedes querer que yo sea una desgraciada; debes desear que yo sea una mujer buena, digna, honrada. Has hecho cosas malas; pero no tienes mal corazón; debes dejarme en paz, no perseguirme más, marcharte a Filipinas como pensabas y no acordarte nunca del santo de mi nombre».

-¡Oh!, pobre Tormento -exclamó él con honda amargura-. Si eso pudiera ser tan fácilmente como lo dices... Has dicho que no soy un perverso. ¡Qué equivocada estás! Allá en aquellas soledades, varias veces estuve tentado de ahorcarme de un árbol, como Judas, porque yo también he vendido a Cristo. A veces me desprecio tanto que digo: «¿no habrá un cualquiera, un desconocido, un transeúnte que, al pasar junto a mí, me abofetee?». Y te hablaré con franqueza. Mientras fui hipócrita y religioso histrión y no tuve ni pizca de fe. Después que arrojé la careta, creo más en Dios, porque mi conciencia alborotada me lo revela más que mi conciencia pacífica. Antes predicaba sobre el Infierno sin creer en él; ahora que no lo nombro, me parece que si no existe, Dios tiene que hacerlo expresamente para mí. No, no, yo no soy bueno. Tú no me conoces bien. ¿Y qué me pides ahora? Que te deje en paz... ¿Para qué me mirabas cuando me mirabas?

Ante esta pregunta, el espanto de la medrosa subió un punto más. Las cosas que por su mente pasaron habríanle producido una muerte fulminante si el cerebro humano no estuviera construido a prueba de explosiones, como el corazón a prueba de remordimientos.

«¿Para qué me miraste? -repitió el bruto con la energía de la pasión, sostenida por la lógica-. Tu boca preciosa ¿qué me dijo? ¿No lo recuerdas? Yo sí. ¿Para qué lo dijiste?».

Ante esta lógica de hachazo, la mujer sin arranque sucumbía.

«Las cosas que yo oí no se oyen sin desquiciamiento del alma. Y ahora, ¿lo que tú desquiciaste quieres que yo lo vuelva a poner como estaba?...».

Ella se echó a llorar como un niño cuando le pegan. Durante un rato no se oyeron más que sus sollozos y los lejanos ayes de Celedonia. Polo corrió al lado de la enferma.

«Pero yo -dijo volviendo poco después, apresurado-, recojo para mí toda la culpa. Tengo sin duda la peor parte; pero me la tomo toda. Yo falté más que tú, porque engañé a los hombres y a Dios».

Tormento le miró más suplicante que airada; le miró como el cordero al carnicero armado de cuchillo, y con lenguaje mudo, con los ojos nada más, le dijo: «Suéltame, verdugo».

Y él, interpretando este lenguaje rápida y exactamente, respondió, no con miradas sólo, sino con palabras enérgicas: «No, no te suelto».

Poseída ya de un vértigo, la infeliz se lanzó al pasillo para buscar la puerta y huir. ¡Horrible pánico el suyo! Pero si corrió como una saeta, más corrió Polo, y antes que ella pudiera evadirse, cerró la puerta con llave y guardó esta.

Amparo dio un chillido.

«Suéltame, suéltame» -gritó oprimiéndose contra la pared, cual si quisiera abrir un hueco con la presión de su cuerpo, y escapar por él.

Polo la tomó por un brazo para llevarla otra vez adentro. Desasiéndose, corrió ella hacia la sala. Ciega y desesperada, iba derecha hacia la entreabierta ventana para arrojarse al patio. El cerró la ventana.

«Aquí... ¡prisionera!» -murmuró con rugido.

Dejose caer Amparito en el sofá, y hundiendo la cara en un cojincillo que en él había, se clavó los dedos de ambas manos en la cabeza.


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