Tormento: 30

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Tormento
Capítulo XXX
 de Benito Pérez Galdós



Dudaba Tormento si entrar o retirarse. «Creo que le he vencido -pensaba-; pero aún no estoy segura. Lo que me da esperanzas es que él no hace nunca las cosas a medias. Si hace maldades no se para hasta lo último; si la da por el bien, capaz es de llegar a donde llegan pocos». La fiera reapareció súbitamente, demudado el rostro, las manos trémulas.

«¡Ah!, ¡perra! -le dijo-, si no te quisiera como te quiero... Todavía, todavía sé valer más que tú, y ponerme en donde tú no te pondrás nunca. ¡Hablas de matarte!... ¿qué sabes tú de eso, tonta, que te asustas de la picada de un alfiler?...».

En esto estaban, cuando sintieron ruido en la escalera, y después el áspero chillido de la puerta que se abría. Ambos pusieron atención. Amparo, llena de miedo, notó que los que habían entrado avanzaban ya por el pasillo.

«¡Mi hermana!» -murmuró D. Pedro.

Al oír este nombre, la medrosa no supo lo que le pasaba. En su azoramiento y consternación no tuvo tiempo más que para esconderse precipitadamente en la alcoba. ¡Ay!, si tarda dos segundos más en huir, me la cogen allí. Los visitantes eran Doña Marcelina y el padre Nones. Amparo oyó con espantó la voz de aquella señora, y temiendo que también entrase en la alcoba, hizo propósito de esconderse en un armario. Felizmente había en el fondo de la pieza un cuartito triangular y muy estrecho, atestado de cosas viejas, en el cual se ocultaría en caso de necesidad.

El escueto y rechupado clérigo, la señora con cara de caoba y vestido negro, tomaron asiento en la sala. El primero parecía haberse escapado de un cuadro del Greco. La segunda estaba emparentada con los Caprichos de Goya.

«Pero, di, caribe, ¿todavía no te has quitado esas barbazas de Simón Cirineo? -dijo la hermana al hermano-. ¿No te da vergüenza de que la gente te vea en esa facha?».

-Es que se está equipando de misionero, señora -observó el indulgente y jovial Nones sacando su petaca-. ¿Y cómo está esa pobre?

-Muy mal. Ahora parece que duerme un poco.

-Vamos a cuentas -dijo Marcelina, clavándose en un extremo del sofá-. El Sr. D. Juan Manuel y yo hemos arreglado todo. Por la calle me venía diciendo este bendito: «Es preciso tener mucho cuidado con ese pedazo de bárbaro. Se me escapó de la dehesa para volver a las andadas. Cada día que pasa sin que le empaquetemos para los antípodas, corre más peligro de perderse y darnos a todos muchos disgustos». ¿Es verdad esto, padre?

-Es el Evangelio -replicó Nones risueño.

-Bueno, bueno -añadió la consabida-. Ya hemos arreglado tu viaje. Gracias a una señora que vive conmigo, he reunido lo del billete. Con lo que te dieron esta mañana los prenderos por aquellos trastos y lo que te facilita este señor de Nones... anticipándote lo que te debe el Ayuntamiento... dale las gracias, hombre; con todo eso, digo, tienes para lo que se te puede ofrecer por el camino. Te he buscado cartas de recomendación.

«Y yo le doy una que es como pan bendito» -interrumpió D. Juan Manuel.

-En cuanto llegues, tomas posesión de tu destino, que es, según dicen, una ganga. Ahora, contesta. ¿Estás decidido a marcharte?

-Sí -afirmó Polo con resolución.

-Mira que el vapor sale de Marsella el día 8, y si quieres alcanzarlo tienes que echar a correr mañana mismo.

-Pues mañana mismo.

-Así me gustan a mí los hombres -declaró Nones dando afectuosa palmada en el hombro de su amigo.

-Gracias, gracias infinitas doy al Señor -expresó la piadosa hermana con vehemencia, por esta determinación tuya. A ver si allá vuelves a ser lo que eras, y te enmiendas, y te purificas. No te faltarán modos de hacerte bueno y meritorio, porque hay por allá mucho salvaje por convertir.

-Lo primero -dijo Nones con sorna- es que se nos convierta él y se nos formalice, que a los demás salvajes, señora mía, no faltará quien los meta en cintura.

-De suerte, querido y desgraciado hermano que ya no te veré más -manifestó ella conmoviéndose y elevando un poco su mano en dirección de sus ojos, los cuales de fijo habrían llorado si no fueran de madera-. ¡Oh!, todo acabó, para mí. Gracias que me consuelo con mis ideas. Hágome la cuenta de que estoy en un convento muy grande, que las calles de Madrid son los claustros, que mi casa es mi celda... Voy y vengo, entro y salgo, aisladita en medio del tumulto, callada entre tanto bullicio... En esta vida solitaria los afectos de familia siempre viven en mí... Por mucho que piense en Dios, no puedo dejar de querer a mi hermano, y la idea de los trabajos que le esperan en aquellas tierras me hará pasar muy malas noches... Oyendo misa esta mañana, me decía yo: «Pero Señor, ¿este hombre no podrá corregir sus pasiones, no podrá enfrenarse a sí mismo como han hecho otros que han llegado a ser santos? ¿Tan débil es, tan poca cosa, que se dejará dominar por un vicio asqueroso?» ¡Ay!, hermano, no cabe el odio en mi corazón; pero hay momentos, el Señor me lo perdone, hay momentos en que peco, sin poderlo remediar; peco acordándome de la buena pieza que te ha trastornado la cabeza, apartándote de tus deberes; sí, peco, peco... peco porque me da rabia...

-Señora -dijo el simpático Nones-, no nos aflija usted ahora con sus sentimientos, que hartos motivos de duelo tenemos. Mi amigo Perico se nos va mañana. El rato que de su compañía nos queda empleémosle en agasajarle y en mostrarle nuestro cariño.

-Es que no me fío de él, no me fío -añadió la excelente señora mirándole como se mira a un niño de quien se sospechan travesuras-. Usted le conoce tan bien como yo, y no ignora sus mañas. Por Celedonia supe que antes de ir al Castañar, recibió aquí a esa... Sr. de Nones, no sea usted tan santo, no se haga usted el bobito. Bien sabe usted que hace un rato, cuando subíamos esa cansada escalera, dije yo que me parecía haber sentido voz de mujer, y usted se echó a reír y... recuerde bien sus palabras: «todo podrá ser... nada hay nuevo debajo del sol... en efecto me huele a fémina».

-¡Qué disparate! -balbució Polo, a quien un sudor se le iba y otro le venía.

-Podrá ser disparate; pero tú das lugar a que de ti se piense siempre mal. ¡Ay!, hermano mío, la idea de que puedas condenarte me pone enferma. Hace pocas noches soñé que te habías ido, y que allá en unas tierras de indios, donde hay árboles muy grandes y olor a canela, clavo y alcanfor, estabas tu, ¡ay!, en una choza, y que te morías, sí, te morías de horribles calenturas. Pero lo que a mí me espantaba era que te morías pensando en esa maldita mujer, con lo cual dicho se está que Dios no te podía perdonar... Créeme, hermano, desperté acongojada, con unos fríos sudores... En mi vida he sentido angustia mayor.

-¡Qué disparate! -volvió a decir Polo, fatigadísimo y consternado.

-Señora -indicó el simpático Nones-, que nos va usted a hacer llorar.

-Pues si estuviera llorando este pecador tres días seguidos, nada perdería... Vuelvo a lo que estaba diciendo... ¡Ah! Ya sabrás que el mes que entra se casa la niña. Todas las malas personas tienen suerte. ¡Chasco como el que se lleva ese bobalicón...!

-Señora, no se habla mal del prójimo.

-Déjeme usted seguir... ¡Y qué regalos! Rosalía Bringas me los ha enseñado todos. Esta mañana la encontré en la Buena Dicha y se empeñó en que había de ir con ella a su casa. No pude desairarla, y allí nos estuvimos charla que charla lo menos dos horas, Obsequiome con una copita y bizcochos...

-Señora, eso de las copitas me parece peligroso, y ocasionado a hablar más de la cuenta.

-Siento mucho, -dijo Polo-, que esa señora y tú hablarais de lo que no os importa...

Al llegar aquí, Marcelina, que fijamente miraba al suelo, inclinose y sin hacer aspavientos de sorpresa recogió un objeto arrojado y como perdido sobre la estera. Era un guante. Tomándolo por un dedo lo mostró a su hermano, y dijo con frialdad inquisitorial:

«¿De quién es este guante?».

Polo se turbó.

«¡Ah!... no sé... será de... Sin duda es de una persona que estuvo aquí esta mañana, la hermana de Francisco Rosales el tintorero».

-¡Buena la hemos hecho! -exclamó Nones dando fuerte palmetazo en el hombro de su amigo.

-Yo conozco esta mano -afirmó Marcelina examinando el cuerpo del delito, pendiente de un dedo.

Después lo sopló para hincharlo con aire y ver la forma de la mano.

«Toma, guárdalo: yo no quiero estas pruebas materiales de tus infamias, porque no he de utilizarlas para nada. Pues si yo fuera mala, si yo quisiera hacer daño a esa joven...».

-Basta, señora -dijo expansivamente don Juan Manuel-, todos sabemos que es usted un ángel.

-Sí que lo soy -replicó ella, castigando la rodilla del clérigo con su abanico-. Todas las ocasiones no son para bromitas, Sr. de Nones. No soy yo ángel ni serafín; pero sí mejor que muchos... ¡Si yo quisiera hacer daño...! ¡Ah!, dos cartas poseo de esa casquivana, dos papelitos que te envió y que te quité cuando reñimos y nos separamos. Los conservo como oro en paño, pero mientras yo viva no los verán ojos nacidos. Pues si yo quisiera dárselos a Rosalía Bringas, ¿qué perjuicios no podría causar...? Mas no soy vengativa; tú y la dichosa niña podéis estar tranquilos.

-Así me gusta a mí la gente -dijo Nones-. Por ahí se va al Cielo, señora.

-Pero de eso a ser tonta va mucha diferencia -prosiguió la dama, encarándose enojadísima con su hermano-. A mí no me engañas tú ni nadie. Esa... no quiero decir una mala palabra, ha estado hoy aquí.

-No digas absurdos -respondió Polo en el colmo de la zozobra.

-Señora, señora -gritó Nones-, que nos pone usted a todos en un compromiso.

-Y es más, y digo más -añadió la hermana irritadísima, husmeando el aire-. Sostengo que está aquí todavía.

Diciendo esto, fijaba sus apagados ojos en la puerta de la alcoba.

«Juraría que he sentido ahí run-run de faldas que se escabullen...».

-Tú estás delirando, mujer.

-Pues abre.

Resueltamente fue Nones hacia la alcoba y abrió la puerta, diciendo:

«Pronto vamos a salir de dudas».

Polo tenía la luz, y dio algunos pasos dentro de la estancia. Marcelina miró con ávida curiosidad a todos lados. Humillose hasta arrastrar sus miradas por debajo de la cama, tras de los muebles, tras la percha cargada de ropa.

«Allí hay una puerta... -dijo, señalando a la del cuartito-. Juraría que oí...».

-Es una puerta que está condenada. Da a la casa inmediata.

Marcelina miró a su hermano con severa incredulidad.

-Ábrela.

-Pero, señora, si está clavada -dijo Nones poniendo los brazos en cruz-. ¿También quiere usted echar abajo el edificio?

-Si deseas registrar toda la casa... -indicó D. Pedro.

Volvieron a la sala.

«¿No pasas a ver a Celedonia? Se alegrará la pobre mujer».

-Sí, entraré un momento, pero no largo, porque no tengo corazón para ver padecer a nadie.

-Ahora me parece que descansa un poco.

-Es realmente un mérito tu caridad con esa mujer... Pero no creas que vas a borrar tus pecados: méritos pequeños no limpian culpas grandes... Por mi parte, me gustaría mucho asistir enfermos, revolver llagados y variolosos, limpiar heridos... pero no tengo estómago. Cuando lo he intentado me he puesto mala. También se auxilia a los desgraciados rezando por ellos.

Polo no dijo nada sobre esta opinión. Sintieron los gemidos de Celedonia. Los tres fueron allá.

Al entrar en el angosto cuarto, la pobre mujer padecía horriblemente. A la incierta luz de la lamparilla, su semblante lívido, acariciado por la muerte, era la fría máscara del dolor que casi infundía más espanto que compasión. Su cerebro estaba trastornado.

«¿Qué tiene la viejecita? -le dijo el bárbaro con cariñosa lástima-. ¿Quieres un poco de cloral?».

-¡Ay!... -gritó ella, mirando a todos con extraviados ojos-; parece mentira que aquí, en este hospital... ¿Pero todavía están los dos tórtolos retozando...? ¡Qué modo de pecar!... Yo me muero: pero no me llevaréis, no. Que venga Nones.

-Si está aquí, ¿pero no le ves?

-¿Es de veras el padre Nones? -balbució la enferma abriendo mucho los ojos.

-Sí, yo soy, pendón... ¿Que te quieres morir? -dijo el buen clérigo-. Eso no puede ser sin mi permiso.

-Retozando... -repetía Marcelina, atormentada por su idea fija.

-¿Es usted D. Juan Manuel...?, ya le veo... ya le veo... -tartamudeó la enferma con súbito despejo-. Gracias a Dios que me viene a ver. ¿Quiere confesarme?

-¿Ahora?, déjalo para mañana.

-Ahora mismo...

-¡Qué prisa! Lo mismo da un día que otro.

La infeliz parecía un tanto aliviada con la alegría de ver al cura.

«Ea -dijo Nones con mucho gracejo a los dos hermanos-, váyanse ahora ustedes dos a retozar por ahí fuera, que Celedonia y yo tenemos que hablar. Se le ha despejado la cabeza; aprovechémoslo».



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