Tristana: 15

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo XV
Pág. 15 de 29
Tristana Benito Pérez Galdós


Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas previendo el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente se embriagan con las alegrías sin ver el reverso de ellas. Su claro entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía, fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo. Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e improvisando monólogos o comedias en que ella sola hacía dos o tres personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D. Lope; y, en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.

Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez, atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por extinguidos sus ideales en la obscuridad del morir.

El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos crecientes ardores. Por la mañana se entretenía pintando flores o animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano, y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta morellana; en el suelo, las cajas de color, tiestos, perdices muertas; sobre las corvas sillas, tablas a medio pintar, más libros, carpetas de estampas; en el cuartito anexo destinado a lavatorio y a guardar trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés, antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón, y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías mil de caballos, barcos, perros y toros.

Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adestró de tal modo, que fácilmente pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, cantos enteros del Infierno y Purgatorio. Dicho se está que, casi sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del bel parlare. Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él, a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.

Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo pensamiento: e discoprendo, solo il nulla s'accresce cuando sintió los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi ni se cuidó de que il nulla creciera o menguara discoprendo.

¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.

«¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy! Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero hacerte rabiar».

-Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te estrangulo ahora mismo.

-¡Sátrapa, corso, gitano! (cayendo fatigada en el diván). No me engatusas con tu parlare honesto... ¡Eh!, sella el labio... Denantes que del sol la crencha rubia... ¡Jesús mío, cuantísimo disparate! No hagas caso; estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo que contarte muchas cosas, carino! ¡Qué hermoso es el italiano y qué dulce, que grato al alma es decir mio diletto! Quiero que me lo enseñes bien y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo, respóndeme: ¿la jazemos?

Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna salió aquello de ¿la jazemos?, manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le llamase nunca por su nombre, sino con el de señó Juan, que era un gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole: «Señó Juan, ¿me quieres?». Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era Beatrice, ya Francesca, o más bien la Paca de Rímini; a veces Chispa, o señá Restituta. Estos motes y los terminachos grotescos o expresiones líricas, que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.

-La jaremos cuando tú dispongas, querida Restituta -replicó Díaz-. ¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar de amor extático tanto tiempo?... Vámonos: para ti la jaca torda, la que, cual dices tú, los campos borda...

-Al extranjero, al extranjero (palmoteando). Yo quiero que tú y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que nadie nos conozca.

-Sí, mi vida. ¡Quién te verá a ti...!

-Entre los franceses (cantando) y entre los ingleses... Pues te diré. Ya no puedo resistir más a mi tirano de Siracusa. ¿Sabes? Saturna no le llama sino D. Lepe, y así le llamaré yo también. Ha tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca. Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y anoche le aborrecí, porque en la narración de sus trapisondas, que son tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi señó Juan de mi alma, a quien adoro con todas mis potencias irracionales, como decía el otro.

-Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus historias galantes.

-Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba... Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del convento de San Pablo en Toledo a la monjita?... El mismo año mató en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de España, y la tal se escapo con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.

-Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.

-Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa boca?, da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.

-¡Y tú qué horrible!... Con esos dientazos de jabalí y esa nariz de remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!

-Tenazas, sí, tenazas de jierro, para arrancarte tira a tira toda tu piel de burro, ¿Por qué eres así? Gran Dio, morir si giovine!

-Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio de Trento y que D. Alfonso el Sabio... oye una cosa que se me ocurre. ¿Si ahora se abriera esa puerta y apareciera tu D. Lope...?

-¡Ay! Tú no conoces a D. Lepe. D. Lepe no viene aquí, ni por nada del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos virtuosas, es todo dignidad.

-¿Y si entrara yo una noche en tu casa y él me sorprendiera allí?

-Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Con que pintorcitos tenemos?». Yo no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el pájaro voló... Ahi Pisa, vituperio delle genti. ¿A dónde nos vamos, hijo de mi alma? ¿A dó me conducirás? (cantando.) La ci darem la mano... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas se me atropellan aquí disputándose cuál sale primero, como cuando se agolpa el gentío a la puerta de una iglesia y se estrujan y se... Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más a la idea de conquistar mi independencia y de arreglármelas con mi ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?

-Tu deseo no puede ser más noble -díjole Horacio meditabundo-. Pero no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño!... ¿te parece que hay un oficio mejor ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre que te hará feliz, ¿qué más?

-¡Qué más! (mirando al suelo). Diverse lingue, orribile favelle... parole di dolore, accenti d'ira... Ya, ya; la congruencia es la que no parece... Señó Juan, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué más?». Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco ninguna calle ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al comprar unas horquillas en el bazar, di un duro y no me cuidé de recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía... por cierto que, me equivoqué y me metí en el del barrio. De todo esto y de algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que nunca querrás a nadie más que a tu Paquita de Rímini?... Pues sigo diciéndote... No, no te lo digo.

-Dime lo que pensabas (incomodándose). He de quitarte esa pícara costumbre de decir las cosas a medias...

-Pégame, hombre, pega... rómpeme una costilla. ¡Tienes un geniazo!... ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio moro, en jaspes sustentado. Tampoco esto tiene congruencia.

-Maldita. ¿Qué ha de tener?

-Pues direte, Inés, la cosa... Oye. (Abrazándole.) Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que decididamente no sirvo para las pequeñas.

Lo que Horacio le contestó perdiose en la oleada de ternezas que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.


<<<

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX

>>>