Tristana: 19

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Capítulo XIX
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Tristana Benito Pérez Galdós


De la misma al mismo:

«Monigote, ¿en qué consiste que cuanto más sé, y ya sé mucho, más te idolatro?... Ahora que estoy malita y triste, pienso más en ti... Curiosón, todo lo quieres saber. Lo que tengo no es nada, nada; pero me molesta. No hablemos de eso... Hay en mi cabeza un barullo tal, que no sé si esto es cabeza o el manicomio donde están encerrados los grillos que han perdido la razón grillesca... ¡Un aturdimiento, un pensar y pensar siempre cosas mil, millones más bien, de cosas bonitas y feas, grandes y chicas! Lo más raro de cuanto me pasa es que se me ha borrado tu imagen: no veo claro tu lindo rostro; lo veo así como envuelto en una niebla, y no puedo precisar las facciones, ni hacerme cargo de la expresión, de la mirada. ¡Qué rabia!... A veces me parece que la neblina se despeja... abro mucho los ojitos de la imaginación, y me digo: «Ahora, ahora le voy a ver». Pero resulta que veo menos, que te obscureces más, que te borras completamente, y abur mi señó Juan. Te me vuelves espíritu puro, un ser intangible, un... no sé cómo decirlo. Cuando considero la pobreza de palabras, me dan ganas de inventar muchas, a fin de que todo pueda decirse. ¿Serás tú mi-mito?

»Pienso que todo eso que me dices de que estás hecho un ganso es por burlarte de mí. No, niño, eres un gran artista, y tienes en la mollera la divina luz; tú darás que hacer a la fama y asombrarás al mundo con tu genio maravilloso. Quiero que se diga que Velázquez y Rafael eran unos pinta-puertas comparados contigo. Lo tienen que decir. Tú me engañas: echándotelas de patán y de huevero y de naranjista, trabajas en silencio y me preparas la gran sorpresa. ¡No son malos huevos los que tú empollas! Estás preparando con estudios parciales el gran cuadro que era tu ilusión y la mía, el Embarque de los moriscos expulsados, para el cual apuntaste ya algunas figuras. Hazlo, por Dios, trabaja en eso. ¡Asunto histórico profundamente humano y patético! No vaciles, y déjate de gallinas y vulgaridades estúpidas. ¡Es arte! ¡La gloria, señó Juanico! Es la única rival de quien no tengo celos. Súbete a los cuernos de la luna, pues bien puedes hacerlo. Si hay otros que regarán las hortalizas mejor que tú, ¿por qué no intentas lo que nadie como tú hará? ¿No debe cada cual estar en lo suyo? Pues lo tuyo es eso: el divino arte, en que tan poco te falta para ser maestro. He dicho».


Lunes.

«¿Te lo digo? No, no te lo digo. Te vas a asustar, creyendo que es más de lo que es. No, permíteme que no te diga nada. Ya estoy viendo los morros que me pones por este sistema mío de apuntar y no hacer fuego, diciendo las cosas con misterio y callándolas sin dejar de decirlas. Pues entérate, aguza el oído y escucha. ¡Ay, ay, ay! ¿No oyes cómo se queja tu Beatricita? ¿Crees que se queja de amor, que se arrulla como tus palomas? No; quéjase de dolor físico. ¿Pensarás que estoy tísica pasada, como la Dama de las camelias? No, hijo mío. Es que D. Lope me ha pegado su reuma. Hombre, no te asustes; D. Lope no puede pegarme nada, porque... ya sabes... No hay caso. Pero se dan contagios intencionales. Quiero decir que mi tirano se ha vengado de mis desdenes comunicándome por arte gitanesco o de mal de ojo la endiablada enfermedad que padece. Hace dos días, al levantarme de la cama, sentí un dolor tan agudo, pero tan agudo, hijo... No quiero decirte dónde: ya sabes que una señorita, inglesa por añadidura, miss Restitute, no puede nombrar decorosamente, delante de un hombre, otras partes del cuerpo que la cara y las manos. Pero, en fin, grandísimo poca vergüenza, yo tengo confianza contigo y quiero decírtelo claro: me duele una pierna. ¡Ay, ay, ay! ¿Sabes dónde? Junto a la rodilla, do existe aquel lunar... ¡Vamos, que si esto no es confianza...! ¿No te parece cruel lo que hace Dios conmigo? ¡Que a ese perdulario le cargue de achaques en su vejez, como castigo de una juventud de crímenes contra la moral, muy santo y muy bueno; pero que a mí, jovenzuela que empiezo a pecar, que apenas... y esto con circunstancias atenuantes; que a mí me aflija, a las primeras de cambio, con tan fiero castigo...! Ello será todo lo justo que se quiera, pero no lo entiendo. Verdad que somos unos papanatas. ¡No faltaba más sino que entendiéramos los designios, etcétera...! En fin, que los decretos del Altísimo me traen muy apenada. ¿Qué será esto? ¿No se me quitará pronto? Me desespero a ratos, y creo que no es Dios, que no es el Altísimo, sino el Bajísimo, quien me ha traído este alifafe. El Demonio es mala persona, y quiere vengarse de mí por lo que le hice rabiar. Poco antes de conocerte, mi desesperación anduvo en tratos con él; pero te conocí y le mandé a freír espárragos. Me salvaste de caer en sus uñas. El maldito juró vengarse, y ya lo ves. ¡Ay, ay, ay! Tu Restituta, tu Curra de Rímini está cojita. No creas que es broma: no puedo andar... Me causa terror la idea de que, si estuvieras aquí, no podría yo ir a tu estudio. Aunque sí, iría, vaya si iría, arrastrándome. ¿Y tú me querrás cojitranca? ¿No te burlarás de mí? ¿No perderás la ilusión? Dime que no; dime que esta cojerilla es cosa pasajera. Vente para acá; quiero verte; me mortifica horriblemente esto de haber perdido la memoria de tu carátula. Me paso largos ratos de la noche figurándome cómo eres, sin poder conseguirlo. ¿Y qué hace la niña? Reconstruirte a su manera, crearte, con violencias de la imaginación. Ven pronto, y por el camino pídele a Dios, como yo se lo pido, que cuando llegues no cojee ya tu fenómena».


Martes.

«¡Albricias, señó Juan, hombre rústico y pedestre, destripaterrones, moro de los dátiles, albricias! Ya no me duele. Hoy no cojeo. ¡Qué alivio, qué alegrón! D. Lope celebra mi mejoría; pero se me figura a mí que en su fuero interno (un foro de muchas esquinas) siente que la esclava no claudique, porque la cojera es como un grillete que la sujeta más a su malditísima persona... Tu carta me ha hecho reír mucho. Eso de no ver en mi enfermedad más que una luxación, por los brincos que doy para escalar de la inmortalidad el alto asiento, tiene mucha sal. Lo que me aflige es que persistas en ser tan rebrutísimo y en apegarte a esas cominerías ramplonas. ¡Que la vida es corta y hay que gozar de ella! ¡Que el arte y la gloria no valen dos ochavos! No decías eso cuando nos conocimos, grandísimo tuno. ¡Que en vez de brincar debo sentarme con muchísima pachorra en las losas calentitas de la vida doméstica! Hijo, si no puedo; si cada vez soy menos doméstica. Mientras más lecciones le da Saturna, más torpe es la niña. Si esto es una falta grave, ten lástima de mí.

»¡Qué feliz soy! Primero: me dices tú que vendrás pronto. Segundo: ya no cojeo. Tercero... no, lo tercero no te lo digo. Vamos, para que no te devanes los sesos, allá va. Anoche estuve muy desvelada, y una idea mariposeaba en torno de mí, hasta que se me metió en la mollera y allí se quedó; y hecho su nido, ya me tienes con mi plaga de ideítas que me están atormentando y que te comunicaré incontinenti. Sabrás que ya he resuelto el temido problema. La esfinge de mi destino desplegó los marmóreos labios y me dijo que para ser libre y honrada, para gozar de independencia y vivir de mí misma, debo ser actriz. Y yo he dicho que sí; lo apruebo, me siento actriz. Hasta ahora dudé de poseer las facultades del arte escénico; pero ya estoy segura de poseerlas. Me lo dicen ellas mismas gritando dentro de mí. ¡Representar los afectos, las pasiones, fingir la vida! ¡Jesús, qué cosa más fácil! ¡Si yo sé sentir no sólo lo que siento, sino lo que sentiría en los varios casos de la vida que puedan ocurrir! Con esto, y buena voz, y una figura que... vamos, no es maleja, tengo todo lo que me basta.

»Ya, ya veo lo que me dices: que me faltará presencia de ánimo para soportar la mirada de un público, que me cortaré... Quítate, hombre, ¡qué he de turbarme yo! No tengo vergüenza, dicho sea en el mejor sentido. Te juro que en este instante me encuentro con alientos para representar los más difíciles dramas de pasión, las más delicadas comedias de gracia y coquetería. ¿Qué?, ¿te burlas? ¿No me crees? Pues a probarlo. Que me saquen a la escena y verás quién es tu Restituta. Nada, hombre, que ya te convencerás, ya te irás convenciendo. ¿A ti qué te parece? Ya me figuro que no te gustará, que tendrás celos del teatro. Eso de que un galán me abrace, eso de que a un actorcillo cualquiera tenga yo que hacerle mimos y decirle mil ternezas, te desagrada, ¿verdad? Ni tiene maldita gracia que veinte mil majaderos se prenden de mí, y me lleven ramos, y se crean autorizados para declararme la mar de pasiones volcánicas. No, no seas tonto. Yo te quiero más que a mi vida. Pero hazme el favor de concederme que el arte escénico es un arte noble, de los pocos que puede cultivar honradamente una mujer. Concédemelo, bruto, y también que esa profesión me dará independencia y que en ella sabré y podré quererte más, siempre más, sobre todo si te decides a ser grande hombre. Hazme el favor de serlo, niño, y no te vea yo convertido en un terrateniente vulgar y obscuro. No me hables a mí de dulces tinieblas. Quiero luz, más luz, siempre más luz».

Sábado.

«¡Ay, ay, ay! Mi gozo en un pozo. Estarás en ascuas, sin carta mía desde el martes. Pero ¿no sabes lo que me pasa? Me muero de pena... ¡Coja otra vez, con dolores horribles! He pasado tres días crueles. La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy tranquilizador, aunque D. Lepe asegura lo contrario, sin duda para animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita? No puede ser, no puede ser. Estoy loca; no pienso más que horrores. Y todo ello, ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza... y si me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que Saturna me arrolla con muchísimo cuidado. ¡Estoy bien, vive Dios! Tienes a tu Beatrice hecha una cataplasma. Debo de estar feísima, ¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme. Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora, si vienes? No, no vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita costumbre de buscar siempre el perché delle cose, cavilo que Dios se ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque, francamente, esto de no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la paciencia que había podido reunir... Pero ¿y si me curo?... porque esto se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular.

»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que el Bajísimo te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan desgraciada!... No sé si por la congoja que siento, o efecto de la enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No, yo no quiero ser coja. Antes...

»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán. La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú cojita? No, ¡si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo, del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo el día llorando... pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar. Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...».


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