Tristana: 27

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Capítulo XXVII
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Tristana Benito Pérez Galdós


Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana le dijo sin rebozo: «¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el mismo, y no ceso de representármele como antes era».

-Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?

-Pierde... al menos hasta ahora.

-Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos de tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...

A Tristana se le encendió el rostro.

«No es de estos -añadió D. Lope-, que al dejar de amar a una mujer se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social, después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.

Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al siguiente, la entrevista con Horacio fue bastante fría. El pintor se mostró muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D. Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva de un mundo nuevo.

En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente. Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa, observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en cuya memoria subsistían indelebles los exaltados conceptos de la correspondencia de su amante.

Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro, no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no sólo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se obscurecían y eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro, recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los tres o cuatro días de estas tentativas, apenas pintaban ya; pasaban las horas charlando; y solía suceder que también la conversación languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, y sólo tratan de las cosas corrientes y regulares de la vida.

El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción. «No hay manera -decía con buena sombra-, de imprimir al paso de muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. ¡Qué remedio tengo más que conformarme!».

Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y gradual que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos dos veces; luego tres, cinco... y por fin, ya no se contaron los días que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les resulta inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han entusiasmado y enloquecido en la juventud.

Del marasmo espiritual en que se encontraba salió Tristana casi bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría convertido en organista a un sordo-mudo. Bajo su inteligente dirección venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones de mecanismo, digitación y lectura añadió pronto el profesor algunas nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse estos arduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes, funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios, una predestinación artística y religiosa. «Es un genio esta niña -afirmaba, admirándola con efusión contemplativa-, y a ratos paréceme una santa».

-¡Santa Cecilia! -exclamaba D. Lope con entusiasmo, que le ponía ronco, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!

No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado, escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzado de verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración, se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en lenguaje de su alma, a nadie veía ni se cuidaba de su reducido y fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo, absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo celestial belleza; su alma se desprendía de todo lo terreno para mecerse en el seno pavoroso de una idealidad dulcísima. Un día, el bueno del organista llegó al colmo de la admiración oyéndola improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con que modulaba, enlazando los tonos y añadiendo a sus conocimientos de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra de un misterioso poder de adivinación, sólo concedido a las almas privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde aquel día el maestro asistió a las lecciones con interés superior al que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba, contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar de otra manera.

Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba, Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión de música; sentábase el artista en lo más obscuro de la estancia para seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis, mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu, teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se retiró sin que ella se enterara de que había estado allí.

Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo, se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada del otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias cartas de señó Juan y de Paquita de Rímini. Tristana escribía las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo su conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio. Y así era, así fue... Una mañana de Noviembre entró D. Lope con cara grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este frío laconismo:

«¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa».


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