Un buen negocio: 16

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Escena V[editar]

ANA MARÍA, MARCELINA y BASILIO


ANA MARÍA.- (Aparece con sus maneras habituales, como si nada hubiera pasado.)

MARCELINA.- (Corriendo a su encuentro.) ¡Hijita! ¡Mi Ana María! (La acaricia y la palpa efusiva, monologando con ternura.) ¡Mi nena! ¡Criatura de mi vida! ¡Te esperaba!... Bien segura estaba de que volverías.

ANA MARÍA.- (Después de besarla.) ¿Cómo está la nena? ¿Cómo está abuelita? (Corre a la cama de la NENA, que besuquea efusiva, y volviéndose a la anciana, que debe estar en su lecho, la besa también.) De seguro que me echaba de menos. ¡En su aparente inconsciencia, todo lo comprende!... Perdóname, Basilio, el disgusto que te doy. Estaba segura de hallarte aquí. Es preferible, de todos modos.

MARCELINA.- (Que ha seguido todos sus pasos contemplándola amorosamente.) No, Ana María. Tú no tienes que pedir perdón. Todos debemos pedirte que nos perdones.

ANA MARÍA.- ¡Oh, por qué!... (Se sienta. Sus ademanes responden a una evidente depresión física y moral. Se queda un instante ensimismada.)

BASILIO.- ¿Qué te pasa, mi santa?

ANA MARÍA.- (Tendiéndole una mano.) ¿Qué pensaste de mi carta, Basilio?

BASILIO.- Una locura, Ana María. No era para menos. Y si tu madre al leer tu carta no me tranquiliza, éste era el momento en que andaba corriendo por esas calles en tu busca. ¿Qué ideas tan absurdas pasaron por la cabecita de mi santa?

ANA MARÍA.- Mamá comprendió, ¿verdad?

MARCELINA.- Merezco todos tus reproches, hija mía.

ANA MARÍA.- No; tú tenías razón.

BASILIO.- (Con cierta impaciencia.) Háganme ustedes el servicio de acabar con esta incertidumbre. ¿Qué les pasa ¿Qué ha sucedido? Comprenderán que no puedo continuar actuando en este drama o en esta comedia con un papel tan desairado.

MARCELINA.- Es justo, hijo. Debemos decírselo todo y a mí me corresponde hacerlo para tranquilidad de mi conciencia...

ANA MARÍA.- Déjame, mamá. Hablaré yo. Basilio; lo que te decía en mi carta es la pura verdad. Perdóname la mortificación que te causo. Es forzoso que nos separemos...

BASILIO. - ¡Separarnos! ¿Estás en tu juicio?

ANA MARÍA.- En mi cabal juicio. Tengo un carácter un poco impulsivo, pero puedo asegurarte que mi determinación no es un desplante impremeditado. Cuando me entregué a ti ya había resuelto dar este paso.

BASILIO.- ¿Qué dices, Ana María?

MARCELINA.- No tome usted en cuenta sus palabras. Lo que dice no sucederá. Yo soy culpable de este conflicto, y por lo tanto quien debe resolverlo soy yo. No se alarme, Basilio, que nada podrá entorpecer la dicha de ustedes.

ANA MARÍA.- Mi resolución es irrevocable, mamá.

MARCELINA.- No lo consentiré. Todo cuanto pasa, hijo mío, puede sintetizarse en muy pocas palabras dolorosas. Usted conoce nuestros apremios de estos últimos tiempos. Exasperada por la miseria ante la perspectiva del desalojo y la realidad del hambre de mis hijos, no vi otro medio de salvación que acudir, contra la voluntad de Ana María, a la protección de un hombre cuya presencia en esta casa era un agravio para su honor y para el decoro de todos.

BASILIO.- ¡Oh, empiezo a comprender!

MARCELINA.- Y no fue ese mi único grave delito. Tengo que confesar una indignidad mayor...

ANA MARÍA.- Cállate, mamá. No digas más. No te lo consiento.

MARCELINA.- Yo conocía las intenciones de ese hombre y las toleré.

ANA MARÍA.- No es cierto, Basilio. Era un secreto mío.

MARCELINA.- Y las amparé.

ANA MARÍA.- No es verdad. Lo hace por salvarme y se condena injustamente.

MARCELINA.- ¡Hija mía! ¿Por qué me condenas tan cruelmente?...

BASILIO.- ¡Cuánta aberración! ¡Pobre Ana María!...

ANA MARÍA.- Nadie más que yo conocía las intenciones de ese hombre.

BASILIO.- ¡El miserable!

ANA MARÍA.- Hablemos serenamente. Debemos separarnos, Basilio.

BASILIO.- No. ¡Ahora menos que nunca!

ANA MARÍA.- Se lo he prometido a ese hombre.

BASILIO.- ¿Tú? ¿Tú?

ANA MARÍA.- Sí.

BASILIO.- ¿Tú?

ANA MARÍA.- Te repito que no creas que se trata de una resolución impremeditada, no pienses que quiero ganarme las palmas del martirio. (Melancólicamente.) En la vida me he preocupado tan poco de mí, que este renunciamiento a mis aspiraciones no me tortura mayormente. Por otra parte, si no quiero a ese hombre, tampoco lo odio, y tengo la certidumbre de que procurará hacerme feliz. Y quién sabe si más tarde, en un hogar apacible, contemplando la dicha de los míos no llego a recuperar la felicidad que ahora me escapa...

BASILIO.- (Conmovido.) Ana María, ¿quieres hacerme llorar?

MARCELINA.- (Sollozante.) ¡Hija mía! ¡No hables de felicidad de los tuyos, que no podría existir! ¡No me tortures, no te vengues de mí! Si haces una cosa semejante, me matarán los remordimientos.

BASILIO.- Vamos, mi santa. (Acariciándola.) Basta... La lección ha aprovechado ya... No la eternices. Ahora, a no pensar más en el asunto y a trabajar por el bienestar de todos. Verás que nuestra voluntad y nuestro amor pueden más que todas las acechanzas de la miseria.

MARCELINA.- Sí, hijita. Olvidemos el pasado.

ANA MARÍA.- Todo lo que dices, Basilio, es muy bonito para dicho o para leído... La realidad pronto se encarga de desvirtuarlo. Yo me he impuesto la obligación de sostener este hogar y no debo acarrearte una carga tan dura. Hablemos prácticamente; tú tienes por tu parte obligaciones más livianas, pero tan sagradas como las mías. Unámoslas y verás la montaña de esfuerzos que nos exigen.

BASILIO.- Nos sobran energías a los dos.

ANA MARÍA.- Ya ves en lo que han parado las mías. Así es que seamos razonables. Tú, por tu lado y yo por el mío.

BASILIO.- No. Déjate de niñerías. ¿Verdad, señora, que estamos dispuestos a tomarla en serio?

MARCELINA.- Por otra parte, he encontrado un argumento tranquilizador. Después de los hechos producidos, estoy segura de que Ana María no podrá realizar su propósito.

ANA MARÍA.- ¿Qué quieres decir, mamá?

MARCELINA.- Que las circunstancias se han modificado y que tu decisión ha de encontrar obstáculos...

ANA MARÍA.- (Enérgica.) No. Te equivocas. Ahora yo exijo. Yo me impondré, si es necesario.

BASILIO.- ¿Qué locura es esta?

ANA MARÍA.- (Paseándose nerviosa.) Me han obligado... me han lanzado... Ahora tienen que darme cuentas... ¡Hum!... No será así... lo juro... ¡No será!... ¡No tienen derecho a repudiarme, no!... Me he puesto en condiciones de corresponderle...

BASILIO.- Cálmate, Ana María. ¡Estás diciendo cosas monstruosas!... horribles... indignas, si tú pudieras decir algo indigno. ¡Cálmate!

ANA MARÍA.- Basilio, voy a ser más categórica. Mi resolución es inquebrantable. Perdóname una y mil veces, pero no intentes disuadirme. Voy a comprarle a ese hombre el bienestar de los míos. Me había ofrecido el negocio y ha de cumplir su palabra, lo obligaré a cumplirla. Él ha provocado estas situaciones extremas, y no puede volverse atrás.

BASILIO.- (Severo.) Ana María, es tan rara tu conducta que empieza a hacer vacilar mi fe en ti y en tus sentimientos...

ANA MARÍA.- No tienes derecho, Basilio.

MARCELINA.- (Llora silenciosamente.)

BASILIO.- Si persistes en semejante propósito, sí.

ANA MARÍA.- Persisto. Ninguna razón del mundo me hará desistir.

BASILIO.- Debo creer entonces que aquí se está jugando una comedia inicua.

ANA MARÍA.- ¿Después de cuanto he hecho por ti?

BASILIO.- ¿Y qué es eso?... ¿Qué importa? ¿Qué significa?... ¿Una prueba de cariño, acaso?

ANA MARÍA.- ¡Soy una mujer honrada!

BASILIO.- ¡Qué valen los dones materiales ante todas las ilusiones que destruyes y todas las esperanzas que matas? ¡Ana María; vuelve en ti! ¡Vuelve en ti! Dime que si has pensado cosas tan absurdas, ya no las piensas. Vuelve en ti. Perdóname si te he agraviado con una duda. Sé que eres una digna mujer, la más buena, la más pura de las mujeres.

ANA MARÍA.- Estoy resuelta, Basilio.

BASILIO.- ¿A qué? ¿A buscarte las comodidades y los placeres que yo no podré darte?

ANA MARÍA.- A buscarlos para los míos.

BASILIO.- ¡Has hallado un buen pretexto! ¡Un buen pretexto! ¡Oh! ¡Cuánta miseria! ¡Y luego pretenderás que crea en tu sacrificio! (Emocionado hasta las lágrimas.) ¡Es una indignidad, es una maldad, un refinamiento incalificable, jugar así con los sentimientos de un hombre honesto! ¡Una perversidad!... ¡Una perversidad!... (Solloza.)

ANA MARÍA.- (Dulcemente.) No me injuries, Basilio. Quisiera que termináramos más razonablemente. Debemos hacerlo siquiera sea por el recuerdo de los muchos días de esperanza que compartimos y de los últimos momentos de dicha inolvidable que gozamos.

BASILIO.- (Alzándose.) ¡Vamos, Ana María!

ANA MARÍA.- No, Basilio.

BASILIO.- (Hace un gesto de ira y desesperación; aparece ROGELIO.)