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Un fiscal Catoniano

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Un fiscal Catoniano


¿Qué enseña el filósofo Solon?
Que en todo es bueno la moderación.


I

Cuando era rata de oficina, noble oficio por cierto, enviáronme cierto día con voluminosos expedientes á casa del Fiscal de Gobierno, más que de modesta apariencia, muy distinta su fachada de las que después habitaron Fiscales y sus Agentes.

Desde su estrecho zaguán entablóse el siguiente diálogo con el hombre que, en mangas de camisa, barría el patio:

—¿Está el señor Fiscal?

—No señor.

—El señor doctor don Juan Andrés Ferrera, Fiscal de Gobierno, vive acá?

—Sí, señor.

Y como ya noticias tenía de las excentricidades del personaje en busca, aunque nunca le había visto, no sé porqué barruntaba que el Fiscal y el barrendero en mangas de camisa, habían de resultar una misma persona.

—¿A qué horas se puede ver al señor Fiscal?

Y sin interrumpir su tarea barrendil, ni alzar cabeza, contestó:

—Aquí vive Don Juan Andrés Ferrera, que está limpiando su casa, porque el sueldo no le alcanza para pagar quien lo haga. El señor Fiscal de Gobierno que tiene su despacho ahí, primera puerta á la derecha en el zaguán, se encuentra en las horas reglamentarias de oficina, de once á cuatro.

Sacando mi gran tacho, al parecer de plata, y comprobando faltaban cinco minutos para la hora fijada, giré sobre mis talones yendo, como los serenos de La Verbena, á dar otra vuelta á la manzana.

II

Algún tiempo había pasado, cuando por los diarios se avisó que la persona en cuyo poder se hallára el número de los tres sietes, agraciado con el premio de una casa en rifa, podía presentarse ante la Escribanía de Mogrovejo, para escriturar traspaso de títulos á su favor.

Ya empezaba á murmurarse que tal número no existía y que trapisonda mayúscula encerraba algún gatuperio, para dejar en blanco á todos los creyentes de boca abierta que en rifa tal cifraron suerte, cuando otro sábado, se le ocurrió barrer al buen Fiscal, no el primero y único patio de su casucha, limpia y blanca como tacita de plata, sino los tres cajones de la única cómoda de su hacendosa mujer.

Entre papelitos y sobres de rizos, ya con canas y apuntes de ropa usada, cayó uno amarillento, viejo y arrugado, con tres sietes más negros que conciencia de cartulario.

Siguiendo el arreglo del contenido en todo el cajón, le separó, y cuando su buena Petrona regresaba con la mulatilla del mercado, le preguntó á qué rifa referíase el billetito que guardaba.

Ni ella misma recordaba; tanto tiempo había transcurrido desde su adquisición, hasta que leyendo exclamó:

—Ah! es verdad, ni sé si te había dicho.

Cierta mañana, ya hace mucho, me importunaba tanto la vieja billetera, al salir de la Iglesia, que quería darme suerte, más por hacer caridad, pues aseguraba destinarse á los pobres una parte de la rifa, que por otra cosa, compré ese número del cual ni me acordaba.

—¿Y sabes lo que este número vale hoy?

—Tan poco me ha preocupado, que ni sé si se jugó ó no, ni quien habrá obtenido la casa; solo me interesé por aumentar á los pobres su parte. Pero como en la vida me ha tocado más suerte que tú, mi buen y leal compañero de tantos años, no abrigué esperanzas de llegar á cambiar nunca por ésta, esa casita.

—Así te quiero ver siempre, mi honrada mujer, resignada al modesto pasar que puede proporcionarte tu marido. Pero la verdad es que te ha tocado la casa, cuyo billete ignoraba hubieras comprado. Ahora te voy á pedir un favor. Como sabes, yo no tengo dos morales, una ante el público y otra dentro de casa. Como hombre y como magistrado, uno mismo es el principio que siempre me guía. Te pido no cobres el premio, y sigamos contentos en la pobreza que sobrellevamos.

Como abogado, fiscal y empleado, he dictaminado en cuantas vistas expedí que, en todas esas rifas y loterías, rara vez carecen de irregularidades y engaños. Creo que una persona honrada nunca debe pedir al azar lo que solo del trabajo es dable esperar. Sería pues, para mí una inconsecuencia, borrando de una plumada mis antecedentes, si saliéramos adquiriendo algo en rifas, que he combatido por perniciosas.

Sin inmutarse, ni variar de color, la buena Petrona que también tipo era de virtud catoniana, digna consorte de uno de los más honrados Fiscales que hubo en esta tierra, tomó el número de manos de su esposo, devolviéndoselo en cuatro pedazos.

—Talvez hubiéramos podido salir de pobres, dijo: yo no creía proceder mal en lo que hice. Quizás viviendo en casa propia, hubiéramos disfrutado mayores comodidades durante nuestros últimos años; pero no es de hoy que me conoces y sabes que jamás he tenido otra voluntad que la de mi marido.

Y al mismo tiempo que rodaba sobre sus ya arrugadas mejillas una lágrima de afecto, repitióse la escena que el infortunado Rousseau cuenta no haber presenciado nunca: «suspirar de amor dos séres ya encanecidos».

III

Singularidad semejante impresionó vivamente mi imaginación de niño, y díme á investigar antecedentes de virtud tan plausible en aquella, como en toda época. Entonces vino á mi conocimiento que el Fiscal Ferrera había nacido en tiempo del Virrey de las gallinas, y que era el mismo personaje de quien el General Paz en sus «Memorias» refiere más de una excentricidad.

Emigrado, como la mayor parte de las ilustraciones de su época, tildado de salvaje unitario, diez años atrás de la mañana aquella en que le encontrára barriendo el único patio de su estrecha casa, había caído en el campamento que á la sazón se organizaba en la provincia de Corrientes.

Hombre pacífico y poco experto en las armas, en su vida había esgrimido otra que la pluma de la justicia, y se clasificaba á sí mismo de boca inútil en el campamento.

Pero, hombre á la vez de ilustración y consejo, el Jefe de esa otra expedición libertadora, deseaba no alejarlo de su Cuartel general.

—Desígneme usted algún trabajo, decía el Doctor, pues de otro modo no me considero con derecho á la ración de soldado.

Y el austero General, reconociendo los quilates de aquel brillante sin engarzar, «que cosa rara fué siempre hallar un hombre honrado á carta cabal», valióse de mil ingeniosidades para retenerle.

Muy pobre y necesitado andaba por entonces, como todo emigrado, sin patria y sin hogar, y sólo los colores de la bandera celeste y blanca, imán irresistible, le atraían allí donde flameaba.

Llegó en cierta ocasión el General Paz á preguntarle «qué hora tenía» y como le viera sacar un viejo tacho de plata, gemelo sin duda del que señalaba la hora que le conocí, se fingió prendido de tan bella prenda.

Aunque desde el primer momento se lo ofreció con toda espontaneidad, el General Paz le dijo, que bien lo necesitaba; pero que sólo le admitiría, aceptando por él las seis onzas que en su mano puso.

—Pero esto es tres veces más de su valor, contestó el Doctor.

—Tres veces más de su valor intrínseco tiene este recuerdo de familia—replicó el General—pues, como usted dice, ha señalado la hora de su casamiento, de su destierro y tantas horas solemnes en su vida.

Y disimulando así el medio indirecto de hacerle aceptar algún socorro en su necesidad que era extrema, contaba después muy satisfecho el General cordobés, cómo le había buscado la vuelta á la austeridad del Abogado porteño.

Tan raro el General como el Doctor, no siempre hicieron buenas migas desde el primer día, pues en algún chiste de campamento llegó runrun, que bien podía haber sido mandado por la Comisión de Montevideo para que, introduciéndose en sus Consejos, dirigiera al General.

Disipadas las desconfianzas que rodean á un recién venido, se le dió la Auditoria de guerra del ejército, en el campamento de Villanueva (Corrientes).

Entonces solía frecuentar la mesa del General, tan frugal, que los avispados Ayudantes evitaban siempre que el ayuno no era obligatorio.

IV

De tan claras y minuciosas vistas en sus Vistas fiscales, y de fino y nada corto oído como Auditor, ilustrado y severo, en Buenos Aires y Montevideo, en el Paraguay, Brasil y Bolivia, en todas partes dejó recuerdos de recto proceder, la luminosa huella de su paso.

Cuantos le conocieron acabaron por hacer completa justicia á su incansable contracción y su desinterés, superior á todo encarecimiento.

Escrupuloso en detalles, era una de sus manías tener todo numerado, hasta las piezas de ropa interior. Jamás vistió la camisa número cinco, sin haber usado la cuatro. Si en Corrientes no hacía esto, como cuando le conocimos barriendo, fué porque en la pobreza de campamento sus camisas eran nones, y no llegaban á tres.

Nacido como queda dicho, en tiempo del Virrey de las gallinas, cuando el Marqués de Loreto dejó preso, hasta que se comiera todas, al paisano que le obsequiara seis yuntas por haberle despachado favorablemente el acto de justicia solicitado, vino á fallecer durante el gobierno del Doctor Obligado, que le había nombrado Fiscal.

¡Lástima que fiscal semejante no dejara semilla!

Lleno de talentos y buenas cualidades, cual el General cuadrado que exigía Napoleón, del que era tipo acabado el digno General Paz, ese otro recto ciudadano, fué un argentino honrado por los cuatro costados.

Decía de este último, el primero, que escribir era su entretenimiento, su diversión, su única pasión dominante, á punto de haber dejado algunas toneladas de papel escrito de su puño.

Pero si de elogios se hizo digno el Doctor Ferrera, ¡cuántos no merece su buena y abnegada esposa!

Pobre, humilde y sumisa toda su vida, despierta un día relativamente rica y con casa propia por un capricho de la suerte.

A la primera palabra de su marido, sin objeción alguna, sin la menor vacilación, tira la suerte al pozo, dando espaldas á la fortuna.

En muchos años de Juez, no conocí otro Fiscal, al de esta tradición parecido.

¿Cuántas mujercitas conocéis, queridas lectoras, semejantes á la fiscala de este cuento, que no lo es...?