Una mujer sin importancia: Acto I

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Decoración: Prado, ante la terraza de Hunstanton. SIR JUAN, LADY CAROLINA PONTEFRACT y MISS WORSLEY, sentados en sillas, bajo un tejo corpulento.


LADY CAROLINA.- ¿Creo que es ésta la primera casa de campo inglesa donde pasa usted una temporada, miss Worsley?

ESTER.- Sí, lady Carolina.

LADY CAROLINA.- ¿No tienen ustedes casas de campo en América, según me han dicho?

ESTER.- No tenemos muchas, no.

LADY CAROLINA.- ¿Tienen ustedes campo, lo que aquí llamamos campo?

ESTER.- (Sonriendo.) Tenemos el campo más extenso del mundo, lady Carolina. Nos decían constantemente en la escuela que algunos de nuestros Estados son tan grandes como Francia e Inglaterra juntas.

LADY CAROLINA.- ¡Ah! No deben faltarles allí corrientes de aire. (A SIR JUAN.) Juan, debías ponerte la bufanda. ¿De qué sirve que me pase la vida haciéndote bufandas, si no te las pones?

SIR JUAN.- Pero si tengo verdadero calor, Carolina; te lo aseguro.

LADY CAROLINA.- No lo creo, Juan. Pues bien, miss Worsley, no podía usted haber venido a un sitio más encantador que éste, aunque la casa sea excesivamente húmeda, de una humedad casi imperdonable, y esta excelente lady Hunstanton se muestre a veces un poco demasiado indulgente en la elección de sus invitados. (A SIR JUAN.) Juana mezcla demasiado. Lord Illingworth es realmente un hombre de gran distinción. Es una verdadera suerte encontrarse con él en algún sitio. En cuanto a ese miembro del Parlamento, a ese míster Kettle...

SIR JUAN.- Kelvil, amor mío; Kelvil.

LADY CAROLINA.- Debe ser persona muy respetable. No se le ha oído nombrar jamás, lo cual dice muchísimo en favor de cualquiera hoy en día. Pero mistress Allonby es una mujer apenas aceptable.

ESTER.- No me agrada mistress Allonby. Me es antipática hasta lo indecible.

LADY CAROLINA.- Me pregunto, miss Worsley, si los extranjeros como usted hacen bien en dejarse llevar por sus simpatías o antipatías hacia las personas con quienes tienen que tratar. Mistress Allonby es de elevada alcurnia. Es sobrina de lord Brancaster. Verdad es que cuentan que se ha fugado dos veces de su casa antes de casarse. Pero ya sabe usted la mala lengua de la gente, a menudo. Por mi parte, no creo que se haya fugado más de una vez.

ESTER.- Míster Arbuthnot es encantador.

LADY CAROLINA.- ¡Ah, sí! Ese muchacho que está empleado en un Banco, Lady Hunstanton demuestra una gran bondad invitándole aquí, y lord Illingworth parece sentir predilección por él. Sin embargo, yo me pregunto si Juana ha hecho bien en sacarle así de su clase. En mis tiempos juveniles, miss Worsley, no se encontraba una nunca en sociedad con personas que trabajasen para vivir. No estaba eso bien visto.

ESTER.- En América son ésas las personas que más respetamos, precisamente.

LADY CAROLINA.- No lo dudo.

ESTER.- Míster Arbuthnot tiene un carácter excelente: ¡tan sencillo, tan franco! Es uno de los mejores caracteres que he conocido. Es una verdadera felicidad convivir con él.

LADY CAROLINA.- No es costumbre en Inglaterra, miss Worsley, que una muchacha se exprese con tanto entusiasmo, refiriéndose a una persona del otro sexo, sea quien fuese. Las mujeres inglesas ocultan sus sentimientos hasta después de casarse. Entonces los muestran.

ESTER.- ¿Es que en Inglaterra no admiten ustedes que pueda existir una amistad entre un muchacho y una muchacha? (Entra LADY HUNSTANTON, seguida por un lacayo que lleva chales y un almohadón.)

LADY CAROLINA.- Consideramos eso como poco digno de alentarse. Juana estaba ahora precisamente diciendo que habías organizado la más encantadora reunión del mundo. Tienes un tacto maravilloso para elegir. Es realmente un don.

LADY HUNSTANTON.- ¡Qué amable eres, querida Carolina! Creo, eso sí, que nos llevaremos todos perfectamente. Y espero que nuestra encantadora invitada americana se llevará gratos recuerdos de nuestra vida de campo inglesa. (Al lacayo.) Ponga aquí el almohadón, Francisco. Y mi chal. El de Zetlandia. Vaya a buscarlo. (Sale el lacayo a buscar el chal. Entra GERARDO ARBUTHNOT.)

GERARDO.- ¡Lady Hunstanton, tengo que darla una noticia bonísima! Lord Illingworth acaba de ofrecerme el puesto de secretario particular suyo.

LADY HUNSTANTON.- ¿De secretario suyo? Es una noticia muy buena, verdaderamente, Gerardo. Eso le pronostica a usted un magnífico porvenir. A su querida madre le agradará mucho. Es preciso decididamente que la convenza para que venga esta noche. ¿Cree usted que accederá, Gerardo? Ya sé lo difícil que es hacerla ir a cualquier sitio.

GERARDO.- ¡Oh! Estoy seguro de que accedería, lady Hunstanton, si supiese que lord Illingworth me ha hecho un ofrecimiento semejante. (Entra el lacayo con el chal.)

LADY HUNSTANTON.- La escribiré, participándole la noticia y la rogaré que venga aquí para ver a lord Illingworth. (Al lacayo.) Espere un momento, Francisco. (Escribe la carta.)

LADY CAROLINA.- Es un comienzo maravilloso para un muchacho como usted, míster Arbuthnot.

GERARDO.- En efecto, lady Carolina, y espero llegar a hacerme digno de él.

LADY CAROLINA.- Yo también lo espero.

GERARDO.- (A MISS ESTER.) No me ha felicitado usted aún, miss Worsley.

ESTER.- ¿Está usted muy contento?

GERARDO.- ¡Lo estoy, sí! Ese puesto significa toda clase de cosas para mí. Cosas que hasta hoy ni siquiera me atrevía a esperar conseguir, están ahora al alcance de mis esperanzas.

ESTER.- Nada debiera ser inaccesible a la esperanza. La vida es una esperanza.

LADY HUNSTANTON.- Me parece, Carolina, que lord Illingworth siente preferencia por la diplomacia. He oído decir que le habían ofrecido Viena. Pero quizá no sea cierto.

LADY CAROLINA.- No me parece bien que Inglaterra esté representada en el extranjero por un hombre célibe, Juana. Esto podría traer complicaciones.

LADY HUNSTANTON.- Eres demasiado susceptible, Carolina, créeme; demasiado susceptible. Además, lord Illingworth puede casarse cuando quiera. Esperaba yo que hubiese elegido a lady Kelso por esposa. Pero dijo, según creo, que tenía ella una familia demasiado grande. ¿O eran sus pies los que él encontraba demasiado grandes? No lo recuerdo. Lo sentí mucho. Tenía ella madera de embajadora.

LADY CAROLINA.- Realmente tenía una aptitud maravillosa para recordar los nombres de las personas y olvidar sus fisonomías.

LADY HUNSTANTON.- Pero eso es cosa muy natural, ¿verdad? (Al lacayo.) Dígale a Enrique que espere contestación. Gerardo, he escrito unas líneas a su querida madre para comunicarle la buena noticia y decirla que es absolutamente preciso que venga a cenar con nosotros. (Vase el lacayo.)

GERARDO.- Es un exceso de bondad por su parte, lady Hunstanton. (A ESTER.) ¿Viene usted a dar una vuelta, miss Worsley?

ESTER.- Con mucho gusto. (Sale con GERARDO.)

LADY HUNSTANTON.- Estoy satisfechísima de la buena suerte de Gerardo Arbuthnot. Es realmente un protegido mío. Y me complace sobre todo que lord Illingworth haya hecho ese ofrecimiento espontáneamente, sin indicarle yo nada. A nadie le gusta que le pidan favores. Recuerdo que la pobre Carlota Pagden se hizo completamente impopular durante una season, porque tenía una institutriz francesa que intentaba recomendar a todo el mundo.

LADY CAROLINA.- He conocido a esa institutriz, Juana. Lady Pagden me la envió, antes de que Leonor fuese presentada en sociedad. Era demasiado guapa para una casa respetable. No me extraña absolutamente nada que lady Pagden quisiera desprenderse de ella a todo trance.

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah, eso lo explica todo!

LADY CAROLINA.- Juan, la hierba está demasiado húmeda para ti. Lo mejor es que vayas a ponerte los chanclos.

SIR JUAN.- Me encuentro perfectamente bien, Carolina; te lo aseguro.

LADY CAROLINA.- Me concederás ser en esto el mejor juez. Juan, te ruego que hagas lo que te he dicho. (SIR JUAN se levanta y sale.)

LADY HUNSTANTON.- Le echas a perder, Carolina; le echas a perder verdaderamente. (Entran MISTRESS ALLONBY y LADY STUTFIELD. A MISTRESS ALLONBY.) ¿Qué, mi querida amiga, espero que el parque será de su agrado? Pasa por tener un buen arbolado.

MISTRESS ALLONBY.- Los árboles son maravillosos, lady Hunstanton.

LADY STUTFIELD.- Maravillosos, enteramente maravillosos.

MISTRESS ALLONBY.- A pesar de lo cual, si viviese yo en el campo seis meses seguidos, me volvería una criatura tan inocente que nadie se fijaría en mí.

LADY HUNSTANTON.- Le aseguro a usted, querida, que el campo no produce en absoluto ese efecto. Mire usted, fue de Melthorpe, que está sólo a dos millas de aquí, de donde lady Belton se fugó con lord Fethersdale. Recuerdo muy bien el suceso. El pobre lord Belton murió tres días después, de la alegría, o de la gota, no recuerdo bien. Teníamos muchos invitados aquí en aquel momento, así es que nos interesamos todos grandemente en el asunto.

MISTRESS ALLONBY.- A mi juicio, fugarse es cometer una cobardía. Es correr ante el peligro. ¡Y el peligro resulta tan raro en la vida moderna!

LADY CAROLINA.- Según parece, las muchachas de ahora asignan como único fin a su vida jugar constantemente con fuego.

MISTRESS ALLONBY.- Una de las ventajas de jugar con fuego, lady Carolina, es que así no se quema una nunca los dedos. Sólo se los queman quienes no saben jugar con él.

LADY STUTFIELD.- Sí, ya lo veo. Eso es muy útil, muy útil.

LADY HUNSTANTON.- No sé bien cómo marcharía el mundo con semejante teoría, mi querida mistress Allonby.

LADY STUTFIELD.- ¡Ah! El mundo ha sido hecho para los hombres y no para las mujeres.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh, no diga usted eso, lady Stutfield! Nuestra parte es incomparablemente mejor. Nos están prohibidas muchísimas más cosas que a ellos.

LADY STUTFIELD.- Sí, es cierto, completamente cierto. No había pensado en ello. (Entran SIR JUAN y MÍSTER KELVIL.)

LADY HUNSTANTON.- ¿Qué, míster Kelvil, terminó usted su trabajo?

KELVIL.- He terminado mis escritos del día, lady Hunstanton. Ha sido una ardua tarea. En la actualidad se exige a un hombre público una gran parte, sí, una grandísima parte de su tiempo. Y no creo que lo agradezcan tanto como debieran.

LADY CAROLINA.- Juan, ¿te pusiste los chanclos?

SIR JUAN.- Sí, amor mío.

LADY CAROLINA.- Creo que estarías mejor aquí, Juan. Está esta parte más abrigada.

SIR JUAN.- Me encuentro perfectamente, Carolina.

LADY CAROLINA.- No lo creo, Juan. Harías mejor en sentarte cerca de mí. (SIR JUAN se levanta y cruza la escena.)

LADY STUTFIELD.- ¿Y sobre qué tema ha escrito usted esta mañana, míster Kelvil?

KELVIL.- Sobre el tema de costumbre, lady Stutfield; sobre la Pureza.

LADY STUTFIELD.- He aquí un tema sobre el cual es interesante, muy interesante escribir.

KELVIL.- Es el único tema que tiene hoy día una verdadera importancia nacional, lady Stutfield. Me propongo enviar una circular a mis electores sobre esa cuestión, antes de que se reúna el Parlamento. Encuentro que las clases más pobres del país manifiestan un visible deseo de un ideal ético más elevado.

LADY STUTFIELD.- Está eso bien, muy bien en ellos.

LADY CAROLINA.- ¿Es usted favorable a que las mujeres tomen parte en la política, míster Kettle?

SIR JUAN.- Kelvil, amor mío; Kelvil.

KELVIL.- La creciente influencia femenina es un síntoma tranquilizador en nuestra vida política, lady Carolina. Las mujeres están siempre al lado de la moral, tanto pública como privada.

LADY STUTFIELD.- ¡Qué placer siente una oyéndole a usted hablar así!

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah, sí! Las cualidades morales de la mujer; eso es lo importante. Temo, Carolina, que nuestro querido lord Illingworth no aprecie, tanto como debiera, las cualidades morales en las mujeres. (Entra LORD ILLINGWORTH.)

LADY STUTFIELD.- Dicen que lord Illingworth es hombre muy perverso.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Pero quién dice eso, lady Stutfield? Debe ser el mundo futuro. Este mundo y yo estamos en excelentes relaciones. (Va a sentarse al lado de MISTRESS ALLONBY.)

LADY STUTFIELD.- Todas las personas que yo conozco aseguran que es usted muy perverso, muy perverso.

LORD ILLINGWORTH.- Es una cosa verdaderamente monstruosa el comportamiento de la gente en nuestros días, dedicándose a propalar contra el prójimo, y a espaldas suyas, cosas que son absoluta y completamente ciertas.

LADY HUNSTANTON.- Este querido lord Illingworth no tiene realmente arreglo, lady Stutfield. He renunciado a corregirle. Para conseguirlo, habría que fundar una Compañía pública con un Consejo de Administración y un secretario a sueldo. Y eso que secretario lo tiene usted ya, ¿no es cierto, lord Illingworth? Gerardo Arbuthnot nos ha comunicado su buena suerte; eso demuestra una gran bondad por parte de usted.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Oh, no diga usted eso, lady Hunstanton! La palabra «bondad» es una palabra terrible. He sentido una gran simpatía por el joven Arbuthnot desde que le he conocido y me será muy útil en cierta cosa que soy lo bastante tonto para emprender.

LADY HUNSTANTON.- Es un muchacho admirable. Y su madre es una de mis amigas más queridas. Acaba él de marcharse a dar una vuelta con nuestra linda americana. ¿Es muy bonita, verdad?

LADY CAROLINA.- Demasiado bonita. Esas jóvenes americanas acaparan todos los buenos partidos. ¿Por qué no se quedarán en su país? No cesan de repetirnos que es el paraíso de las mujeres.

LORD ILLINGWORTH.- Y lo es en efecto. Por eso precisamente, y como Eva, tienen ellas un deseo vivísimo en marcharse de él.

LADY CAROLINA.- ¿Qué son los padres de miss Worsley?

LORD ILLINGWORTH.- Las mujeres americanas muestran una habilidad maravillosa en ocultar sus padres.

LADY HUNSTANTON.- ¿Qué quiere usted decir con eso, mi querido lord Illingworth? Miss Worsley es huérfana, Carolina. Su padre, según creo, era un millonario opulento o un filántropo, o ambas cosas a la vez, que acogió a mi hijo del modo más hospitalario cuando estuvo en Boston. Lo que no sé es cómo hizo su fortuna.

KELVIL.- Me figuro que sería con los géneros americanos.

LADY HUNSTANTON.- ¿Qué es eso de los géneros americanos?

LORD ILLINGWORTH.- Las novelas yanquis.

LADY HUNSTANTON.- ¡Qué notable!... Pues bien; sea cual fuere el origen de su crecida fortuna, yo siento una gran estimación por miss Worsley. Se viste muy bien. Todas las americanas se visten muy bien. Adquieren sus vestidos en París.

MISTRESS ALLONBY.- Dicen, lady Hunstanton, que cuando los americanos buenos mueren, van a París.

LADY HUNSTANTON.- ¿Sí? ¿Y los americanos malos adónde van cuando mueren?

LORD ILLINGWORTH.- ¡Oh! Esos se quedan en América.

KELVIL.- Mucho me temo, lord Illingworth, que no aprecie usted a América como se merece. Es un país muy notable, sobre todo teniendo en cuenta su juventud.

LORD ILLINGWORTH.- La juventud de América es su más antigua tradición: una tradición que tiene actualmente trescientos años. Oyéndoles hablar cualquiera se figuraría que están en su primera infancia. Y en lo que a civilización se refiere, se hallan en su segunda infancia.

KELVIL.- Existe, indudablemente, una gran dosis de corrupción en la política americana, ¿supongo que aludirá usted a eso?

LORD ILLINGWORTH.- Eso me pregunto.

LADY HUNSTANTON.- La política es en todas partes cosa bien triste, por lo que dicen. Lo es ciertamente en Inglaterra. Ese buen míster Cardew está arruinando el país. Me extraña que mistress Cardew le deje hacer. Tengo la seguridad, lord Illingworth, de que usted no es de opinión de que se otorgue el voto a las gentes sin educación.

LORD ILLINGWORTH.- A mi juicio, debieran ser los únicos que lo tuviesen.

KELVIL.- ¿Entonces no pertenece usted a ningún partido político moderno, lord Illingworth?

LORD ILLINGWORTH.- No debiera uno pertenecer a ningún partido en nada, míster Kelvil. Afiliarse a un partido es decidirse a ser sincero. Y la consecuencia inmediata de esto es que se toman las cosas en serio y entonces la existencia se torna inaguantable. Sin embargo, la Cámara de los Comunes es realmente poco perjudicial. No pueden ustedes mejorar a la gente por una ley parlamentaria, lo cual ya es algo.

KELVIL.- No negará usted que la Cámara de los Comunes ha testimoniado siempre una gran simpatía por los sufrimientos de la clase menesterosa.

LORD ILLINGWORTH.- Ése es su vicio característico: ése es el vicio característico de este siglo. Debiera uno simpatizar con la alegría, la belleza, el color de la vida. Cuanto menos se hable de las llagas de la existencia, mejor será, míster Kelvil.

KELVIL.- Sin embargo, nuestro problema del barrio East-End es de muchísima importancia.

LORD ILLINGWORTH.- Exactísimo. Es el problema de la esclavitud. E intentamos resolverlo divirtiendo a los esclavos.

LADY HUNSTANTON.- Verdad es que pueden conseguirse grandes resultados con distracciones baratas, como usted dice, lord Illingworth. El querido doctor Daubeny, nuestro párroco aquí, organiza para los pobres y con el concurso de sus vicarios, recreos verdaderamente admirables durante el invierno. Y puede hacerse mucho bien con ayuda de una linterna mágica, o de un misionero o de cualquier otra diversión popular de este género.

LADY CAROLINA.- No soy de opinión en absoluto de divertir a los pobres, Juana. Mantas y carbón son todo lo que les hace falta. Hay demasiado amor al placer entre la clase alta, tal como es hoy día. La salud: esto es lo que necesitamos en la vida moderna. Su color no es sano, no lo es.

KELVIL.- Tiene usted razón por completo, lady Carolina.

LADY CAROLINA.- Habitualmente, creo tener razón.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Salud: horrible palabra!

LORD ILLINGWORTH.- La palabra más necia que hay en nuestra lengua y ya se sabe la idea que se forja la plebe de la salud. El gentilhombre rural inglés galopando tras un zorro: lo inexplicable persiguiendo a lo incomible.

KELVIL.- ¿Puedo preguntarle, lord Illingworth, si considera usted la Cámara de los Lores como una institución mejor que la Cámara de los Comunes?

LORD ILLINGWORTH.- Como una institución mejor, naturalmente. Nosotros, los miembros de la Camara de los Lores, no estamos nunca en contacto con la opinión pública. Lo cual hace que seamos una corporación civilizada.

KELVIL.- ¿Expresa usted en serio semejante idea?

LORD ILLINGWORTH.- Completamente en serio, míster Kelvil. (A MISTRESS ALLONBY.) ¡Qué costumbre más ordinaria la de ciertas gentes de hoy en día, preguntándole a uno cuando se les da una idea, si habla uno seriamente o no! La única cosa seria es la pasión. La inteligencia no es en modo alguno una cosa seria ni lo fue nunca. Es un instrumento en el que se ejecuta y nada más. La única forma seria de la inteligencia que conozco es la inteligencia inglesa. Y sobre esta inteligencia inglesa los ignorantes tocan el bombo.

LADY HUNSTANTON.- ¿Qué habla usted, lord Illingworth, del bombo?

LORD ILLINGWORTH.- Hablaba simplemente a mistress Allonby de los artículos de fondo en los diarios londinenses.

LADY HUNSTANTON.- ¿Pero cree usted todo lo que se escribe en los periódicos?

LORD ILLINGWORTH.- Lo creo. En estos tiempos lo único que sucede es lo ilegible. (Se levanta con MISTRESS ALLONBY.)

LADY HUNSTANTON.- ¿Se marcha usted, mistress Allonby?

MISTRESS ALLONBY.- Voy hasta el invernadero. Lord Illingworth me ha dicho esta mañana que había una orquídea tan bella como los siete pecados capitales.

LADY HUNSTANTON.- Espero, querida, que no habrá nada semejante. Hablaré ciertamente al jardinero. (Salen MISTRESS ALLONBY y LORD ILLINGWORTH.)

LADY CAROLINA.- Un tipo notable, mistress Allonby.

LADY HUNSTANTON.- Se deja a veces arrastrar por su diestra lengua.

LADY CAROLINA.- ¿Es la única cosa, Juana, por la cual se deja arrastrar mistress Allonby?

LADY HUNSTANTON.- Tal creo, Carolina; estoy segura de ello. (Entra LORD ALFREDO.) ¡Querido lord Alfredo! Venga usted acá con nosotras. (LORD ALFREDO se sienta al lado de LADY STUTFIELD.)

LADY CAROLINA.- Tienes siempre una buena opinión del prójimo, Juana. Y eso es un gran defecto.

LADY STUTFIELD.- ¿Cree usted realmente, lady Carolina, que debiera tenerse una mala opinión de todo el mundo?

LADY CAROLINA.- Lo encuentro mucho más seguro, lady Stutfield. Claro es que hasta reconocer que la gente es buena. Pero hoy en día esto requiere una gran parte de investigación.

LADY STUTFIELD.- ¡Pero existen tantas difamaciones en nuestra vida moderna!

LADY CAROLINA.- Lord Illingworth me hacía notar anoche, en la cena, que la base de toda difamación es una certeza completamente inmoral.

KELVIL.- ¡Oh! Lord Illingworth es un hombre de brillante talento, pero me parece desprovisto de esa bella fe en la nobleza y en la pureza de la vida que tan importante es en nuestro siglo.

LADY STUTFIELD.- Sí, importantísima, ¿verdad?

KELVIL.- Me hace el efecto de un hombre que no aprecia mucho la belleza de nuestra vida doméstica inglesa. Hasta diría que sufre el contagio de las ideas extranjeras sobre este punto.

LADY STUTFIELD.- No hay nada, nada más hermoso que la vida doméstica, ¿verdad?

KELVIL.- Es la base, el fundamento de nuestro sistema moral en Inglaterra, lady Stutfield. Sin ella nos volveríamos semejantes a nuestros vecinos.

LADY STUTFIELD.- ¿Y sería muy triste, muy triste, verdad?

KELVIL.- Temo asimismo que lord Illingworth considere a la mujer como un juguete. Yo no he considerado nunca a la mujer como un juguete. La mujer es auxiliar y compañera intelectual del hombre, lo mismo en la vida pública que en la vida privada. Sin ella, olvidaríamos los verdaderos ideales. (Va a sentarse al lado de LADY STUTFIELD.)

LADY STUTFIELD.- Me alegra muchísimo oírle hablar así.

LADY CAROLINA.- ¿Está usted casado, míster Kettle?

SIR JUAN.- Kelvil, querida; Kelvil.

KELVIL.- Estoy casado, lady Carolina.

LADY CAROLINA.- ¿Tiene usted familia?

KELVIL.- Sí.

LADY CAROLINA.- ¿Cuántos hijos?

KELVIL.- Ocho. (LADY STUTFIELD dirige su atención a LORD ALFREDO.)

LADY CAROLINA.- ¿Supongo que mistress Kelvil y los niños estarán en los baños de mar? (SIR JUAN se encoge de hombros.)

KELVIL.- Mi mujer está en los baños de mar con los niños, lady Carolina.

LADY CAROLINA.- ¿Irá usted después a reunirse con ellos, sin duda?

KELVIL.- Si mis obligaciones de hombre público me lo permiten.

LADY CAROLINA.- Su vida de hombre público debe ser un gran motivo de alegría para mistress Kettle.

SIR JUAN.- Kelvil, amor mío; Kelvil.

LADY STUTFIELD.- (A LORD ALFREDO.) Son encantadores sus cigarrillos de boquilla dorada, lord Alfredo.

LORD ALFREDO.- Cuestan enormemente caros. Sólo puedo permitírmelos cuando tengo deudas.

LADY STUTFIELD.- ¡Qué terrible debe ser eso de tener deudas!

LORD ALFREDO.- Hay que buscarse alguna ocupación, en los tiempos que corren. Si no tuviera yo mis deudas no tendría nada con qué distraerme. Todos los hombres que conozco tienen deudas.

LADY STUTFIELD.- ¿Pero sus acreedores no le causan grandes molestias? (Entra el lacayo.)

LORD ALFREDO.- ¡Oh, no! Ellos escriben y yo no.

LADY STUTFIELD.- ¡Es raro, rarísimo!

LADY HUNSTANTON.- ¡Ah!, Carolina, una carta de mi querida mistress Arbuthnot. No vendrá a cenar: lo siento mucho. Pero vendrá después. Estoy realmente encantada. Es la más dulce de las mujeres. ¡Qué hermosa letra la suya!, ¡tan grande, tan firme! (Pasa la carta a LADY CAROLINA.)

LADY CAROLINA.- (Mirándola.) Carece un poco de feminidad. La feminidad es la cualidad que más admiro en las mujeres.

LADY HUNSTANTON.- (Cogiendo nuevamente la carta y colocándola sobre la mesa.) ¡Oh! Es muy femenina Carolina, y muy buena además. ¡Si oyeses cómo habla de ella el Archidiácono! La considera como su brazo derecho en la parroquia. (El lacayo la habla.) En el salón amarillo. ¿Vamos adentro, lady Stutfield, vamos adentro para tomar el té?

LADY STUTFIELD.- Con mucho gusto, lady Hunstanton. (Se levantan disponiéndose a partir. SIR JUAN se ofrece a llevar la capa de LADY STUTFIELD.)

LADY CAROLINA.- Juan, si dejases a tu sobrino ocuparse de la capa de lady Stutfield, podrías encargarte de mi cestillo de labor. (Entran MISTRESS ALLONBY y LORD ILLINGWORTH.)

SIR JUAN.- Ciertamente, amor mío. (Salen.)

MISTRESS ALLONBY.- Cosa curiosa las mujeres feas están siempre celosas de sus maridos; ¡las mujeres bonitas no lo están nunca!

LORD ILLINGWORTH.- Las mujeres bonitas no tienen nunca tiempo para ello. Se hallan siempre ocupadas en estar celosas de los maridos de las demás.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Creí que lady Carolina había concluido por cansarse de esas pequeñas inquietudes conyugales! ¡Sir Juan es su cuarto marido!

LORD ILLINGWORTH.- ¡Resulta verdaderamente indecoroso casarse con tanta frecuencia! Veinte años de novela dan a una mujer el aspecto de una ruina, pero veinte años de matrimonio la convierten en algo así como un edificio público.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Veinte años de novela! ¿Existe eso?

LORD ILLINGWORTH.- No en nuestros días. Las mujeres han adquirido demasiado ingenio. Nada echa a perder tanto una novela como el instinto humorístico en la mujer.

MISTRESS ALLONBY.- O como la ausencia de éste en el hombre.

LORD ILLINGWORTH.- Tiene usted perfecta razón. En un templo todo el mundo debe estar serio, menos el objeto a que se rinde culto.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Y debiera ése ser hombre?

LORD ILLINGWORTH.- ¡Las mujeres se arrodillan con tanta gracia y los hombres con tan poca!

MISTRESS ALLONBY.- ¡Piensa usted en lady Stutfield!

LORD ILLINGWORTH.- ¡Le aseguro a usted que hace un cuarto de hora que no he pensado en lady Stutfield!

MISTRESS ALLONBY.- ¿Constituye ella entonces tan gran misterio?

LORD ILLINGWORTH.- Es más que un misterio... es una moda.

MISTRESS ALLONBY.- Las modas no duran.

LORD ILLINGWORTH.- Ése es su principal encanto. (Entran ESTER y GERARDO.)

GERARDO.- Lord Illingworth, me ha felicitado todo el mundo, lady Hunstanton y lady Carolina, y... todos. Espero ser un buen secretario.

LORD ILLINGWORTH.- Será usted el secretario modelo, Gerardo. (Habla con él.)

MISTRESS ALLONBY.- ¿Le gusta a usted la vida de campo, miss Worsley?

ESTER.- Sí, mucho.

MISTRESS ALLONBY.- ¿No siente usted deseo de asistir a una comida de sociedad en Londres?

ESTER.- Detesto las comidas de sociedad en Londres.

MISTRESS ALLONBY.- Yo las adoro. La gente inteligente no escucha nunca y la gente estúpida no habla jamás.

ESTER.- Encuentro que la gente estúpida habla mucho.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah! ¡Yo no escucho jamás!

LORD ILLINGWORTH.- Hijo mío, si no fuese usted de mi agrado, no le habría hecho ningún ofrecimiento. Porque le estimo a usted de verdad es por lo que me interesa tanto tenerle conmigo. (ESTER sale con GERARDO.) ¡Muchacho encantador este Gerardo Arbuthnot!

MISTRESS ALLONBY.- Es muy agradable; es verdaderamente agradabilísimo. A la que no puedo soportar es a la joven americana.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Por qué?

MISTRESS ALLONBY.- Me dijo ayer, y en voz muy alta, que no tenía más que dieciocho años. Esto es muy mortificante.

LORD ILLINGWORTH.- No debiera uno nunca tener confianza en una mujer que dice su verdadera edad. Una mujer capaz de decir eso es capaz de todo.

MISTRESS ALLONBY.- Es una puritana además...

LORD ILLINGWORTH.- ¡Ah! Eso es indisculpable. Que una fea sea puritana me es igual. Es la única disculpa de su fealdad. Pero ésta es francamente bonita. La admiro enormemente. (Mira con fijeza a MISTRESS ALLONBY.)

MISTRESS ALLONBY.- ¡Qué hombre más perverso debe usted ser!

LORD ILLINGWORTH.- ¿A qué llama usted un hombre perverso?

MISTRESS ALLONBY.- A esa clase de hombres que admiran la inocencia.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Y una mujer perversa?

MISTRESS ALLONBY.- ¡Oh! A esa clase de mujeres de las que no se cansa nunca un hombre.

LORD ILLINGWORTH.- Es usted severa... con usted misma.

MISTRESS ALLONBY.- Defínanos usted como sexo.

LORD ILLINGWORTH.- Esfinges sin secretos.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Eso comprende también a las puritanas?

LORD ILLINGWORTH.- ¿No sabe usted que yo no creo en la existencia de las puritanas? No creo que haya en el mundo ninguna mujer que no se sienta un poco halagada cuando se le hace el amor. Eso es lo que hace a las mujeres tan irresistiblemente adorables.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Cree usted que no hay en el mundo una mujer que se resista a recibir un beso?

LORD ILLINGWORTH.- Muy pocas.

MISTRESS ALLONBY.- Miss Worsley no le permitiría a usted que la besase.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Está usted segura?

MISTRESS ALLONBY.- Completamente.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Qué cree usted que haría si yo la besase?

MISTRESS ALLONBY.- O bien se casaría con usted o bien le cruzaría la cara con su guante. ¿Qué haría usted si le cruzase la cara con su guante?

LORD ILLINGWORTH.- Enamorarme de ella, probablemente.

MISTRESS ALLONBY.- ¡Entonces mejor será que no intente usted besarla!

LORD ILLINGWORTH.- ¿Es un reto?

MISTRESS ALLONBY.- Es una flecha lanzada al aire.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Usted no sabe que yo consigo siempre lo que ambiciono?

MISTRESS ALLONBY.- Siento mucho saberlo. Nosotras, las mujeres, adoramos los fracasos. Los hombres tienen entonces que apoyarse en nosotras.

LORD ILLINGWORTH.- Adoran ustedes el éxito. Se aferran a él.

MISTRESS ALLONBY.- Somos los laureles que ocultan su calvicie.

LORD ILLINGWORTH.- Y ellos las necesitan a ustedes siempre menos en el momento del triunfo.

MISTRESS ALLONBY.- Entonces dejan de ser interesantes.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué tentadora es usted!


(Pausa.)


MISTRESS ALLONBY.- Lord Illingworth, hay una cosa por la cual me agradará usted siempre.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Sólo una? ¡Y yo que tengo tantas malas cualidades!

MISTRESS ALLONBY.- ¡Ah! ¡No presuma de ellas demasiado! Puede usted perderlas al envejecer.

LORD ILLINGWORTH.- Confío en no envejecer jamás. El alma nace vieja, pero va rejuveneciéndose. Esta es la comedia de la vida.

MISTRESS ALLONBY.- Y el cuerpo nace joven y envejece. Esta es la tragedia de la vida.

LORD ILLINGWORTH.- También es a veces la comedia. ¿Pero cuál es esa misteriosa razón por la que le agradaré a usted siempre?

MISTRESS ALLONBY.- Pues, porque no me ha hecho usted nunca el amor.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Pero si no he hecho nunca otra cosa!

MISTRESS ALLONBY.- ¿Sí? No lo había notado.

LORD ILLINGWORTH.- ¡Qué suerte! Hubiera podido ser una tragedia para ambos.

MISTRESS ALLONBY.- Habríamos sobrevivido los dos a ella.

LORD ILLINGWORTH.- En nuestro tiempo se puede sobrevivir a todo, excepto a la muerte, y soportarlo todo menos una buena reputación.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Ha probado usted a hacerse una buena reputación?

LORD ILLINGWORTH.- Es uno de los inconvenientes que no he tenido nunca que soportar.

MISTRESS ALLONBY.- Puede presentársele.

LORD ILLINGWORTH.- ¿Por qué amenazarme?

MISTRESS ALLONBY.- Se lo diré cuando haya usted besado a la puritana. (Entra el lacayo.)

FRANCISCO.- El té está servido en el salón amarillo, milord.

LORD ILLINGWORTH.- Diga a la señora que ya vamos.

FRANCISCO.- Bien, señor. (Sale.)

LORD ILLINGWORTH.- ¿Vamos a tomar el té?

MISTRESS ALLONBY.- ¿Le agradan a usted los placeres tan sencillos?

LORD ILLINGWORTH.- Adoro los placeres sencillos: son el último refugio de lo complejo. Pero si usted quiere, quedémonos aquí. Sí, quedémonos aquí. El Libro de la Vida comienza con un hombre y una mujer en un jardín.

MISTRESS ALLONBY.- Y acaba en el Apocalipsis.

LORD ILLINGWORTH.- Tira usted divinamente. Pero ha saltado el botón de su florete.

MISTRESS ALLONBY.- Me queda aún la careta.

LORD ILLINGWORTH.- Y da más encanto a sus ojos.

MISTRESS ALLONBY.- Gracias. Vamos.

LORD ILLINGWORTH.- (Ve la carta de MISTRESS ARBUTHNOT sobre la mesa, la coge y examina el sobre.) ¡Qué letra tan singular! Me recuerda la de una mujer que conocí mucho, hace ya años.

MISTRESS ALLONBY.- ¿Quién era?

LORD ILLINGWORTH.- ¡Oh! Nadie. Nadie en particular. Una mujer sin importancia. (Vuelve a dejar la carta en su sitio y sube los escalones de la terraza con MISTRESS ALLONBY. Se sonríen.)


BAJA EL TELÓN


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